La sorpresa que para Israel supuso la operación ofensiva de Hamas el pasado fin de semana se ha extendido a los aliados de Tel Aviv, que a lo largo del fin de semana mostraron activamente su apoyo. Pese a haber planteado su lucha contra Rusia como una guerra de liberación nacional y de descolonización, Ucrania no mostró su apoyo al pueblo ocupado sino al ocupante que lleva décadas masacrando y encarcelándolo. “Nosotros en Ucrania sentimos algo especial sobre lo que ha ocurrido”, escribió Zelensky en uno de los dos mensajes que dedicó a Israel. “Miles de cohetes en el cielo israelí…personas asesinadas en las calles. Vehículos civiles disparados. Detenidos siendo humillados. Nuestra postura es clara: cualquiera que cause terror y muerte en cualquier parte del planeta debe dar cuenta de sus actos”, añadió el presidente ucraniano para calificar de terrorismo la operación palestina contra la potencia ocupante, lo que sorprendió a una parte del mundo árabe, que pudo ver claramente la hipocresía de quien apela a su derecho de luchar con todos los medios contra Rusia, pero niega a otros pueblos el derecho a la autodeterminación. Y al igual que otros asesores como Mijailo Podolyak, el presidente ucraniano buscó, aunque sin decirlo abiertamente, la mano que mueve los hilos en la sombra. “El ataque terrorista de hoy contra Israel estaba bien planificado y todo el mundo sabe qué patrocinadores del terrorismo pueden haber apoyado y posibilitado su organización”.
Pese a la aparente sorpresa que el explícito apoyo de Kiev a Tel Aviv ha supuesto para quienes habían creído legítimamente la retórica anticolonial de Ucrania, la postura del Gobierno ucraniano es perfectamente consistente con su punto de vista y su actuación en años anteriores. Ucrania no podía verse reflejada en la lucha palestina porque Israel es uno de los espejos en los que se mira. Zelensky lo deja claro al mostrar su apoyo y ofrecer su ayuda al Gobierno de Netanyahu ahora, y lo ha hecho en el pasado. Sin embargo, la relación de Ucrania con Oriente Medio no se limita a Israel y el presidente ucraniano ha tratado, sin gran éxito, de lograr atraer también a los países árabes a su órbita. Lo hizo con una serie de argumentos que chocan ahora con la capacidad de Volodymyr Zelensky y su entorno de observar los paralelismos entre la imagen -interesadamente manipulada- de la lucha ucraniana que quieren proyectar con la férrea defensa de Israel en su intento de aplastar una que sí es contra un colonizador.
“Nunca nos someteremos a los extranjeros o los colonizadores. Es por eso por lo que luchamos”, afirmó el 19 de mayo en su discurso ante la Liga Árabe Volodymyr Zelensky. Acompañado de Mustafa Djemilev, uno de los líderes de los tártaros de Crimea, que no solo abandonó la península en 2014 sino que participó en el intento nacionalista de cortar el suministro eléctrico a la población provocando un apagón que duró varios días, el presidente ucraniano trató de explotar la represión rusa a la minoría musulmana en busca de apoyo de los países árabes. Gran parte de ellos se han mantenido al margen de la guerra e incluso han actuado como mediadores en momentos importantes. Es el caso de los Emiratos Árabes Unidos, que participó en la negociación que dio lugar a la entrega de los altos mandos de Azov a Turquía y la puesta en libertad de los mercenarios extranjeros capturados en la República Popular de Donetsk.
Con la neutralidad como enemiga y la necesidad de obligar a todos los países del planeta a manifestar su apoyo a Ucrania y su rechazo a Rusia o a una resolución diplomática a la guerra, Zelensky ha buscado intervenir en cada foro internacional y en cada parlamento nacional para insertar un discurso poco original, pero adaptado a cada circunstancia. En el caso de los países árabes, Zelensky explotó la supuesta represión a la población musulmana de Crimea, más imaginaria que real, e intentó dar un toque antiimperialista que cayó en saco roto ante una audiencia reacia a recibir los reproches de quien había llegado a la cumbre en un avión del Gobierno de Francia.
En su discurso, Zelensky afirmó que “los ucranianos nunca han elegido la guerra. Nuestras tropas no fueron a otras tierras”, una afirmación curiosa teniendo en cuenta que las tropas ucranianas participaron, por ejemplo, en la ocupación estadounidense de Irak. Pero si a Zelensky le falló la memoria a largo plazo, lo hizo también la más reciente. Fue Ucrania quien, en un momento en el que se precisaba de diálogo, eligió solucionar un problema político -el rechazo de parte de la población a un cambio irregular de Gobierno- por la vía militar. Ese fue, pese al revisionismo ucraniano, que la definió como operación antiterrorista, el detonante de la guerra.
