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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

El año del reconocimiento y de más guerra

Las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk culminaron el año en el que han sido oficialmente reconocidas como independientes primero y como parte de Rusia después aprobando nuevas constituciones. Frente al autogobierno local, una fórmula que difícilmente puede asimilarse a autonomía regional, que prometían para esos territorios los acuerdos de Minsk y que Ucrania siempre se negó siquiera a considerar, oficialmente, la RPD y la RPD han conseguido su objetivo. Desde 2014, la integración económica y política en Rusia había sido el objetivo explícito de ambas estructuras políticas. Lo fue desde su proclamación tras el referéndum del 11 de mayo de 2014 y especialmente después de la guerra abierta de aquel verano, tras el que Ucrania cortó los lazos económicos que podrían haber mantenido el vínculo entre Donetsk, Lugansk y Kiev pese a la ruptura política. En aquel momento, Ucrania desconectó el sistema bancario e interrumpió, de facto primero y oficialmente después, el pago de salarios, pensiones y prestaciones sociales a la población de la RPD y la RPL. Además de como castigo colectivo para una población vulnerable en el conflicto que, según Naciones Unidas, más afecta a la población mayor, Ucrania ha utilizado esa medida como forma de ahorro para sus diezmadas arcas públicas, más interesadas en financiar el rearme de su ejército.

Esa ruptura económica, unida a la obstinada negativa de Ucrania a negociar siquiera un cumplimiento parcial de los acuerdos que había firmado y de los que ahora reniega asegurando que fueron únicamente una forma de ganar tiempo, permitió a Rusia avanzar en una integración paulatina de las regiones en su órbita económica, política y social. Vladimir Putin pasó de pedir explícitamente la cancelación del referéndum de 2014, cuando aún consideraba que existía una posibilidad de utilizar el diálogo mediado por la OSCE para evitar la ruptura y la guerra, a firmar decretos según los cuales Rusia aceptaba temporalmente los documentos expedidos por la RPD y la RPL primero y garantizaba el acceso rápido a la ciudadanía rusa después. El bloqueo comercial impuesto por Ucrania por exigencias de la extrema derecha nacionalista facilitó aún más la integración económica de Donbass en Rusia. La reducción del comercio a través del frente a tramas ilegales, por las que aún tienen causas pendientes personas tan importantes como Petro Poroshenko, facilitó la introducción de la zona rublo, que prácticamente eliminó la presencia de la grivna ucraniana y consolidó aún más la separación de Ucrania. A lo largo de estos años Kiev se ha negado repetidamente a buscar un mecanismo para reanudar el pago de pensiones en Donbass, medida que habría logrado que la grivna recuperara parte del territorio perdido al rublo.

La guerra en Donbass, con el enfrentamiento militar entre Ucrania y las Repúblicas Populares apoyadas por Rusia en mayor o menor medida, dependiendo de las circunstancias, siempre contó con un aspecto interno, una guerra civil iniciada como operación antiterrorista por parte del Gobierno de Yatseniuk y Turchinov en abril de 2014 y un aspecto geopolítico que superaba la situación local. Utilizando la guerra como argumento para avanzar en su integración euroatlántica, Petro Poroshenko incluyó las aspiraciones de entrada en la Unión Europea y la OTAN en la Constitución ucraniana, sin que existiera entonces una mayoría suficiente para justificar esa voluntad atlantista, que implicaba una ruptura con la tradición neutral que había mantenido la Ucrania independiente, que pese a iniciar un camino hacia Occidente desde los años noventa, se veía obligada a mantener cierto equilibrio este-oeste a causa de la existencia de una masa social que no entendía el sentir ucraniano ante todo como un sentimiento antirruso. Esa voluntad atlantista, que en los primeros años de Zelensky se tradujo en invitaciones a mantener presencia militar en el país o incluso construir bases militares, aspectos que siempre fueron una línea roja para Moscú.

En 2022, Moscú consideró encontrarse ante una presidencia estadounidense débil, la de Joe Biden, y un país que había visto su prestigio reducido por la apresurada y caótica salida de Afganistán. Esa imagen nocturna del último soldado estadounidense abandonando Kabul, con la ciudad ya tomada por el talibán mostró para Rusia la diferencia de su retirada afgana, durante tantos años entendida como vergonzosa. Sin embargo, de repente, el recuerdo de los últimos tanques soviéticos cruzando entre banderas rojas el Puente de la Amistad a Uzbekistán, donde esperaban las familias de los soldados en un ambiente casi festivo y habiendo dejado atrás un gobierno que se mantendría en el poder durante tres años más, había dejado de ser la imagen de la humillación.

