“Tiene razón, General”, escribió Yulia Svyrydenko en respuesta al post de Keith Kellogg, enviado de Donald Trump para Ucrania, que había destacado el riesgo de escalada que suponen los bombardeos rusos. Sin embargo, el objetivo del mensaje de la primera ministra de Ucrania no era alabar al general, sino matizar la segunda parte del mensaje del oficial estadounidense, que al final de su texto no se limitaba a condenar la actuación rusa, sino a reafirmarse en la postura de su jefe de avanzar hacia una resolución. “Esta es otra señal de que Rusia no busca la paz. Creo que el mundo será un lugar más seguro si el presidente Trump decide imponer sanciones severas a Rusia. ¡Dispare, señor presidente!”. Ya sin sutilezas, el discurso ucraniano habla de paz y seguridad añadiendo expresiones que sugieren uso de la fuerza, algo natural en un país que lleva once años exigiendo armas para luchar contra Rusia y cuya versión de la paz por medio de la fuerza no se limita a acciones simbólicas como cambiar la denominación del Departamento de Defensa a Departamento de Guerra, sino que exige material para continuar llevando la guerra a Rusia.
Sin embargo, incluso Kiev, un proxy que lleva años exigiendo apoyo muy por encima del que sabe que va a lograr, es consciente de que existen ciertos límites. Ucrania no ha osado aún iniciar una campaña contra la parte de la administración estadounidense que ha dejado claro que no desea continuar suministrando material para sostener eternamente la guerra y que veta el uso de misiles estadounidenses –y también británicos y franceses, ya que incluyen componentes norteamericanos- contra territorio ruso. Capaz de organizar campañas de desprestigio contra cualquiera de sus enemigos, Ucrania ha optado, al menos por el momento, por no atacar a Elbridge Colby, principal ideólogo de esas medidas y de la necesidad de abandonar la seguridad europea en manos de los países continentales miembros de la OTAN en favor de otras regiones prioritarias. La necesidad de no ofender a Donald Trump vuelve a ser el principal factor, por lo que Kiev ha optado por sugerir soluciones militares, pero insistir fundamentalmente en exigir una guerra económica que consiga lo que los 18 paquetes de sanciones europeos y estadounidenses no han conseguido.
Ese es también el objetivo de Donald Trump, que ayer anunció estar dispuesto a pasar a la “segunda fase” de sanciones contra la Federación Rusa. Lo hizo sin ningún tipo de concreción y sin determinar el objetivo de esas posibles medidas coercitivas. Sin embargo, los comentarios de los miembros del equipo económico de la Casa Blanca a lo largo de las últimas semanas sugieren que el uso de sanciones contra Rusia tiene un objetivo ligeramente diferente al que busca Kiev, mucho más explícitamente centrado en destruir la economía rusa con el objetivo de desestabilizar el país y debilitarlo hasta que tenga que negociar en posición de inferioridad. Las palabras de Trump y su equipo apuntan a minar las capacidades rusas de hacer la guerra, pero la insistencia de señalar a terceros países indica un claro objetivo geopolítico que va mucho más allá del conflicto ucraniano.
Es el caso de la obsesión de Estados Unidos de proyectar la culpa de la guerra y acusar a otros países de tener las manos manchadas de sangre. “El asesor comercial principal del presidente estadounidense Donald Trump, Peter Navarro, ha intensificado sus críticas hacia la India, calificando a Nueva Delhi como «la lavandería de dinero del petróleo para el Kremlin». Navarro, un fiel seguidor de Trump desde su primera campaña presidencial en 2016, ha acusado a la India de «aprovecharse estratégicamente» a costa de Washington, y también ha calificado el conflicto de Ucrania como «la guerra de Modi»», escribía la semana pasada The Indian Express, uno de los muchos medios indios que mostraban su sorpresa por el ataque selectivo al que el país está siendo sometido por aprovecharse de un esquema diseñado por y para Occidente. Como explicaba recientemente Adam Tooze, el tope de precio impuesto unilateralmente por los países occidentales al petróleo ruso buscaba que países como India se beneficiaran de su relación comercial y política anterior con Rusia para conseguir enormes descuentos en la adquisición de un petróleo que posteriormente podrían refinar para revender a precios competitivos pero, a la vez, extremadamente lucrativos.
Se trataba, según el economista e historiador británico, de una forma de conseguir mejorar la posición de India como contrapeso a China, principal obsesión actual de Estados Unidos y la Unión Europea. Para Trump, era también una forma de lastrar cualquier proceso de integración económica o política de un grupo que ha dejado claro que le preocupa, los BRICS, entre los que India era claramente el eslabón más débil precisamente por su cercanía a Occidente. En ocasiones, las sanciones acaban por lograr exactamente lo contrario de lo que buscaban, como pudo observarse con la reacción india a las acusaciones: Nueva Delhi se ha reafirmado en su derecho a continuar adquiriendo energía rusa y la imagen de Modi junto a Xi y Putin en China sigue siendo objeto de editoriales en los grandes medios estadounidenses.
