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Donbass, OTAN, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

Adhesión asociada

A lo largo de los años, Ucrania ha modificado su estrategia comunicativa para adaptarse a los tiempos, pero siempre ha mantenido el mismo objetivo: conseguir más apoyo de sus socios para conseguir el premio que Kiev considera que se ha ganado: formar parte integral de la “familiar europea”. Nadie mejor que la Ucrania nacida en Maidan comprende de forma tan clara que, a día de hoy, OTAN y UE son prácticamente sinónimos, por lo que las aspiraciones no han sido nunca europeas, sino euroatlánticas. Así lo expresó Petro Poroshenko en uno de sus últimos actos en la presidencia: oficializar esa política incluyendo tales aspiraciones en el preámbulo de la Constitución. Al contrario de lo que ocurrió tras la desastrosa legislatura de Viktor Yuschenko -héroe del primer Maidan, la Revolución Naranja, que perdió las elecciones con facilidad frente a Yanukovich-, Ucrania buscaba impedir una posible repetición de la vuelta atrás. Eliminar cualquier opción política a la que pudiera aferrarse el sector no nacionalista del país era solo una parte, también era preciso imponer la oficialización de una única política exterior posible, mirar a Occidente en busca de una integración que fuera definitiva e irreversible.

El éxito de la primera década de Maidan fue limitado y se tardó años en lograr una concesión que se celebró por todo lo alto: la posibilidad de viajar sin visado a la Unión Europea, algo que no permitía trabajar legalmente ni suponía la posibilidad de residencia a largo plazo. Solo la guerra ha hecho posible que la población ucraniana, antes utilizada  exclusivamente como mano de obra barata y bien preparada, sea recibida en la UE como privilegiada. Así ocurrió en 2022, cuando se trató a la población refugiada de Ucrania con unos privilegios que no se extienden a quienes huyen de otras guerras y que no se había dado a quienes habían huido de la guerra de Donbass.

La guerra es fuente de muchos beneficios, generalmente económicos -desde la producción de armas a la corrupción de su venta, no siempre en mercados legítimos-, pero capitalizarla no es únicamente una cuestión económica. Sin la más mínima sutileza, el Gobierno de Zelensky ha exhibido la lucha de Ucrania como carta de presentación ante la OTAN y la UE. Ejercer de fuerza proxy en una guerra común contra el enemigo ruso, algo cada vez más difícil de negar, es el argumento por el que Ucrania exige una contrapartida en forma de integración, primero en la Unión Europea y posteriormente, cuando exista un consenso para ello, también en la OTAN, principal línea roja de Rusia y uno de los grandes motivos por los que comenzó la guerra. Hace unos años, el entonces aliado de Zelensky Oleksiy Arestovich comentó abiertamente que una gran guerra sería el precio que Ucrania tendría que pagar para esa adhesión euroatlántica, una forma de admitir que un escenario bélico como el actual se veía como un mal menor, quizá un mal necesario, para conseguir el objetivo final.

Para disgusto de Zelensky y de los países más radicales del atlantismo europeo, el camino a la OTAN está cerrado actualmente. Así lo ha dejado claro el trumpismo en su posicionamiento negociador. Aunque para Ucrania se trata de un revés temporal y pretende seguir exigiendo esa adhesión, la certeza de que actualmente es imposible obliga a Zelensky a presionar en busca del premio de consolación, la adhesión solo a la UE. Acostumbrada a conseguir todo lo que se propone, Ucrania ha llegado a exigir, no solo el acceso, sino la adhesión inmediata. Hace apenas unas semanas, una fuerte campaña de presión ucraniana apuntaba a la presidencia de Lituania como momento para este paso histórico del retorno del país a la familia europea, aparente derecho natural de Ucrania ratificado en el campo de batalla en este conflicto que Kiev presenta como la lucha entre civilización y barbarie, democracia y autoritarismo, Europa y aquello que no lo es.

