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Batallón Azov, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Mariupol, Minsk, Rusia, Ucrania, Zelensky

Un toque de realismo

La pérdida de casi 2500 soldados en tan solo cuatro días con la rendición de las unidades del Ejército Ucraniano y del regimiento Azov, que se encontraban atrincheradas en la fábrica Azovstal de Mariupol, ha supuesto un choque con la realidad que Kiev, con su hábil manejo lleva semanas tratando de evitar. Ucrania intenta centrar el discurso en la retirada rusa de la frontera norte y los avances ucranianos en el norte de Járkov, que le han permitido atacar con artillería zonas al otro lado de la frontera rusa, con el objetivo de eclipsar el hecho de que ha perdido el control de la región de Jerson, la parte sur de la RPD, prácticamente toda la antigua región de Lugansk (a excepción de Lisichansk y Severodonetsk, donde la situación de los militares ucranianos se complica por momentos) y solo aguanta el frente en las zonas del norte de Zaporozhie y al sur de Donetsk. Una situación que algunos medios, como el español La Vanguardia, califican de “tablas”  y que puede consolidarse en las próximas semanas.

La pérdida de Azovstal supone una victoria para Rusia y la RPD, ya que, además de consolidar la posición rusa en el mar de Azov, ahora mismo un mar interior bajo control ruso en su totalidad, supone una advertencia para las tropas ucranianas en otras zonas en riesgo de quedar sitiadas. Sin embargo, uno de los motivos para mantener durante prácticamente un mes la presencia militar ucraniana en Azovstal era precisamente restar valor a esa victoria rusa, la más importante de esta fase de la guerra al tratarse de una ciudad de prácticamente medio millón de habitantes. Ucrania buscaba así difuminar el efecto que sobre sus tropas tuviera, no solo la derrota, sino la forma en que se ha producido: Kiev no ha sido capaz de negociar una salida ni enviar suministros ni refuerzos a unas tropas que han pasado cuatro semanas sitiadas, con escasez de medicamentos y en condiciones de debilidad pese a ser, en número, superiores a las tropas de la RPD que sitiaban el recinto.

En este tiempo, Ucrania ha alegado que seguía existiendo una resistencia ucraniana en la ciudad, por lo que negaba que Rusia la controlara. Es más, el alcalde ucraniano de Mariupol, que huyó de la ciudad en los primeros días de la guerra, sigue siendo considerado, no solo el regidor de la ciudad, sino una fuente fiable para la prensa ucraniana y occidental. Negar la realidad suponía negar la victoria rusa, aún parcial a causa de la existencia de esa supuesta resistencia en Azovstal. Rendida la guarnición de Mariupol, Ucrania y sus medios afines intentan argumentar que no se trata de una victoria estratégica, desvinculándola de la victoria en la ciudad, fundamentalmente con el objetivo de no causar pánico entre las tropas en las posiciones más comprometidas del frente.

Se repite ahora el mismo discurso que se usara a finales de abril, cuando un sonriente Denis Prokopenko, comandante del regimiento Azov, explicaba al periodista Dmitry Gordon que la resistencia en Azovstal mantendría ocupadas a las tropas rusas y liberaría a las tropas ucranianas en otras zonas. Entonces, Ucrania lanzaría su contraofensiva y acabaría con la presencia rusa en Mariupol. Con la confianza que dan los 40.000 millones de dólares comprometidos por Estados Unidos y la promesa de la llegada de armamento pesado occidental en los próximos meses, la Oficina del Presidente de Ucrania, fundamentalmente por medio de Mijailo Podoliak, continúa presentando el escenario de victoria ucraniana con esa contraofensiva que se planea para los próximos meses y que derrotaría a Rusia, que se vería obligada a abandonar los territorios capturados en estos tres meses de guerra. Ayer, Podoliak afirmaba que la guerra se dirige a su sangrienta fase final, en la que Rusia se atrincherará en busca de una guerra posicional, pero en la que Ucrania debe contraatacar para expulsar a esos “extranjeros” de los territorios. Como hiciera Zelensky dos días antes, Podoliak admitía que esa guerra causará un gran número de bajas en el bando ucraniano, “pero tendremos que vivir esa fase sangrienta de la liberación de nuestros territorios en cualquier caso”. En las últimas horas, Andriy Ermak ha añadido que, con la entrega de nuevas armas occidentales, el Ejército Ucraniano estará al máximo de sus capacidades de combate en un mes y medio o dos meses.

