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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Ucrania

“Tampoco te puedes quedar sentada esperando que vengan días mejores”

Artículo Original: Kristina Melnikova

Llegué a Oktyabrsky, que fue bombardeado el 15 de mayo, sola. Atravesé el famoso paso por debajo de las vías que hace de frontera imaginaria entre la zona de paz y la zona de guerra y que separa el distrito Kievsky y la localidad de Oktyabrsky, al lado del aeropuerto, cuando sonaba una versión de blues de “Wind of change” de Scorpions. Este himno del final de la Guerra Fría de camino a una guerra caliente sonaba como algo surrealista.

Al otro lado, tardé un par de minutos en llegar al mercado, donde se había producido uno de los impactos la noche anterior. Ese día, mi vieja amiga Svetlana estaba trabajando allí. Tiene un pequeño puesto de venta de caramelos en el mercado. Svetlana y su familia, incluyendo a su nieta recién nacida, viven al lado de la calle Stratovnautov, la última zona habitada antes del aeropuerto de Donetsk.

“Hay mucho nerviosismo otra vez. En todos estos años, nunca hemos vivido tranquilos. El frente siempre es ruidoso, pero este mes ha vuelto a haber impactos en el pueblo. En los números 11 y 12 de un edificio de cinco pisos cercano que está al lado del colegio cerrado cayó algo en la ventana del piso más alto. Así que, Kristinochka, aquí siempre hay ruido. ¿Cómo funcionan las cosas aquí? Si el bombardeo es fuerte, como ayer, después hay un par de días de silencio, pero pronto vuelve a empezar”, explica Svetlana.

“¿Qué ocurrió el otro día? Que escondimos a los niños en las casas y nos quedamos en el patio viendo cómo las balas nos pasaban por encima de la cabeza y golpeaban en la valla”, comenta una mujer que escuchaba la conversación.

“Lo que tenemos aquí no solo son disparos. El día 26 hará seis años de acoso. ¿Esos dulces son de gelatina o piruletas?”, se une a la conversación una mujer mayor que venía a comprar dulces para su nieta.

Camino con Olga y su hija de ocho años por el pueblo, donde no hay un solo edificio intacto. Las tiendas han sufrido daños por los impactos directos. Los dueños no ven la necesidad de retirar el contrachapado o de reparar los daños hasta que acabe la guerra, ya que los edificios pueden ser destruidos en cualquier momento otra vez. Solo hay pequeñas tiendas y el mercado.

En ese momento, llega Alina en una moto, cuando Olga y yo hablábamos de la guerra. Recuerda que, el 26 de mayo de 2014, los helicópteros ucranianos volaron sobre este lugar atemorizando a la población civil, que corría en todas las direcciones mientras los militares disparaban a sus piernas. “Las marcas eran amarillas, como la munición de la OTAN. Recuerdo bien que corrí por la calle y vi armas que nos apuntaban y las caras sonrientes de los militares”, relató. En una de las calles centrales hay un memorial a los residentes del distrito muertos en la guerra: una larga lista de apellidos en una losa de granito.

Algunas veces parece que se puede ver una valla que está intacta, pero, si te fijas mejor, hay evidencias de la guerra. Las fachadas de los edificios de cinco pisos están cortadas por la metralla, los balcones y las ventanas están dañados en muchos de los apartamentos. Las casas en esta calle de nombre tan simbólico, Avenida del Kremlin, que va hasta Stratovnautov, han sufrido mucho a causa de la guerra. En esta ocasión, han vuelto a sufrir impactos directos. Uno de ellos, en el patio debajo de un balcón y al lado de un parque infantil. La fachada del edificio está marcada de metralla.

“¿Es del impacto de ayer?”, pregunto a una mujer del balcón del segundo piso. “No, es anterior”, contesta tranquilamente.

Una adolescente se balancea con monotonía en los columpios del patio. Cuando le pregunto dónde más ha habido impactos, señala con indiferencia en dirección a los bloques vecinos. En el patio, las mujeres dan de comer a los gatos y no hablan del bombardeo, como para no recordar que la guerra puede romper la calma en cualquier momento. La destrucción y la guerra conviven aquí con el hambre de vida y creación: todo está lleno de bonitas flores, los parques están decorados con juguetes y atracciones hechas a mano, hay grafitis de las batallas de la guerra y de las torres del Kremlin contra el cielo azul en las paredes. Los residentes claramente están orgullosos del nombre de la calle y tienen aprecio a su pueblo.

“Olga, ¿qué te gustaría decir? ¿Qué es lo más importante?”

“Hablo con mucha gente y sé, no solo por mí misma, que todo el mundo está cansado de la guerra, decepcionado con todo lo que está pasando, la gente ya no puede vivir en un estado de incertidumbre. Es un sentimiento desde hace mucho tiempo. Todos los que viven aquí han perdido a alguien cercano y resulta que es para nada”, explica.

La mayor parte de la población de Oktyabrsky ha sufrido daños de algún tipo en sus viviendas, en muchos casos varias veces. La casa de Olga ha recibido cuatro impactos durante la guerra: en 2014, 2016 y 2018. La población intenta rehabilitar algunas cosas, pero lo recuperado puede quedar destruido esa misma noche.

