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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Jerson, Kiev, LPR, Rusia, Ucrania, Zaporozhie

Lucha por los cielos

Desde el comienzo de la guerra en 2014, cuando Ucrania se encontró con un ejército desorganizado y en el que la corrupción de los años de la restauración capitalista había hecho mella, Kiev ha tenido clara la obligación moral de sus socios occidentales de suministrar el armamento necesario para ganar la guerra. Presentando siempre el conflicto como un enfrentamiento contra Rusia, aunque no lo fuera realmente hasta el 24 de febrero de 2022, Ucrania ha presionado y suplicado a los países de la OTAN, especialmente a Estados Unidos, en busca de renovar su armamento y acercarse así a la entrada en la Alianza, uno de los principales objetivos de las administraciones post-Maidan mucho antes de que las tropas rusas cruzaran la frontera.

En los primeros años de guerra, cuando Ucrania se enfrentaba a una milicia improvisada apoyada por miles de voluntarios rusos y ayuda extraoficial que llegaba de la frontera (en los últimos meses, Evgeny Prigozhin ha admitido la presencia de mercenarios de su empresa, Wagner en Donbass), el principal objetivo de Kiev fueron los misiles antitanque Javelin. El conflicto, especialmente tras la firma de los acuerdos de Minsk en febrero de 2015, se limitaba a una incansable guerra de trincheras en las que era la artillería la que primaba. La escasa distancia que separaba a los dos bandos en conflicto hacía innecesario suplicar artillería de largo alcance. La artillería ucrania era más que suficiente para mantener vivo el conflicto y justificar así más financiación, más misiones extranjeras de entrenamiento de tropas en un momento en el que la guerra “contra Rusia” estaba siendo utilizada como un mito fundacional en el proceso de construcción nacional de una nueva Ucrania.

Entregados finalmente los misiles antitanque Javelin en tiempos de Donald Trump -Obama había considerado la entrega de armamento “ofensivo” una línea roja cuyo cruce era innecesario-, Ucrania buscó nuevas armas que solicitar a sus socios. Era el tiempo de solicitar la entrega de drones turcos Bayraktar, que al igual que los Javelin cambiarían el rumbo del conflicto, desde hacía varios años estancado en un proceso de paz en el que Ucrania nunca tuvo intención de negociar ni de cumplir los términos firmados. Sus éxitos en los tiempos de la guerra Ucrania-Donbass se limitaron a la captura de una única localidad sin importancia estratégica y apenas defendida por el ejército de la RPD. El acto, eso sí, permitió a Ucrania jactarse del uso de un Bayraktar para destruir un tanque de la RPD en una trinchera. Como colofón, el ministro de Defensa de Ucrania, Oleksiy Reznikov, alegó que el uso de Bayraktar por parte de Ucrania no infringía los acuerdos de Minsk. Dichos acuerdos no solo prohibían el uso de drones a ambos bandos -la OSCE era la única parte autorizada para utilizar vehículos no tripulados- sino que se encontraba en vigor un alto el fuego, por lo que todo ataque estaba, por principio, prohibido.

La intervención rusa provocó un cambio absoluto en el rumbo de la guerra, que no solo se extendió de Donbass a gran parte del país, sino que cambió completamente la dinámica y los medios utilizados en el día a día. Atrás quedó la guerra de trincheras sin avances territoriales y sin uso de aviación, anulada por las milicias de la RPD y la RPL a base de MANPADs en 2014 y el conflicto, aunque nunca llegara a convertirse en una guerra abierta, amplió la gama de ataques y cambió completamente las necesidades de las tropas en liza.

Fracasado el intento ucraniano de lograr que la OTAN “cerrara los cielos de Ucrania” con una zona de exclusión aérea, que no solo habría implicado derribar las aeronaves rusas dentro de Ucrania sino también dentro de Rusia, Ucrania se centró en la exigencia de carros de combate y, sobre todo, artillería de largo alcance. Aunque utilizados de forma combinada con otra artillería pesada de producción ucraniana o rusa, los tan preciados HIMARS estadounidenses y otra artillería de largo alcance suministrada por los países europeos ha causado serias pérdidas a Rusia y las Repúblicas Populares. En una táctica de uso combinado con otros proyectiles de menor coste económico, los HIMARS han sido clave a la hora de inhabilitar el importante puente Antonovsky, que une la margen izquierda del Dniéper con la ciudad de Jerson. Aunque el puente soviético se mantiene en pie, los meses de constantes ataques han hecho inviable su reparación. Agujereado, parece haber sido abandonado, una pérdida sustancial para las tropas rusas a la hora de suministrar a sus tropas en Jerson, especialmente ahora que se aproxima la batalla por la ciudad, y para evacuar a la población, como solicitaba ayer Vladimir Saldo, gobernador en funciones de la parte de la región bajo control ruso.

