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Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

Se acabó el día de la marmota

Artículo Original: Ana Dolgareva / Vzglyad

Aquí la arena lo impregna todo: la ropa, la piel, los ojos, los pulmones. Esa arena, el polvo de esta tierra, Donetsk y Lugansk, que vuela de las minas, recuerda cada día de estos cinco años de guerra. Testificará cuando llegue el juicio final. Lo recuerda todo.

Ayer hablaba con el sonriente tío Vova, contento porque ha llegado la primavera, florecen los albaricoques y porque no volaban proyectiles en su pueblo del frente, al que ha vuelto la juventud. Ahora, decía, se ve a mujeres con carritos de niños, la vida continúa. Hace cinco años enterró a su nieta. Un proyectil impactó en la huerta. El cuerpo de su nieta fue enterrado sin cabeza. La cabeza nunca se encontró.

Una hora después, el teléfono estalló con llamadas y mensajes. Putin había firmado el decreto que garantiza pasaportes rusos a la población de Donbass. Muchos no se lo creían. Volvieron a mirar. Otros lloraron de alegría. Una dulce y amable abuela de ocho nietos dijo: “¡Qué bien! Tengo dos hijas en España y al menos así podré ir a visitarlas. Con el pasaporte ucraniano no podía salir”. Lleva cinco años luchando y en Ucrania está buscada, así que el viaje sin visados no le vale para nada.

Algunos escépticos ya hacen profecías: ahora todos se marcharán de Donbass y solos quedará una tierra vacía en la que continuará una guerra sin fin.

En ese momento pensé en el tío Vova. Ha pasado estos cinco años trabajando en Luganskgaz. Pasó los dos primeros años en los que, prácticamente todos los turnos, tenía que salir bajo las bombas a reparar tuberías dañadas por los proyectiles. Enterró a su nieta. Y no se marchó. Explica: “en los años noventa pude ir a Moscú a trabajar y fui. Pero ahora no voy a ninguna parte. Estoy cansado”.

También pienso que un pasaporte ruso no va a devolver al tío Vova su nieta. También pienso en aquellos que en estos últimos cinco años se han dado a la bebida o se han quitado la vida tras haber perdido toda esperanza en un futuro mejor. He conocido casos de lo primero y de lo segundo. Conocí a un chico que se pegó un tiro en la cabeza con un rifle y tuvo una larga, dolorosa y aterradora muerte. No había ni guerra ni paz, ni movimientos adelante o atrás. Le rodeaba una atemporalidad que hace desaparecer todos los sentidos a la vez.

Pensé en la vergüenza que he sentido cada vez que he visitado Donbass en los dos últimos años. Miraba a los ojos de la gente, sin cambio, sin esperanza. Sin intención de juzgar, preguntaban: “¿En Rusia todavía os interesamos?”. No sabía qué responder a esa pregunta.

Algunos abiertamente decían que, de haber sabido cómo iba a acabar todo, no habrían ido al referéndum. Otros, en cambio, preguntaban si Rusia iba a abandonarles o si no había forma de escapar a los infinitos acuerdos de Minsk. Me han hecho cien veces esas preguntas. Los militares me preguntan por qué tienen prohibido disparar. Los civiles me preguntan: seguramente nunca podremos unirnos a Rusia, ¿verdad? Lo he sentido siempre como una especie de traición personal a cada una de estas personas, vivas o muertas, como si yo misma les hubiera prometido cielos soleados sobre un parque y olor a vida y les hubiera arrastrado a un cementerio con olor a podrido. Un día de la marmota que no acaba nunca, con proyectiles explotando en las trincheras cada semana y después un funeral.

El decreto que concede pasaportes a la población de Donbass no es tanto sobre los beneficios prácticos. Quienes querían marcharse a Rusia ya lo han hecho. Hay algo más importante: es una vía para salir del círculo del infierno de los acuerdos de Minsk, una forma de llamar a las cosas por su nombre. La rueda comienza a girar. El día de la marmota ha terminado.

No me equivoco si digo que todos y cada uno de los residentes de Donbass odian los acuerdos de Minsk, que han condenado a tres millones de personas a permanecer en un espacio entre la vida y la muerte, ni lo uno, ni lo otro, ni todo lo contrario.

Parecía que esto iba a ocurrir para siempre, diez años, veinte, cincuenta, que nada cambiaría nunca y que habría que acostumbrarse a morir por el fantasma de la esperanza de este pueblo, el mejor pueblo del mundo. Mientras tanto, el resto del mundo permanecería en una burbuja separada del mundo real, en la que el polvo poco a poco haría invisible Donbass.

Pero todo puede cambiar de repente y puede explotar como una burbuja de aire. Y las cosas se empiezan a mover, la gente empieza a hablar, a reír, a llorar, a abrazarse y una persona que no bebe jamás puede comprar una botella de coñac para brindar y que, esta vez, no sea por los muertos.

La rueda de la historia ha empezado a girar lentamente.

Pero la nieta del tío Vova ya no estará y tampoco estarán muchos chicos jóvenes de camuflaje. En abril, el cementerio de un pequeño pueblo del frente tiene varias tumbas nuevas. Pero hay que pensar, al menos así parece, que no ha sido en vano para quienes han sobrevivido a estos terribles, insoportables cinco últimos años.

En este mundo no hay nada más importante que la esperanza.

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