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Alto el fuego, Bombardeos, Donbass, DPR, Educación, Gorlovka

Un colegio en la línea del frente

Artículo Original: Liza Reznikova / Antifashist

Un colegio en la línea del frente, palabras que no combinan bien juntas. Porque un colegio es una mezcla de voces de niños, sirenas para llamar a las clases, gritos, niños aprendiendo, profesores favoritos. Y mucho más que eso, recuerdos que evocan una sonrisa cuando nos hacemos mayores. Y la guerra es dolor, muerte, devastación y todas las cosas que la gente trata de olvidar rápidamente para no recordar jamás.

En las zonas cercanas al frente en Donbass, estos dos conceptos se mezclan directamente. Aquí los niños ríen bajo el sonido de las balas, las sirenas suenan a veces en paralelo a la artillería, los estudiantes se convierten en defensores de su tierra mientras el colegio se convierte, además de la casa del conocimiento, en un refugio y hospital durante los años del hambre, cuando los profesores se convierten en psicólogos para los niños que han tenido que crecer demasiado pronto.

El colegio Número 6 está situado en el pueblo de Gagarin, en las afueras de Gorlovka. A un par de kilómetros del frente y de las posiciones de las tropas ucranianas. Llego hasta aquí con voluntarios que en los días de Navidad han traído caramelos, tarta, galletas, fruta, otros dulces y regalos. Es un gran edificio de la época de Stalin, con pasillos y escaleras, techos altos, sólidos muros, habitaciones cálidas y espaciosas diseñadas para 1.800 estudiantes. Ahora solo hay 96. Es la segunda parte del día, así que la mayoría ya se ha marchado a casa, dejando solo a los estudiantes de todo el día. A la entrada del colegio, me encuentro con la subdirectora del centro para trabajo educativo Lyudmila Ivanovna Vertiporoj.

0210dd32e29ca0d09a18862be2708b8dLyudmila Ivanovna enseña lengua y literatura rusa con gran experiencia pedagógica. Es una persona amable, con voz suave y un trato cálido y cercano con sus alumnos. Entramos a su pequeño despacho  comienza a contar su historia.

“Todo empezó el 21 de julio de 2014. Era un día cálido y luminoso. De repente, desde el vecino Dzerzhinsk (al que Ucrania ha cambiado el nombre a Toretsk-LR), comenzó el bombardeo. Dispararon con Grad. Al mismo tiempo, los tanques llegaron al pueblo. Fue en pleno centro, en la plaza donde se encuentra el monumento a los mineros muertos. Fue aterrador. Pero al mismo tiempo, era imposible creer que pudiera estar pasando, que fuera posible… El mismo día dejó de haber luz en el pueblo. El tráfico estaba cortado. No se podía llegar ni salir del pueblo, salvo en transporte privado. Cerraron las tiendas.

El segundo bombardeo terrible ocurrió una semana después, el 27 de julio. Entonces desaparecieron el gas y el agua. Seguía funcionando la línea telefónica, íbamos a cargar los móviles a un pueblo cercano. A partir del 27 de julio, los bombardeos no pararon ni un minuto durante tres semanas. La población se escondía donde podía: los que tenían sótano bajaban allí; los demás, vinieron al colegio. Así que el colegio se convirtió en un refugio. Como ya he dicho, no había ni gas ni electricidad, así que teníamos que cocinar con fuego. En ocasiones lo hacíamos aquí mismo, en el patio del colegio.

El 31 de agosto, nuestra principal fiesta, el Día del Minero, volvió la luz. La vida se hizo más alegre. Y el 1 de septiembre celebramos la primera llamada a las clases. El año académico empezó el 1 de octubre en la República, aún más tarde, en diciembre, en nuestro colegio, ya que seguían los bombardeos. Pero queríamos dar a los niños una fiesta. Y lo hicimos. En el invierno de 2015 tuvimos que parar las clases otra vez: los bombardeos habían vuelto a empezar con más fuerza. Pero el colegio no se cerró ni un minuto. Simplemente enseñábamos a los niños a distancia. Les enviábamos material y los deberes por email. Los profesores venían cada día al colegio, a pesar de los bombardeos. Sabíamos que los niños nos necesitaban porque muchos de ellos seguían viniendo: alguien tenía que explicar las cosas que no entendían y otros simplemente preferían salir de casa, estar con profesores y compañeros. No pudimos reanudar las clases hasta marzo, cuando los bombardeos decayeron un poco.

El final de 2014 y el principio de 2015 fueron muy duros en términos materiales. Conseguimos sobrevivir gracias a Rusia. Benefactores rusos donaron una cantidad sustancial de ayuda. Gracias a ellos pudimos dar de comer gratis a niños de todas las edades durante todo el año. Eso no pasaba en todos los colegios. Y nosotros, gracias a los rusos, lo conseguimos. Incluso cuando la situación económica mejoró, seguimos haciéndolo, dimos de comer a todos los niños hasta finales de 2015. Gracias a toda esa gente tan generosa.

Las autoridades locales no se han olvidado de nosotros. Pese a que estamos en la línea del frente, hemos cerrado el tejado, puesto nuevos cristales y cambiado las tuberías. Ahora estamos renovando el porche para hacer una gran entrada, así que ahora entramos al colegio por la puerta lateral.