La artillería de largo alcance de los países de la OTAN ha sido clave también para hacer estallar numerosos polvorines y arsenales de las tropas rusas y los ejércitos de la RPD y la RPL, que han dificultado la ya de por sí deficiente logística rusa en esta guerra. Pero han sido utilizados también en bombardeos indiscriminados de la ciudad de Donetsk o de numerosas localidades de la retaguardia. La localidad de Perevalsk, en la retaguardia de la RPL, tuvo el honor de ser la primera en la que Ucrania utilizaba sus nuevos HIMARS, que también hicieron acto de presencia en Alchevsk, tiempo atrás base de la brigada Prizrak de Alexey Mozgovoy, donde Ucrania destruyó el depósito de autobuses.

Los ataques rusos de los últimos días han aumentado una exigencia que Kiev había planteado hace semanas. Aunque uno de los principales éxitos de Ucrania en esta guerra ha sido precisamente impedir que Rusia se hiciera con el control de los cielos, algo que ha logrado gracias a sus defensas, la entrega de armas antiaéreas por parte de los países de la OTAN e Israel ha sido una de las exigencias más repetidas en los últimos meses. La fortaleza de las defensas antiaéreas de los dos contrincantes, que poseen sistemas similares, ha hecho de la aviación un elemento secundario en una guerra en la que el protagonismo absoluto ha sido de la artillería. Sin embargo, la aparición en el frente de drones de fabricación iraní ha servido de argumento para recuperar ese deseo y hacerlo con más ímpetu. El argumento del peligro iraní ha sido la principal baza para tratar de lograr de Israel un “Iron dome” a un Tel Aviv que trata de mantener el equilibrio entre la defensa de Ucrania y el mantenimiento de relaciones cordiales con Moscú. La seguridad de sus aeronaves en sus ataques contra Siria podría estar en juego.

A lo largo de la última semana, la presencia de los drones kamikaze iraníes en el discurso ucraniano se ha hecho aún más presente. Por primera vez desde el comienzo de la guerra, Rusia ha atacado, durante al menos cuatro días consecutivos, infraestructuras críticas ucranianas, especialmente instalaciones de producción y suministro eléctrico, aunque también nudos de comunicaciones y conexiones ferroviarias. Y lo ha hecho replicando, en cierta forma, la estrategia ucraniana contra el puente Antonovsky. El uso masivo de drones kamikaze no solo permite la destrucción de objetivos secundarios -los ataques en el puerto de Odessa mostraron la capacidad de estas armas, pero también que no pueden sustituir a los misiles Kalibr-, sino saturar las defensas antiaéreas con multitud de objetivos simultáneos. Con ello aumentan las posibilidades de que los misiles, con mayor capacidad de destrucción y también de coste significativamente más elevado, consigan alcanzar sus objetivos en lugar de ser derribados.

En los últimos días, la prensa occidental ha pasado de un discurso de condena de ataques indiscriminados rusos contra ciudades ucranianas a tener que explicar los motivos del reducido -aunque siempre condenable- número de civiles que han muerto en esas decenas de ataques. Mientras la prensa alega la baja calidad de los misiles rusos, Ucrania responde afirmando haber derribado la práctica totalidad de los proyectiles. Sin embargo, Kiev admite también que alrededor del 30% de las infraestructuras eléctricas habían resultado afectadas en apenas dos días de ataques rusos. Y pese a la aparente práctica infalibilidad de sus defensas aéreas, Ucrania exige armas a sus socios, que ya han anunciado planes para enviar tanto defensas antiaéreas de gran potencia -aunque difícilmente capaces de superar los éxitos que Ucrania afirma haber logrado estos días- e inhibidores de drones.

Ante el riesgo de que Rusia, reforzada con armas de las que carecía hasta hace apenas unas semanas, consiga hacerse con el control de los cielos, los países de la OTAN tratan de responder con rapidez. Por el momento, los misiles rusos han infligido daños que Ucrania no parecía esperar y los drones iraníes han causado varias preocupaciones. En el día de ayer, admitido por ambas partes y con imágenes que prueban el derribo, un dron kamikaze iraní logró infligir daños en un MiG-29 de la aviación ucraniana, cuyo piloto hubo de eyectarse y tras lo que la aeronave se estrelló para quedar destruida. Por otra parte, Ucrania y sus socios temen también que Rusia esté utilizando los drones como señuelo para hacer responder a las defensas antiaéreas ucranianas y tratar de destruirlas. La lucha por los cielos de Ucrania está en marcha.

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