Ante los representantes de pueblos que han vivido el colonialismo y la ocupación -algunos, como Siria, parte de cuyo territorio se encuentra ocupado ilegalmente por Estados Unidos, lo sufren actualmente-, el presidente ucraniano sentenció que “cualquiera que defiende su tierra natal de los invasores y cualquiera que defiende a los niños de su nación de la esclavitud, cada uno de esos guerreros es un camino a la justicia”. Zelensky, que se mostró “orgulloso de representar a esos guerreros y a todo el pueblo ucraniano”, olvidó deliberadamente a aquellos ucranianos y ucranianas que desde 2014 han defendido su tierra y a sus hijos de los ataques del Gobierno ucraniano. Ucrania eligió la guerra en lugar de seguir el camino de los acuerdos firmados, que únicamente exigía a Ucrania garantizar a Donbass unos derechos lingüísticos, culturales y políticos mínimos y perfectamente asumibles por un Estado de derecho dispuesto a representar a todo el pueblo, no solo a una parte.
Pese a las oportunistas palabras del presidente ucraniano ante la Liga Árabe sobre el derecho de los pueblos a resistirse al colonialismo, a la agresión y a la ocupación, Ucrania ha dejado claro a lo largo de los años que solo algunos pueblos tienen realmente el permiso para ello. Las declaraciones del presidente ucraniano en las últimas horas dejan ver que ese derecho no se extiende al pueblo palestino. El mismo revisionismo con el que ha conseguido negar la existencia de un conflicto interno en Ucrania y que ha simplificado el significado de la guerra hasta convertirla en una parodia de lucha entre el bien y el mal se aplica también en el exterior para apoyar el derecho de sus aliados a colonizar y ocupar pueblos ajenos.
Posiblemente, el principal motivo por el que el discurso de Zelensky ante la Liga Árabe no obtuviera una gran respuesta se debe a que el principal de esos referentes internacionales es precisamente el Estado de Israel, algo que no comenzó con Zelensky -por lo que no puede achacarse a cuestiones religiosas- sino que ha acompañado a Ucrania en los años en los que el pueblo de Donbass ha ejercido para Ucrania un papel comparable al de la población palestina para Israel.
En los últimos nueve años, la relación entre Ucrania e Israel ha avanzado entre las contradicciones que suponía defender un modelo similar -nacionalismo y enaltecimiento de las figuras consideradas heroicas por el régimen y demonización y marginación del otro– pero chocar en la cuestión que para Tel Aviv es irrenunciable: la condena del Holocausto. En 2015, Ucrania aprobó una legislación que condenaba al comunismo y al nazismo, equiparando, como denunció la Fundación Wiesenthal en un artículo publicado en el Jerusalem Times, “al régimen más genocida de la historia con el que liberó Auschwitz”. Aquella legislación convertía oficialmente en héroes a los que enaltecer a los luchadores por la libertad de Ucrania, también a quienes lo hicieron de la mano del Tercer Reich y por medio de la limpieza étnica de población judía, polaca o romaní. Solo Israel -siempre limitando sus críticas a la cuestión de los colaboracionistas del Holocausto- ha criticado consistente y duramente el enaltecimiento de figuras como Stepan Bandera, Roman Shyjevich o grupos como OUN y UPA. Esas críticas han causado el enfado de las autoridades ucranianas y de los sectores nacionalistas en momentos concretos, especialmente cuando el presidente israelí criticó duramente desde la tribuna de la Rada la institucionalización del enaltecimiento de esos grupos.
Sin embargo, los choques ideológicos derivados del revisionismo histórico iniciado por los sucesivos gobiernos post-Maidan no han impedido que la relación entre los dos países llevara a considerar Israel como modelo a seguir. El ejemplo es lógico y siempre ha partido de una visión geopolítica del momento: Ucrania, como Israel, aspiraba mucho antes de la invasión rusa a convertirse en una base militarizada al servicio de los intereses de su aliado común, Estados Unidos, frente a sus enemigos. Ucrania aspiraba a ser el Israel del este de Europa, un bastión occidental en un terreno situado frente a un oponente. Nunca ha sido un secreto que ese planteamiento, incluyera o no la entrada en la OTAN, podría implicar la creación de bases militares, pero, sobre todo, implicaba la militarización de Ucrania y una asistencia militar continuada e independiente de la situación económica, política y geopolítica. El ímpetu de Kiev por convertirse en una colonia militar a la que Estados Unidos enviara su armamento y en la que pudiera probar material precede a la invasión rusa de 2022, aunque ha aumentado notablemente desde entonces. Ahora, Ucrania no solo puede presentarse como bastión occidental en un territorio hostil, sino aportar el laboratorio en el que utilizar las armas occidentales contra las rusas en situación de guerra convencional de alta intensidad, algo que ni siquiera Israel puede ofrecer.
