Desde 2022, una de las preocupaciones de Estados Unidos y la Federación Rusa ha sido evitar que la guerra de Ucrania desbordara las fronteras de los dos países en liza. Curiosamente, pese a las acusaciones de tendencias prorrusas, amistad con Vladimir Putin o desprecio a Ucrania, Donald Trump se ha mostrado mucho menos precavido que su, en teoría, mucho más proucraniano predecesor. Trump no entregó a Ucrania los Tomahawks que exigía Zelensky, pero llegó a plantearse hacerlo, algo que habría resultado imposible en tiempos de Biden, que tardó meses en ceder a la presión de los aliados europeos para permitir el uso de misiles occidentales en la Federación Rusa y limitó su uso a las regiones fronterizas. El objetivo, al igual que el mantenimiento de cierta comunicación militar y de inteligencia entre Washington y Moscú, era evitar un choque entre grandes potencias, una guerra que no podría detenerse y que conllevaría graves consecuencias.
El primer año del nuevo Gobierno estadounidense ha demostrado que el trumpismo está dispuesto a utilizar su poder militar abrumador y que no se preocupa en exceso por la legalidad, la moralidad, la necesidad o las consecuencias. Estados Unidos autorizó y colaboró aportando inteligencia para que Ucrania comenzara su campaña de destrucción de las infraestructuras petroleras de Rusia -competidor de la industria estadounidense en el mercado global-, lo que causó la durísima respuesta rusa en invierno, con la destrucción masiva de las infraestructuras energéticas de Ucrania, condenando a un invierno infernal a la población civil. Aunque el trumpismo ha declarado querer el final de la guerra, su fórmula para hacerlo ha sido ofrecer acuerdos que, hasta ahora, han resultado inviables y compensar ese flojo intento de diplomacia con más presión militar y económica. El desinterés de Washington por el día a día de la guerra y por seguir gastando dinero en el conflicto ha hecho que la Casa Blanca se haya desentendido de los acontecimientos sobre el terreno, que haya dado por hecho que Rusia no atacará más allá de Ucrania, por lo que no es preciso ser tan cuidadoso como Biden en ciertas decisiones, no ni es preciso poner límites a Kiev y se puede dejar en manos de los países europeos la gestión de lo que ocurra.
Las últimas semanas han visto una amplia campaña mediática y política en la que las autoridades ucranianas, acompañadas a coro por las europeas y sus medios afines, han instalado en la conciencia colectiva que la guerra ha cambiado y Ucrania está ganando. Aunque no haya datos objetivos con los que sostener esa afirmación, que en realidad no es más que una herramienta de presión para redirigir cualquier intento de diplomacia hacia unos términos más favorables a Kiev, la retórica está endureciéndose, presentando la situación como un cierto retorno a 2021, con una actuación rusa inminente o a 2022, con Rusia en su posición más débil. De ahí que se haya recuperado el mismo discurso que se utilizó en aquel momento de extrema soberbia.
Ucrania había obtenido su principal victoria, expulsar a las tropas rusas de Járkov y posteriormente -aceptando la derrota sin siquiera luchar- de los territorios de Jersón en la margen derecha del Dniéper, una situación que derivó en el principal, error que ha cometido Occidente en esta guerra, creer su propia propaganda de victoria. La posibilidad de una derrota rusa se veía tan cerca que oficiales ucranianos comenzaban a plantear públicamente las condiciones que Kiev presentaría a la población de Crimea, a la que se recomendaba autodeportarse a Rusia o someterse. En esa planificación de un escenario de derrota militar de una potencia nuclear en una guerra que ya entonces parecía existencial llevó rápidamente a pensar en el posible uso de armas nucleares para evitar ese colapso.
El periodista de CNN Jim Sciutto llegó a escribir un libro sobre el uso ruso de armas nucleares en Ucrania, aunque nada de eso se produciría. Tampoco ocurrió la gran victoria ucraniana en la contraofensiva de 2023, momento en el que, como ahora, los medios proclamaban que la guerra había dado un giro definitivo a favor de Ucrania. Aquella arrogancia occidental hizo que ni los países europeos ni Estados Unidos fueran capaces de ver que ese era el momento que llevan buscando: una situación en la que Rusia tuviera que negociar en posición de inferioridad y Ucrania, con presencia y ayuda de sus aliados, podría haber exigido unas condiciones mucho más favorables de las que Rusia le ofrecía en Estambul y que, a raíz del fracaso de la contraofensiva, no han dejado de empeorar.