Aunque es evidente que la UE va a manipular las normas para dar a Ucrania un trato privilegiado que no han tenido ni van a tener otros países candidatos, Bruselas y los Estados miembros buscan soluciones creativas para ofrecer una apariencia de adhesión sin que ello conlleve aceptar realmente a un país empobrecido, con un tremendo problema de emigración y cuyo tejido económico y social ha quedado destruido. Las prisas de Ucrania se deben al temor a que la guerra sea su principal carta y que esta pueda perderse en caso de lograrse la paz. Este intento de acelerar los tiempos parece compartido por el canciller alemán Friedrich Merz, que recientemente ha mostrado su temor a “perder a Ucrania”, una poco habitual mención a la remota posibilidad de cambio de rumbo en Kiev, algo que solo sería viable en caso de que se generalizara en Ucrania la sensación de que el país ha sido utilizado y posteriormente abandonado.

Evitar esa posibilidad parece ser el objetivo de Merz, que estas últimas semanas ha insistido en buscar una vía para acelerar ciertos pasos y explorar aspectos hasta ahora inéditos. “El canciller alemán Merz está presionando a la Unión Europea para que considere la adhesión asociada para Ucrania mientras Berlín trata de dar vida al proceso de ampliación del bloque”, escribía hace unos días Bloomberg. El titular deja clara la naturaleza transaccional de la propuesta: garantizar la ampliación, con lo que la UE simbólicamente colocaría su bandera en ciertos países, entre ellos Ucrania, asegurando su posesión, pero limitaría su compromiso. En un contexto de juego de grandes potencias e intento de extender las zonas de influencia, la ampliación de la UE es un burdo intento de contar con un bloque de más países y más población con el que presentarse como la potencia geopolítica que pretende ser, pero que no logra crear.  Como comentó el periodista opositor ruso Leonid Ragozin, que compara esta propuesta de Merz con “darle a Rusia un asiento en el G7 mientras se le excluye de la integración euroatlántica allá por los años 90”, el canciller alemán no está “dando vida al proceso sino todo lo contrario”. Frente a los titulares mediáticos que han visto en la propuesta una forma de integración de Ucrania, Ragozin entiende que “está tratando de hacer un gesto simbólico con el fin de posponer las conversaciones de adhesión hasta el final de la guerra, momento en el que Ucrania perderá su última oportunidad de adherirse”. En ese momento, considera Ragozin, “su horrible historial en materia de derechos humanos y su corrupción rampante saldrán de repente a la luz”.

Es demasiado tarde para que la UE dé marcha atrás en la integración de Ucrania, a quien no puede permitirse ninguna posibilidad de búsqueda de otras alternativas después de años de movilización masiva de recursos. Sin embargo, esto no significa necesariamente que Ucrania vaya a ser uno más, un miembro en igualdad de condiciones. Según indica Bloomberg, el canciller Merz ha presentado, en una carta enviada a las instituciones de la UE, una propuesta según la cual Ucrania podría integrarse en el bloque sin adquirir todos los derechos. “Según el plan, Ucrania participaría en cumbres de la UE pero no tendría derecho de voto. También podría nombrar a un juez asociado para el Tribunal Europeo de Justicia y representantes en el Parlamento Europeo”, explica el medio, que añade que “aunque Ucrania tendría acceso al presupuesto de la UE, podría aspirar a programas de gasto “caso a caso”. En otras palabras, no tendría acceso, por ejemplo, a las subvenciones agrícolas de la PAC, uno de los aspectos que más complican la integración ucraniana, ya que chocaría con los intereses de países fronterizos como Polonia o Hungría, cuyo presidente proeuropeo ha prohibido recientemente la importación de una gran cantidad de productos ucranianos.

El planteamiento de Merz, similar al que Úrsula von der Leyen, tiene unas implicaciones claras: ofrecer a Ucrania contar con eurodiputados -a los que no queda claro si se daría siquiera derecho a voto- y salir en la foto de familia de las cumbres, concesiones a la clase política que no se traducirían en beneficio para la población, pero que darían a la UE control sobre un país más y se garantizarían la lealtad de la clase dirigente, única de interés para Bruselas, Berlín y París

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