Por desgracia, la tragedia no ha sido ajena a nuestro colegio. En el verano de 2015 hubo otra fase de fuertes bombardeos en el pueblo. Uno de nuestros estudiantes, Vlad, estaba en casa con sus padres. Vivían en la calle Pereyaslav. Un proyectil impactó directamente contra la casa. Su madre murió en el acto y él sufrió una lesión severa en la cabeza. Gracias a múltiples operaciones y tratamiento en Rusia, el niño sobrevivió. Ahora estudia cuarto. Vive con su padre en casa de su abuela. Dicen que no caen dos bombas en un mismo lugar. Pero ahora sabemos que eso no es verdad. En diciembre de 2016 volvió a haber un bombardeo terrible. 16 viviendas sufrieron daños. En pleno invierno, muchos se quedaron sin techo. Una de las bombas impactó contra la casa de Vlad. Por suerte ya no vive allí, pero da miedo solo pensar qué podría haber pasado”.

Pregunto a Lyudmila Ivanovna cómo ha afectado la guerra a los niños.

“Nuestros niños han crecido antes de tiempo. Se están haciendo más sabios. A menudo piensan y hacen preguntas que no haría un niño. Intentamos tranquilizarlos, intentamos que no tengan miedo, tranquilizarles con palabras bonitas. Muchos se atemorizaron con el bombardeo del 2 de diciembre. Preguntamos a todos cómo habían pasado este bombardeo, intentamos hablar para que nadie tuviera miedo y tranquilizarlos.

Pero los niños siguen siendo niños. Siguen riendo, corriendo en el recreo, jugando en la nieve, haciendo muñecos de nieve y haciéndose bromas entre ellos. Intentan ser positivos”.

Caminamos por los pasillos del colegio con Lyudmila Ivanovna. El colegio está decorado con bonitos adornos para las fiestas de Año Nuevo, con serpentinas y adornos navideños. Además, la sala grande del bajo tiene un gran árbol de Navidad.

En una de las paredes me llama la atención un cartel en el que se puede leer: “Héroes de nuestro tiempo”. En el cartel hay chicos jóvenes de uniforme. Pregunto a Lyudmila Ivanovna quiénes son.

“Nuestros estudiantes. Los que fueron a defender su tierra. Algunos de ellos ni siquiera pudieron terminar los estudios. Todos los días rezamos por ellos. Y este chico de aquí”, Lyudmila Ivanovna señala la foto de uno de los chicos de uniforme”, “murió”…

Se aleja para secarse las lágrimas y sigue contando la historia.

“Andrey Yastremovich vino a nosotros desde el oeste de Ucrania. Entró en el colegio en quinto. Le gustaban mucho los deportes. Quería ser minero, incluso entró en la academia. Cuando empezó la guerra, fue uno de los primeros en ir al frente. Defendió Gorlovka. Y murió aquí. Así que ese fue el destino de un chico que venía de Ucrania occidental y que rechazó la ideología de Bandera, rechazó Maidan, salió en defensa de Donbass y murió con las armas en la mano defendiendo Gorlovka, que se había convertido en su ciudad”.

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En las paredes cuelgan retratos de los veteranos de la Gran Guerra Patria. Hay un vínculo entre las generaciones.

La puerta de una de las clases está abierta. Miro qué hay. En la sala está el grupo de tarde. Los niños dibujan en la pizarra: flores, árboles, nubes, el sol en el cielo. También hay escrito a tiza: “No a la guerra. Sí a la paz”. Se me empieza a poner un nudo en la garganta. Imagino todo lo que han tenido que sufrir estos niños aquí, en la línea del frente.

dnr-kids-070117-11Un grupo de niños pasa corriendo por las escaleras. Lyudmila Ivanovna cuenta que el colegio tiene una gran sala deportiva y Anatoly Agrodimov, entusiasta y voluntarioso, todos los días da clases gratis a los chicos del lugar.

Vamos al gimnasio y conocemos al deportista.

“Anatoly Agrodimov”, se presenta. “Fui campeón de boxeo de Ucrania y Bielorrusia y también campeón de las Fuerzas Armadas. Aquí soy entrenador de los niños”.

Antes de la guerra, Anatoly dirigía un club en Gorlovka. Con el inicio de la guerra, la empresa se vio en el frente y cerró. Y así cerró el club deportivo. Pero Anatoly no podía quedarse sentado. Vino al colegio y acordó con la directora que daría clases a los niños de la zona: boxeo, baloncesto, voleibol y gimnasia. El horario del gimnasio está ocupado todos los días de la semana.

Los niños no pagan ni un rublo por las clases. Además, el propio Anatoly ha comprado colchonetas, balones y sacos y guantes de boxeo. En la calle ha construido con su hijo un parque. Allí  organiza festivales y competiciones de deporte para los niños. El sueño de Anatoly es hacer campeón a alguno de los niños o niñas de Gorlovka. Primero campeones de la República y después de Rusia.

Creo que este tipo de personas, que no piden nada a cambio pero ponen fuerza, energía y alma a su trabajo, sacrificando su tiempo y sus recursos materiales, mantiene en pie nuestro Donbass.

Llega la tarde. Es hora de marchar. Vuelvo a Lyudmila Ivanovna. Rodeada de niños, sale a verme en la calle. Al despedirme, le deseo que todos los valientes niños y adultos obtengan este año nuevo lo que más desean: paz en su tierra. La paz que resulte de la victoria de nuestra República en esta terrible guerra.

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