Pero además de la cuestión militar, económica y política, en el referente de Israel ha habido siempre una cuestión social. En su discurso ante la Liga Árabe, Zelensky resaltaba la lucha contra la ocupación, una idea que, en su ideario, no parece contradictoria con tener como principal espejo a un Estado cuya razón de ser es la ocupación de tierras ajenas y el sometimiento de la población de esos territorios. “Israel está luchando”, ha afirmado en una reciente entrevista Volodymyr Zelensky refiriéndose a una batalla que solo puede ser contra la población palestina. “Estamos preparados para luchar durante un largo tiempo minimizando el número de bajas. Como Israel, por ejemplo. Podemos vivir así”, alegó el presidente ucraniano. Israel, que lucha como ocupante para perpetuar su posición de superioridad, libra una guerra desigual en la que domina en todos los aspectos y puede permitirse, no solo los asesinatos selectivos, la vejación de la población palestina o su sometimiento económico en un territorio cada vez más fragmentado por el crecimiento de los asentamientos israelíes ilegales, sino bombardeos aéreos con los que destruir toda posibilidad de vida digna en las zonas sitiadas como la franja de Gaza o incluso encerrar a más de dos millones de personas y cortar el suministro de electricidad, agua y ayuda humanitaria.
Ucrania no cuenta con la superioridad económica con la que Israel es capaz de aplastar por la fuerza la oposición palestina a la ocupación, ni tampoco con el desequilibrio militar en el que los cohetes de Hamas se enfrentan al todopoderoso -aunque la realidad de las últimas horas contradice ese discurso- Iron Dome. El ejemplo de lucha contra el demonizado enemigo a largo plazo no se sostiene si se analiza mínimamente, pero sí hay dos puntos en los que Ucrania e Israel pueden argumentar similitudes. El primer aspecto es el apoyo prácticamente incondicional de Estados Unidos, dispuesto a mantener la asistencia militar en cualquier circunstancia y pese a cualquier abuso. La segunda similitud, mucho más importante en la última década, se refiere al tratamiento que Ucrania aspira a dar a la población de Donbass y de Crimea en caso de recuperar el territorio. Kiev, que consideró excesivas las concesiones culturales y políticas que Minsk preveía para que Donbass regresara a Ucrania, no ha escondido que prevé para la población de los territorios que se alinearon con Rusia represión cultural y política una vez expulsada la población que considera indeseable. Preparando el terreno, oficiales como Oleksiy Danilov o Mijailo Podolyak ya han repetido en numerosas ocasiones que no hay “conflicto interno en Ucrania”, “no hay repúblicas populares”, “no hay pueblo bombardeado de Donbass” y, sobre todo, “no hay población de habla rusa en Ucrania”. El subtexto de esos mensajes no difiere en exceso del mantra de quien fuera ministra israelí Golda Meier, casualmente nacida en Kiev, que alegaba que “no existe tal cosa como el pueblo palestino”. Es ahí donde Ucrania más se identifica con el modelo israelí y con su derecho a actuar tal como le plazca.
El férreo apoyo de Ucrania a Israel no puede sorprender, como tampoco su intento de aprovechar las circunstancias en beneficio propio. El intento de lograr así más armas para luchar contra Rusia es explícito. Sin ninguna sutileza, tanto Zelensky como Podolyak llevan ya tres días presentando la situación en Palestina como parte de un conflicto global. “Se ha formado ya una alianza terrorista global en el mundo”, escribió ayer el asesor de la Oficina del Presidente, que insistió sobre esta idea para presentar ese conflicto global como un planeta que orbita alrededor de un país concreto. “Esta guerra tienen muchos frentes invisibles, pero el global está en Ucrania hoy”, escribió, exigiendo “más decisiones y más acciones concretas”, afirmó el mediático asesor de Zelensky.
Israel anunció ayer el corte del suministro de agua, electricidad y alimentos a Gaza. Ucrania tiene también experiencia en ese ámbito: los nacionalistas ucranianos fracasaron en su intento de dejar sin luz a Crimea, aunque el Gobierno sí bloqueó durante años el suministro de agua. En Donbass, Ucrania implantó un bloqueo económico y de carga que Zelensky siempre se negó a levantar. En este tiempo Kiev condenó cada envío de ayuda humanitaria de Rusia. Donbass y Crimea contaban con un salvavidas del que actualmente carece el sitiado enclave de Gaza.
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