Pese al triunfalismo del discurso oficial y la protección que supone para Ucrania que no haya en la prensa voluntad alguna de preguntarse cuáles son las pérdidas reales de las Fuerzas Armadas de Ucrania -a pesar de las evidencias de grandes bajas, por ejemplo, en el contraataque de Járkov-, Kiev es consciente de haber perdido, solo en Mariupol y solo teniendo en cuenta a los efectivos capturados, a más de 4000 soldados. A ello se suma el riesgo de que algunas de las mejores unidades ucranianas queden sitiadas en lugares como Lisichansk, Severodonetsk o Artyomovsk, razón por la que el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania, Valery Zaluzhny, haya tratado sin éxito de retirar a las tropas de la primera línea de defensa para equilibrar el frente en la segunda línea, Kramatorsk-Slavyansk, y poder resistir el ataque ruso como las tropas ucranianas han logrado en la zona de Guliaipole hasta disponer de esas armas extranjeras que Ucrania espera recibir en el futuro cercano. Temeroso de un efecto psicológico que destruya la moral de las tropas con una retirada similar a las de Ilovaisk o Debaltsevo, el equipo de Zelensky ha rechazado de momento esa opción, lo que condena a las últimas ciudades de Lugansk bajo control ucraniano a una lucha hasta el final, esta vez sin la protección que ha supuesto el fortín de Azovstal. Destruido ayer en un ataque ruso uno de los dos últimos puentes en dirección a Artyomovsk, cualquier posibilidad de repliegue queda notablemente dificultada.

Sin embargo, son evidentes las contradicciones entre el discurso triunfalista y las dosis de realismo que comienzan a aparecer al más alto nivel. En línea con los argumentos del editorial publicado por The New York Times esta semana, Volodymyr Zelensky, se refirió ayer a las perspectivas de victoria ucraniana. Zelensky, que sigue alegando que sus socios occidentales han participado en la evacuación de Azovstal y se jacta de disponer de 700.000 personas luchando de su parte (incluye en ellas, no solo al ejército, sino al SBU, la policía y las diferentes defensas territoriales, escasamente preparadas, carne de cañón en caso de ser enviadas a la primera línea del frente, como se ha podido ver en estas semanas en Járkov), moderó notablemente las aspiraciones ucranianas, al menos en términos militares. Según afirmó ayer, sería una victoria para Ucrania regresar a las fronteras anteriores al 24 de febrero, es decir, recuperar la región de Jerson, el sur de Zaporozhie, el sur de Járkov, grandes zonas de Lugansk y Mariupol y sus alrededores.

Aunque en apariencia el presidente ucraniano modera las aspiraciones del país a recuperar sus fronteras según han existido desde 2015, siguiendo así la petición de realismo que comienza a aparecer en ciertos sectores occidentales, Zelensky no renuncia ni a Donbass ni a Crimea, aunque parece comprender que no es posible recuperar esos territorios por la vía militar. “Ucrania y solo Ucrania definirá cuándo y cómo termina la guerra”, escribió ayer el ministro de Exteriores Dmitro Kuleba para explicar las palabras del presidente. “Zelensky ha sido claro. No queremos tierra de otros, pero no renunciamos a lo que es nuestro”, sentenció el ministro que hace solo unas semanas mostraba a Anthony Blinken un mapa de Ucrania en el que se incluían regiones rusas como Kuban.

Sin explicar por qué Ucrania será capaz de recuperar por la vía militar todos los territorios perdidos desde el 24 de febrero, pero no los perdidos en 2014, Zelensky plantea el retorno a las fronteras anteriores a la intervención rusa como punto de inflexión. Acabaría ahí la fase militar de la guerra para pasar a una fase diplomática que, en realidad, no sería más que regresar a la mesa de Minsk, aunque con una Rusia mucho más debilitada y aún más apoyo occidental para Kiev para imponer su visión de la resolución del conflicto. Sin respuesta, posiblemente porque nadie espera que este escenario sea posible, queda la pregunta de cómo resolvería entonces Ucrania la cuestión de Donbass o cómo convencería a Crimea de volver bajo control ucraniano. En cualquier caso, la voluntad de regresar al escenario anterior al 24 de febrero denota la utilidad que el formato de Minsk ha supuesto durante siete años para Ucrania, que con apoyo de sus socios occidentales ha rechazado abiertamente cumplir con lo firmado, pero que ha utilizado también el bloqueo del proceso para garantizar el mantenimiento de las sanciones contra Rusia.

Los comentarios de Zelensky al respecto evidencian que no hay cambio de postura alguno en Ucrania. “Creía que sería posible terminarlo solo con la diplomacia”, alegó el presidente ucraniano en referencia a la cuestión de Donbass antes de la intervención rusa, olvidando, como es habitual, que fue la negativa ucraniana a cumplir con los acuerdos firmados la que hizo imposible que el proceso de Minsk avanzara. “Ahora es como un coche: no es de gasolina, ni es eléctrico, porque la guerra es así, es híbrido. Ya la victoria será muy difícil, será sangrienta, definitivamente habrá combate, pero el final definitivamente estará en la diplomacia”, añadió para admitir las dificultades: “Queremos todo de vuelta y la Federación Rusa no quiere devolver nada”.

Al final, todas las guerras acaban y el avance final solo puede producirse por medio de la diplomacia, alegó Zelensky. Sin embargo, ambas partes son conscientes de que las contradicciones existentes en las posturas de negociación -evidentemente, Rusia no puede permitirse poner sobre la mesa la soberanía de Crimea- hacen inviable un proceso de negociación a corto plazo. Las palabras de Zelensky no buscan reiniciar un proceso de negociación que existió durante algunas semanas, pero que quedó completamente paralizado en abril, sino rebajar ligeramente las expectativas militares de Ucrania, aunque no las políticas, para dar el toque de realismo que se le empieza a pedir desde el otro lado del Atlántico.

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