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Euromaidan, Extrema Derecha, Fascismo, Ucrania

Recuerdos del pasado reciente

Artículo Original: Andrey Manchuk

Hace unos días pude volver a revisar las imágenes de archivo en las que retraté algunos de los momentos más dramáticos de Euromaidan. Entre ellas estaba la icónica imagen del personal de las fuerzas especiales del Ministerio del Interior de Ucrania, Berkut, tomada el 19 de enero de 2014, en el comienzo del enfrentamiento entre las fuerzas del Ministerio y los manifestantes en la calle Grushevsky. Las fuerzas de choque de Maidan, en las que dominaba la extrema derecha, atacaron por primera vez a las fuerzas especiales, que no tenían ni idea de cómo responder ante los petardos que les lanzaban hombres vestidos de camuflaje y con las caras cubiertas por balaclavas.

Era evidente que no había ninguna orden específica dada desde arriba porque Yanukovich no sabía qué hacer y estaba conduciendo negociaciones secretas con la “santísima trinidad”: Klitschko, Tyahnibok y Yatseniuk. A consecuencia de ello, las fuerzas especiales fundamentalmente se mantuvieron pasivas, protegiéndose de las piedras y petardos con sus escudos, aunque en ocasiones explotaron. En un momento dado, con una aparente tregua momentánea, los reporteros nos acercamos a ellos junto al resto de la masa. Hooligans del fútbol utilizaban palos para golpear los escudos y les tiraban botes de pintura. Resignados, los agentes miraban a los periodistas. Era evidente que estaban completamente desmoralizados, no confiaban en su presidente y no comprendían por qué les pedían que arriesgaran así su salud e incluso su vida.

Recordé inmediatamente ese momento el 9 de marzo, cuando la televisión ucraniana mostró lo ocurrido en Kiev y en Cherkassy. En Bankova había una manifestación del Corpus Nacional. Los líderes de este partido de extrema derecha con el “líder blanco”, el diputado Andriy Biletsky, a la cabeza, se lanzaron contra las fuerzas del orden, les pegaron pegatinas en los cascos y les gritaron insultos a la cara. Los agentes no se atrevieron a rechazar seriamente el ataque. En Cherkassy fue aún más tenso: los nazis locales, liderados por la sección local del Corpus Nacional, cantaron eslóganes nazis en el estadio y se enfrentaron a la policía que protegía a Poroshenko. Como en Kiev, la policía demostró ante los atacantes desorganización y confusión.

Esta ridícula y vergonzosa situación deja claro el estado psicológico de las fuerzas del orden. Es evidente que en cualquier estado europeo, y mucho más aún en Estados Unidos, nadie sería capaz de actuar así ante la policía, porque las fuerzas del orden responderían inmediatamente. Lo vimos el año pasado en la manifestación del 1 de mayo en París, cuando la policía cargó brutalmente contra los manifestantes, sin que les importaran las cámaras, y no se moderaron ni con periodistas, adolescentes o mujeres, aunque se tratara de ciudadanos inocentes que habían acudido a una manifestación legalmente convocada de antemano. Ahora ocurre en Francia cada fin de semana: las fuerzas del orden aplastan de la forma más inhumana las protestas de los “chalecos amarillos” y la policía ha acabado ya con la vida de varios manifestantes, docenas han resultado heridos y malheridos y miles han sido detenidos, algunos de ellos con cargos que suponen tiempo de cárcel.

Todo ello contrasta con la actitud de la policía ucraniana. Y no es de extrañar, ya que ellos no se enfrentan a manifestantes pacíficos y desarmados sino a nacionalistas armados y entrenados en las tácticas de enfrentamiento urbano. Cualquier intento de enfrentarse a ellos causa graves problemas. Las fuerzas especiales lo saben por la experiencia del 31 de agosto de 2015, cuando la ultraderecha mató a cuatro agentes del orden en los alrededores del Parlamento y no sufrieron castigo alguno. Y recuerdan el reciente incidente en la comisaría del distrito de Podolsky, en el que uno de sus compañeros ha sido llevado a juicio por detener a un atacante nacionalista al grito de la sediciosa frase “al suelo, Bandera”.

Existen muchos de estos casos y, en cada ocasión, recuerdo que la sociedad ha otorgado a la extrema derecha el estatus de “activistas”, recordando que representan una casta inviolable contra la que de facto no pueden aplicarse las leyes de Ucrania. “Cualquier ataque contra los activistas proucranianas será considerado un ataque contra el Estado de Ucrania. Incluso si esos activistas no obran siempre correctamente”, afirmó recientemente el Fiscal General Yury Lutsenko. Seguro que cada policía ha memorizado ya esas palabras. Así que no es sorprendente que no se enfrenten a Azov y que prefieran aguantar las humillaciones e incluso los golpes.

La situación se agrava por otro tragicómico hecho: gran parte de los representantes de la Milicia Nacional y prácticamente todos los miembros del liderazgo político de Azov son o han sido policías y algunos de ellos incluso altos cargos. Por ejemplo, justo después del enfrentamiento en Cherkassy, se comenzó a hablar de que forma parte de la Milicia Nacional el nacionalsocialista ruso-bielorruso Sergey Korotkij, más conocido como Maliuta, que tiene un puesto en la jefatura del Departamento de Protección de Objetos Estratégicos. Y otro veterano del ultraderechista Azov, Vadim Troyan, es el jefe adjunto de la Policía Nacional de Ucrania. Pegar a “activistas de Azov” es pegar a policías. Y eso ata aún más las manos de los comandos que se tienen que enfrentar a ellos.

Es evidente que la gran mayoría de agentes de policía no están dispuestos a dejarse la vida por un presidente impopular, aunque solo sea porque en estos cinco años sus familias también han sufrido a causa de las reformas antisociales. Pero no es solo eso. Aparentemente, la policía siente la debilidad y la indecisión de las autoridades, igual que ocurriera hace cinco años. Y es tentador para muchos llegar a conclusiones poco placenteras. La policía -desde los oficiales a los agentes de calle- son conscientes de que pueden ser abandonados otra vez, convirtiéndose en objetivo apetecible para los asesinos de extrema derecha que saben que no les pasará nada. Así ocurrió en el caso de la nacionalista Vita Zaveruja, acusada del brutal y sinsentido asesinato de dos policías de patrulla. Con la memoria de lo ocurrido en Maidan, saben que si en algún enfrentamiento extremo se derrama sangre, serán ellos los que acaben en la cárcel y a los que se les obligue a arrodillarse ante los “patriotas” en algún ritual de Maidan.

Evidentemente, la policía ucraniana sigue las órdenes de sus superiores. Pero hay motivos para pensar que los agentes del orden actuarán en estas elecciones por sus propios intereses, alejados de los desacreditados políticos y sin intervenir en las guerras internas de la élite del país. Al fin y al cabo, ante ellos se presenta la posibilidad de encontrarse otra vez como rehenes de conflictos ajenos.

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