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2 de mayo, Autonomía, Batallón Azov, Biletsky, Bloqueo económico, Bombardeos, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Ucrania

El nacionalismo ucraniano contra el proceso de Minsk: las protestas del batallón Azov

Con gran expectación y un número importante de participantes, miembros del batallón Azov, y especialmente de su cuerpo civil, se manifestaron el viernes en Kiev para exigir al presidente Petro Poroshenko y al Parlamento ucraniano que no siga adelante con ciertas medidas que consideran una rendición. Bajo el lema “exigencia de la nación: no a la rendición”, los miembros de Azov exigieron que Ucrania no celebre elecciones locales en Donbass tal y como se exige en el acuerdo de Minsk firmado en febrero de 2015.

Las protestas se producen en una semana en la que, pese a la aparente falta de acuerdos en las diferentes cumbres celebradas, varios políticos ucranianos han confirmado que Kiev da pasos hacia la finalización de la legislación necesaria para la celebración de elecciones locales en las zonas de Donbass controladas por las repúblicas populares. La negativa de Kiev a aprobar dicha ley electoral, exigida a Poroshenko en la última cumbre del Cuarteto de Normandía en la que se reunieron los jefes de Estado o de gobierno de Alemania, Francia, Rusia y Ucrania, es solo uno de los obstáculos que prácticamente han paralizado el proceso de Minsk.

Desde hace semanas, Ucrania ha hecho compatibles las declaraciones sobre la esperanza de que las elecciones se celebren este año –incluso en la primera mitad de este año- con otras que afirmaban que será imposible celebrar ningún proceso electoral en los próximos años de la misma manera que ha compatibilizado los bombardeos de Donbass mientras insistía en su total compromiso con el proceso de Minsk que los prohíbe.

En esta situación que algunos comandantes de la milicia han calificado como “ni guerra ni paz” y que, según la OSCE muestra signos de conflicto congelado en el que se mantienen los bombardeos, la situación en las repúblicas populares sigue siendo crítica, lo que no parece preocupar en exceso a las autoridades ucranianas, que siguen negándose a levantar el bloqueo bancario y de transporte o a reanudar el pago de pensiones a pesar de las sentencias judiciales que han dado la razón a los pensionistas de Donbass. En línea con sus actos, las declaraciones de Kiev se dirigen principalmente a la audiencia nacionalista.

Sin ningún interés por buscar un tono conciliador hacia la población que sigue considerando ucraniana, Poroshenko prefiere prometer que construirá monumentos a los ciborgs ucranianos en el aeropuerto o que el himno ucraniano se escuchará mientras ondean las banderas ucranianas en el estadio de fútbol de Donetsk. El fútbol no es solo un juego, afirmó ayer Poroshenko en un acto con la selección nacional. “En realidad, es una parte importante del proceso de construcción nacional”, afirmó el presidente ucraniano en un discurso basado en las ideas que más agradan a los sectores más radicales del nacionalismo, que amenaza con rebelarse en cada ocasión que Poroshenko da una mínima muestra de su intención de cumplir con los compromisos, en ningún caso excesivos, adquiridos en Minsk.

En las últimas semanas, la frustración ha llegado a algunos de los principales apoyos de Kiev, que han exigido avances concretos en el proceso de paz. En el último encuentro de los ministros de Exteriores del Cuarteto de Normandía, Frank-Walter Steinmeyer insistía en que el proceso no podía alargarse eternamente, una idea repetida esta semana por Victoria Nuland, que en su fugaz visita a Moscú exigía “dar gas” a las negociaciones. Esto indica que tanto Alemania como Estados Unidos esperan resultados concretos en los próximos meses, lo que ha hecho saltar las alarmas de los sectores nacionalistas que exigen que no haya concesión alguna en la recuperación de los territorios de Donbass.

Según afirmó Yuriy Boyko, líder del Bloque Opositor, las elecciones deberán celebrarse “según la legislación ucraniana, con acceso para la prensa ucraniana, debe formarse una comisión electoral y las elecciones deben estar supervisadas por observadores internacionales”.

El antecedente de Mariupol, donde ni el partido de Poroshenko, ni el de Yatseniuk, ni el de Timoshenko, ni el de Lyashko obtuvieron representación, pesa en las reticencias ucranianas a llegar a un acuerdo para celebrar elecciones en Donbass, donde los partidos ucranianos tendrían serias dificultades para convencer a una población a la que continúan bombardeando. En ello coinciden los diferentes partidos ucranianos, incluido el del presidente, y los diferentes grupos nacionalistas. Hace meses que Andriy Biletsky afirmó que las elecciones bajo legislación ucraniana serían lo peor que pudiera pasar en el proceso, no solo porque el conflicto pasaría a ser interno sino en previsión de las autoridades que saldrían de dicho proceso.

