Ayer, con la hostilidad habitual cada vez que Ucrania recuerda a la Unión Soviética, EuromaidanPR, medio de propaganda por excelencia del Estado nacido del cambio irregular de Gobierno de febrero de 2014, tiraba del archivo histórico para explicar por qué las negociaciones para lograr la paz se están prolongando tanto. “Occidente lo llamaba señor no. Andrei Gromiko fue ministro de Asuntos Exteriores soviético durante 28 años y negoció con seis presidentes estadounidenses. Henry Kissinger llego a decir: «Si puedes enfrentarte a Gromiko durante una hora y sobrevivir, entonces puedes empezar a considerarte diplomático»” escribía para añadir que “su método era simple: mantener el ritmo hasta que los oponentes se agoten, exigir lo imposible, culpar al otro lado y usar el tiempo para fortalecer su posición sobre el terreno”. Cualquier proyección de una versión manipulada de la historia es buena para explicar el presente. “Ese mismo manual se está utilizando ahora en Abu Dabi”, alega EuromaidanPR. “La ex diplomática ucraniana Iuliia Osmolovska explica cómo la diplomacia rusa moderna combina las tácticas maratónicas de Gromiko con la guerra psicológica de la KGB, y por qué el análisis coste-beneficio occidental sigue fallando contra los negociadores que valoran el miedo por encima de las ganancias”, sentencia para aferrarse a uno de los argumentos más perezosos que pueden utilizarse, la KGB.
El completo desinterés de los países europeos y del lado Demócrata el establishment estadounidense ha hecho que la maquinaria mediática haya centrado sus argumentos en la idea de que Ucrania mostraba su voluntad de paz, mientras que Rusia ha rechazado cada apertura a la diplomacia que se le ha ofrecido. Ese ha sido el discurso de Kaja Kallas desde que los países europeos tuvieran que abandonar a regañadientes su discurso de victoria en favor de la idea de la paz justa hace ahora un año. “No hablamos con los rusos” ha afirmado recientemente Kaja Kallas, que se escudó en que “los estadounidenses ya están hablando con ellos y dándoles todas las concesiones en nombre de Ucrania”. La cara visible del discurso que afirma que la ausencia de diplomacia es culpa de Rusia admite el desinterés por el más mínimo diálogo continental.
En este tiempo, hasta que Donald Trump anunciara, de la noche a la mañana, las primeras negociaciones políticas directas entre Rusia y Ucrania desde 2022, no se ha producido ningún intento diplomático que incluyera a Rusia a excepción de las conversaciones entre Vladimir Putin y Steve Witkoff. Las comparaciones con la Unión Soviética tienden a ser argumentos vacíos en los que lo único importante es instalar en la conciencia colectiva que el inexistente proceso de diálogo no avanza porque Rusia lo retrasa.
De la misma manera se actuó durante los siete años de proceso de Minsk, en el que Rusia planteaba propuestas –generalmente concesiones por su parte- para avanzar hacia la fase final de la implementación de los acuerdos firmados y Ucrania reaccionaba aumentando sus demandas o dejando pasar el tiempo. Por aquel entonces, Rusia estaba dispuesta ya a aceptar una aplicación solo parcial de lo firmado en la capital bielorrusa en febrero de 2015, como muestra la ausencia de quejas del Kremlin en cada ocasión en la que Kiev se negaba rotundamente a negociar cuestiones políticas -no solo humanitarias- con Donetsk y Lugansk pese a que ese era el espíritu de la hoja de ruta de Minsk. Aun así, como siguen insistiendo los medios ahora que incluso Ucrania admite que nunca tuvo intención de implementar, la culpa también entonces fue de Rusia.
La situación es aún más curiosa actualmente, ya que Rusia ni siquiera ha tenido la opción de aplicar la teoría de mister nyet Gromiko, ya que no se ha producido ningún proceso que se haya mantenido en el tiempo. Durante los primeros meses, los contactos entre Rusia y Estados Unidos se limitaron a las relaciones bilaterales, con una representación estadounidense poco bregada en la diplomacia y con unos conocimientos francamente escasos de la zona y de la guerra. En una entrevista concedida a Tucker Carlson, Steve Witkoff ni siquiera fue capaz de nombrar los cinco territorios cuyo destino se juega en las negociaciones. Hubo que esperar hasta finales de primavera comenzaron a esbozarse hojas de ruta para intentar resolver la guerra. Comenzaba así un ciclo en el que Estados Unidos obligaba a Ucrania a aceptar ciertas condiciones, al menos retóricamente -la idea de paz, la posibilidad de un alto el fuego o el esquema de paz y garantías de seguridad a cambio de territorios-, y Steve Witkoff negociaba en Moscú una serie de puntos que, al ser filtrados a la prensa, provocaban la movilización europea para evitar posibles avances en una dirección indeseada. Así ocurrió en primavera y tras la cumbre Trump-Putin de agosto en Alaska, tan preocupante que los países europeos reaccionaron con un viaje de emergencia a Washington para impedir cualquier avance.
El cambio se produjo en noviembre, cuando tras la publicación del plan de 28 puntos, los países europeos reaccionaron de la forma habitual. Estados Unidos permitió que los aliados continentales de Ucrania retiraran de la negociación los activos rusos retenidos en Europa, pero, al contrario que en ocasiones anteriores, la negociación no se detuvo, sino que siguió adelante sin prestar especial atención a las exigencias y sugerencias europeas. Washington ha apartado deliberadamente a los países europeos del proceso diplomático, que se ha producido en Miami en formato bilateral y que solo la semana pasada pasó a su fase decisiva trilateral.
