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Minsk, Munich

“Éstas son las conversaciones de los derrotados” Vytautas Landsbergis, antiguo Presidente de Lituania, 12 de febrero de 2013.

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Viñeta de KAL en The Economist en la que el amenazante Putin estrecha la “mano” al presidente ucraniano, más parecido a Lukashenko que al presidente Poroshenko.


Una de las reacciones más sorprendentes al acuerdo de Minsk ha sido la comparación con el Acuerdo de Munich de 1938 sobre los Sudetes. Mientras aquel pacto establecía el procedimiento para la integración de una parte de Checoslovaquia en la Alemania nazi, el de Minsk perfila una estrategia, probablemente ilusoria, de acercamiento de las regiones de Donetsk y Lugansk a una Ucrania reformada desde posiciones de respeto a los derechos de su población.

Las referencias a una traición similar a la de Chamberlain y Daladier, adalides del apaciguamiento ante Hitler, es mantenida con vehemencia en algunos sectores, en particular entre los vinculados a la histórica alianza entre Estados Unidos y los movimientos nacionalistas de las llamadas naciones captivas del este de Europa.

Paul A. Goble es uno de los propagandistas que ha defendido más intensamente esta posición desde The Interpreter, una web anti-Putin apoyada desde Nueva York por el Institute of Modern Russia. Goble, asesor del Departamento de Estado entre 1986 y 1991, abandonó su cargo en protesta por el apoyo de George H. W. Bush a la estrategia de colaboración de las antiguas naciones de la URSS con la nueva Rusia de Boris Yeltsin. Según el Office of Slavic and Eurasian Analysis, hacia mediados de los años 90 Goble se había convertido en uno de los principales defensores en Occidente de la tesis del resurgimiento del imperialismo ruso tradicional. En 1993, un artículo del Ukrainian Weekly le atribuía la siguiente declaración: “lo que ocurre entre Rusia, Ucrania y los Estados Unidos será el pivote en torno al que se moverá el mundo”.

Sin embargo, la expresión más enrabietada de la tesis derrotista la ha formulado el líder que llevó a Lituania a su independencia, Vytautas Landsbergis. En la presentación de un libro sobre los acontecimientos de 1991 en aquel país, el líder conservador ha llegado al paroxismo en este punto al señalar que Minsk “es peor que Munich”.

Las razones para el exabrupto se vinculan en parte a la participación en las negociaciones de Minsk de los representantes de Donestk y Lugansk, Plotnitsky y Zakharchenko. “En esa Conferencia de Munich, no había probablemente SS de los Sudetes que hablaran en nombre de la nación y pidiendo repartirse Checoslovaquia. Al menos no se sentaban en la mesa. Y ésos sí”, señala.

Es obvio que lo que le escandaliza no tiene nada que ver con la oposición al nazismo puesto que Landsbergis fue Presidente de Lituania cuando se inició el proceso de exoneración de personas convictas durante el periodo soviético, un proceso que se extendió a colaboradores del régimen de Hitler. Landsbergis ha mostrado siempre comprensión, además, por los miembros del régimen lituano que en 1941 colaboró con la Alemania nazi.

No es por tanto Hitler o las SS quienes le molestan sino Putin y los líderes de Donetsk y Lugansk, en especial la pretensión de éstos de representar a una parte de la población de Ucrania. “Dar territorio, reconocer a esos bandidos como líderes que están invitados a la mesa y a los que se permite firmar documentos. ¿Por qué dar esa legitimación a los mercenarios de Putin”, dice escandalizado. Le decepciona que la Canciller alemana Angela Merkel aceptara ese “teatro de marionetas” según el cual Putin acabó presionando a los rebeldes para que firmaran el acuerdo. “¿Por qué hundirse a tan bajo nivel?”, remata.

