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“La madre de un terrorista”

Artículo Original: Komsomolskaya Pravda

La ciudad está situada a pocos kilómetros de Donetsk. Antes de la guerra, mi marido y yo llegábamos allí en 50 minutos en autobús. El centro de la ciudad está relativamente cuidado y allí viven sus padres. Cada una de nuestras visitas era una fiesta para ellos. ¡Cómo no va a serlo! Él es su único hijo y no tienen ningún otro pariente en la ciudad. La mesa siempre estaba llena de todo tipo de delicias y charlábamos durante horas. Cada vez, al marcharnos, su madre preparaba una enorme bolsa llena de comida, como si fuéramos estudiantes. Se secaba las lágrimas a escondidas y, feliz, nos decía: “os estamos esperando, volved, cuidaos”.

Desde 2014 no podemos volver allí. Gracias a los patrióticos e insaciables voluntarios de Mirotvorets, entramos en la lista. Mi marido, como terrorista (trabaja en la prensa). Yo estoy en una sección menos grave y es solo por trabajar en la RPD.

Cada día comenzaba con una llamada a la familia. “Todo está bien”, informaba mi marido antes de irse tranquilamente al trabajo. Pero hace unos días ocurrió un desastre. Mi suegra fue al hospital cuando nosotros nos quedamos sin comunicación de MTS [el servicio de telefonía móvil]. La llevaron al hospital local en ambulancia. Hacía tiempo que sentía dolor, pero hasta entonces lo había aguantado. Hacía todo lo que podía para cuidarse: hacía ejercicio, cuidaba la comida.

Pero llegó un momento en que el dolor se hizo insoportable. Y mi suegro tuvo que llamar a urgencias. Tuvo que someterse a dos operaciones consecutivas. Fue justo en el momento en que desapareció la comunicación móvil. Un chico (muchas gracias a él) ayudó a mi suegro a enviarnos un mensaje por internet para contarnos qué había pasado.

Imaginen nuestra situación: sin poder viajar allí y con dificultad para comunicarnos. Durante dos días, las llamadas de Fénix [el sistema de comunicación móvil desarrollado por la RPD, en principio para llamadas en la RPD] cobraban itinerancia (10 rublos el minuto) y hablamos tanto que acabó con el pobre smartphone. Pero eso no importa ahora.

Allí la gente estaba avisada. Nuestra familia vivía una vida solitaria. No pudimos encontrar a ninguno de sus amigos, pero llamamos a una sobrina más joven. “Sí, sé qué ha pasado”, susurró Oxana. “No me llaméis más, estoy en el trabajo. Hablaremos por la noche”.

Esa noche, Oxana nos dio una breve, pero intensa lección sobre cómo allí todo es complicado. Los médicos están desesperados con la reforma de la sanidad: hay despidos, se unen hospitales, todo es más caro, es difícil hacer pruebas, etc. “Además”, añadió seria y firmemente Oxana, “se enterarán de que me comunico con vosotros. Voy a tener problemas en el trabajo. Y no solo yo, mi hijo y mi hija también sufrirán. Ellos tienen buenos trabajos y buen sueldo en otra ciudad cercana”.

“¿Por qué van a sufrir?”, pregunté. No entendía nada.

“Porque aquí la gente vigila. Pero comunicarse con los separatistas te denuncian al SBU. Y a ellos les dan un bonus por ello. ¿Sabéis que mis hijos tuvieron que firmar que nunca se comunicarían ni por teléfono ni por internet con los separatistas? Es decir, con vosotros”.

¿Cuál es vuestro problema? La ciudad en la que ocurre todo eso, en 2014, en aquel momento bajo control de la RPD, participó activamente en el referéndum. Entonces había bastantes más defensores de la República que seguidores de Bandera. La clave es el tiempo verbal en pasado. En estos casi cuatro años han “limpiado” la ciudad de todos esos seguidores. Los que quedan tienen miedo. Jamás habría imaginado que el miedo a acabar en las mazmorras del SBU y la agresiva propaganda nacionalista darían tal resultado. Es evidente para todos que la vida se ha deteriorado, pero no hacen nada.

Por supuesto, existen aquellos que no se pliegan a la presión. Tienen una fuerza que les hace inmunes. Tienen educación, inteligencia y, lo que es más importante, tienen conciencia. Todo eso crea un filtro que el sinsentido que se ve en la televisión no puede atravesar.

“¿Sabes? Tenía muchos amigos en la red”, cuenta una conocida. “Al principio hablábamos abiertamente todos los días, sin miedo. Pero cada vez iba a menos. Ahora ya no hablamos ni para felicitarnos las fiestas. Eran diferentes. Pero si alguien del otro lado me pide que vaya a ver a sus padres, yo iré una y otra vez y les llevaré medicinas y comida. Por cierto, sobre las medicinas. Antes compraba medicinas de Ucrania, pero ahora es más barato comprarlas aquí. He visto en internet a gente que busca que alguien les compre medicinas en la RPD y las lleve a Ucrania”.

Esos días que buscábamos a alguien que nos ayudara al otro lado, en nuestro Donetsk natal nos ayudaron sin exigir nada. Mi amigo el Doctor (con mayúsculas) simplemente me dijo: “aquí no tengo conexión en absoluto (el hospital está prácticamente en la línea del frente), pero mañana estoy libre e iré a hablar con los colegas para consultar vuestro caso. Espero poder hacerlo. Después te avisaré por internet”. Cruzó la ciudad para ver a sus compañeros que podían ayudarnos. Hace mucho que le conozco, siempre es así con todo el mundo.

Los médicos estudian Mirotvorets

Después de una noche sin dormir, decidimos que no había otra forma de convencer a esa buena mujer de que ayudara a mi suegro. Decidimos ir al asalto. Los gritos por teléfono se convirtieron en una llamada a la conciencia. Al día siguiente me quedé sin voz, pero al menos fue al hospital, al menos una hora. Finalmente, mi agobiado suegro se calmó un poco. No sabe de nuestros esfuerzos por conseguir motivar a su sobrina. Mi suegro pudo incluso llamar a su hijo.

“Sabes, hijo, resulta que las enfermeras aquí leen Mirotvorets y os han encontrado”, advirtió mi suegro. Para que cuiden de tu madre pago 150 grivnas al día. Pero el fin de semana, una de las enfermeras directamente se negó. Bajó la mirada y dijo: no me puedo quedar, tengo el turno completo. Y entonces me dijeron que había ido al puesto de enfermeras y había dicho: es la madre de un terrorista. Ha venido a que le cuidemos”.

Mi suegro tosió y colgó el teléfono.

Queremos trasladar a mi suegra a Donetsk tan pronto como sea posible, sacarla de ese hospital ucro-patriota que no sabe si tiene más miedo a la reforma sanitaria o a los terroristas-separatistas.

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