El 16 de septiembre, “con tremenda gratitud y algo de tristeza”, Chrystia Freeland, una de las caras más conocidas de la política canadiense y de su diáspora ucraniana, anunciaba su dimisión como ministra del Gobierno de Mark Carney, el tecnócrata liberal y veterano gobernador de los bancos centrales de Canadá y el Reino Unido. Freeland, a quien se otorga el crédito de haber forzado la dimisión del desgastado Justin Trudeau, pero que perdió estrepitosamente las primarias del Partido Liberal para sustituirle, anunció su intención de no presentarse a las próximas elecciones, una forma de renunciar a la política representativa nacional, aunque no necesariamente a la internacional. La ya exministra ocupaba la cartera de Transporte y Comercio Interno, un puesto notablemente menos influyente de aquellos que había alcanzado con Justin Trudeau, que dejó en sus manos la política exterior y la nombró viceprimera ministra, un puesto con claros tintes de candidatura a la sucesión. La traición a Trudeau cuando lo consideró políticamente acabado no obtuvo el resultado esperado, pero le garantizó un puesto en el equipo de Carney y ha supuesto ahora el nombramiento para el que posiblemente se sienta la persona más cualificada.
Apenas dos semanas después de abandonar el Gobierno, Chrystia Freeland, conocida por su pasión proucraniana, escribía su primer artículo como “representante especial de Canadá para la reconstrucción de Ucrania”. Aunque habitualmente percibida como cara amable de Norteamérica, especialmente en comparación con su vecino del sur, Canadá, con amplios intereses extractivistas en países en desarrollo desde Haití hasta la República Democrática del Congo, cuenta con un largo historial intervencionista. En el caso ucraniano, con una numerosa diáspora y con un peso clave en el ámbito nacionalista, Canadá ha sido uno de los países más beligerantes desde el estallido de las protestas de Maidan hasta el momento actual, pasando por la movilización para apoyar militarmente -en concreto en el ámbito del ensamblaje de drones- a las unidades ucranianas incluso durante los tiempos de agresión contra Donbass.
La historia de la diáspora ucraniana en Canadá, un porcentaje relevante de la población que hace de ella un bloque electoral al que se apela en cada ciclo político, es larga y se remonta al siglo XIX. Aunque generalmente vinculada al nacionalismo y a posturas de derecha radical, esa diáspora formaba parte de los sectores progresistas de la sociedad, represaliada como parte de los grupos considerados socialistas, comunistas o no lo suficientemente patrióticos. Tras la Segunda Guerra Mundial, Canadá fue destino de una parte relevante de reasentamiento de veteranos colaboracionistas -entre los que destacó por encima de todos Volodyrmyr Kubyovich-, miembros de OUN-UPA y también de la Division Galizien de las SS. El más conocido de ellos es, gracias a la recepción que recibió en el Parlamento de Ottawa en septiembre de 2023, Yaroslav Hunka. En la imagen más conocida de aquel día, una emocionada Chrystia Freeland aplaudía exultante al veterano de las SS. Freeland, licenciada en Historia, especializada en lenguas eslavas y con una conocida historia familiar de colaboracionismo con la Alemania nazi en Ucrania, alegó no haber entendido que Hunka, presentado como un hombre que había “luchado contra Rusia en la Segunda Guerra Mundial”, fuera un veterano colaboracionista. El escándalo costó el puesto al presidente del Parlamento, que había emitido la invitación, pero en ningún momento se indagó sobre cómo había llegado a sus manos el nombre de Yaroslav Hunka ni si había habido participación del Congreso Ucraniano-Canadiense, el potente lobby nacionalista ucraniano y principal candidato a disponer de las listas de personas de origen ucraniano residentes en el país, en la selección del veterano.
Evidentemente, el episodio no ha minado la reputación de Freeland como representante de la diáspora ucraniana ni su credibilidad para ser nombrada para un puesto vinculado a la reconstrucción, algo en lo que también puede apelar a su historia familiar. Freeland, que en el pasado se ha jactado de que, en sus años de intercambio universitario en la Ucrania soviética fuera monitorizada por la KGB, se muestra orgullosa del papel que tuvo su madre, hija de un propagandista que residía en un apartamento arianizado -robado a una familia judía enviada a los campos de la muerte-, en la redacción de la Constitución. Actualmente, el significado de reconstrucción no es solo recuperación de las infraestructuras destruidas, sino resignificación de los símbolos, reescritura de la historia y cambios políticos y sociales dirigidos, apoyados y aprobados desde el extranjero. Así lo demuestra el hecho de que el artículo de Freeland como presentación al frente de la gestión de reconstrucción de Ucrania se centre, no en la reconstrucción física del país, sino en cómo ha de enmarcarse la guerra en un plano más amplio de cuestiones morales.