La mayor crítica de Landsbergis se dirige, sin embargo, al atrevimiento de Rusia en dictar lo que debe ser el orden constitucional en Ucrania. “Si los países negocian y Rusia dicta el tipo de reforma constitucional que deberían tener”, entonces es posible preguntar: “¿dónde está su propia reforma constitucional, cuando va a empezar a respetar su propia Constitución, señor Putin?”. Y si no lo hace, que “cierre la boca y no nos hable de Constitución”. “Somos un país democrático con un Parlamento elegido por el pueblo. Soy el Presidente electo, podría decir Poroshenko. Mientras ustedes se han nombrado a sí mismos”, señala enrabiado.

Landsbergis es de aquellos que no creen por tanto en Minsk, pidiendo que se arme a Ucrania. “Si no, significa que Ucrania ha sido vendida”. Según el político lituano, Rusia ha declarado la guerra a la civilización de Occidente. “Los líderes occidentales tienen su excusa: no queremos la guerra. Pero la guerra está en marcha, señora. Sin embargo no ve nada malo en que ucranianos sean asesinados”, afirma dirigiéndose, sin necesidad de nombrarla, a Angela Merkel.

El expresidente lituano fue uno de los primeros firmantes de la constitución de una de las principales iniciativas neo-conservadoras en Europa, la Henry Jackson Society. Entre sus objetivos figura la promoción activa de la democracia liberal en el mundo, soportada en una fuerte capacidad militar de Occidente y sin renunciar al intervencionismo exterior. Entre los primeros promotores de esa sociedad aparecen importantes figuras neo-conservadoras del otro lado del Atlántico como Richard Perle, William Kristol y James Woolsey.

En su crónica de las negociaciones de Minsk en el británico The Telegraph, David Blair sigue una línea de argumentación que tampoco parece dejar dudas respecto a quién fue el vencedor de las negociaciones en Minsk: “El lenguaje corporal lo decía todo. Petro Poroshenko, grimoso y agotado, se inclinaba hacia delante suplicante; Vladimir Putin, benevolente y relajado, esbozaba una sonrisa enigmática”. “Las fotografías de las conversaciones maratonianas de ayer entre los líderes de Ucrania y Rusia demostraban cuál de los dos tenía más razones para la confianza respecto del acuerdo que surgió en Minsk”. Mientras destaca que, después de Minsk, Ucrania tiene todas sus obligaciones detalladas y sujetas a un calendario preciso, se pregunta: “¿Y Rusia?”.

La referencia a Munich es menos directa en la crónica de Blair pero, no por ello, menos clara: “La pregunta es si este éxito particular, le va a satisfacer. Porque, en última instancia, esta crisis nunca ha sido sobre Ucrania solo; más bien, siempre ha sido acerca de la agotadora ambición de Putin en darle la vuelta al arreglo posterior a la Guerra Fría. Así que nos encontramos con una pregunta que no ha sido planteada desde 1938: ¿hasta dónde se extienden las ambiciones territoriales de un autócrata europeo? Al ponderar este enigma, todo lo que tenemos que seguir es la sonrisa enigmática de Putin”, afirma.

En el Financial Times, Niall Ferguson también sostiene que el resultado de Minsk es altamente favorable a la parte rusa pero transmite a su audiencia un mensaje más tranquilizador: el acuerdo no trae una paz duradera pero tampoco es Munich. El argumento sin embargo sorprende cuando afirma que el acuerdo “no es siquiera un acuerdo formal … es más una lista de cosas para hacer que pueden (o que no pueden) llevar a una tregua en el este de Ucrania”.

Para probar esta curiosa sentencia, Ferguson señala que los cuatro participantes en la mesa no firmaron nada, sólo lo hicieron los representantes del Grupo de Contacto. Según el autor, Poroshenko hizo bien en actuar como lo hizo porque, con ello, conseguía evitar la aniquilación de sus fuerzas en Debaltasevo y garantizarse el apoyo económico del FMI. Pero, que nadie se engañe, no se trata de un verdadero alto el fuego.

Sea lo que sea lo que se haya acordado en Minsk, parece que nadie se equivocará al sostener que las fuerzas del neo-conservadurismo en el mundo no están a favor. En realidad, lo acordado les irrita y mucho.

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