“La UE aprieta con más sanciones y se abre a negociar ante la debilidad económica de Rusia”, escribía la semana pasada un artículo publicado por eldiario.es que, ciñéndose estrictamente a lo más superficial del mensaje de propaganda ucraniano, se aferraba a los dogmas que están utilizándose estas semanas para alegar que la guerra ha sufrido un cambio sustancial en el que los equilibrios de fuerzas han cambiado. Este discurso, ampliamente generalizado en la prensa occidental, que da por bueno cualquier argumento o dato aportado por Kiev y entiende que es propaganda cualquiera dado por Moscú, parte de la base de que las dificultades económicas y las inmensas bajas van a obligar a Rusia a modificar sus planes. A ello hay que añadir imágenes como la del domingo, cuando centenares de drones ucranianos atacaron Rusia en el bombardeo más numeroso desde que comenzó la guerra. Las aeronaves no tripuladas ucranianas se centraron, como es habitual, en las infraestructuras energéticas, y en la región de Moscú. El presidente Zelensky se ha jactado de los ataques contra la capital y ha advertido de que, si Rusia “no termina su guerra”, la ciudadanía de Moscú y San Petersburgo comenzará a sufrir de forma continua.
Estas demostraciones de fuerza militar y mediática contrastan con la tozuda realidad y con los vacíos que la prensa ayuda a Ucrania a ocultar. Los ataques con drones en Rusia solo son impresionantes si se olvida que la compra o producción de esa munición depende íntegramente de la continuación de la masiva financiación europea, que la inteligencia depende de Estados Unidos y, sobre todo, que los ataques rusos también han aumentado su intensidad y capacidad. Solo con ayuda de la prensa Ucrania puede jactarse de los ataques contra la capital rusa -que no alcanzaron más que las afueras- cuando no es capaz de defender los cielos de su propia capital.
Algo similar ocurre en lo que respecta a las bajas que sufren ambos bandos. Desde el inicio de la guerra se ha generalizado en los medios una visión claramente basada en prejuicios de tinte racista que entiende que en Rusia la vida no tiene valor, por lo que Moscú utiliza hordas humanas, no recoge a sus muertos y no le preocupa la cifra de bajas. La retirada de Jersón sin luchar en una batalla que no podía ganarse y que iba a producir bajas masivas, las menciones incluso de personas como Andriy Biletsky negando esa idea de los ataques desarmados refutan ese lugar común. La acusación de no recoger los cuerpos de los soldados abandonados queda en entredicho en cada ocasión en la que Rusia y Ucrania intercambian los cadáveres de las tropas caídas en el frente: 500 soldados ucranianos recogidos por Rusia y 41 por Ucrania fueron intercambiados la semana pasada. O Rusia pierde menos soldados que Ucrania o recoge más cuerpos de sus soldados de lo que hace Ucrania. El desequilibrio es notable, pero menos exagerado que en ocasiones anteriores, lo que puede indicar un repunte de bajas rusas ante el aumento de los ataques ucranianos en el frente, una situación que es equivalente al otro lado del frente, en un contexto de crisis demográfica e intento de evitar la movilización general. No es en Rusia sino en Ucrania donde los hombres huyen por la frontera y los agentes de la movilización son atacados por la ciudadanía que trata de impedir su trabajo.
En términos económicos, Rusia continúa costeando la guerra con sus propios recursos, con sus propios ingresos, incluso a pesar de que la prolongación del conflicto implica un creciente coste para la población y el riesgo de recesión, una situación que no es ajena a otros países implicados, como Alemania, que ni siquiera lucha directamente. Aunque la retórica occidental se ha empeñado en destacar la resiliencia ucraniana, la capacidad rusa de sostener su economía a pesar de las sanciones, la desconexión de las estructuras occidentales y el intento de Ucrania de destruir su industria y exportación petrolera ha sido una sorpresa negativa para la Unión Europea. Es más difícil aplicar a Rusia algo como el bloqueo de Cuba o la operación libertad que Donald Trump intentó imponer contra Irán y fracasó en el intento. Los meses de alza de precios del petróleo han supuesto un alivio añadido para la economía rusa. Ayer por la tarde, Scott Bessent prolongó 30 días más la exención de sanciones al petróleo ruso, por lo que Moscú podrá continuar vendiendo su crudo según los elevados precios del mercado durante al menos un mes más.
China, el principal socio comercial de Rusia, supone una línea de salvación, clavo ardiendo al que se aferran quienes aún no han perdido la esperanza de destruir la capacidad rusa de seguir produciendo el material necesario para seguir luchando. Ayer, uno de los mensajes lanzados por Kaja Kallas a su llegada al encuentro de ministros de Asuntos Exteriores de la UE fue precisamente insistir en que “Rusia no está en su momento más fuerte y necesitamos presionarlos hacia la mesa de negociaciones”. La Alta Representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad mencionó que es China quien puede obligar a Rusia a sentarse en la mesa de negociación.
