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Batallón Azov, Extrema Derecha, Fascismo, Nacionalismo, Rusia, Ucrania

Semenyaka y la hipocresía

La semana pasada, el académico canadiense de origen ucraniano Ivan Katchanoski denunciaba en las redes sociales el contrato ofrecido por el Instituto de Ciencias Humanas de Viena a Olena Semenyaka, una de las líderes de las estructuras vinculadas al movimiento Azov en Ucrania y que jamás ha escondido su ideología. Katchanovski, seguido por otra serie de periodistas y defensores de los derechos humanos como Eduard Dolinsky, criticaba el fichaje de la conocida activista de extrema derecha por una institución supuestamente liberal, que se defendía rescindiendo el contrato horas después alegando la “nueva información” recibida sobre la ideología de Semenyaka, que decía desconocer.

La actividad reciente de Olena Semenyaka se ha visto alterada por la voluntad de extender su influencia ideológica más allá del ámbito de la política ucraniana. Su expresión práctica es el resultado de una contradicción entre, por un lado, un radicalismo ideológico que la sitúa en el marco de la visión conservadora, pero a la vez revolucionaria, del nazi-fascismo histórico europeo; y, por otro, un intento de condicionar la dirección política de una Europa que reivindica los valores de la democracia que se levantó de las ruinas (tanto materiales como morales y políticas) que dejó en herencia la Segunda Guerra Mundial.

Durante muchos años ferviente propagandista de los principales referentes ideológicos del fascismo y del nazismo europeo, en paralelo a la idealización nacionalista de los radicales locales de Azov y del Corpus Nacional, cuya ideología en gran medida encarna, Semenyaka ha adoptado en los últimos tiempos un perfil mucho menos marcado en su faceta de propagandista política.

Este cambio se debe en parte a las acciones generales de denuncia del radicalismo de extrema derecha que se ha activado en las redes sociales, pero también a un mayor conocimiento del papel político e ideológico de la líder nacionalista ucraniana en el desarrollo de la ultraderecha europea, de Portugal a los países bálticos, pasando por Italia o Alemania. Las frecuentes participaciones de Semenyaka en foros terceristas, o directamente neonazis o fascistas, no han pasado desapercibidos a quienes siguen la evolución del nacionalismo radical ucraniano, uno de los movimientos políticos más peligrosos en la Europa actual. Además de la propia pandemia este contexto político ha contribuido a limitar la difusión pública de las ideas de una Semenyaka que ve en la Ucrania moderna, dominada por las ideas de la extrema derecha nacionalista local, “el papel de centro de las sinergias culturales y geopolíticas occidentales”.

Sin embargo, la principal razón del paso al mundo de la simulación política que tiende a practicar en la actualidad la secretaria internacional del Corpus Nacional es su voluntad de determinar la dirección de la geopolítica europea. Como ella misma afirma, el verdadero objetivo de Semenyaka es desarrollar en la práctica lo aprendido de los teóricos de la “revolución conservadora” o de los “luminarios de la Tercera Vía” como Ernst Jünger, Julius Evola o Carl Schmitt. Un proyecto que va más allá del espacio ucraniano, y que busca la destrucción de los órdenes políticos desacreditados en la Tercera Vía (el comunismo, incluida la versión adaptada que creen ver los azovets en la Rusia de Putin, y el orden liberal antinacional) y, en paralelo, la recuperación y actualización de los llamados “principios tradicionales saludables” Entre esos principios no está sólo el desarrollo de la propia nación sino la construcción una nueva Europa, respetuosa de la soberanía de sus naciones componentes.

Como en sus referentes ideológicos, en Semenyaka hay una combinación de destrucción y reconstrucción política. En el momento en el que los dioses (ahora paganizados) retornen tras la caída del Dios nietzscheano y de su viejo orden, superado el imperio de la Nada, se inicia según la ideóloga ucraniana el proceso de reconstrucción de Europa. Un proceso que resume en la idea de Reconquista.

En el momento actual, la expresión práctica de esta estrategia es el proyecto Intermarium. Su pretensión es redefinir la geopolítica europea, situando a los países orientales de la Unión Europea, y a sus aliados en países como Ucrania o Georgia, en una posición mucho más central en la definición de la ideología y la dirección de la política oficial en Europa. Un elemento clave de este proyecto es la concepción de la zona oriental europea como el principal baluarte de resistencia contra la mayor amenaza a la esencia percibida de Europa: la Rusia multicultural y “neobolchevique” de Vladimir Putin, el principal dios a derribar en el proyecto de Reconquista de Azov y su Corpus Nacional.

Intermarium constituye un aspecto central en la proyección de una alianza neoconservadora en Europa que permita un acercamiento entre la derecha clásica y la nueva ultraderecha nacionalista que expande su influencia por países como Ucrania, Croacia o los países bálticos. Para esta última, no resulta en absoluto problemática la defensa formal de la democracia, siempre que ésta se caracterice por la expulsión de la sociedad política de todo movimiento político susceptible de ser asimilado al comunismo en cualquiera de sus versiones (del estalinismo al “neobolvechismo”, pasando por un socialismo que no fuera suficientemente beligerante con ellos).

En gran medida, el acercamiento de Semenyaka al Instituto de Ciencias Humanas de Viena  refleja el potencial de acercamiento entre las fuerzas señaladas, moderadas o radicales. La ideóloga ucraniana combina en este sentido los dos elementos requeridos para impulsar dicho acercamiento: la indudable capacidad y formación ideológica y la visión de una Europa reformulada en los términos de la revolución conservadora tercerista, pero no obstante formalmente democrática.

Hay suficientes puntos de acuerdo en la estrategia política entre las facciones moderadas y radicales, desde la conversión de Ucrania en la última frontera contra la Rusia de Putin hasta el compromiso con el Maidan anti-Lukashenko en Bielorrusia, como para pensar que los “jueces” que asignaron la beca a Olena Semenyaka actuaran a ciegas, aparentemente ajenos a la historia oculta de la radical ucraniana. En una Europa que centra su ofensiva contra la democracia “iliberal” en lugares muy distintos a la Ucrania condicionada por los terceristas radicales, difícilmente podría resultar creíble ese argumento. Hay demasiada dosis de hipocresía en el “diálogo europeo” que se propone desde entidades como el Instituto de Ciencias Humanas de Viena, un tipo de diálogo en el que Semenyaka y su radicalismo encajan perfectamente. Tal como ya se vio en 2014 en las calles de Kiev.

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