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La fortaleza de Ucrania

“¿Habrá un acuerdo de paz entre Ucrania y Rusia?”, se pregunta Financial Times en uno de los habituales artículos en los que los medios tratan de predecir las tendencias para el nuevo año. La versión de su experto parte desde el pesimismo de los países europeos y de los sectores intervencionistas de Estados Unidos, que consideran que el peor escenario posible es aquel en el que Donald Trump obligue a Ucrania a negociar con Rusia un acuerdo en el que el artículo presagia un alto el fuego y presión a Volodymyr Zelensky, que tendrá que “aceptar de facto pero no de jure el control ruso de la tierra que actualmente ocupa, con algunos intercambios de territorio, a cambio de garantías de seguridad europeas con apoyo de Estados Unidos, mientras que la adhesión de Ucrania a la OTAN se congela de momento”. Eso sí, para ello, Donald Trump “tendrá que amenazar con sanciones más duras y aumentar el apoyo estadounidense a Kiev para persuadir a Moscú a participar seriamente en las conversaciones”.

En otras palabras, el medio propone lo que se conoce como “escalar para desescalar”, un concepto que se ha utilizado los últimos meses para calificar la estrategia israelí contra Gaza, Líbano, Yemen o Siria y que en realidad supone empeorar las cosas al máximo para obligar al oponente a aceptar los términos. Es precisamente este tipo de argumentos lo que da confianza a Zelensky, que siempre ha entendido que esa es la mejor estrategia para que Ucrania consiga sus objetivos. No se trata de recuperar la máxima cantidad de territorios perdidos por la vía militar, luchar pueblo a pueblo hasta sus fronteras de 1991, sino conseguir que sean sus aliados los que, por medio de presión política, económica y militar logren poner a Rusia entre la espada y la pared. Todo ello sin aceptar que esa estrategia lleva años en marcha y  que, a base de prolongar la guerra de Donbass y también el actual conflicto ruso-ucraniano, Ucrania ha logrado acumular muerte y destrucción sin conseguir aún la deseada invitación a la OTAN, principal objetivo de la última década y especialmente de los últimos dos años, cuando ya se da por hecho que la adhesión a la UE solo es cuestión de tiempo.

El objetivo sigue siendo el mismo y es compartido por sus aliados europeos, deseosos salvo las habituales excepciones de países como Hungría y Eslovaquia de continuar la guerra, la actual administración Demócrata y por la parte del ala neocon Republicana que no se ha acercado a Donald Trump. Su trabajo ahora es garantizar una financiación suficiente que permita a Ucrania negociar en posición de fuerza. Esa es la táctica actual según han afirmado abiertamente Mark Rutte, Úrsula von der Leyen, Emmanuel Macron u Olaf Scholz. Sin embargo, es preciso recordar un aspecto que está pasando desapercibido en el escaso análisis que se está realizando de esta guerra: los aliados europeos y Demócratas estadounidenses no solo buscan que Ucrania sea fuerte para poder defenderse con argumentos persuasivos en una negociación con Rusia, sino también con la Casa Blanca de Donald Trump. La negociación pública y bronca con sus aliados ha sido en los últimos meses el punto determinante de la estrategia diplomática de Ucrania, que ha utilizado los medios como herramienta para presionar a sus aliados, en ocasiones sin ahorrarse acusaciones molestas, en busca de más concesiones. Sobre la base de esa misma idea, los países europeos, el liderazgo de la OTAN y los representantes de la administración Biden, a la que le restan aún veinte días, buscan fortalecer a Ucrania con la mayor inyección de fondos y armamento posible para que se encuentre fuerte en el momento en el que Donald Trump decida, si es que ese es el plan, obligar a Ucrania a iniciar una negociación. Ucrania dispone de la experiencia y las herramientas para simular una negociación y alargar el proceso en el tiempo, como demostró durante los siete años del proceso de Minsk, pero en esta ocasión contará con un apoyo diplomático, político y económico aún mayor por parte de los países europeos y el secretario general de la OTAN.

