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China, Estados Unidos, Oriente Medio, Rusia, Ucrania

Amigos y enemigos en el tablero mundial

Cooperación, apertura y colaboración fueron tres adjetivos utilizados ayer durante los actos de Donald Trump en China, primera visita de un presidente de Estados Unidos al país desde 2017, nueve años en los que la situación mundial ha cambiado notablemente. Plagada de halcones anti-chinos, la administración Trump ha hecho de China su principal adversario, aunque no necesariamente enemigo. Los paralelismos con la Guerra Fría se desvanecen ligeramente cuando se analiza la interconectividad de la economía global y el peso que en ella tiene la, de momento, segunda economía mundial, China, pieza clave en la producción industrial, la transición energética y la evolución tecnológica. La actual visita de Trump, que debió haberse celebrado hace varias semanas, pero que se retrasó para intentar que Trump llegara a Beijing con la cuestión de Ormuz resuelta, se produce en un momento en el que el presidente de Estados Unidos necesita una victoria con la que defender su gestión. El viaje responde a la necesidad de mantener las relaciones entre los dos países para garantizar que la rivalidad económica que siempre van a tener la potencia hegemónica y la potencia en ascenso no se convierta en enfrentamiento. Así lo advirtió también Xi Jinping, que remarcó la línea roja china, Taiwán, e insistió en que ese es el aspecto que hay que gestionar correctamente. Solo si es así, la relación entre los dos países podrá ser de cooperación.

“El poder público viene a ser, pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa”, escribieron Karl Marx y Friedrich Engels en el Manifiesto Comunista con una idea que puede aplicarse al pasaje del Air Force One, en el que viajaba una amplia representación del gran capital global. El objetivo estadounidense ha sido explícito: conseguir una mayor apertura del mercado chino a las empresas estadounidenses. Como contrapartida, Washington ofrece a Beijing la posibilidad de realizar inversiones en Estados Unidos. El trumpismo presenta como reciprocidad que se dé vía libre para el lucro a las empresas estadounidenses y que, además, China financie la economía de Estados Unidos. Desde un punto de vista puramente transaccional y pragmático, el Gobierno chino acepta el marco que se le propone, pero manteniendo siempre cartas en la manga, como ya hiciera el año pasado cuando Donald Turmp trató de imponer aranceles prohibitivos a los productos chinos. Xi Jinping contraatacó prohibiendo la exportación de tierras raras, necesarias para la producción tecnológica, lo que permitió a China ganar esa disputa comercial. Hace apenas unos días, China ha dado la orden a sus empresas de no cumplir las sanciones estadounidenses contra Irán, un paso más en la ruptura del régimen de sanciones con el que Washington pretende someter al mundo a su voluntad.

Pese a las sonrisas y buenas palabras que se repitieron ayer a lo largo del día, el mundo de las iniciativas globales de seguridad, desarrollo, gobernanza y civilización que Xi Jinping presentó el año pasado rodeado de los miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái, multilateral y sobre la base del derecho internacional, se parece muy poco a ese que espera perpetuar Estados Unidos. No se trata, como han interpretado muchos analistas en su lectura de la Estrategia de Seguridad Nacional, de un reparto del mundo en esferas de influencia, sino de la imposición de un determinado modelo, en el que solo las grandes potencias merecen ser tratadas como (casi) iguales. Xi Jinping no recibe el trato que Donald Trump dio a Úrsula von der Leyen o Keir Starmer, a los que convocó en su campo de golf de Escocia, o el de Zelensky y Ramaphosa, humillados en el Despacho Oval, sino el de presidente de una gran potencia. A medio camino se encuentra Vladimir Putin, a quien Trump percibe como un hombre fuerte y valiente que lidera un país con muchas armas nucleares. En Alaska, el presidente de Estados Unidos recibió a Vladimir Putin con una alfombra roja, pero también con el vuelo de aeronaves B2 como las que habían bombardeado semanas antes Irán, único aliado de Rusia en Oriente Medio, una advertencia velada de quien ya entonces colaboraba con Ucrania para atacar con drones las infraestructuras de producción y exportación petroleras rusas.

El petróleo explica una parte importante del intervencionismo trumpista, generalmente dirigido contra China, su principal rival económico, y Rusia, el único gran jugador de ese mercado que no se encuentra sometido al diktat estadounidense. Pero la voluntad de injerencia va más allá del intento de dominar el flujo de las materias primas que mueven la economía del presente o moverán la del futuro. En estos cinco meses de 2025, Estados Unidos ha reafirmado su voluntad de dominar completamente el continente americano. Los aviones espía vigilan a diario Cuba en lo que parece la preparación para la repetición de lo que hicieran las tropas estadounidenses en Venezuela el pasado 3 de enero. A juzgar por su vestimenta en el avión presidencial, Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, parece considerar el secuestro de Nicolás Maduro un acontecimiento que celebrar. “Cerrando el círculo”, escribía la cuenta oficial de la Casa Blanca para presentar un vídeo corto en el que se mostraba al presidente de Venezuela en el avión en el que fue trasladado por la fuerza y posteriormente al líder de la diplomacia estadounidense, vestido con un chándal del mismo modelo, camino de China.

