“España se suma a la declaración convocada hoy por la delegación de Ucrania en Naciones Unidas para condenar los ataques de Rusia contra civiles e infraestructuras críticas en Ucrania, acciones que constituyen violaciones graves de derecho internacional y deben cesar inmediatamente”, escribía ayer la representación de España en Naciones Unidas. La condena se refiere al bombardeo ruso de la noche del pasado sábado, en el que el gran número de misiles utilizados, prácticamente un centenar, y el uso de misiles de alcance medio Oreshnik han causado una gran reacción por parte de los países occidentales y Ucrania pese a no haberse traducido en una cifra alarmante de víctimas mortales. Sin embargo, en medio de una amenaza de escalada militar con capacidad de desbordar las fronteras de Rusia y Ucrania -amenazas a Bielorrusia y riesgo de que los drones causen un enfrentamiento directo en el Báltico-, el bombardeo ha sido útil para que, a base de discurso, Kiev logre silenciar el episodio que se había producido apenas unas horas antes.
El día 22, sin que haya causado grandes titulares, Ucrania atacó lo que sigue insistiendo en que era el cuartel general de una unidad de drones. Rusia alegó desde el primer momento que se trataba de una residencia de estudiantes en Starobelsk, una de las ciudades de Lugansk, posiblemente la zona de menor interés para Kiev. Al contrario que Crimea, estratégica por su posición en el mar Negro, o Jersón y Zaporozhie, territorios que habían estado bajo control ucraniano hasta 2022 o Donetsk, rico en industria y minerales, Lugansk es para Kiev un territorio periférico, pobre y en el que la población en ningún momento luchó con convicción en favor de Ucrania. La mayor facilidad con la que Rusia avanzó por el territorio de Lugansk en la primavera de 2022 y el desinterés general por el pueblo y el territorio de Lugansk ha hecho más segura esa zona, antaño mucho más abandonada y donde un mayor porcentaje de población había abandonado las grandes ciudades. Las dificultades que ha supuesto para Donetsk la cercanía del frente, la presencia de drones o el ímpetu de Ucrania por atemorizar a la población a base de ataques indiscriminados vaciaron la ciudad y consiguió convertir a Lugansk en una ciudad que ejercía prácticamente de refugio para quienes huían del peligro.
La guerra aérea de este conflicto que, hasta hace escaso tiempo, había sido fundamentalmente terrestre hace que cualquier lugar del frente o la retaguardia pueda convertirse rápidamente en una trampa mortal. La artillería de largo alcance, más precisa que los Grads con los que se producían las masacres en los primeros momentos de la guerra -como aquel domingo de julio de 2014 en un parque de Gorlovka-, es un efecto acumulador al peligro que ya suponen los drones. La niebla de la guerra y la capacidad de analizarla únicamente en términos de movimiento de tropas, cambio de fronteras o eficiencia de las armas ha hecho que las historias humanas se limiten a la propaganda y el bienestar de la población quede en un tercer plano, muy por detrás del resultado militar y los intereses económicos de las partes enfrentadas directa o indirectamente.
Así ha podido comprobarse nuevamente esta semana, cuando un bombardeo masivo que también ha causado bajas civiles -mucho menores, en este caso- ha sido utilizado para evitar que Ucrania tenga que responder a preguntas incómodas con respecto a lo ocurrido horas antes. Desde entonces, los discursos no han cambiado. Ucrania alega haber atacado un objetivo militar legítimo. Curiosamente, esa fue la reacción también cuando Kiev tiñó de sangre un parque de Gorlovka y dejó las primeras imágenes de muerte civil masiva en el parque de una ciudad que no estaba preparada para la guerra. En aquel momento, Ucrania decía haber acabado con terroristas pese a que la imagen de los cuerpos de una madre y una niña dieron la vuelta al mundo en pocas horas. Esta semana, el discurso de quienes defienden a Ucrania a capa y espada se ha limitado a negar la realidad, ocultarla o acusar a Rusia de mentir. “Las Fuerzas Armadas de Ucrania están causando daños a infraestructuras militares e instalaciones utilizadas con fines militares, respetando estrictamente las normas del Derecho Internacional Humanitario, las leyes y costumbres de la guerra”, afirmó el Estado Mayor de Ucrania. Los medios ilustraban la declaración con la imagen del lugar atacado, un edificio rojo de ladrillos que nunca ha sido cuestionado. Demasiado evidente como para alegar, como Kiev ha hecho durante años, que Rusia había bombardeado sus propias posiciones, Ucrania ha optado por negar la versión rusa rechazando la afirmación rusa de que el lugar era un residencia de estudiantes.
