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Guerra y paz en la línea del frente

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Como era de esperar, con la retirada de los oficiales rusos del Centro de Control y Coordinación Conjunto, la situación militar se deterioró en Donbass. Las bombas ucranianas alcanzaron viviendas civiles en Gorlovka, Yasinovataya, Donetsk, Dokuchaevsk y otras ciudades y pueblos de la República. Cada vez más, las bombas impactan en zonas residenciales durante el día. Hasta ahora, el JCCC era un instrumento que disuadía al Ejército Ucraniano, pero aun en presencia de oficiales rusos, las tropas ucranianas cometieron crímenes de guerra y Ucrania seguía infringiendo sus compromisos. Ahora, con la partida de los oficiales rusos, no hay nada que impida al Ejército Ucraniano disparar contra los civiles desarmados de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk.

En vísperas de la “tregua navideña”, nos acercamos al frente, donde nos encontramos bajo el fuego de los francotiradores ucranianos.

La guerra…

De repente, comienzan a caer copos de nieve. Golpean contra el cristal, tan fuerte que a veces parece una bola que había tirado un niño jugando. Los rayos de sol se filtraban entre las nubes. El tiempo está claro y es allí, a Yasnoe [claro] donde nos dirigimos. Debía ser un viaje normal al frente. Hasta los últimos días, en comparación con Yasinovataya y Gorlovka, se había mantenido “tranquilo”, por decirlo de alguna manera. Teníamos la sensación de que no iba a pasar nada. Pero no hay que dejarse llevar por esa falsa sensación. No hay que bajar la guardia. Se pierde el control de la situación y el enemigo puede sorprenderte.

Dejamos atrás una larga cola en ambas direcciones en el puesto de control de la localidad de Elenovka. Conducimos a lo largo de una carretera que ya es familiar. Recientemente he acompañado a numerosos periodistas hacia Dokuchaevsk. La última vez, el Ejército Ucraniano disparó contra la calle Frunze desde un tanque. Algunas viviendas resultaron dañadas, se destruyó un gasoducto, un civil murió y otro resulto herido. La noche anterior no había habido bombardeos en Dokuchaevsk. Yasnoe también había quedado fuera de los partes de guerra. Eso da tranquilidad. En vano.

Se sube al coche Kipish, que confirma que, en los dos últimos días, la situación en Dokuchaevsk y Yasnoe ha sido tranquila. Ha habido batallas nocturnas, como ya están acostumbrados, pero han sido menos duras. Todo está bien. Pasamos junto a viviendas destrozadas que han sufrido el impacto del proyectil de un tanque. Una casa que ha pasado a ser una pila de ladrillos rotos, restos de madera y la sombra de lo que una vez fue. Cerca de ella hay un edificio de cinco pisos. En su tejado ha aterrizado otro “regalo” del otro lado del frente. Los operarios trabajan para reparar el agujero que ha quedado.

Y ahí hay una escuela conocida. Recientemente, sus paredes han sufrido daños por el arañazo de un proyectil de 30mm. Ahora, las ventanas de la institución están cubiertas por carteles que dicen “Feliz año nuevo”.

“No pises el freno por aquí, mejor si das gas”, dice Kipish, “o puede volar un SMS”, una bala de francotirador. La carretera está en su rango de tiro. Da igual si los vehículos son civiles o militares, un francotirador ucraniano puede abrir fuego en cualquier momento. Acelerando, el coche pasa por un manto blanco que cubre la carretera. Hay nieve por todas partes. La situación es completamente diferente en Donetsk. En la capital, la nieve se derrite inmediatamente. En Yasnoe, los edificios están completamente cubiertos de un manto de nieve.

Paramos en el lugar en el que habitualmente nos colocamos el equipamiento de protección. Sacamos del maletero los casos y chalecos antibalas. Un minuto más tarde, ya vestimos la protección. Pero llamamos la atención. Entre la nieve de las trincheras, somos objetivos demasiado fáciles para los francotiradores ucranianos. Por eso, los militares amablemente intentan que nos camuflemos. Inmediatamente empiezan a preocuparnos los francotiradores. Nos encontramos muy cerca de uno de ellos. Llega rápido, un disparo. El sonido retumba en la pared de las casas. Viene de algún lugar cercano. Teníamos que movernos rápidamente hacia allí, donde venía el disparo.

Llegamos a la calle, expuesta al fuego, y allí estaba, como a un palmo de distancia, el tirador ucraniano. “¿Deberíamos esperar?”, sugiere uno de los soldados. “No, tenemos que movernos”, indica Kipish.