Sobreestimando su posición de fuerza y subestimando el poder político que aún mantiene Estados Unidos, y por consiguiente la OTAN, Rusia trató de imponer una negociación sobre la expansión de la OTAN hacia sus fronteras y exigió un compromiso por escrito, el mismo que no logró obtener Gorbachov en los últimos momentos de la Unión Soviética, de renuncia a incorporar a la Alianza a países fronterizos con Rusia, Georgia y, ante todo, Ucrania. La rotunda negativa de Estados Unidos y la OTAN a cualquier negociación, que es en realidad el rechazo a incluir a Rusia en la arquitectura de seguridad del continente europeo, exacerbó el contenido geopolítico de un conflicto en el que, hasta entonces, el enfrentamiento bélico se limitaba a Donbass.

En un contexto de rechazo absoluto de la OTAN a negociar la paralización de su expansión hacia el este y de Ucrania a cumplir las concesiones políticas mínimas que Minsk garantizaba a Donbass, Rusia reconoció el 22 de febrero de 2022 la independencia de la RPD y la RPL, a las que se comprometía a defender. Días antes había comenzado una rápida evacuación de la población civil, calificada por Ucrania y sus socios como deportación, y apenas 48 horas después, Vladimir Putin anunciaba el inicio de una operación militar especial con la que la guerra se extendió a toda Ucrania. En esa guerra, frente a las ideas de desmilitarización y desnazificación que Ucrania tanto trata de resaltar para dejar claro el fracaso ruso, la defensa de Donbass era uno de los argumentos principales. Desde hacía varias semanas, Ucrania había intensificado nuevamente los bombardeos de las zonas del frente, entonces limitado al territorio entre Kominternovo, Gorlovka, Debaltsevo, Stanitsa Luganskaya y la frontera rusa.

Sacrificadas las unidades de defensa territorial en frentes entonces considerados menos importantes, fundamentalmente el sur de Ucrania y Lugansk, para mantener a las mejores unidades en la defensa de Kiev, Rusia pudo, en las primeras semanas, realizar un gran avance territorial en el sur de Ucrania. El rápido avance lo fue aún más en Lugansk, donde, sin lucha alguna, la RPL logró capturar localidades hasta días antes férreamente defendidas por Ucrania. Mientras el avance era lento y duro en Donetsk, la RPL lograba capturar Schastie, Stanitsa Luganskaya o Starobelsk sin apenas resistencia, que solo apareció más adelante en las grandes ciudades de la zona: Rubezhnoe, Popasnaya, Lisichansk y Severodonetsk, batallas que supusieron una inmensa destrucción. La primera semana de julio, la RPL anunciaba la completa liberación. Durante dos meses, las tropas ucranianas no tuvieron presencia militar alguna en el territorio de la antigua región de Lugansk. Con la guerra aparentemente concluida en la región, comenzó un proceso de reconstrucción y mejora de infraestructuras como las carreteras. Sin embargo, esa seguridad de que la batalla había concluido resultó ser prematura y tras la debacle de las tropas rusas en Járkov, la batalla regresó a la RPL, donde las tropas ucranianas asedian Kremennaya y Svatovo y amenazan otra vez Lisichansk o Severodonetsk. La seguridad tampoco está garantizada para la población civil en localidades antes consideradas como tranquilas. Perevalsk, en la retaguardia, tuvo el dudoso honor de ser el primer lugar en el que Ucrania utilizó sus flamantes HIMARS estadounidenses, ataques que se han repetido, causando bajas entre la población civil, en Alchevsk o Stajanov.

El balance de este año en la RPD es aún más complicado. Como región más rica y, por lo tanto, más importante, la presencia de tropas ucranianas en el frente de Donetsk siempre fue superior y no hubo retirada ucraniana en febrero. Kiev disponía ahí de grandes bastiones: Marinka, Avdeevka, Peski, Volnovaja, Svetlodarsk o Artyomovsk estaban preparadas para la guerra de trincheras que, con mucha mayor intensidad, ha continuado a lo largo de 2022. Tras una dura lucha por las infraestructuras de la ciudad, las unidades rusas lograron capturar Svetlodarsk y en otoño se logró finalmente capturar Peski, en el frente de Donetsk, único y parcial éxito de las tropas rusas en este frente en los últimos meses. Continúa el aún fallido asalto a Arytomovsk, batalla que comenzó el pasado julio y que, entre devastación y muerte, está siendo comparada con las batallas de la Primera Guerra Mundial.

