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Una gota de hipocresía

Artículo Original: Andriy Manchuk

El 6 de febrero apareció la noticia de una nueva victoria en el frente contra las actividades anti-ucranianas del Kremlin. Según el Comité de Radiodifusión y Televisión de Ucrania, los patrióticos censores han prohibido importar al país el libro “Alcohol casero soviético según GOST: coñac, vino, licores y tinturas”. El estudio de Denis Tokarev -subversivo tanto en lo político como en lo económico-, que habla sobre las recetas de alcohol casero que fueron populares en las diferentes épocas de la etapa soviética, ha quedado oficialmente reconocido como una amenaza a la seguridad nacional de Ucrania.

Estrictamente hablando, el alcohol casero siempre fue una forma de artesanía antisoviética, desde los tiempos de la Nueva Política Económica o la “ley seca” de Gorbachov. Lo saben, no solo quienes vivieron la etapa soviética, sino también quienes han visto las viejas películas como Zelyonyy furgón [La camioneta verde, de 1983], o el cortometraje Bootleggers. Las agencias del orden de la Unión Soviética constantemente lucharon contra el alcohol casero, así que, según la lógica de la ideología ucraniana moderna, en teoría, debería considerarse héroes de la lucha clandestina anticomunista que resistían ante la tiranía de la dictadura bolchevique.

Sin embargo, para los censores ucranianos es suficiente ver la palabra “soviética” en el título para prohibir un libro ruso. Al fin y al cabo, el país ha descomunizado oficialmente el champán Sovietskoye, por lo que la represión contra el alcohol casero soviético es lógica. Además, así los irresponsables ciudadanos no podrán tomar prestadas las recetas de Tokarev para fabricar vodka casero, que podría tener un impacto negativo en las ventas de Kazenka, reduciendo así la capacidad defensiva del Estado ucraniano.

Esta tragicómica historia ha recordado una vez más a la sociedad la existencia de un instituto de censura ideológica, que sigue ganando relevancia. Los comentaristas y expertos han insistido en que, entre los libros recientemente prohibidos, hay desde las fábulas de Ilya Muromets hasta libros en inglés escritos por el conocido historiador antisoviético inglés Anthony Beevor [Ucrania ha prohibido su libro sobre Stalingrado por una escena en la que el historiador habla de las ejecuciones practicadas por los nacionalistas ucranianos que luchaban en el bando alemán-Ed]. El escritor, por cierto, calificó esa prohibición de un “terrible accidente”.

Toda esta “increíble libertad de expresión” es curiosa en el contexto de la doble vara de medir en lo que se refiere tanto a los derechos civiles como las libertades democráticas y el absolutamente tremendo cinismo mostrado por las autoridades ucranianas. El mismo día en que se conocieron las nuevas prohibiciones de libros en Ucrania, el Parlamento adoptó una resolución que, con gran emotividad, pedía al presidente polaco Andrzej Duda que Polonia siga siendo fiel a los valores democráticos.

“El diálogo franco, el libre intercambio de opiniones y la libertad académica bajo amenaza de investigación criminal, algo incompatible con los valores democráticos”, escribieron los diputados ucranianos en su documento, sin darse cuenta de que esas palabras no se refieren a Polonia sino a la propia Ucrania. Los diputados también están preocupados por “los actos de destrucción de los monumentos ucranianos en el territorio de Polonia, los ataques a participantes en manifestaciones religiosas, restricciones en eventos culturales y retórica chovinista”. Sin embargo, todo eso ocurre a diario en su país, sin causar reacción alguna de los políticos ucranianos.

Es una demostración de la hipocresía oficial de Kiev, que habitualmente infringe los derechos y libertades en casa, pero siempre está dispuesta a dar lecciones de valores democráticos a Varsovia, Moscú, Berlín y Bruselas, algo que está empezando a llamar la atención tanto en Occidente como en Ucrania, donde todos son conscientes de la situación real de falta de libertad de expresión. La censura no se limita a los libros, sino que incluye también cine ideológicamente incorrecto y que, recientemente, ha incluido en la lista de sanciones la serie “Los tres mosqueteros”. Pero la situación más complicada se vive en la prensa, donde los representantes de lo que queda de la prensa opositora son sistemáticamente perseguidos.

“La Fiscalía General de Ucrania ha confirmado que el tribunal ha solicitado la detención del editor-jefe de Strana.ua, Igor Guzhva, pero sigue diciendo que simplemente huyó del país, omitiendo que se marchó al extranjero en busca de protección. Un periodista de Strana, recibió en la universidad una notificación de reclutamiento. Amenazaron a una periodista de Sharij.net con ahogarla en el río Dniéper y el mismísimo viceministro Tuka apoyó que fuera perseguida.  Los asaltos contra Vesti continúan. Periódicamente, reciben visitas en NewsOne y 112. Las entrevistas a Portov y Bondarenko han causado una lluvia de críticas. Esa es la “libertad de expresión”. Pero hay algo que no entiendo: ¿hay alguien que les obligue a leer Strana, a ver la entrevista a Elena Bondarenko? Seguid viendo TSN y no veáis nada más. No tienen miedo de mentir. Pero tienen miedo de quienes intentan decir la verdad y lo intentan silenciar”, afirmó el bloguero Alexander Skubchenko.

La curiosa historia de la prohibición del libro sobre la historia del alcohol casero, que se ha contado en todas las noticias, es característica, ya que, como una gota de alcohol, deja en evidencia la tóxica situación que se ha creado en el país. Las ridículas decisiones de los censores ucranianos no pasan desapercibidas. Se acumulan y estas absurdas prohibiciones crean la apropiada imagen de los representantes y políticos. Y entonces, cuando empiezan a dar lecciones a otros sobre la necesidad de proteger los valores democráticos, esas frases caen, cada vez más, en saco roto. Así lo demuestra que el presidente de Polonia haya firmado ya la ley que prohíbe la “ideología banderista”.

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