Tras trece años de resistencia en una guerra que comenzó como civil, pero que se internacionalizó con la llegada de todo tipo de grupos islamistas patrocinados desde el exterior mucho antes de que Irán y Rusia intervinieran para rescatar al Estado, la República Árabe Siria colapsó como un castillo de naipes para dar paso a una etapa aún más incierta que la que ha supuesto la guerra interna, la lucha contra el Estado Islámico y la cantonalización de facto. De forma sorprendente, el Hayat Tahrir al-Sham (HTS) de Abu Mohammed al Jolani, la antigua Jabhat al Nursra, filial local de al-Qaeda, logró llegar a Damasco sin que el mismo ejército que había soportado todo tipo de ataques ofreciera resistencia. Para entonces, el presidente Bashar al Assad, que no se ha pronunciado en público ni ha dimitido oficialmente, ya había huido, rescatado por Moscú a iniciativa de Vladimir Putin para evitar que fuera capturado y presumiblemente linchado. Mientras fue posible dar batalla, Assad permaneció en el país, incluso en momentos en los que la derrota parecía cercana. Aunque la situación pareció estabilizada durante años, el tiempo ha demostrado que la intervención iraní y rusa únicamente retrasó lo que ha ocurrido esta semana. Al final, y a la espera de conocer si será capaz de negociar la continuación de su presencia en Siria, donde cuenta con dos bases importantes y su única presencia en el Mediterráneo, Rusia solo ha podido hacer por Assad lo que no consiguió hacer por Najibullah, que años después de la retirada rusa de Afganistán, acabaría asesinado, torturado, mutilado y expuesto con su cadáver colgado de una señal de tráfico como humillación final del talibán.
Aunque la situación es incierta y Jolani aún no ha consolidado el poder en todo el país, ha quedado claro que será él quien tendrá que lidiar con los numerosos grupos con intereses enfrentados que han luchado en esta última década y media, en ocasiones del mismo lado al contar con un enemigo común y en otras entre ellos. A todo esto hay que añadir los intereses de los países que ahora intervienen de forma más directa. Con la antigua filial de al-Qaeda convertida por la prensa en “rebeldes apoyados por Turquía”, que ha hecho posible el avance relámpago sobre Alepo que provocó el derrocamiento del Gobierno y la desaparición efectiva del Estado, surge rápidamente la pregunta de qué ocurrirá con el este del país, bajo control kurdo. Desde los altos del Golán que ocupa ilegalmente, es Israel quien avanza hacia el sur de Damasco, asegurándose el monte Hermón, desde el que dispondrá de una posición privilegiada para controlar tanto el sur de Siria como el de Líbano. Aunque tanto Turquía como Israel salen reforzados con la desaparición de uno de sus principales rivales y enemigos en la región, es Tel Aviv quien consigue realmente todos sus objetivos.
En términos geopolíticos, Irán, Rusia y Hezbollah son, sin duda, quienes más han perdido en esta lucha en la que han empleado recursos y han derramado sangre propia. No parece casualidad que el blitzkrieg islamista se haya producido en un momento en el que ninguno de los tres actores se encontraba en posición de apoyar al ejército sirio, desgastado tras más de diez años de guerra, sanciones y empobrecimiento. Fue el cúmulo de la intervención de todas esas partes la que sostuvo contra el Estado Islámico y los diferentes grupos salafistas al Estado sirio, ahora desaparecido en la forma en la que se había sostenido las últimas décadas. La derrota sin paliativos, que solo podrá mitigarse para Rusia en caso de lograr un acuerdo para mantener su presencia en el país -que implicará necesariamente el reconocimiento de un Gobierno islamista-, aún no ha sido explicada por Moscú, que se ciñe a la narrativa de un golpe de estado, sin dar más explicaciones.
Aunque no se conoce el estado real del Gobierno de Assad, del ejército sirio o los acuerdos y negociaciones entre los diferentes intereses en juego, los análisis de parte han llegado con la rapidez que cabría esperar. Quizá ningún país ha tenido tanta prisa por jactarse de lo que parece ver como una victoria propia como Ucrania. “El rápido colapso de la reputación y las posiciones del «socio estratégico ruso» de Irán en Oriente Medio, junto con la rápida caída del régimen prorruso de Assad en Siria, demuestra claramente dos puntos clave. En primer lugar, si buscas reglas y estabilidad, nunca hagas concesiones a dictadores ni aceptes sus condiciones. En segundo lugar, no hay ninguna «Rusia» con la que valga la pena negociar o elaborar «grandes acuerdos de múltiples componentes» para preservar la imagen sangrienta de la Federación Rusa”, sentenciaba el pasado lunes, pasadas apenas 24 horas desde la caída de Damasco, Mijailo Podolyak.
El argumento del asesor de la Oficina del Presidente no está basado en los hechos sino en las necesidades geopolíticas y propagandísticas. Pese a ser económica y militarmente mucho más fuerte, Rusia es presentada como aliada de Irán, cuyo peso Kiev trata de exagerar para conseguir un mayor interés en su causa por parte de Donald Trump. Ucrania no es una prioridad para el presidente electo, pero el precedente de su primera legislatura muestra que Irán sí lo es, por lo que el Gobierno ucraniano no ha dejado de intentar crear un eje Moscú-Teherán al que recientemente ha añadido a Pyongyang. El objetivo es doble: insistir en que luchar contra Rusia es también hacerlo contra Irán y presentar las guerras en Europa y en Oriente Medio como un solo conflicto que se libra en dos teatros de operaciones -tres si se incluye a China y a Corea o cuatro si se añade la presencia rusa en África y quiere buscarse artificialmente una guerra mundial que ya ha comenzado- y que Occidente debe librar simultáneamente contra un eje que trata de destruirlo, la enésima reformulación de la amenaza de la hordas asiáticas que tantas veces se ha utilizado en Europa. En esta lucha en la que el mundo libre se jugaría su supervivencia, no puede hacerse concesiones a Rusia, porque eso no garantiza la estabilidad. En el caso sirio, fue precisamente la presencia rusa la que garantizó durante años una cierta normalización de la vida para una parte importante de la población siria. Sin embargo, de la misma manera que en el discurso ucraniano paz quiere decir victoria, estabilidad significa control por parte su principal aliado, Estados Unidos, o de los gobiernos apoyados por Washington.
