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Batallón Azov, Donbass, DPR, LPR, Rusia, Ucrania

Guerra eterna

El pasado 18 de diciembre, Denis Prokopenko, Redis, comandante de la 12ª Brigada Azov, publicó en Facebook uno de los escasos textos a los que ha venido acostumbrando a su audiencia en los últimos tiempos. Pasados casi dos años desde el comienzo de la llamada Operación Militar Especial de la Federación Rusa en Ucrania, el comandante de Azov menciona la pregunta que, según sus propias palabras, se plantea cada vez más la población ucraniana: «¿Cuánto durará esta guerra?». Según Redis, “la incertidumbre y la probabilidad de que los combates duren años ejercen presión sobre los civiles y, en ocasiones, incluso sobre el personal militar motivado”.

En un mensaje dirigido a la población ucraniana, que no merece mención alguna en el Telegram militar de la Brigada, Prokopenko insiste en lo que, según él, es la despiadada realidad que muchas personas se niegan a aceptar en Ucrania y en el extranjero: que “Rusia nunca renunciará a sus objetivos geopolíticos y nunca permitirá que Ucrania salga de su esfera de influencia”. Así que la respuesta a la pregunta formulada es simple para el líder de la Brigada Azov: “La guerra continuará exactamente mientras seamos capaces de resistir”.

Prokopenko es de esos militares que se oponen a cualquier «tregua» o «acuerdo». No ven en ello sino “otro tiempo muerto para que el enemigo acumule recursos para futuras ofensivas”. Al contrario, apuesta por la “capacidad de movilizar todos los recursos necesarios en un momento crítico y trabajar al límite de las capacidades sobrehumanas”, aunque evitando que esta movilización pueda convertirse “gradualmente en indiferencia y estabilidad sin iniciativa”.

El peligro para él está en aquellos que, en Ucrania o en el extranjero, “intentan convencerse de que todo terminará por sí solo” o que se quedan petrificados “ante la idea de que la paz en Ucrania pueda llegar en casi una década”. A ello se une la guerra informativa y psicológica rusa destinada “a desmoralizar a la sociedad ucraniana” con afirmaciones según las cuales “Ucrania no resistirá una lucha larga, que el ejército y los voluntarios se cansarán y colapsarán”.

Prokopenko reconoce en su texto una obviedad, que “Azov está en guerra por décimo año”. Su guerra no empezó con ninguna agresión rusa en 2022: “Para nosotros, todo empezó mucho antes del 24 de febrero de 2022”.

Una vista atrás que le sirve para ofrecer su visión del futuro, el de la guerra eterna: “Esta guerra es para mucho tiempo. Puede durar años”. Una guerra eterna para la que los reclutas de Azov estaban y siguen estando plenamente dispuestos. Durante sus diez años de guerra, Prokopenko afirma que “aprendimos a no prestar atención al cansancio y a no ceder a la desesperación; nos dimos cuenta de que es posible que no sólo nuestra juventud, sino también toda nuestra vida, la pasemos en los frentes de la guerra por la independencia de Ucrania; nos dimos cuenta de que no tenemos otro camino que el que elegimos conscientemente”. Es la versión de la guerra de independencia que en los países occidentales se ofrece como argumento para defender el apoyo incondicional a las fuerzas que, como Azov, se convirtieron en parte del poder militar-policial en la Ucrania de 2014. Y no para hacer frente a un ejército externo, sino para impulsar una guerra dentro del propio territorio, en el Donbass enfrentado al gobierno post-Maidán, en el eje entre Berdiansk y Mariupol en el que, por un tiempo, se afincaría Azov hasta la caída de Azovstal.

Asumiendo una perspectiva nacional-hegeliana de la historia, Prokopenko lanza un mensaje contra la desesperanza que sabe que también afecta a los suyos: “El mejor antídoto contra la desesperación, el pánico o la apatía causada por pensar en el marco temporal de esta guerra es la participación activa en los procesos históricos que están sucediendo aquí y ahora”.

Y apela al cielo prometido de la victoria nacional: “No sabemos el día, mes o año exacto en el que ganaremos y podremos regresar con nuestras familias. Pero estamos seguros de que, no importa cuánto dure la guerra, tendremos camaradas confiables a nuestro lado, amor por la Patria en nuestros corazones y armas en nuestras manos. Y todo esto no nos permitirá dar marcha atrás: ni hoy, ni dentro de un año o diez años”.

En realidad, el mensaje de Prokopenko es una apelación -triste y apagada al estilo del héroe de Azovstal- a la resistencia propia y a la movilización ajena, ya sea en el ejército o en la acción voluntaria en la retaguardia: “Aquellos que todavía no están involucrados en el servicio en las Fuerzas de Defensa de Ucrania deben tomar una decisión consciente: tomar las armas, reponer las filas del ejército o convertirse en una retaguardia confiable para el ejército que trabaja para apoyar la capacidad de defensa del país”. Para el voluntarista y eterno guerrero, “depende de nosotros qué hacemos exactamente todos los días para acercarnos a nuestra victoria”.

Pero hace tiempo que esa afirmación no es sino engaño o ilusión. Las campañas de reclutamiento, incluso para grupos como Azov, se convierten en acciones de duración indefinida y nunca resueltas. Y tanto el ejército como el Estado de la Ucrania moderna carecen de medios propios para su guerra de independencia. La guerra ucraniana no podría superar el día en que dejaran de llegar los fondos económicos y los medios materiales de sus aliados occidentales. Sin esos fondos y medios materiales, lo que hagan “exactamente todos los días” los combatientes de Azov tendrá ya escasa importancia.

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