“Todos los países quieren copiar el mortífero dron iraní Shahed”, proclamaba el pasado septiembre The Wall Street Journal, que añadía que “ejércitos alrededor del mundo buscan formas baratas y fáciles de conseguir para saturar las defensas aéreas enemigas”. “Durante décadas, los ejércitos avanzados han utilizado costosos misiles para ataques precisos y artillería más barata para bombardeos masivos. La guerra en Ucrania ha demostrado que los drones pueden ser baratos y precisos”, indicaba el artículo para señalar una de las principales enseñanzas de esta guerra. En 2022, consciente de que había quedado atrás en este sector y comprendiendo la importancia que los drones podrían tener en la labor de sobrepasar las defensas aéreas para un más eficiente uso de los misiles con los que comenzaba a atacar las infraestructuras energéticas ucranianas, Rusia acudió a Irán en busca de ayuda. En aquel momento, el entonces secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, calificó ese paso como una “muestra de debilidad” de la Federación Rusa. Sin embargo, el tiempo y los acontecimientos han dado la razón a Moscú, que supo ver antes que el resto las posibilidades de los Shaheds, renombrados Geran-2 y posteriormente modernizados, mejorados y producidos en masa en territorio ruso.
Los Shahed, que “cuestan solo decenas de miles de dólares cada uno y son capaces de volar más de 1600 km”, han demostrado ser especialmente eficaces “para superar las defensas aéreas. Rusia lanza habitualmente decenas de Shaheds, que explotan al impactar, al mismo tiempo. A veces se disparan misiles junto con enjambres de drones, lo que aumenta las posibilidades de que evadan las defensas”, admite The Wall Street Journal. Ante las crecientes dificultades que Ucrania ha sufrido recientemente por la escasez de interceptores para su defensa aérea, el uso de drones no se ha limitado a la labor de saturar las defensas, sino que han sido capaces de causar daños materiales a Ucrania ante el descenso del ratio de intercepción (algo que Ucrania, que sigue insistiendo en publicar datos que no se corresponden con la realidad, siempre ha negado).
Los drones se han convertido en una herramienta tan importante en la guerra moderna que actualmente son la herramienta que Ucrania ha tratado de utilizar para ofrecer un “mega trato” a Estados Unidos con el que Washington se aprovecharía de la experiencia del diseño, fabricación y uso ucraniano de aeronaves no tripuladas y, a cambio, Kiev recibiría los ansiados misiles Tomahawk con los que, como Zelensky prometió a principios de octubre, dejar a oscuras Kursk y Belgorod. De momento, nada de eso parece haber funcionado. El sábado, un ataque ucraniano provocaba apagones en Belgorod, pero, el mismo día, las autoridades ucranianas anunciaban que todas sus centrales térmicas habían quedado inhabilitadas, con su producción reducida a cero. Pese a los éxitos ucranianos, la capacidad rusa sigue siendo muy superior.
En la parte retransmitida por los medios de la reunión en la Casa Blanca en la que el presidente ucraniano realizó públicamente la propuesta, Donald Trump mostró cierto interés, pero rápidamente cambió de tema para recordar que Estados Unidos tiene muchos drones. Zelensky abandonó Washington sin su “mega trato”, sin Tomahawks y sin vender los drones ucranianos. La necesidad ha hecho que tanto Rusia como Ucrania aceleren la búsqueda de los drones que mejor se adaptan a la situación, lo que ha hecho de estos dos países los únicos a nivel mundial con ese conocimiento. Y pese al grave retraso que padecía Rusia en 2022, los drones rusos son más eficientes que los ucranianos, Rusia ha demostrado mayor capacidad de producción y su superioridad en drones de fibra óptica también se ha constatado, todo ello a partir de la adquisición de los drones que todo el mundo trata de emular ahora.
El motivo no solo se debe al buen funcionamiento de los Shahed, sino a la escasa eficiencia de los diseños occidentales. Desde el final de la Guerra Fría, las potencias occidentales y europeas -entre las que hay que incluir también a Rusia- se habían instalado en una producción militar centrada en los misiles y tipos de armas atractivas para las ferias en las que intentan conseguirse lucrativos contratos. La percepción de que no iban a producirse grandes guerras en las que tener que disputar territorio y, sobre todo, el control de los cielos ha hecho que se hayan despreciado aspectos como la infantería o aquellas armas que, quizá más baratas y aparentemente menos sofisticadas en términos tecnológicos, han demostrado ser necesarias en la guerra moderna. Es el caso de los drones, pero también de vehículos como motocicletas, más sencillas de ocultar en un ambiente dominado por la constante vigilancia de los convoyes de vehículos blindados que habían dominado conflictos bélicos anteriores.