Ucrania no quiere solo tener presencia en los medios vinculando los dos conflictos bélicos y creando una lucha entre el bloque occidental y el eje autoritario -Ucrania no deja de denunciar, por ejemplo, el uso de drones iraníes y de las tropas norcoreanas que siguen sin ser vistas-, sino que desea ser protagonista en ella. “Las tropas rusas, que han perdido personal y equipo, abandonan apresuradamente su única base lejana en el extranjero”, ha escrito estos días Podolyak, inventando una huida que no se ha producido y unas pérdidas negadas por las imágenes satélite, que muestran total normalidad (teniendo en cuenta las circunstancias) en las bases rusas. Es preciso mostrar la debilidad de Rusia, aunque para ello haya que utilizar, al estilo trumpista, hechos alternativos o inventar la realidad. El motivo de esa debilidad es, por supuesto, Ucrania. “Sin la compañía militar privada Wagner, derrotada en Ucrania, sin los aviones de guerra rusos derribados por los ucranianos, sin el hundimiento de los barcos de la flota del mar Negro, el régimen criminal de la dinastía Assad pierde el control del país que ha gobernado desde la década de 1970 en unos pocos días”, se jacta Podolyak. Para el asesor de la Oficina del Presidente es irrelevante que Rusia no se haya debilitado sin Wagner en Ucrania -como muestra el aumento del ritmo de los avances en el frente-, que la presencia terrestre rusa fuera limitada y menos importante que la iraní, que el grueso de la aviación fuera retirado antes de 2022 o que la presencia naval en Tartus cumpliera un papel totalmente residual en la guerra de Siria.
“Rebeldes sirios entrenados por Ucrania, patrocinados por Turquía lideran el asalto sobre Alepo”, anunciaba con orgullo The Kiyv Post el 1 de diciembre. La lucha contra Rusia lo justifica todo y Ucrania no ha dudado en reclamar su parte de éxito en Siria, en este caso apoyando a la antigua filial de al Qaeda, o en Mali, reivindicando como parcialmente propio un ataque de JNIM, un grupo terrorista yihadista nacido, entre otros de al Qaeda en el Magreb Islámico, contra soldados de Wagner. Inexistente o mínima, Ucrania trata de explotar su participación en cada batalla contra Rusia, mostrando así su peso en una guerra que considera global y en la que Moscú debe jugar el papel de Cartago.
En ese juego de enaltecer su valía, Ucrania sabe que siempre puede contar con sus aliados habituales, en este caso el periodista David Ignatius, del Washington Post, para quien cada proxy de Estados Unidos lucha por el bien común y ha de ser defendido a toda costa. “La inteligencia ucraniana envió unos 20 operadores de drones experimentados y unos 150 drones con visión en primera persona al cuartel general rebelde de Idlib, Siria, hace cuatro o cinco semanas para ayudar a Hayat Tahrir al-Sham (HTS), el principal grupo rebelde con base allí, dijeron las fuentes conocedoras”, afirma en su último artículo sin prestar atención al origen o la ideología del grupo de Jolani ni poner en duda lo apropiado de enviar asesores al extranjero en un momento en el que las Fuerzas Armadas de Ucrania se encuentran en una posición comprometida. Es curioso que Kiev disponga de drones para apoyar el esfuerzo de Jolani cuando sus propios comandantes se lamentan de los drones rusos dominan el cielo, lo que está costando la batalla de Kurajovo a Ucrania. “Frente a un ataque ruso dentro de su país, la inteligencia ucraniana ha buscado otros frentes donde pueda ensangrentar las narices de Rusia y socavar a sus clientes”, insiste Ignatius jaleando la presencia de Ucrania junto a grupos de una ideología más que cuestionable y que su propio país considera terroristas. “El programa de ayuda encubierta de Ucrania en Siria ha sido un secreto a voces, aunque altos funcionarios de la administración Biden dijeron en repetidas ocasiones en respuesta a mis preguntas que no estaban al tanto de ello”, alega corroborando la narrativa ucraniana y dando por buenas sin ningún lugar a la duda las cifras de sus fuentes, pese a que su interés es precisamente exagerar esa presencia. Sin embargo, incluso Ignatius se ve obligado a admitir que “la ayuda de Kiev sólo desempeñó un papel modesto en el derrocamiento del presidente sirio Bashar al Assad, según fuentes de inteligencia occidentales”. Eso sí, tras una pequeña dosis de realismo -evidente teniendo en cuenta que el colapso ha sido más del Estado que del ejército, que simplemente no ha luchado-, el periodista regresa a la narrativa triunfalista que tanto necesita actualmente Kiev. El papel de Ucrania pudo ser limitado, “pero fue notable como parte de un esfuerzo ucraniano más amplio para golpear encubiertamente las operaciones rusas en Oriente Medio, África y dentro de la propia Rusia”.
Las necesidades geopolíticas y la guerra contra Rusia lo justifican todo, incluso exagerar el papel de la lucha de Kiev de la mano de grupos yihadistas perseguidos por Occidente.
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