Antes incluso de las protestas del batallón Azov, Yulia Timoshenko mostró su indignación por la posibilidad de que pudiera aprobarse una ley electoral para “los territorios ocupados”. “Hago un llamamiento al presidente de Ucrania”, afirmó “Mientras no haya paz completa en Donbass una desmilitarización completa, recuperación del control, una vida normal en paz, hasta que el Gobierno ucraniano haya recuperado el control de los territorios ocupados, no puede haber, bajo ninguna circunstancia, una votación de la ley electoral para los territorios ocupados”, decretó Timoshenko.

biletsky

En un acto mucho más espectacular, con su simbología y cánticos de inspiración fascista aunque sin su habitual vestimenta militar, miles de miembros del cuerpo civil y simpatizantes del batallón Azov (2.000 según la policía y 10.000 según el batallón) se manifestaron en Kiev para lanzar un mensaje similar. Al son de los habituales gritos de “Gloria a Ucrania, gloria a los héroes, muerte a los enemigos” o “Ucrania sobre todas las cosas”, el discurso de Andriy Biletsky insistió en los mismos mensajes contra la rendición, contra cualquier concesión a “los separatistas” (en realidad a la población de Donbass) y exigió una Ucrania unida, es decir, nacionalista.

“Si el Gobierno intenta celebrar elecciones en Donbass, nos llevaremos a todos los diputados y buscaremos nuevos”, afirmó Biletsky. El defensor de la raza blanca, y que en el pasado se había mostrado abiertamente en contra de la vía parlamentaria de hacer política, parece haber vuelto a sus raíces más autoritarias para exigir que no haya elecciones locales en Donbass, algo difícilmente comprensible teniendo en cuenta que, según los acuerdos firmados, sería el primer paso para el regreso de Donbass a Ucrania.

El tamaño de la protesta, la importancia del batallón y la amenaza directa que ha planteado tanto al Gobierno como al Parlamento ha dado lugar a artículos y declaraciones sobre si pudiera tratarse del germen de un nuevo Maidan o si, como afirmó Denis Pushilin, la amenaza del nacionalismo radical pudiera derrocar al Gobierno de Poroshenko-Groysman. Los fracasados intentos de Lyashko o Yarosh y lo improbable de una victoria de Biletsky no han conseguido que desaparezca entre los defensores de las repúblicas populares la esperanza del colapso del Gobierno ucraniano.

Levantado ya el veto estadounidense que impedía que recibiera financiación y entrenamiento de ese país e integrado en las tropas del Ministerio del Interior y, como se pudo ver en Odessa a principios de este mes, trabajando para legitimarse como fuerza policial, es improbable que Biletsky o Azov pongan en peligro su posición enfrentándose abiertamente al Gobierno en una lucha en la que no contarían con los apoyos con los que los nacionalistas sí contaron en 2014.

Pero al margen de las posibilidades de éxito, movimientos como el de Biletsky no pueden convertirse en una amenaza para el Gobierno porque su posición es en realidad mucho más cercana a la postura de Poroshenko de lo que estos días se está intentando hacer ver. Todas las partes son perfectamente conscientes de que la aprobación de la ley electoral no es, ni mucho menos, el último paso en el camino hacia las elecciones. Como han recordado recientemente tanto Boris Gryzlov, representante ruso en Minsk, o Sergey Lavrov, no serán posibles las elecciones sin que Ucrania cumpla con el resto de puntos políticos de los acuerdos: el estatus especial para Donbass, la reforma constitucional y, sobre todo, la amnistía general para quienes han participado en la contienda. Y ahí, la postura de Poroshenko no difiere en absoluto de la de Andriy Parubiy, presidente del Parlamento, o de la de Andriy Biletsky.

En realidad, la oposición de Azov a la amnistía, a la celebración de unas elecciones en las que participen quienes hayan colaborado con las repúblicas populares o al estatus especial que otorgue autogobierno local (una autonomía limitada que no da siquiera la posibilidad de crear conjuntos de municipios, como por ejemplo ocurre en las zonas serbias de Kosovo) no difiere en absoluto de la postura oficial del Gobierno. Con sus tropas en situación crítica, Poroshenko se vio obligado a firmar un acuerdo que desde el principio ha tratado de reescribir para eliminar cualquier concesión política a la población de Donbass.

Durante más de un año, Ucrania se ha negado a negociar directamente con las repúblicas populares ningún aspecto político relevante, intentando así que el conflicto no sea considerado como interno y huyendo siempre del término guerra civil. Y como exigen Timoshenko y los nacionalistas, el Gobierno ucraniano exige también la devolución del control sobre la frontera y el desarme de las milicias, única forma de presión que mantiene la población de Donbass y que garantiza que Ucrania tendrá que sentarse a negociar una solución política (o romper con el acuerdo de Minsk unilateralmente) en algún momento.

Pese a las esperanzas que pueda crear entre los defensores de las repúblicas populares u opositores al actual Gobierno ucraniano la posibilidad de que se produzca una lucha interna que lleve al colapso del régimen, las protestas del batallón Azov se centraron en los mismos puntos de los acuerdos que Poroshenko trata de rebajar. Poroshenko podría incluso utilizar  esta presión sobre el Gobierno en su constante intento para conseguir concesiones en la negociación con Rusia, que le sigue considerando un interlocutor aceptable e ideológicamente separado del nacionalismo más radical.

Al igual que al analizar las infracciones del alto el fuego, cuando desde Donetsk y Lugansk se intenta exculpar al ejército para culpar a los batallones voluntarios, haya o no evidencias reales para ello, el obstáculo para el avance de las negociaciones no se manifiesta frente al Parlamento sino que legisla en él. El peligro, tanto en el frente militar como en el político, no viene de Yarosh o Biletsky sino de Parubiy, Groisman, Poroshenko y los socios extranjeros que han permitido, y permiten, que Ucrania siga bombardeando zonas de Donbass un año después de firmar el acuerdo de paz.

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