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Donbass, Ejército Ucraniano, Extrema Derecha, Maidan, Ucrania

Un último paso hacia la guerra

Artículo Original: Andrey Manchuk

Nota del Autor: Este texto fue publicado hace exactamente cinco años en el diario Segodnya, donde trabajaba como periodista durante Euromaidan y posteriormente fue reproducido en uno de mis libros. El 19 de enero de 2014, junto a mi compañera Irina Kovalchuk, estuve presente en los primeros enfrentamientos de la calle Grushevsky, que supusieron el paso a una nueva fase de confrontación en el centro de Kiev marcada por la violencia callejera de la oposición. Al contrario que la mayor parte de observadores y periodistas, comprendí que esas acciones militares corrían a cargo de grupos coordinados, bien organizados y entrenados de extrema derecha. No cabía duda de que, a la larga, aquello iba a acarrear las más trágicas consecuencias para el futuro de Ucrania. Hoy me entristece que la predicción fuera correcta.

La noche del 19 de enero de 2014, cuando estallaban los enfrentamientos de la calle Grushevsky, me di cuenta de que a mi alrededor se empezaba a escuchar la palabra guerra. Los militantes de ultraderecha lanzaban botellas llenas de gasolina y los residentes, en la distancia, viendo el fuego que comenzaba, empezaron a calificar lo que pasaba como una guerra en ciernes. No pronunciaban la palabra con horror sino con admiración, como si llevaran años esperando que la guerra llamara a su puerta. 

Evidentemente, sabía que el teatro de esta guerra se limitaba a un barrio y que a la vuelta de la esquina continuaba la vida en paz y que los restaurantes y tiendas caras de la plaza de Europa no habían dejado de trabajar ni un minuto. Pero me horrorizó el uso de la palabra guerra, que había podido parecer algo divertido y sin mayor importancia, si no fuera por las heridas que sufrieron docenas de personas mientras otras pedían más cócteles Molotov. En ese momento, las palabras “guerra en Ucrania” se podían ya escribir sin comillas.

El problema es que la mayor parte de los militantes de ambos lados de las barricadas de este país artificialmente dividido no tienen la menor idea de las consecuencias que tendría para ellos y para todos nosotros una guerra de verdad. Varias generaciones de ucranianos saben de ese monstruo solo de oídas, como los ciudadanos de una ciudad al lado del lago que han dejado de creer en la leyenda del dragón dormido. Antes, la guerra se conocía por los libros, pero ahora nos hacemos una idea de lo que es por los éxitos de taquilla y los videojuegos, en los que el proceso de destrucción y el asesinato de personas que son como tú parece algo divertido y fascinante.

La actitud hacia la guerra es la misma que hacia un juego. Esto se hizo evidente en el desarrollo de los acontecimientos de la calle Grushevsky, donde algunos manifestantes acudieron a protestar disfrazados de cosacos o de personajes de Tolkien, disparado pistolas de paintball e intentando reconstruir una catapulta medieval.

La guerra no atemoriza a esta gente. Saben que la sangre no es más que un artificio creado por ordenador y que si te matan o matan a tus amigos en el juego, solo hay que reiniciar el ordenador. Por no mencionar que una parte importante de esta sociedad ha crecido con el romántico culto a aquellos que derramaron sangre ajena y propia, a los que las nuevas generaciones de ucranianas consideran héroes y modelos a los que emular.

Esta frívola actitud hacia la guerra es peligrosa si se extrapola a la confrontación política en Ucrania. Los participantes virtuales vehementemente llaman a la guerra en las redes sociales, apelando a las más salvajes penas para sus oponentes ideológicos. Si el odio acumulado se materializara, todo nuestro país acabaría cubierto de cadáveres. Es más, todos están convencidos de que ganarán en la futura guerra civil y que matarán y atormentarán a otros.

Es evidente que aquellos que ahora gritan sobre la guerra no creen realmente que jamás vaya a ocurrir, es solo diversión. Pero eso es en vano. La historia reciente nos enseña, no lejos de nosotros, lo fácilmente que puede comenzar una guerra y lo terribles, sistemáticos y duraderos que son sus efectos, que yo he podido ver con mis propios ojos.

Los residentes de la ciudad de Bender, en Transnistria, no difieren en absoluto de los residentes de los vecinos pueblos y ciudades en Moldavia: las diferencias son mucho menores que entre Lviv y Lugansk. Era difícil imaginar que esa gente fuera a librar durante años una sangrienta batalla que ahora parece no tener ningún sentido. Los ciudadanos de la destruida ciudad de Grozny nos contaban que, desde niños, se habían confiado las llaves de sus casas con sus vecinos rusos y ucranianos. La ciudad de Tsjinvali, en Osetia del Sur, fue antes una ciudad multicultural soviética con una gran tradición de mezcla entre los pueblos. La mujer que, en 2008, nos mostró su refugio en el sótano en el que se refugiaba de los bombardeos georgianos tenía apellido georgiano y familiares en Tiblisi. No tenía sentido que esos pueblos se mataran unos a otros, pero los políticos pensaron lo contrario e hicieron a los demás pensar así.