Frente a quienes acusan a Rusia de dilatar el proceso, el entusiasmo estadounidense lleva meses dando a entender que el acuerdo está a punto de lograrse. “El destino territorial de Donetsk es la cuestión clave que impide la conclusión de un acuerdo de paz entre Ucrania y Rusia, afirmó el miércoles el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio”, escribía la semana pasada Politico, uno de los medios habituales en los que el trumpismo coloca su mensaje. De entre los numerosos aspectos que han hecho imposible resolver el conflicto en doce años de diplomacia, todos menos la cuestión de Donbass han desaparecido ya, al menos de la imaginación de Estados Unidos, cuya táctica se ha basado en ignorar aquello que no se correspondía con su forma de ver la guerra a la espera de que el problema desapareciera. “La única cuestión pendiente… es la reivindicación territorial sobre Donetsk. Se está trabajando activamente para intentar ver si se pueden conciliar las opiniones de ambas partes al respecto”, insistió Marco Rubio en su comparecencia en el Senado. “Sigue siendo un puente que no hemos cruzado. Sigue siendo una brecha, pero al menos hemos podido reducir el conjunto de cuestiones a una sola, que probablemente será muy difícil”, se jactó el secretario de Estado para sorpresa del bando ruso, que insiste en que su postura no ha cambiado.
“La cuestión territorial es la más importante. Pero aún quedan muchos otros asuntos en la agenda. Muchos asuntos”, respondió Yuri Ushakov, que dio a entender que tampoco las garantías de seguridad que Ucrania y Estados Unidos aseguran que se han acordado –queda por ver si la interpretación del acuerdo que se disponen a firmar es la misma en Washington y en Kiev- son del gusto de Moscú. “Dicen: «Se han acordado garantías de seguridad». Bueno, entonces, ¿también se han acordado con Rusia?”, añadió el asesor de Vladimir Putin. “Nadie ha recibido la aprobación de la parte rusa al respecto”, insistió. Ushakov no ha sido el único oficial ruso que se ha manifestado en estos términos. No habrá paz a corto plazo, afirmó Sergey Lavrov, “si el objetivo es preservar este régimen en alguna parte del territorio de la antigua Ucrania y seguir utilizándolo como trampolín para crear amenazas a la Federación de Rusia”. “Hemos celebrado la primera ronda de negociaciones en el marco del grupo de trabajo sobre seguridad. Ahí es donde nos encontramos ahora”, insistió Ushakov. Solo Estados Unidos piensa que la cuestión de la seguridad está cerrada, algo que posiblemente sea el motivo por el que Ucrania desea firmar el acuerdo de seguridad con Estados Unidos a toda costa, sin esperar a que se concreten los demás acuerdos bilaterales con los que proceder al alto el fuego. Pese a la confianza que muestra Estados Unidos, que tras cada encuentro anuncia avances sustanciales y concretos, todos los temas polémicos –seguridad, territorios, reconstrucción, financiación y sanciones- siguen en el aire.
Contrariamente a lo que se había anunciado, la siguiente ronda de negociaciones no comenzó ayer ni lo hará hoy. “Nuestro equipo negociador acaba de presentar un informe. Se han fijado las fechas de las próximas reuniones trilaterales: 4 y 5 de febrero en Abu Dabi. Ucrania está lista para un diálogo sustancial, y nos interesa asegurar que el resultado nos acerque a un fin real y digno de la guerra. ¡Gracias a todos los que colaboran!”, anunció Volodymyr Zelensky, un cambio que el medio ucraniano Strana achacó a dos posibles escenarios: la necesidad de un trabajo en la sombra ante la posibilidad real de avances o el intento de Ucrania de preservar durante unos días más la tregua energética parcial que debía prolongarse hasta la reanudación de las negociaciones.
A la espera de esa nueva reunión entre Rusia y Ucrania, cuya temática volverá a ser previsiblemente militar –como lo demuestra el fuerte peso militar o del aparato de seguridad en la composición de las dos delegaciones-, ayer Steve Witkoff comentó su reunión del sábado con Kiril Dmitriev, un encuentro que, nuevamente, ha sido calificado de “productivo”. Quizá el detalle más importante de este encuentro es la lista de asistentes, entre los que además de los habituales Witkoff y Kushner se encontraban también Rubio y Bessent. De ello se puede deducir la temática puramente económica de la reunión, aunque no han trascendido datos para determinar cuáles de los temas más importantes –reparaciones, sanciones, fondos retenidos y relación económica Rusia-Estados Unidos más allá de la guerra- protagonizaron la reunión. Lo que sí queda claro es que Estados Unidos continúa con su dinámica de negociar con Rusia y Ucrania aquellos temas en los que considera que puede haber acuerdo bilateral, especialmente las relaciones económicas de las que Washington disfrutará tras el alto el fuego, ignorando completamente los aspectos más difíciles de resolver. No es Rusia quien dilata el proceso sino que es Estados Unidos quien, involuntariamente y en gran parte por su incapacidad para comprender la naturaleza y complejidad de la guerra, ha planteado un formato de negociaciones que les está requiriendo más tiempo y trabajo del que habría esperado.
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