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Después de la batalla

Artículo Original: Dmitry Steshin / Komsomolskaya Pravda

La calle Taganrog rodea Mariupol marcando una frontera tras la cual comienzan los campos y las localidades suburbanas. En el distrito residencial Vostochny, todos los edificios de los bloques exteriores están dañados o derruidos. Varios edificios de nueve pisos parecen la letra П: se han colapsado secciones enteras, pero, por alguna razón, han sobrevivido los tejados. Fue aquí donde, durante casi un mes, las Fuerzas Armadas de Ucrania y Azov mantuvieron la defensa. Por una extraña ironía del destino, el microdistrito Vostochny fue asaltado por el batallón Vostok.

Durante un mes, solo se pudo avanzar metro a metro, de los talleres y grandes tanques a la refinería y finalmente a los edificios de nueve pisos. Es mucho. Pero el cálculo era correcto, estos desgraciados edificios fueron la clave, la base de la defensa de todo el barrio. Cuando las tropas ucranianas fueron expulsadas de ellos, no se quedaron por el barrio, se refugiaron en Azovstal. El 80% de los edificios ha sobrevivido, en muchos de ellos incluso hay cristales. Pero, aun así, el olor a muerte persiste en la calle Taganrog, se siente incluso al pasar conduciendo. Bajo los escombros y en los sótanos había docenas, puede que cientos, de muertos: civiles y soldados. Ahora, un destacamento del Ministerio de Situaciones de Emergencia de la región de Tula trabaja en los escombros. El cemento destruido es trasladado a un lugar específico destinado para ello en camiones.

El jefe del centro de rescate del Ministerio de Situaciones de Emergencia de Tula, el coronel Evgeny Orlov, explica lo básico del desmantelamiento de las ruinas. “En primer lugar, el edificio tiene que ser examinado por los ingenieros, determinar qué se puede limpiar y cómo hacerlo para prevenir un colapso”. Nos encontramos bajo la fachada de un edificio que parece una tarta a la que se le ha cortado un trozo, toda una sección de apartamentos. El viento del mar de Azov sopla y remueve las chaquetas de los niños que aún están colgadas en el tendedero de lo que en algún momento fue un apartamento en el noveno piso. Las paredes se han colapsado, pero las chaquetas siguen ahí y eso es algo que no alcanzo a entender.

Las puertas de la entrada están intactas y cerradas, en algunas partes hay muebles y papel pintado arrancado de la pared. Según los vecinos, bajo los escombros de este edificio deberían estar los cuerpos de tres personas. Se sabe incluso el piso y la puerta. Así que el trabajo de las grúas está siendo controlado. Pregunto al coronel lo más importante: “¿Puede dar una valoración preliminar sobre si esta vivienda podrá ser reconstruida o tendrá que ser demolida?”

El coronel suspira: “Por supuesto, decidirá la comisión, pero supongo que parte de este edificio, varios portales, podrán ser preservados y reconstruidos”.

El equipo de rescate de Tula ha estado trabajando aquí durante tres semanas. Ya han podido rescatar los cuerpos de 25 civiles para que puedan ser enterrados, además de cientos de piezas de munición.

Las unidades del Ministerio de Situaciones de Emergencia tienen también una misión humanitaria. Por ejemplo, han preparado baños para los residentes de Mariupol. La población no ha podido darse una ducha decente en varios meses y el agua en la ciudad es lo más preciado. Cerca de los edificios de nueve pisos, donde el grupo de asalto de Vostok sobrevivió durante 17 días rodeado, hay un tanque de agua en el que la población local hace una inmensa cola. Un poco más lejos, detrás de la escuela sin ventanas, hay algo parecido a un parque. Los niños juegan en los columpios y los adultos están al sol. El ruido del generador cargando más de cien teléfonos y tables parece un martillo. Un hombre, Alexey, corta el pelo a su perra Dusya y dice: “En el sótano se ha puesto como una cerda, pero ahora, gracias a los chicos del Ministerio de Emergencias, todo está en orden”.