Aunque el objetivo principal de la Estrategia de Seguridad Nacional es el control hegemónico de América, 2026 ha demostrado que no hay repliegue nacional, ni siquiera continental. Estados Unidos amenaza con intervenir o directamente lo hace, en cualquier zona del planeta en la que considere que sus intereses nacionales están siendo amenazados. Como la palabra negociación, sinónimo de aceptar los términos que Washington ofrece, también el significado de amenaza es diferente para Estados Unidos. Solo así puede entenderse que se dé esa consideración a Cuba, un país asediado, o al programa nuclear iraní, con unas armas nucleares inexistentes y un uranio enriquecido enterrado bajo las ruinas de las instalaciones de Isfahan, bombardeadas en junio del año pasado. La situación en Irán, la exigencia de Donald Trump de participar en el nombramiento del nuevo ayatolá e incluso de controlar el estrecho de Ormuz, el apoyo incondicional a proxis como Israel o ahora también Emiratos Árabes Unidos y la amenaza perpetua a Yemen, Irán e incluso Líbano son pruebas suficientes para afirmar que Estados Unidos no va a replegarse de Oriente Medio.

“La inversión de 1,5 billones de dólares es un PAGO INICIAL GENERACIONAL en la defensa nacional de Estados Unidos. Esta inversión garantiza que Estados Unidos mantenga una fuerza abrumadora y una disuasión inigualable contra cualquier adversario durante generaciones venideras”, escribía ayer la cuenta oficial de Pete Hegselth, que acompañaba la afirmación con un vídeo generado con inteligencia artificial y escasos valores de producción. Sin embargo, la baja calidad de la promoción no esconde el objetivo de Estados Unidos: recordar al resto del mundo que está dispuesto a utilizar su poder militar abrumador contra cualquier oponente, otra palabra cuya definición es flexible, adaptable en cada momento.

Un hombre que lo entiende todo en términos de juego de suma cero, todo aquel que no actúa como el más leal amigo pasa a convertirse en aspirante a enemigo. De ahí que Estados Unidos haya vuelto a sugerir la posibilidad de abandonar la OTAN. “Apoyé a la OTAN porque nos permitía tener bases en Europa que usaríamos para algo como en Oriente Medio. Cuando tienes socios de la OTAN negándonos el uso de esas bases, ¿cuál es el propósito de la alianza?”, se preguntó Marco Rubio en una intervención ante la prensa camino de Beijing. Al contrario que los aliados de Asia, que contribuyen a la contención de China, y los de Oriente Medio, que garantizan el control estadounidense de la zona más rica en petróleo y gas, los aliados europeos no están colaborando con Estados Unidos de la forma que Washington espera.

Satisfecho tras haber conseguido gracias a la guerra de Ucrania una ruptura continental que se perpetuará mucho más allá de una paz que no llega, un fuerte aumento del gasto militar que, en parte, se invertirá en adquirir armas en Estados Unidos y la expulsión de un rival, Rusia, del lucrativo mercado energético europeo, Washington busca la paz por medio de un compromiso que resulta aún más inaceptable a Bruselas que a Kiev. La negativa a participar en la fase activa de la guerra contra Irán -aunque ninguno de ellos restringió el uso de sus bases o espacio aéreo cuando se estaba produciendo el despliegue militar preparativo- ha sido otra más de las infracciones por las que Donald Trump ha decidido castigar a los aliados europeos de la OTAN.

Los reproches a países como España e Italia, la retirada de 5.000 tropas y la cancelación del despliegue de misiles en Alemania no son un paso hacia el abandono de la OTAN, sino herramientas de presión para conseguir que esos y otros países den pasos para compensar a Estados Unidos por sus deslices. Esta semana, Mark Rutte ha demostrado que la estrategia funciona. El secretario general de la alianza promete ahora una “OTAN 3.0”, que insiste que “es el siguiente paso lógico: una parte europea de la OTAN que asume cada vez más responsabilidad en su propia defensa convencional, permitiendo así que el aliado más grande con diferencia que tenemos, Estados Unidos -que tiene que ocuparse de múltiples escenarios estratégicos- pueda, con el tiempo, reorientarse, por ejemplo hacia Asia”.

Ante los insultos o amenazas -si es que es así como ha de entenderse la sugerencia de que la OTAN ya no es útil para Estados Unidos-, su secretario general reacciona ofreciendo a Washington exactamente lo que quería: más inversión y más militarización del continente, aunque sea para mantener una guerra que Estados Unidos dice tratar de acabar.

Rutte ha comprendido finalmente el significado de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que no es un reparto del mundo entre los tres países que Donald Trump considera grandes potencias -Estados Unidos, China y Rusia-, sino una división del mundo en la que los aliados han de ser los que contengan a esos dos países y a otros que considera prioritarios, como es el caso de Irán. La primera línea de islas en Asia-Pacífico han de ejercer de avanzadilla de Estados Unidos en la contención de China mientras la OTAN ha de ejercer esa labor en Europa. A día de hoy, la contención de Rusia y el intento de empobrecer el país para que no pueda reforzarse militarmente -estrategia que está logrando lo contrario de lo que Bruselas buscaba- se realiza por medio de la continuación de las hostilidades en Ucrania. Quizá por eso Estados Unidos tiene cada vez menos prisa por reanudar unas negociaciones que, como admitió Marco Rubio, están paralizadas. Los intereses geopolíticos y la reconfiguración de las relaciones internacionales a su antojo son más importantes incluso que aspirar al deseado Nobel de la Paz.

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