En Kosovska Mitrovica vimos el río Ibar, antes compartido por los vecinos. La población solía cruzarlo para ir a por pan, pero ahora se ha convertido en una frontera paramilitar entre las comunidades serbia y albanesa, rodeado de concertinas y un blindado americano a cada lado. En Beirut había los mismos libaneses a ambos lados de la “línea verde” que había de frontera en el centro de la ciudad entre los barrios cristianos y musulmanes. Y en El Cairo, que durante años había sido un centro turístico, la gente comenzó de repente a asesinar a sus conciudadanos, centenares de ellos al día.

En cada uno de esos países se puede encontrar personas que tratan desesperadamente de comprender cómo se pasó de un aparentemente inofensivo conflicto entre vecinos “opuestos”, algo similar a una riña entre fans del fútbol, a una masacre que costó una fortuna, les costó la salud, destruyó sus hogares y mató a sus seres queridos. “Al fin y al cabo, nosotros no queríamos. Yo al menos no”.

Debo añadir que la guerra nunca termina con el último disparo. Durante décadas, las regiones afectadas están marcadas por sus devastadoras consecuencias: la pobreza, el estancamiento, puestos de control, una infraestructura que aún no se ha reconstruido completamente. Pero lo principal es que la guerra cambia radicalmente la psicología de quienes la han vivido. Hablar con los residentes de países y regiones que han vivido una guerra me ha enseñado que esa generación vive con viejas pesadillas y cree que la guerra puede estallar otra vez en cualquier momento. Reconstruyen su vida y la de sus hijos a partir de esa idea.

¿Quién puede garantizar que lo que les ha pasado a nuestros vecinos no vaya a pasar aquí, donde la gente está acostumbrada a utilizar el odio para describir al otro lado? Evidentemente, gran parte de los guerreros de internet son gente perfectamente pacífica e inteligente que no sería capaz de matar a nadie. Pero en un país pobre, desesperado, en el que la población está dispuesta a venderse por 100 grivnas, muchos encontrarían la guerra como una experiencia lucrativa y excitante que les daría la oportunidad de reafirmarse a costa del sufrimiento de otros. La fina capa de humanidad de nuestra sociedad se puede caer como la piel podrida de un plátano. Y también serán víctimas quienes llamaban a ir a por sus conciudadanos. El dragón que se despierta quemará ciudades enteras sin entender del color de las banderas en los tejados de las casas.

Cuando los políticos gritan que arderá la tierra bajo los pies de su enemigo, recordad que es vuestra propia tierra. Considerad si debéis sacrificar vuestra vida por sus intereses, que presentan como los intereses de la patria y del pueblo, sea cual sea el bando desde el que lo hagan. Y no pidáis guerra en casa del vecino para que la guerra no llegue a vuestra puerta.

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Comentarios

2 comentarios en “Un último paso hacia la guerra

  1. Que razón tienes….y que castellano tan exquisitos usas, gracias. Hoy el mejor castellano se escribe el Slaviangrado

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    Publicado por Anton | 20/01/2019, 08:34
  2. Grácias por tu artículo, entonces y ahora….. lamentablemente tienes muchísima razón, en tus predicciones y en el analisis psicológico de nuestra sociedad contemporánea.. la vida se vive como en un video juego… un compañero mio (yo he trabajado unos años en la elaboración de documentales como técnico de sonido de campo) realizó un documental sobre el regreso de Nazim a un Baghdag recién ocupado por los estadounidenses…. en apenas un par de semanas de la ocupación militar, un traveling por la avenida central de la ciudad nos mostraba como estaba ya repleta de anuncios gigantescos, de productos matoritariamente estadounidenses : m,arcas de tabaco, etc…, pero no solo.
    Al llegar a casa de sus familiares, residentes en la ciudad, vemos a su sobrino, adolescente de unos 12 años de edad, jugando en una playstation un juego de guerra, el juego más vendido aquel año: la invasión de Baghdag.. y resulta tremendo ver a ese niño Iraki disparando desde un tanque Abraham o como francotirador o….. jugando a asesinar a sus propios convecinos, amigos y familiares….

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    Publicado por jose castaño salvadó | 20/01/2019, 12:57

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