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Sobre el final de los acuerdos de Minsk

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Tanques ucranianos en zonas residenciales de Avdeevka estos días / Evgeniy Maloletka, AP

Como suele ocurrir cada vez que se produce un empeoramiento en el frente, la guerra en Donbass ha vuelto esta semana a los titulares de la prensa internacional y con ellos la especulación sobre si este episodio puede suponer el final del proceso de Minsk, que se iniciara en septiembre de 2014. A escasos días de que se cumpla el segundo aniversario del segundo acuerdo, firmado tras una maratoniana noche de negociaciones entre los jefes de Estado o de Gobierno de Alemania, Francia, Rusia y Ucrania, ninguno de los puntos de aquel acuerdo se ha cumplido.

Los últimos bombardeos en la zona de Donetsk-Yasinovataya-Avdeevka demuestran que ni se ha consolidado el alto el fuego ni se ha retirado el armamento de la línea del frente. Pero el desinterés de la prensa por el habitualmente olvidado conflicto en Donbass ha conseguido ocultar el principal fracaso del proceso de Minsk, relacionado con los puntos políticos y económicos. Dos años después de la firma del acuerdo, que cita específicamente el restablecimiento del sistema bancario y la reanudación de los pagos de pensiones y prestaciones sociales en todo el territorio de Donbass, el sistema bancario sigue bloqueado, solo los pensionistas que cruzan la línea del frente tienen acceso a sus pensiones y Ucrania sigue manteniendo el bloqueo de transporte y carga.

Sin embargo, ni esas medidas políticas ni el nuevo empeoramiento en la línea del frente supone necesariamente que el proceso de Minsk se encuentre en su fase final.

***

Artículo Original: Colonel Cassad

Brevemente, sobre las abstractas discusiones que afirman que lo que está sucediendo en Donetsk puede acabar con los acuerdos de Minsk.

En pocas palabras, siguen y seguirán. Antes del actual empeoramiento, ninguno de los puntos de los acuerdos de Minsk había sido implementado, por lo que no se plantea ninguna cuestión nueva. Las partes no han ejecutado ninguno de los puntos de los acuerdos y no lo harán ahora. No hay un solo punto en los acuerdos cuya implementación habría evitado la última escalada. En este sentido, nada ha cambiado: es una inmóvil estabilidad.

En la práctica, hace tiempo que los acuerdos de Minsk han desaparecido, ya que es evidente que son un fracaso, no importa cuántas veces se reúna la diplomacia para rondas de negociaciones en Minsk. Estados Unidos no puede forzar a Rusia a cumplir los Acuerdos de Minsk según su interpretación deseada (Crimea y Donbass), mientras que Moscú, por su parte, tampoco será capaz de forzar a Kiev a cumplir el acuerdo de una forma que fuera conveniente para Moscú (algunos de sus promotores se expresan en eslóganes vacíos sobre cómo “necesitamos toda Ucrania”, algo que está fuera de toda posibilidad socioeconómica o político-militar).

Las escaladas periódicas demuestran que los acuerdos de Minsk no han conseguido el objetivo de congelar el conflicto. Evidentemente, la guerra no ha terminado, sino que se ha extendido en otras formas.

La propaganda del “plan maestro” afirma que los Acuerdos de Minsk pueden otorgar más tiempo para esperar a que el régimen de Ucrania colapse aunque, como han demostrado los últimos tres años, esos mantras son comparables al derrotismo que advierte que Rusia va a entregar Donbass. La propaganda ucraniana, por su parte, sigue alimentando a su población con fantasías sobre cómo las sanciones de Occidente forzarán a Rusia a capitular y a entregar a Poroshenko Donbass y Crimea.

Tras tres años de guerra, Rusia sigue enfrentándose a las mismas opciones de rendición o guerra, que durante tres años ha tratado de esquivar por medio de los Acuerdos de Minsk, pero que sus oponentes han impedido a base de calentar el frente en Donbass. Las maniobras políticas y militares permiten ganar tiempo, pero no solucionarían el verdadero problema.

El problema de Poroshenko es diferente, no tiene muchas opciones que no pasen por la continuación de las políticas anti-rusas y aumento de las hostilidades, lo que le permite mantenerse en el poder. Así que las constantes provocaciones militares del régimen de Kiev se deben a esa naturaleza, especialmente teniendo en cuenta que, hasta ahora, sus patrones veían de forma favorable esta opción en la que los costes recaían principalmente en Rusia, la Unión Europea y Ucrania.