Buscar un tipo de guerra económica que consiga los objetivos de las sanciones sin afectar a determinados países no ha sido un argumento esencial del régimen de medidas aplicadas por Estados Unidos y la UE, que iniciaron el camino sancionando al sector energético ruso en un momento en el que hacerlo era, de forma clara y prácticamente directa, un castigo para Alemania, que ha pagado con la pérdida de competitividad que ha supuesto no disponer de acceso a energía barata y fiable que, hasta 2022, adquiría de Rusia. Según ciertos expertos, las medidas que se buscan ahora sí tienen en cuenta ese aspecto. “Cualquier nueva sanción se centraría en el petróleo, no en el gas. Rusia representa el 2 % de las importaciones de petróleo de la UE. Por lo tanto, Estados Unidos y la UE podrían imponer sanciones secundarias sin provocar una reacción política adversa en sus países. Sin embargo, las sanciones sí causarían una gran ruptura con China, India, Turquía y Brasil”, indicaba Esfandyar Batmanghelidj, experto económico con especial experiencia en Eurasia. Como es habitual, la situación de Ucrania es el factor menos importante. Como destacaba la semana pasada un medio ucraniano, el crudo ruso refinado en India es una de las bases energéticas del país actualmente. Tampoco consolidar las dificultades de la industria alemana, única rival potencial de Estados Unidos en ese sector es un factor a tener en cuenta.
Es posible que expulsar a Rusia del mercado energético occidental no suponga una debacle económica para Estados Unidos o la UE, pero tendrá consecuencias políticas en la reconfiguración de las relaciones internacionales, un aspecto que no parece importar ni a Ucrania, dispuesta a todo por la falsa esperanza de conseguir una guerra relámpago económica, ni a la Unión Europea, cuya voluntad de complacer a Donald Trump parece no tener límite.
El punto de partida de Ucrania y sus aliados europeos es que Estados Unidos tiene la capacidad de hundir la economía rusa y ese es el objetivo de los contactos de las últimas semanas. En esos mismos términos se ha manifestado en las últimas horas Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, que en el más puro estilo del matón que se cree superior al resto del mundo ha amenazado con llevar la economía rusa al «colapso total». A base de adquisiciones comerciales, las capitales europeas se han garantizado la disponibilidad de armas para continuar la guerra a medio e incluso largo plazo, ya que son conscientes de que Estados Unidos no va a renunciar al lucro en favor de la paz. Sin embargo, Bruselas, Londres, París y Berlín parecen estar empezando a comprender que el aumento del flujo de armas no puede conseguir para Ucrania la victoria sobre Rusia por la que anhelan desde hace tres años y medio.
La cuestión de las sanciones parece ser el centro de las reuniones que varios dirigentes europeos –cuyos nombres aún no han sido mencionados- que mantendrán en las próximas horas en su visita a la Casa Blanca. Las dos cumbres políticas en Alaska y en Washington no han conseguido hacer avanzar ningún proceso político, fundamentalmente por el desinterés europeo y la incapacidad estadounidense de encontrar una vía factible hacia la negociación-, y la escalada mutua de la guerra aérea da a los dirigentes continentales un nuevo impulso para exigir medidas más duras.
La principal duda es, como en ocasiones anteriores, si los aliados occidentales serán capaces de compaginar sus agendas. Para ambas orillas del Atlántico es importante imponer sanciones al sector energético ruso, en el caso europeo para minar el esfuerzo bélico de Moscú y garantizar una ruptura continental que permanezca más allá de la guerra y, en el estadounidense, para obtener beneficios a costa de un rival en el sector. Sin embargo, los objetivos políticos son muy diferentes. Pese a la retórica de obligar a Rusia a “acudir a la mesa de negociación”, algo que Rusia ya hizo en 2014, 2022 y ahora mismo, el interés de los países europeos es la derrota de Moscú, no la paz en Ucrania. Para Estados Unidos, sin embargo, habiendo conseguido sus objetivos económicos y políticos, el énfasis es conseguir un alto el fuego, dejar en manos de los países europeos la arquitectura de posguerra y continuar lucrándose de la venta de armamento para la previsible paz armada.
“Mira, lo vamos a conseguir. La situación Rusia-Ucrania. Lo vamos a hacer”, afirmó ayer Donald Trump tras admitir que no está contento con nada de lo que está ocurriendo en esa guerra. Sin embargo, y sin que exista ningún indicio de que haya una estrategia estadounidense más allá de apoyar la misión militar de países europeos de la OTAN como garantías de seguridad –y de que no puede haber acuerdo con Rusia- y amenazar con sanciones que anularían cualquier incentivo que Moscú pudiera tener para aceptar un acuerdo, las palabras del presidente de Estados Unidos siguen pareciendo más un deseo alejado de la realidad que una posibibilidad mínimamente real.
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