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Historia, Lenin, Nacionalismo, Rusia, Ucrania

Ucrania se desprecia a sí misma

Artículo Original: Andrey Manchuk

El 95 aniversario de la muerte de Lenin pasó en Ucrania entre un completo silencio. No en vano el líder de Octubre es una de las figuras más demonizadas por la mitificada ideología oficial de Ucrania. La campaña de destrucción masiva de monumentos a este hombre que se desarrolló desde el inicio de Euromaidan no era sino el acto más visible de la política oficial de descomunización de Ucrania.

Los patriotas ucranianos culpan a Lenin por la destrucción de la independencia del Estado durante la guerra civil en el viejo Imperio Ruso. Sin embargo, esas acusaciones son injustas y maliciosas, como sabría cualquier historiador medianamente imparcial. De hecho, al contrario que otros muchos políticos rusos de principios del siglo XX, Vladimir Ilich siempre fue un defensor del derecho de autodeterminación para los ucranianos, también de su separación del centro imperial.

“¿Por qué no va a poder Rusia reforzar la relación de los ucranianos con Rusia garantizando la libertad de la lengua local, el autogobierno, un Parlamento independiente, etc.?”, se preguntaba en el artículo “El derecho de las naciones a la autodeterminación”. En él demostró que los ucranianos tenían derecho a la independencia completa: “Si Ucrania, por ejemplo, está destinada a formar un Estado propio se determinará por mil factores impredecibles. Sin intentar hacer predicciones sin sentido, defendemos firmemente que hay algo que está fuera de toda duda: el derecho de Ucrania a formar ese Estado”.

“Si Finlandia, Polonia o Ucrania se independizan de Rusia, no hay nada malo en ello. ¿Cuál es el problema? Quien así lo piense, es un chovinista. Sería una locura seguir la política del zar Nicolás. Si hay una república de Ucrania y una república de Rusia, entre ellas habrá más comunicación, más confianza. Si los ucranianos ven que tenemos una república soviética, no se separarán, pero si tenemos una república de Miliukov se separarán. Cualquier socialista ruso que no reconozca la libertad de Finlandia y de Ucrania cae en el chovinismo”, afirmó Lenin en 1917 en plena vorágine revolucionaria.

Para entender lo “proucraniana” que era en aquel momento esa postura del líder bolchevique no hay más que recordar que buena parte de los prominentes socialistas europeos -incluida Rosa Luxemburgo, que polemizó con Lenin sobre la cuestión nacional- negaban el derecho de autodeterminación a pequeños pueblos “no históricos”, entre los que incluían a Ucrania.

Evidentemente, esto no quiere decir que Lenin fuera una figura solidaria y un aliado político por los nacionalistas ucranianos, como recuerdan ahora muchos de los comentaristas. Al contrario, incluso en tiempos prerrevolucionarios ya había un fuerte debate en los círculos patrióticos, que insistían en la necesidad de unidad de la clase obrera de Rusia y Ucrania. “Son malos consejeros para los trabajadores los intelectuales pequeñoburgueses de Dzvin”, escribió Lenin, “se dejarán la piel para separar a los obreros socialdemócratas ucranianos de los rusos. Dzvin defiende la causa de la pequeña burguesía nacionalista. Y nosotros defenderemos la causa de la clase obrera internacional: unir, combinar, unificar a los trabajadores de todas las naciones para una colaboración conjunta. Larga vida a la hermanada unión de los trabajadores ucranianos, rusos y de todas las naciones de Rusia”.

La política de Lenin sobre Ucrania, que fue la base de la línea política del partido bolchevique, estaba determinada por esos principios vitales: el líder de la Revolución de Octubre defendía el derecho de los ucranianos a la autodeterminación y el lema de la unión voluntaria e igual entre el proletariado ruso y ucraniano. Y por eso el Gobierno bolchevique de Moscú activamente apoyó a los comunistas ucranianos, ayudándoles desde el mismo momento de la rebelión nacionalista de enero en Kiev.

“Queremos una unión voluntaria de naciones”, escribió Lenin en la Carta a los trabajadores y campesinos de Ucrania a raíz de las victorias sobre Denikin. “Una unión fundada sobre la completa confianza, claro reconocimiento de la unidad de hermanos, sobre la base del consentimiento voluntario. Dicha unión no puede hacerse efectiva de un plumazo, tenemos que trabajar hacia ella con la mayor paciencia y circunspección, para no arruinar el tema y no causar desconfianza y para que la desconfianza heredada de siglos de opresión terrateniente y capitalista, siglos de propiedad privada y hostilidad causada por las divisiones y dividendos pueda desaparecer”.

A consecuencia de ello, desde los primeros años de existencia del Gobierno bolchevique, al que hoy se ha otorgado la etiqueta de “régimen antiucraniano”, se dieron pasos decisivos para promocionar la lengua ucraniana, en primer lugar, con una masiva campaña para erradicar el analfabetismo entre los campesinos.

Entonces llegaron los años 20, de florecimiento de la cultura ucraniana, época ahora eufemísticamente calificada de “renacimiento ejecutado”, aunque los principales escritores, directores y artistas de la época sobrevivieron a la represión y con su creatividad fueron la base de la incipiente cultura ucraniana moderna. Y escribieron muchos versos a la muerte de Lenin, entre los que destacan las famosas palabras de Mijailo Maik Johanssen, que hablaban de sincera gratitud y no estaban dictados por el comisario Mauzer poniéndole una pistola en la cabeza.

La Ucrania moderna, tal y como apareció tras la independencia en 1991, es fundamentalmente el resultado de la consistente implementación de la política de Lenin. Por su parte, la destrucción de monumentos a Lenin marca el colapso del país multinacional y multicultural creado por los bolcheviques, que no encaja con el régimen etnocéntrico de los nacionalistas. Al abandonar a Lenin y negar la importancia histórica de su figura -al margen de cómo se traten sus ideas políticas-, Ucrania se desprecia a sí misma. Y esta ironía es una pequeña venganza histórica de Lenin, que observa de reojo a los ucranianos incluso cuando su cabeza yace, demolida, en el suelo.

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