“Tampoco te puedes quedar sentada esperando que vengan días mejores. Los años pasan y ya tenemos más de 40 años, así que decidimos reparar la casa. Parece que la guerra no acabará nunca. Si hay un impacto, hay un impacto. No se puede escapar al destino. Estoy cansada de vivir en esta incertidumbre, sin sueños, sin planes, día a día durante seis largos años. Mucha gente dice que nuestro pueblo es lento, que tiene miedo de los cambios, que no se quiere marchar, que no busca lo mejor. ¿Qué es lo mejor? ¿Conoce a mucha gente que se haya marchado de Donbass para instalarse en otro país y esté feliz? Yo no conozco a muchos. Se marcharán, darán unos tumbos y volverán”, cuenta Olga.

“Cuando ella era pequeña, los ataques eran como truenos. Pero recuerdo la primera vez que realmente tuvo miedo. Derribaron un helicóptero militar y todo retumbó. Arina se agarró a mi ropa y lloró durante mucho tiempo. Después de aquello, nos fuimos a vivir con familiares unos seis meses. Ahora tenemos equipado el sótano, es casi como un búnker de verdad, con colchones, radiadores. La última vez que tuvimos que escondernos allí fue en 2018”, recuerda.

Esa mañana, como siempre, se había levantado pronto, estaba tomando café y preparándose para ir a trabajar cuando empezó el bombardeos. Su hija salió del dormitorio con la almohada en la mano gritando: “mamá, es peligrosos, hay que ir al sótano”.

“Y hubo que hacerle caso. Primero la llevamos a ella, luego a mi hijo, que empezó a patalear porque no quería ir. En ese momento había una batalla. En la mina 120 cayeron las bombas frente a las casas y a las cinco y veinte, los fragmentos llegaron hasta nosotros. Todo tronaba. Destruyó la puerta de la entrada. Habíamos cambiado la puerta tres veces en la casa. ¿Qué haces después de eso? Compramos puertas nuevas, las ponemos y no duran nada. Había cristales por todas partes y olor a gas, porque se había roto una tubería en alguna parte. No salimos del sótano en dos semanas. Empecé a buscar un piso en el que aceptaran animales: perro, gato y tortuga. Por 7.000 rublos, alquilé un piso sin camas, sin bombillas. Vivimos allí cuatro meses, pero no pudimos más.

La madre de Olga trabajaba en un hospital en el que se trató a muchos heridos en 2014. “El primer día, el 26 de mayo, mi madre fue a donar sangre. Había muchos heridos, todos ellos en nuestro hospital. Entonces no había suficiente sangre y ella era donante universal, su sangre valía para todos. Mi madre había dejado su anterior trabajo, en parte porque era difícil conducir bajo el fuego y el cruce de la vía estaba cerrado. Pero tenía ganas de ser útil. Consiguió un trabajo de enfermera en el hospital. Mis hijos y yo nos marchamos a vivir con familiares y le pedimos que también viniera, pero se negó hasta que hubo un impacto en su casa. Sobrevivió de milagro, aunque no tuvo tiempo de tomarse el Martini que se había preparado tras un duro día de trabajo.

“Teníamos el frigorífico en el pasillo y a mi madre le gusta el Martini bien frío. Vino a casa después de su turno, preparó la comida y un Martini y se quedó en las escaleras por si tenía que correr al sótano. Pero entonces vino una vecina y le invitó a tomar el té. Justo cuando se sentaron a la mesa, hubo un impacto y empezó el humo. La casa se había quedado sin valla y en el pasillo ya no había puertas. El frigorífico había caído por las escaleras. Se marchó después de eso, fue la última gota. Y eso que había sufrido mucho, había estado en el hospital bajo el fuego”.

Pese a que Oktyabrsky dejó de aparecer tanto en los informes militares desde que la milicia expulsó al Ejército Ucraniano del aeropuerto de Donetsk, no ha habido silencio desde entonces.

“Olga, ¿ha habido algún tiempo extendido, digamos un año, en el que no haya habido impactos en el pueblo?”

“¡Qué dices! Qué fantasía. Y ahora otra vez, desde finales de abril, el empeoramiento es terrible otra vez. Mandamos a mi hija con su abuela, que aunque no vive lejos de aquí, está algo más lejos del frente. Pero aun así, no me quiero marchar de Donetsk. Le dije a mi abuela antes de morir que la casa estaría cuidada mientras yo estuviera viva. Y me gusta Donetsk”.

Vuelvo a la tienda cerca del mercado. Los clientes discuten el bombardeo del día anterior. Alguien comenta que ese día habían caído “mil pequeñas cosas” justo antes del impacto. El tejado de la tienda sufrió daños por la metralla. “Cuánto más puede pasar, cuándo va a acabar eso”, se pregunta la gente al final del sexto año en guerra si se considera lo ocurrido el 26 de mayo de 2014 en la zona del aeropuerto de Donetsk y el pueblo de Oktyabrsky como el punto de partida.

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