Rusia no ha rechazado las negociaciones y sigue participando en contactos bilaterales con Estados Unidos. Moscú participó también en las primeras negociaciones trilaterales, que se produjeron en febrero en Ginebra, por lo que la mención a obligar a Rusia a sentarse a negociar significa realmente negociar bajo el diktat de la Unión Europea, el sentido con el que Bruselas ha utilizado el término desde que Donald Trump impulsara el proceso de negociación, una diplomacia que nunca fue del gusto de los países europeos. “Sobre Rusia, lo más importante es que mantengamos la presión porque no han llegado al punto de sentarse a la mesa de negociaciones para negociar de verdad”, afirmó Kallas la semana pasada, dejando claro que solo es negociación si se trata aquellos temas que interesan a Bruselas desde el enfoque que beneficia a la Unión Europea y a Ucrania. Ese ha sido el planteamiento de la UE desde 2014, fuera cual fuera la situación de Rusia.
Es difícil imaginar un cambio de opinión teniendo en cuenta la postura que ha mantenido la UE, que se resistió aún más que Ucrania a dar el giro retórico de destacar la importancia de la paz cuando, hace un año, Estados Unidos declaró este conflicto una mala guerra que tenía que terminar. Como para Trump en Irán, diplomacia es que se negocie bajo su mandato y negociación es que la otra parte acepte los términos que se le presentan. Así puede entenderse el interés ucraniano para incorporar a la UE a las negociaciones Estados Unidos-Rusia-Ucrania. La Unión Europea ha de estar presente en el proceso “con una voz fuerte”, insistió ayer Volodymyr Zelensky. Con una postura mucho más intransigente que Estados Unidos, la presencia de la UE en las negociaciones no sería una apertura a la diplomacia como afirman esta semana los medios, sino una forma de endurecer la negociación para Rusia.
Comprendiendo que la resolución de la guerra tiene que dar lugar a algún tipo de entendimiento sobre la estructura de seguridad europea, Rusia es consciente de que la presencia de la Unión Europea en las negociaciones será necesaria en algún momento. De ahí que el Kremlin haya comenzado ya a mencionar la cuestión, quizá a causa del evidente cansancio de Donald Trump con un proceso que sigue bloqueado. Frente a los nombres de políticos alemanes -Schröder, Steinmeier o Merkel-, los países europeos han contrarrestado con otro nombre, el de Kaja Kallas, posiblemente la única persona cuya presencia provocaría la negativa rotunda de Rusia al diálogo. “A Kaja Kallas no le interesa ser negociadora. No tendría un momento fácil. Si recuerdan, Putin afirmó que tendría que ser cualquiera que no se las hubiera arreglado para decir muchas cosas malas”, afirmó Dmitry Peskov en referencia al largo historial de ataques contra Rusia de la actual líder de la diplomacia comunitaria, que poco antes de ser nombrada para el puesto sonreía hablando de la posibilidad de balcanizar la Federación Rusa.
“Si Rusia no quiere que Kaja Kallas sea la negociadora de Europa, eso es una señal clara de que está haciendo un trabajo excelente defendiendo los intereses comunes de Europa”, escribió ayer en defensa de quien fuera su primera ministra Marko Mihkelson, presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento de Estonia, cuya visión de la guerra es exactamente la misma que la de Kallas. “Dejemos clara una cosa: Rusia busca destruir la independencia de Ucrania y no está dispuesta a comprometerse. Para engañar a Occidente, Moscú difunde desinformación afirmando que se perdió una oportunidad para la paz en 2022. Pero si eso fuera cierto, ¿por qué fallaron el Memorándum de Budapest y los acuerdos de Minsk? En 2022, Ucrania tuvo una oportunidad de ganar la guerra, pero con las manos atadas a la espalda, no pudo hacerlo. Ahora la situación es más difícil y requiere un mayor apoyo de Occidente. La victoria de Ucrania en su guerra de independencia es la única manera de defender la soberanía nacional y sentar las bases para el colapso del régimen fascista de Rusia”, escribió hace unos días, otorgando a Rusia unos objetivos que no se corresponden con su actuación, manipulando los orígenes del fracaso de Minsk e insistiendo en la falacia de que Ucrania tuvo la victoria en su mano y solo lo impidió la falta de ayuda occidental, una narrativa que busca exigir más guerra a base de afirmar que la derrota militar rusa en el frente es un escenario posible.
Lo es también para Kaja Kallas que, pese a haber afirmado que hay excesiva testosterona en las negociaciones de paz en el mundo, ha negado aspirar a ese papel. Pero la líder de la diplomacia de la UE ha dejado claro su punto de vista, que es también el de la UE. “Quiero enfatizar que no deberíamos ceder a lo que sea que Rusia esté pidiendo, porque hay un agresor y una víctima en esta guerra. Así que, claramente, tenemos que hacer todo lo posible para asegurar que Ucrania gane”, afirmó la semana pasada, una forma de exigir más movilización de recursos para obtener el resultado deseado en la guerra, no precisamente para abrir ninguna puerta a la diplomacia.
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