La preparación comenzó hace varios meses, pero se acelera a medida que se acerca el final de la era Biden. El 30 de diciembre, Estados Unidos anunció el paquete de ayuda militar más amplio de los últimos tiempos, “Bajo mis órdenes, Estados Unidos continuará trabajando sin descanso para reforzar la posición de Ucrania en esta guerra en el tiempo restante de mi mandato”, afirmó el actual presidente para anunciar el envío de 2.500 millones de dólares en asistencia militar a Ucrania, 1.250 de los cuales proceden de las reservas de Estados Unidos y 1.220 de la Iniciativa de Asistencia de Seguridad a Ucrania, es decir, de la industria de defensa o sus socios. Este último material puede tardar semanas o meses en llegar, pero ya está comprometido, por lo que se garantiza que el suministro continúe al menos durante unas semanas al margen de cuál sea la intención de Donald Trump con respecto a los envíos de material militar a Kiev.

En su comunicado, el todavía presidente de Estados Unidos afirmó que el nuevo paquete, posiblemente el último de su mandato, permitirá “una afluencia inmediata de capacidades que sigue utilizando con gran efecto en el campo de batalla y suministros a más largo plazo de defensa aérea, artillería y otros sistemas de armas críticos”. En la lista de material a enviar a Kiev que se ha publicado en las comunicaciones oficiales y en los medios abunda la artillería y la munición para la defensa aérea, pero no hay mención a misiles occidentales, durante un tiempo la principal obsesión de Kiev. La táctica de Nixon, utilizar bombardeos masivos para obligar a la otra parte a negociar en sus términos, principal aspiración de Zelensky y sus aliados, implica la disponibilidad de enormes cantidades de misiles que los socios de Ucrania no están dispuestos a suministrar, por lo que la lista de material indica la continuación de la guerra terrestre de defensa y, quizá, de ataque en busca de reforzar las posiciones para la negociación con Rusia. Pero, ante todo, se trata de dar un margen de tiempo a Ucrania para poder rechazar las primeras propuestas de Trump si no son del todo favorables a Ucrania.

El 30 de diciembre, Estados Unidos anunció también la entrega de otros 14.000 millones de dólares, parte del paquete pactado por el G7, de los beneficios de los activos rusos retenidos en los países occidentales tras la invasión rusa. “El éxito de Ucrania es de interés nacional para Estados Unidos. Detener la invasión ilegal de Rusia ayudará a mantener un orden mundial democrático y basado en normas que favorezca la seguridad nacional e intereses económicos de Estados Unidos”, afirmó ese día Janet Yellen, secretaria del Tesoro. Ucrania es consciente de que esta guerra no corre el riesgo de quedarse sin fondos.

La guerra, desde 2022 la razón de ser del Estado ucraniano, supone más de la mitad del gasto del Estado, pero la asistencia militar no es la única de la que depende Kiev. “En 2024, el Ministerio de Finanzas de Ucrania obtuvo 41.700 millones de dólares en financiación externa de los socios extranjeros”, afirmó el mismo día el Gobierno ucraniano, que precisó que el 30% asciende a subvenciones a fondo perdido mientras que el 70 restante forma parte de las líneas de crédito que Ucrania espera que queden cubiertas por la incautación de activos rusos. El ministro de Finanzas Serhiy Marchenko calificó la cifra de financiación obtenida de los aliados extranjeros de “asistencia financiera significativa” y añadió que “en 2024, nos ha permitido cubrir todos los gastos sociales y humanitarios prioritarios. Eso incluye pensiones, salarios de los empleados, concretamente de los sectores de educación y sanidad, protección social y ayuda humanitaria”. Esa es la fortaleza real de Ucrania, un país que depende íntegramente de las subvenciones extranjeras para poder pagar los salarios de sus docentes y personal sanitario y las pensiones de su envejecida y empobrecida población.

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