Cerca de ahí, al final de la arena, están sentados Irina y Dmitry. Esperan que la electricidad vuelva a la ciudad. Ya hay rumores de que está al llegar, aunque los zapadores de la RPD acaban de terminar de limpiar las líneas de alta tensión. “Ya estamos acostumbrados a estar sin luz, claro”, me dice Irina. “Ya no podemos ni ver el shashlik sin pan y la carne frita. ¿Qué más se puede cocinar en el fuego?”

Cuando se cortó la electricidad a principios de marzo, los supermercados empezaron a distribuir todo lo que tenían en los congeladores. En algunas zonas, la población lo cogió por su cuenta, nadie les puede condenar por ello. La primavera fue fría, así que la carne congelada se pudo preservar durante un par de meses y resultó ser una salvación contra el hambre.

En el edificio en el que viven mis interlocutores solo resultaron dañados algunos apartamentos en los pisos superiores. Pero, según los expertos, no hay problema. Se limpiarán las paredes, se cambiarán el tejado y las tuberías y todo puede hacerse en una semana.

Visitamos a los zapadores, que trabajan bajo las paredes de un edificio. La munición está alineada en el suelo. Se trata de la munición encontrada entre las ruinas de los edificios. Son los restos del arsenal de las Fuerzas Armadas de Ucrania y los batallones nacionalistas. Son proyectiles y minas que no explotaron. La petición más habitual de la población local es “¡Ayuda! Tenemos un proyectil en las escaleras, al lado del contenedor de basuras”. Y la respuesta estándar: “No lo toquéis, estaremos ahí ahora mismo”.

Extraoficialmente, pregunto a uno de los zapadores: “¿Cómo te ha dejado tu familia venir aquí?”

Ríe: “Tengo dos hermanos luchando en Izium. ¡Voluntarios!”

El comandante del grupo de zapadores, Andrey Ploskij, trabajó en la retirada de minas en Karabaj. Hay una diferencia: allí, la mayoría de los explosivos eran proyectiles de artillería. Aquí hay de todo. “Hay munición extranjera. Tienen mucha electrónica y hay poca información sobre ellos, aunque internet ayuda. Nos hemos encontrado munición de lanzagranadas americanos, granadas Vogue búlgaras. Las granadas de mano son extranjeras. También hay munición peligrosa de tiempos soviéticos que ya había sido retirada del servicio. Hay que trabajar duro”, afirma de forma diplomática. “Es un desminado intenso, no solo de los territorios, sino de objetos: edificios e incluso escuelas. Es decir, los defensores lo minaron todo aquí. Bueno, es el pack habitual de guerra urbana: granadas de mano y lanzagranadas, minas y proyectiles”.

Según el zapador, reciben entre treinta y cincuenta llamadas de residentes locales al día. He visto yo mismo la afluencia de mujeres mayores y en el centro en el que se encuentra el Ministerio de Situaciones de Emergencia, escriben cuidadosamente las direcciones para el grupo de retirada de minas.

¿Cómo valora la población a los rescatistas? Es una pregunta importante. Al inicio de esta operación, específicamente el 25 de febrero, todas las autoridades de Mariupol huyeron de la ciudad. Todas. Ante nuestro avance, todas estas personas no eran de ninguna utilidad, al contrario, eran un estorbo que impedía a la población asentarse en los sótanos o se hacía con apartamentos que Azov preparaba para la defensa. En la práctica, veían a la población como separatistas que votaron por el mundo ruso, “que ahora se lo coman”. Estoy citando literalmente la historia de una residentes de la ciudad. La población, por supuesto, no se arrepintió. Y cuando los nacionalistas fueron expulsados, Rusia llegó al rescate. Uno de los rescatistas me contó una curiosa historia: “Recogimos un proyectil de mortero que no había explotado en el jardín de una mujer mayor y nos trajo un bote de tomate encurtido. El bote estaba lleno de polvo y los tomates estaban perfectos. Lo vi en sus ojos, era el último tarro de esta mujer. No lo podía aceptar”.

“¿Cómo saliste de esa?”

El rescatista se ríe: “Lo intercambié por dos raciones del Ministerio de Situaciones de Emergencia, el mecanismo para calentarlas y le expliqué cómo hacerlo. Ves, para ellos somos Rusia, que ha venido a ayudar y a salvarlos. Así es como nos ven”.

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