La importancia de los Shahed no radica únicamente en su eficiencia y coste, sino en su comparación con los drones occidentales que, como insiste incluso The Economist, un medio poco dado a admitir la inferioridad occidental, son, en su mayor parte, “demasiado caros e irrelevantes para el tipo de guerra que Rusia está librando”. “Los drones estadounidenses Switchblade fueron en su día tecnología punta. Rápidos, inteligentes y precisos, eran un equipo esencial para las fuerzas especiales en Irak y Afganistán. Pero cuando un lote de Switchblade-300 llegó a Ucrania en 2022, las grandes esperanzas se desvanecieron rápidamente. Los drones eran demasiado caros. Tenían dificultades para hacer frente a la guerra electrónica rusa. Causaban daños mínimos cuando alcanzaban sus objetivos”, se lamenta el medio británico. Los planes chocaron con un enemigo, Rusia, al que Occidente siempre ha considerado inferior, atrasado y sin capacidad de aprendizaje ni adaptación. “Cuando los probamos, fallaron en condiciones de interferencia”, afirma un desarrollador de drones citado por el medio y que, por si quedaba alguna duda de que los problemas van más allá del coste de las armas, añade que “cuando uno impactó en la ventana trasera de un minibús, las ventanas delanteras ni siquiera se rasgaron”.
“Desde entonces, varias empresas occidentales han intentado mostrar sus drones en lo que se ha convertido en el mejor campo de pruebas del mundo”, explica The Economist, sin miedo a admitir que, además de una guerra proxy, Ucrania está siendo utilizada como laboratorio en el que Occidente testa sus armas en condiciones de combate contra las armas de un enemigo militarmente poderoso. “Pero en su mayoría han fracasado”, se lamenta el medio. “El coste es parte de la explicación, pero el rendimiento es cada vez más importante. Las empresas ucranianas de drones están fabricando productos más relevantes para la lucha. Son más ágiles y tienen un conocimiento más profundo del frente, sus macrodatos y las necesidades en rápida evolución”, explica poniendo de manifiesto que, a día de hoy, solo Rusia y Ucrania son verdaderamente conocedoras de la realidad de la guerra moderna, comprenden sus necesidades y diseñan las armas necesarias para un día a día que exige armamento menos pesado, con mayor movilidad y que pueda ser reemplazado con rapidez.
Esa realidad contradice todo lo que los grandes ejércitos habían estudiado en décadas anteriores, en las que no se planteaba la posibilidad de verse en una guerra de alta intensidad contra un enemigo con un ejército similar. Acostumbrados a participar en guerras totalmente asimétricas en las que siempre se enfrentaban a potencias en descomposición o a ejércitos formados por milicias sin capacidad de disputar la superioridad aérea, los ejércitos norteamericanos y europeos comienzan a comprender que sus planteamientos han quedado desfasados. “El núcleo del problema es un choque de doctrinas. Hasta hace poco, los países occidentales se centraban en armas sofisticadas que funcionaban bien en batallas limitadas contra adversarios menores. El campo de batalla entre Ucrania y Rusia es diferente: total, equilibrado y muy democratizado. Los drones FPV baratos, introducidos por primera vez por Ucrania en 2023 y luego copiados por Rusia, ahora destruyen objetivos de gran valor de una forma que antes requería las armas más avanzadas. Mientras tanto, la principal innovación de Rusia ha sido adoptar una estrategia de «spam», concentrando drones para abrumar las defensas”, explica The Economist.
“Las armas de última generación siempre deben estar presentes. Pero la guerra en Ucrania ha abierto una caja de Pandora de tecnología barata y «spam», y amenaza con abrumar a cualquier ejército que no esté preparado para ello”, añade el artículo. La guerra de Ucrania combina dos aspectos que los países occidentales no esperaban en sus enfrentamientos: un adversario a su nivel y capaz de disputar el control de todos los dominios de la guerra, y un uso masivo de tecnología asequible y relativamente sencilla, que abre todo tipo de posibilidades de ataque y de defensa para potencias secundarias, que quizá no puedan permitirse grandes ejércitos o las armas más punteras, pero que pueden aspirar a fabricar herramientas imprescindibles con las que aspirar a equilibrar un campo de batalla que Occidente siempre ha aspirado a mantener asimétrico.
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