En la situación actual, cualquier solución diplomática al conflicto va más allá de los Acuerdos de Minsk o el formato de Normandía. Solo cuando los principales antagonistas, Moscú y Washington, comiencen a negociar entre ellos en un nuevo formato habrá una opción real de una solución diplomática duradera. Sin ese diálogo directo, es ridículo esperar que haya éxito en unas negociaciones en las que no participan los patrones de Poroshenko y principales clientes del golpe de Estado que dio lugar a la guerra civil. Merkel y Hollande no pueden solucionar estos problemas. Mientras no se cree tal formato en el que Estados Unidos y Rusia lleguen a un acuerdo sobre Ucrania, los Acuerdos de Minsk seguirán actuando como una opción sin alternativas, que no se ejecutará ya que los participantes tienen diferentes interpretaciones.

Sin la participación de Estados Unidos, Minsk-3, 4 o 5 serían en vano ya que como el actual Minsk-2, estaría políticamente muerto. La esperanza se basa en la posibilidad de un cambio radical en la política interna y externa de Estados Unidos, que crearía las condiciones para una normalización de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos que podría acabar con la guerra en Ucrania y servir como prólogo de un nuevo orden mundial. Este escenario sería el más favorable para Rusia, ya que permitiría salir de una situación en la que las opciones para solucionar el problema ucraniano son o malas o peores. En caso de un “gran acuerdo”, es posible que la guerra termine, aunque la decisión clave no está en Kiev ni en Moscú sino en Washington y no hay garantía alguna de que Estados Unidos vaya a actuar de buena fe en este asunto. Por el momento, Moscú espera pacientemente a que se aclare la postura de Estados Unidos, por lo que no va a forzar la situación en Ucrania para no cerrar así la puerta a una posible, aunque ni mucho menos garantizada, normalización de las relaciones. El tiempo para aprovechar esta oportunidad será escaso.

Pero es evidente que hay que considerar que cualquier normalización no ocurrirá y la guerra, quizá en una configuración ligeramente diferente, continuará y, con ella, el problema asociado a Ucrania y Donbass.

En ausencia de un progreso real en el ámbito diplomático, no queda más escenario posible que el militar. Este escenario puede ser de baja intensidad o de operaciones de combate de mayor intensidad (dependiendo en qué grado se haya congelado el conflicto y también de la preparación de las tropas), pero lo principal es que esta situación se puede alargar durante años (solo hay que ver el conflicto de Nagorno-Karabaj, donde tras veinte años desde el inicio de la guerra, Armenia y Azerbaiyán aún encuentran fácilmente vías para reanudar nuevos combates en el territorio de la República, parte de la cual se ha convertido en una permanente línea del frente), sobreviviendo a Putin, Poroshenko y Trump.

Son posibles cambios en este escenario en los siguientes casos:

  • Creación de una situación diplomática en la que sea posible una solución no militar (en este caso, hay que entender que ni Estados Unidos ni Rusia van a ceder voluntariamente su posición en Ucrania y el destino de Ucrania es el objeto de la negociación).
  • Victoria militar de una de las partes (el Ejército Ucraniano, con ayuda de Estados Unidos y la OTAN logra acabar con las Repúblicas o las milicias, con ayuda de Rusia, derrota al Ejército Ucraniano en Donbass y causa una desintegración de Ucrania).
  • Colapso del régimen de Kiev por el propio peso de la acumulación de las contradicciones socioeconómicas y políticas (lo que también podría llevar a una desintegración de Ucrania).

Antes de la aparición de un nuevo formato, el formato de Minsk habrá quedado exhausto y apartado, cada vez con menos contenido práctico. Pero no se tirará a la papelera de la historia hasta que haya algo con lo que reemplazarlo. Desde el punto de vista práctico, quedó obsoleto ya en 2015. Y no es una coincidencia que, en la segunda mitad de 2016 (al contrario que en 2015), la diplomacia ni siquiera se molestara en discutir la necesidad de extender la vigencia de los Acuerdos de Minsk y Poroshenko no insistiera en imponer fechas límite. Los participantes no consideraron necesario cumplir siquiera con esta mínima formalidad en relación a este simulacro, lo que deja claro que es irrelevante para conseguir el final de la guerra. Una escalada más no supone el final de la historia de estos acuerdos, sino que únicamente ilustra que están vacíos.

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