Después de doce años de guerra en Donbass y más de cuatro de enfrentamiento directo de alta intensidad entre Rusia y Ucrania, cuando la población ha quedado ya como un mero peón en un juego geopolítico en el que las partes son capaces de justificar cualquier acto de muerte, medios afines a Kiev han puesto en duda la lista de víctimas aportada por la Federación Rusa y con la que Moscú pretendía dejar claro que la versión ucraniana del ataque contra una infraestructura militar era falsa. “Había estudiantes allí”, titula esta semana el diario Realna Gazeta, originariamente de Lugansk y que ahora publica desde Ucrania, en un artículo que es uno de los pocos ejemplos en los que se intenta humanizar a las víctimas al otro lado del frente. “La mañana del 22 de mayo, los chats locales de Telegram en la ciudad ocupada de Starobilsk se llenaron de anuncios sobre la búsqueda de chicos y chicas jóvenes: padres y conocidos buscaban a los desaparecidos tras un ataque contra el edificio de residencias de una escuela de magisterio. Publicaron fotos, nombres y señales distintivas: un tatuaje en la pierna con forma de corazoncito, un pijama rojo, un colgante con la letra «K». Algunas de las personas buscadas fueron halladas sin vida”, afirma en su apertura la periodista Elena Fetisova, que añade que “tras el ataque con drones contra la ciudad ocupada de Starobilsk, en el que murieron al menos 20 personas, algunos canales de Telegram y comentaristas ucranianos no analizaron la tragedia, sino que intentaron demostrar que las víctimas o bien no existían o bien que «tenían la culpa ellas mismas»”.
Los límites de esta empatía son claros y llegan únicamente a criticar la forma en la que Ucrania ha informado del ataque en comparación con los actos de Rusia. “Esta lógica es muy similar a la de las publicaciones de la propaganda rusa tras los sucesos de Bucha. El hecho de que haya aparecido en el espacio informativo ucraniano es motivo de preocupación por sí mismo”, añade la periodista. Pese a esas limitaciones, la periodista ha realizado el trabajo de rastreo de las redes sociales para probar la existencia de las víctimas, una forma de admitir que el ataque ucraniano no fue contra unas infraestructuras militares, sino que causó más muertes civiles que un bombardeo con un centenar de misiles. “Las fallecidas son personas reales. Sus perfiles de VKontakte siguen activos; algunas están suscritas al grupo oficial de la Escuela Superior de Pedagogía de Starobilsk. Publicaban fotos, tenían amigos. Ahora hay comentarios de condolencias. Sus nombres coinciden con las listas de fallecidos publicadas por los rusos”, comenta Fetisenko.
“En los canales de Telegram se han publicado vídeos grabados en los primeros minutos tras el impacto. En ellos se ve cómo se retiran los escombros, los gritos de los jóvenes que quedaron sepultados bajo los ladrillos y la labor de los equipos de rescate. Los defensores de esta versión también publican vídeos con supervivientes. Tampoco se trata de actores. Nombran a personas reales y relatan los detalles de la tragedia”, escribe. Increíblemente, doce años después del estallido de la guerra de Donbass, aún hay que justificar que la población asesinada existe, aunque sea al otro lado del frente y siempre utilizada por Rusia. Incluso este artículo, que trata de humanizar a las víctimas, mujeres jóvenes que aspiraban a vivir una vida normal a pesar de la guerra, intenta sugerir una culpabilidad rusa poniendo en duda la naturaleza civil de algunos de los edificios de la zona, quizá una concesión necesaria para poder publicar el artículo y criticar posteriormente la capacidad ucraniana de ignorar el drama al otro lado del frente. Fetisenko resume las narrativas utilizadas por ciertos sectores en Ucrania: las víctimas no existen; las estudiantes existen, pero su muerte es su culpa por haber permanecido en Lugansk o las mujeres eran realmente reclutas que estaban siendo entrenadas en el manejo de drones.
En este ejercicio de humanización de víctimas civiles al otro lado del frente, Fetisenko cae en dos lugares comunes: el de recordar casos en los que Rusia ha puesto en duda las víctimas civiles y en la condescendencia. “Las personas que viven actualmente en los territorios ocupados no son colaboradoras por defecto. Se han visto sometidas a la ocupación sin que fuera su voluntad. Las niñas que crecieron en la región ocupada de Lugansk estudiaron con libros de texto rusos, vivieron en un entorno mediático en el que no había televisión ucraniana y asistieron a escuelas que los ocupantes habían reformado a su antojo. Resulta extraño exigirles manifestaciones evidentes de identidad ucraniana”, escribe, sin que se le pase siquiera por la cabeza la posibilidad de que la población de Donbass rechace a Ucrania, no por sometimiento o debilidad, sino como reacción a los actos de Kiev desde 2014, que quedan completamente ocultos en este artículo, igual que en la narrativa general ucraniana.
Doce años después del inicio de la operación antiterrorista, cuando Ucrania calificaba así a cualquier víctima que su artillería se llevara por delante, la deshumanización de la población de Donbass persiste, ya sea en forma de negación de la existencia de víctimas o de su condición de población civil, o en el paternalismo que niega que puedan haber elegido libre y conscientemente dar la espalda a Ucrania.
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