El gran avance de la RPD y las tropas rusas se produjo en los primeros meses de la intervención rusa, cuando las tropas republicanas desde el norte y las rusas desde Crimea, se unieron para sitar la ciudad de Mariupol. En ese momento, y también tras una batalla que dejó la ciudad destruida, la RPD había logrado el control de la ruta al capturar Volnovaja, que abría el camino hacia el mar de Azov. La respuesta de las tropas ucranianas, lideradas en Mariupol por el regimiento Azov, fue diferente a la de otras ciudades del sur de Ucrania. Frente a ejemplos como Jersón, prácticamente abandonado ante el avance ruso, la guarnición de Mariupol, con unidades radicalizadas en su odio ideológico a Rusia, iban a luchar hasta el final, lo que condenó la ciudad a una batalla urbana y a la práctica destrucción de grandes sectores urbanos e industriales. Frente a la idea de que los soldados de Azov se convirtieron en los “defensores de Azovstal”, las unidades ucranianas alargaron el asedio simplemente gracias a la protección que les garantizaron las infraestructuras soviéticas. En un dramático giro de los acontecimientos, no fue Azov quien defendió Azovstal, sino que fue Azovstal quien defendió al regimiento dos veces calificado por el Congreso de Estados Unidos como neonazi o supremacista blanco.

Rusia consiguió en mayo la capitulación del regimiento Azov y las unidades ucranianas que le acompañaban y se inició un largo proceso de limpieza y posterior reconstrucción que se alargará durante años. En estos meses, Rusia ha trabajado para retirar los cadáveres de la población, en ocasiones enterrada en patios o callejones, y ha iniciado el derribo de aquellos edificios imposibles de recuperar. En las últimas semanas, la RPD y las autoridades rusas han comenzado a entregar las llaves de los apartamentos de los primeros barrios construidos para alojar a la población que lo perdió todo durante la batalla. Pese a que la ingente labor no ha hecho más que comenzar, la situación en Mariupol, que ha disfrutado de más atención y más financiación, es menos grave que en otras ciudades menos mediáticas, pero que sufrieron un destino similar a causa de la guerra. Es el caso de Rubezhnoe, Popasnaya o Severodonetsk.

Y pese a haber soportado posiblemente la peor batalla de esta guerra, la situación de la población civil de Mariupol es, a día de hoy, menos peligrosa que la de Donetsk. Desde finales de mayo, cuando las tropas ucranianas comenzaron los bombardeos indiscriminados de la capital de Donbass, la situación para la población se ha agravado notablemente. Una ciudad militar desde 2014, Donetsk había vivido, en sus distritos centrales, aislada del peligro de la guerra. Mantener los bombardeos a una distancia había sido uno de los logros de la RPD frente a una Ucrania que, en tiempos de Minsk, no podía permitirse la imagen de bombardear el centro de la principal ciudad de la zona. Liberada de Minsk y sin nada ya que perder, Ucrania no solo intensificó sino que generalizó los bombardeos contra la población civil de Donetsk, que vive ahora sin suministro continuo de agua -aunque Rusia parece estar construyendo tuberías para surtir a la ciudad desde Rostov- y con la certeza de que cada calle de la ciudad puede ser, en cualquier momento, alcanzada por la artillería ucraniana.

Ese es quizá el mayor fracaso de estos diez meses de intervención rusa. Frente a ganancias o pérdidas territoriales, la defensa del pueblo de Donbass no solo implica la aceptación política de esas entidades como parte de Rusia. Tal y como habían buscado la RPD y la RPL como estructuras políticas y la población que se resistió durante años al ataque ucraniano, Rusia aceptó tras un nuevo referéndum a las dos Repúblicas como parte de la Federación Rusa. La adhesión se produjo como República, no como oblast, y con el mantenimiento de sus símbolos. De esta forma, la RPD ha accedido a Rusia con la bandera de la República Donetsk-Krivoi Rog, con la que el camarada Arytom trató de desvincular a la zona de la Ucrania dependiente de Alemania que presumiblemente iba a emerger tras la firma de la paz de Brest-Litovsk con la que la Rusia soviética se retiró de la Primera Guerra Mundial.

La adhesión a Rusia y con ella la obtención de la ciudadanía rusa, sus pensiones y posibilidades políticas y económicas sigue supeditada a la situación militar. Rusia no ha logrado alejar el frente de Donetsk ni Gorlovka y ahora Ucrania amenaza también Svatovo o Severodonetsk. Las perspectivas y promesas de futuro, las nuevas constituciones y posible reorganización y reconstrucción de la economía para salir de más de ocho años de guerra son solo ideas a largo plazo que, en cualquier caso, dependerán del desarrollo de los acontecimientos. Ocho años después de su proclamación, la RPD y la RPL consiguieron finalmente ser aceptadas como parte de la Federación Rusa. Sin embargo, todas esas posibilidades habrán de ser defendidas en el campo de batalla. Para sorpresa de una parte importante de la población de Donbass, la llegada de tropas rusas a la zona no ha supuesto, de momento, una garantía de seguridad sino todo lo contrario. Después de ocho años de sufrimiento en duras condiciones socioeconómicas, 2022 ha creado para la población de Donbass una situación militar aún más complicada que no promete resolverse a corto plazo.

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