El silencio desaparece inmediatamente. En la cabeza de todos nosotros está la idea de que nos han detectado cuando nos acercábamos al pueblo. Cuando nos movemos, guisantes mortales golpean contra las paredes. Agachados, empezamos a correr. Saliendo de la blanca nieve, nos mezclamos con el barro y la tierra. Se acelera la respiración y la necesidad de correr da un golpe de adrenalina. Es la única forma de sobrevivir. Al correr se siente la sensación de ser un blanco, de ser la presa de quien mira por la mirilla de un arma. “Corred al patio”, grita un soldado.

Un nuevo silbido. El cazador está cerca de sus presas. Soy el primero en correr a un patio que nos es conocido. La última vez, en el banco de la entrada, había un fragmento de proyectil. Hoy no hay ninguno. Corremos a la casa. A salvo, seguimos escuchando. De una en una, las balas golpean en las paredes. “Ya están golpeando en el patio”, dice Kipish enfadado.

Cuando recuperamos el aliento, noto unas pequeñas cajas. Un pequeño punto negro resulta ser un cachorro. Es muy pequeño. No sé si es por ver a desconocidos o por las balas, pero está aterrorizado detrás de una de las cajas. Llegamos al refugio, donde Kipish cuenta que esto es lo que ocurre prácticamente todos los días. A menudo disparan contra los civiles, que han tenido que acostumbrarse a estas circunstancias. Con los primeros disparos, las calles se vacían. Ahora que los oficiales rusos han abandonado el JCCC, la situación se ha agravado aún más.

“Con la connivencia de la OSCE, los militares ucranianos mueven equipamiento pesado”, dice Kipish. “El Ejército Ucraniano ha empezado a atacar cuando la OSCE estaba en nuestro territorio. La gente local sigue exigiendo respuestas a los extranjeros, pero ellos apuntan y se marchan”.

…y la paz

De repente, los disparos se detienen. De forma tan repentina como había empezado. Empieza y acaba sin ningún sentido, sin ninguna lógica. Es una guerra posicional. Nunca se sabe cuándo van a volar las balas en tu dirección.

Salimos de las trincheras de forma más segura de lo que habíamos llegado, sin que el enemigo nos moleste. Gradualmente vuelven a aparecer los residentes por las calles. Esperamos. En un pequeño quiosco rodeado de bolsas de arena, una mujer charla con el vendedor. A su lado, niños de unos ocho años comienzan a tirarse bolas de nieve. Después pasa una joven madre con un carrito azul. El vendedor sale a saludarla. Habla con ella. Dos adolescentes se quedan al lado del banco, pero no se atreven a sentarse en él. La imagen me recordó a la escena de un día de invierno en un patio de viviendas donde todos se conocen entre sí. Sería una forma agradable de vivir, si los niños no estuvieran jugando en la nieve al lado de las bombas. Ahora los niños están a salvo, pero ¿cuántas minas sin explotar puede haber a su alrededor?

La situación me recuerda al juego “Mafia”, donde la ciudad se va a dormir y despierta. Pero no, no es así. Aquí nadie decide cuándo “se va a dormir”. Cuando comienza el tiroteo, se rompe la paz y no hay ninguna posibilidad de esperar que la guerra acabe, así que los civiles se ven obligados a refugiarse de los bombardeos. Hasta que un francotirador ucraniano no decide que su trabajo ha terminado, no vuelve el silencio, que dura hasta el siguiente empeoramiento.

La vida sigue

Cerca del teatro, en el centro de la ciudad, hay mucha policía. “Puede que haya algún evento”, pensé. Suele ocurrir, cuando algo importante se celebra en el edificio del teatro de Donetsk. El coche circula por la avenida de Artyom y para en un semáforo. En la plaza de Lenin se ha reunido una multitud. Había olvidado que se inaugura el árbol de navidad. Hace unas horas se han encendido las nuevas luces. Donetsk estará iluminado con luces que no se han visto hasta ahora. Es un poco de alegría para la gente común, cansada de la guerra. Este tipo de actos son necesarios. Necesitan mantener el espíritu, ver que salen del agujero y que hay algo de esperanza. Es una celebración que muchos esperaban.

Intento sentir lo mismo, pero no lo consigo. Por mis venas aún corre la adrenalina. El corazón ya no va tan rápido, pero aún está reciente el último ataque, los niños jugando en la nieve al lado de los proyectiles. La celebración sigue su curso. La vida continúa. La guerra no durará siempre. Antes o después terminará. Y entonces habrá que aprender a vivir con los recuerdos que nos ha dejado.

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