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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Ucrania

“¡Mi niña no está!”

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Fue en mayo de 2016. La gente se amontonaba alrededor oxidadas láminas de metal que se doblaban como un papel. El mercado se había quemado hacía mucho tiempo a consecuencia de los bombardeos. La multitud se reunía en una pequeña zona recientemente pavimentada en la que se habían instalado unas piezas de granito. Llegaron los organizadores para explicar a los chicos vestidos con el uniforme blanco de los cadetes mientras preparaban los altavoces y micrófonos.

Estaba mirando unas velas al lado de algunos peluches para niños que alguien ya había dejado. La llama en la botella de cristal verde atrajo mi atención. En realidad, estaba mirando la llama naranja que salía de ella y no podía mirar hacia otro lado. Mi memoria estaba dos años atrás, cuando me desperté con un familiar pero más potente sonido el 26 de mayo de 2014.

Mientras soñaba por la mañana pensando en mi día libre, los bombarderos ya estaban causando muerte en el aeropuerto. Las aeronaves ucranianas volaban sobre las afueras al norte de Donetsk dejando un camino de muerte detrás de ellos. Coches tiroteados quedaron aparcados a la entrada de la nueva terminal del aeropuerto Prokofiev. En los alrededores yacían los cuerpos inertes, congelados en posturas antinaturales. Charcos de sangre teñían el asfalto negro y gris de rojo. Junto al cementerio Iversky yacían los cuerpos de las primeras víctimas de la guerra en Donbass.

El humo negro se elevaba al cielo mientras ardía el aeropuerto. Los primeros bombardeos aéreos en Donetsk. En toda la ciudad se podía escuchar el atronador zumbido de las aeronaves ucranianas. En la red empezaron a aparecer terroríficas imágenes que parecían surrealistas. Una mujer decapitada, un hombre partido en dos y muchos ríos de sangre.

La música me devolvió a la realidad. Estaba en el lugar en el que cayeron las primeras bombas ucranianas. En este lugar se había construido un pequeño monumento a las víctimas de la guerra en la localidad de Veseloe y el distrito Kubishevsky de Donetsk. Las piezas para el monumento se habían recogido en el aeropuerto de Donetsk. El entonces alcalde del distrito Kubishevsky, Ivan Prijodko, llegó en ese momento al memorial. Comenzaba el acto. Las personas iban pasando por el micrófono situado frente a las banderas, pronunciaban su discurso y se marchaban. Los niños cantaron una canción escrita específicamente para este acto y dedicada al primer día de guerra en Donetsk.

Pero lo que más me impactó fue otro episodio. Una vez acabado el programa oficial, la multitud se acercó para dejar flores en el recién inaugurado memorial. Las montañas de flores rápidamente cubrieron las losas de granito. Había mucha gente. Uno por uno, pasaban como un río de gente.

Había también personas para las que el día era una tragedia personal. Portaban retratos de sus seres queridos. Había una mujer. Durante el acto, no dejó de llorar y parecía estar esperando el momento en que le permitieran acercarse al monumento. Intentaba hacerse paso entre la gente. La mujer estudiaba cada nombre de las placas. Miraba cada letra, intentando buscar algo en ellas. En sus manos temblaba el retrato de una persona. Se movía de losa a losa, fijando la mirada pero sin poder encontrar lo que estaba buscando. Las lágrimas hacían aún más difícil leer los nombres escritos en las piezas de granito.

“¡Mi niña no está”, gemía.

La mujer buscaba el nombre y el apellido de la niña del retrato. Desde la multitud, alguien gritó que había otra placa a la derecha en la que estaban grabados los nombres de los niños muertos. La mujer pareció encontrar un alivio cuando encontró lo que con tanto ímpetu estaba buscando. Las lágrimas seguían ahí, pero el pánico había desaparecido. En la placa encontró el nombre que buscaba. Cuando se acercaba a su objetivo, parecía que ya no veía ni escuchaba nada más a su alrededor.

El monumento ya no era visible. Los pequeños residentes de Donetsk habían dejado juguetes: un oso, una jirafa y otros peluches rodeaban la fría piedra de granito con marcas de sus cortas vidas. En la losa estaban grabados los siguientes nombres:

Artur Babenko

Andrey Eliseev

Vladislav Kravchenko

Sasha Mamedjanova

Danil Kuznetsov

Nikita Russov

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