“Es hora de cambiar nuestra forma de pensar sobre Ucrania. Olvídese de salvar a Ucrania; lo cierto es que necesitamos que Ucrania nos salve a nosotros. Desde la invasión a gran escala de Rusia el 24 de febrero de 2022, hemos asignado a Ucrania el papel de víctima justa: noble, inocente e inevitablemente derrotada. Hemos creído que era lo correcto y hemos dado por sentado que perdería, al menos sin un esfuerzo extraordinario por nuestra parte”, escribe Freeland en Financial Times, el medio para el que trabajó en su etapa periodística y en el que publicó un artículo en el que enaltecía a Stepan Bandera bajo la calificación de “partisano antisoviético”. Desde su apertura, el artículo busca consolidar la idea de la necesidad de trabajar por la victoria de Ucrania, sin limitarse a una asistencia que busque solo evitar la derrota, todo ello partiendo de la base ideológica marcada por el Gobierno ucraniano, que no es Occidente quien está ayudando a Ucrania, sino que es Ucrania quien está protegiendo a Europa y, por extensión, al mundo occidental. “Aunque Ucrania es sin duda la víctima inocente de una guerra malvada, enmarcar la lucha de esta manera ha ocultado algo igualmente importante. Ucrania es más que una víctima. El país está luchando con una tenacidad, un ingenio y una eficacia notables. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, acertó en la ONU la semana pasada: Ucrania es un ganador y Ucrania puede ganar”, insiste con el ímpetu ideológico de una lobista, no de alguien nombrado para trabajar en la reconstrucción del país.
Presentando la guerra como “una fábula moral que despertó e inspiró a las democracias que habían quedado agotadas y desmoralizadas por la pandemia”, Freeland proclama que “el presidente Volodymyr Zelensky siempre ha tenido razón: este es un conflicto entre la luz y la oscuridad”. “Ucrania es la nación innovadora de Europa: construye, despliega y reinventa drones y misiles con un enfoque ascendente y descentralizado de la guerra y la innovación que se parece mucho más a Silicon Valley que al Pentágono”, continúa, presentado el país como foco de modernidad pese a que esa labor se limita a la producción de armas, aspecto en el que, como ha admitido incluso el medio en el que Freeland publica este artículo, está siendo superada por Rusia, habitualmente presentada como arcaica y estancada en el pasado. Ucrania, cuyos puentes se tambaleaban mucho antes de que se vieran amenazados por los drones y misiles rusos, no ha aplicado ese espíritu innovador al resto de su industria, sus infraestructuras o sus servicios públicos.
La receta de Freeland es simple y carece de novedades: aumentar el flujo de armamento y financiación a Kiev, dejar en manos de Ucrania los fondos correspondientes a los activos rusos intervenidos por la Unión Europea, firmar acuerdos como el que ha suscrito Dinamarca para producir armas ucranianas en su territorio y continuar luchando hasta que la idea de que Ucrania ha de ser entendida como “vencedora” se convierta en realidad. En este momento en el que se confunden los hechos con la ficción y las ambiciones se presentan como análisis, repetir muchas veces los deseos parece ser suficiente para aspirar a convertirlos en realidad.
Para Freeland, como para los y las dirigentes de los países occidentales, la importancia de Ucrania va más allá de la guerra, ya que el país ha de convertirse en la barrera exterior de una Europa construida contra Rusia. “Una Ucrania fuerte y próspera será el escudo, el arsenal y el innovador de Europa. Y una Ucrania fuerte y próspera no solo protegerá la seguridad de Europa. Hará que todo el mundo sea más seguro al reafirmar el logro más poderoso del orden posterior a 1945: que ningún Estado reconocido internacionalmente puede ser anexionado por una conquista extranjera. Por eso debemos trabajar hoy con Ucrania, apoyarla a ella y a su economía de guerra, y sentar las bases para su prosperidad futura”, concluye Freeland, que a lo largo de su artículo presenta a Ucrania como una inspiración democrática para el mundo, foco a la vanguardia de la innovación y escudo protector del mundo libre y próspero. Las tendencias autoritarias de su líder, que preceden a la invasión rusa, la prohibición de partidos, el uso de la fuerza militar contra un problema político en Donbass en 2014, el incumplimiento de los acuerdos firmados o la apuesta activa por la guerra a costa siempre de la población más vulnerable y siempre con la voluntad de utilizarla como argumento para avanzar en tendencias privatizadoras no son un problema para Freeland. Tampoco lo es el bienestar de la población, ni siquiera una nota a pie de página en el proyecto geopolítico de enfrentamiento continental. Desde su punto de vista nacionalista y mentalidad de la Guerra Fría, Ucrania es una herramienta perfecta para continuar la lucha que ha heredado de su familia.
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