El nuevo control de daños que están realizando los países europeos para apropiarse del proceso de negociación y endurecer los términos de la negociación, hasta ahora gestionada por Estados Unidos, no implica recuperar solo la retórica de victoria de Ucrania, tan poco realista ahora como lo fuera en 2022, sino el presunto temor a la respuesta rusa. “Bueno, saben que, si eso sucede, la reacción será devastadora”, respondió Mark Rutte a la pregunta de una reportera sobre si creía que Rusia puede utilizar armas nucleares contra Ucrania. Al igual que hace cuatro años, cuando Moscú eligió continuar con la guerra de desgaste y se preparó para defenderse de la contraofensiva ucraniana que sabía que llegaría en unos meses, no hay ningún indicio de que Rusia vaya a llevar la guerra al punto nuclear. Así lo ha admitido incluso Kirilo Budanov. Pese al cambio de puesto, el exlíder de la inteligencia militar ucraniana continúa realizando labores de desinformación -es decir, colocar en la prensa como noticia filtraciones interesadas de inteligencia- y en una misma intervención que niega tal posibilidad, vuelve a poner sobre la mesa la cuestión nuclear. La lógica de la propaganda hace que la sombra de la duda sea recogida por los medios, que comienzan a realizar su sensacionalista labor de preguntar a dirigentes como Rutte por un escenario totalmente irreal, pero que contribuye activamente al clima de guerra, que no requiere de excesiva coherencia con la realidad. Generalmente, es suficiente indicio el hecho de que Rusia realice maniobras nucleares, como las que inició ayer conjuntamente con Bielorrusia, algo que ambos países hacen regularmente. “El uso de armas nucleares es una medida extrema y excepcional para garantizar la seguridad nacional de nuestros estados. Al mismo tiempo, dada la creciente tensión en el mundo y la aparición de nuevas amenazas y riesgos, nuestra tríada nuclear, como antes, debe servir como un garante confiable de la soberanía del Estado de la Unión de Rusia y Bielorrusia, asegurar la disuasión estratégica y mantener la paridad nuclear y el equilibrio global de poder”, afirmó el presidente Putin en su discurso, insistiendo en la naturaleza defensiva de esas armas que solo Estados Unidos ha utilizado.
Sin embargo, el actual aumento de la tensión política y militar no se debe a la retórica nuclear, que todos los actores han de saber que es una pista falsa, sino a la situación en lo que hace tiempo se llama el frente oriental. “En Europa, ya no se puede dar por hecha la paz”, declaró ayer Petr Pavel, presidente checo, una declaración que puede sonar alarmante, pero que es en realidad la más suave de las que se han escuchado estos días. “El problema para nosotros los europeos es que todavía pensamos y nos comportamos como si estuviéramos en tiempos de paz. Ya no estamos en tiempos de paz, así que tenemos que cambiar nuestra mentalidad. Si no lo hacemos, Rusia va a ganar. Porque su mentalidad nunca ha estado en tiempos de paz. Siempre están en tiempos de guerra”, ha afirmado estos días Mette Frederiksen, para quien hace unos meses “la paz” podía ser “más peligrosa que la guerra”.
Declaraciones irresponsables como las de la primera ministra de Dinamarca contribuyen al clima de tensión al que aspira la UE como herramienta de presión contra Rusia, complemento político al endurecimiento de la retórica ucraniana y el aumento del uso de drones de largo alcance para dar la impresión de una debilidad rusa que solo sería tal si la situación no fuera aún peor en Ucrania, que diariamente sufre los ataques rusos. Hasta ahora, los únicos indicios para creer que Rusia podría atacar un país europeo o invadir territorio de la OTAN se han producido en las páginas de opinión de los medios de comunicación occidentales, una posibilidad para la que Rusia no ha mostrado intención ni cuenta con la capacidad. Sin embargo, cualquier movimiento en el este de Europa es susceptible de considerarse un indicio claro de que la guerra va a extenderse o que Rusia no sabe dialogar, por lo que más guerra es inevitable.
La diplomacia coercitiva y las amenazas no tienen por qué pasar a una fase militar, pero, en un contexto de rearme de todos los actores, una guerra que nadie consigue resolver y una creciente tensión pueden llevar a un escenario en el que cualquier incidente derive en aquello que Rusia y Estados Unidos han tratado de evitar desde 2022. En este sentido, el lugar al que siempre se ha mirado es el Báltico, donde los intereses se entrecruzan, se ubican los países más fanáticamente antirrusos y se encuentra Kaliningrado, que recibe menciones mediáticas solo en términos de amenaza. Varios han sido los momentos en los que oficiales de la OTAN o dirigentes de los países bálticos -el último esta misma semana- han advertido de la capacidad de la Alianza de destruir completamente el enclave ruso, fuertemente militarizado, en parte por su situación de aislamiento, pero también por la coyuntura actual.
Sin embargo, la fuente de las últimas tensiones no es Kaliningrado, ni la posibilidad de uso de armas nucleares, ni el supuesto interés ruso por probar las defensas de la Alianza en Estonia, sino la histeria causada esta semana por el derribo de varios drones ucranianos en el espacio aéreo de los países bálticos, una herramienta más para alegar que Rusia se encuentra contra las cuerdas y defender la necesidad de aumentar el apoyo a Ucrania para que Kiev obtenga la victoria común que la Unión Europea busca desde 2022. Aunque tenga que ser a costa de tensar tanto la cuerda en el este que implique arriesgarse a provocar otra vez una guerra aún más amplia. Las formas y el fondo son los mismos que hace cuatro años: presentar una imagen de la realidad que no se corresponde con los hechos y adjudicar a Rusia unas intenciones que solo existen en las mentes de quienes acusan. ““Mientras Rusia acusa a Ucrania de lanzar drones desde territorio letón, la ministra de Exteriores de Letonia Baiba Braže me dice que la «verdadera razón» es que el Kremlin «necesita culpar a otra persona por el hecho de que Rusia no puede defenderse contra los ataques de precisión ucranianos de largo alcance»”, escribió ayer Jim Sciutto, el periodista que ha hecho del uso imaginario de armas nucleares rusas un libro que vender al público. Incluso los nombres son los mismos.
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