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Debaltsevo, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Evacuación civiles, Guerra Civil, Ucrania, Uglegorsk

La tragedia de Uglegorsk: la huida de “la ciudad de los muertos”

Reportaje original de Alexandr Kots y Dmitry Steshin in Komsomolskaya Pravda

La milicia estableció un corredor humanitario para evacuar a la población civil. La parte ucraniana no permitió el paso de civiles a través del frente. Informan los corresponsales Alexandr Kots y Dmitry Steshin.

La población comenzó a abandonar la ciudad temprano por la mañana. Nos topamos primero a una columna de refugiados que se encuentra ya en las afueras de Gorlovka. Los coches van llenos de gente, con ventanas empañadas por el vaho y con sábanas blancas, chales o pañuelos cubriendo antenas y retrovisores. Esta gente apenas porta efectos personales. Han huido con lo puesto, al límite de embestir a otros coches.

Más adelante comienzan a aparecer los Ural con niños en las cabinas. El primer puesto de control se encuentra junto a una de las minas. Aquí, la milicia revisa los documentos de identidad. En la ciudad podrían haber quedado numerosos militares ucranianos escondidos en sótanos, pisos o viviendas abandonadas. No se hace sufrir más a la gente: revisan rápidamente sus documentos y salen hacia Makeevka, donde se alimentará a los refugiados, que serán distribuidos en residencias temporales.

“Se puede decir que el centro de la ciudad ya no existe”, dice Ludmila, una refugiada. “Anteayer lo arrasaron disparando Grads desde Debaltsevo. ¿Qué corredor? Hemos tenido que huir. Salimos del sótano y corrimos. Vivimos en las afueras, así que no sabíamos nada. Y no había comunicaciones. No había luz, no había ningún sitio donde cargar el móvil”.

“Hemos podido huir de Uglegorsk”, dice un hombre. “¿Cómo está la situación?” “Bueno, ha habido disparos. No queda nada de Uglegorsk. Donde vivimos, se quemó el tercer piso y el segundo se hundió. Disparan con Grads, como quieren desde Debaltsevo”.

“Mis padres se han quedado en el pueblo de Grozny, cerca de Uglegorsk. No sé cómo sacarlos”, llora Valya. “Han destruido todo. Hemos estado tres días tirados en el suelo de nuestra casa. Luego pudimos correr hasta el sótano, arrastrándonos. En cinco días no hemos podido salir. Los disparos nos impedían salir de casa. No sé quiénes eran, llevaban una bandera ucraniana. Iban por las casas disparando a los portales. Dispararon dos veces contra nuestra casa.

“¿Ha pasado miedo?”, pregunto a la adolescente sentada en el asiento del copiloto de una camioneta Gazelle.

“No”, grita. Pero el niño parece haber recibido un golpe. “He estado escondida en el sótano con mi madre”.

“En la calle Stankevski 7, solo se han quedado unos ancianos. Son mayores y no han podido bajar de la tercera planta”, nos dicen a gritos desde la camioneta esos refugiados que sí han podido huir. “Ojalá a Poroshenko le toque vivir lo que tenemos que pasar nosotros ahora, que sus hijos tengan que pasar por esto.

Hay un silencio poco habitual. Los militares confirman el acuerdo de alto el fuego, vigente hasta el mediodía. Seguimos adelante, una docena de kilómetros, hasta el límite de la ciudad de Uglegorsk, las primeras viviendas. A lo largo de la carretera, todos los campos han sido minados. Los ingenieros ya están trabajando. La tierra está salpicada de varillas de hierro con triángulos rojos en los extremos, que marcan los lugares en los que se han descubierto minas. En medio de un campo minado, en un charco formado de la nieve derretida, aparece un pie. Ni la lógica ni la imaginación ayudan a comprender cómo ha llegado hasta allí.

Con aspecto abatido, una larga cola de personas esperan para subir a algún transporte en las primeras viviendas de Uglegorsk, junto a un cruce del ferrocarril ahora destruido. La población huye de la ciudad por la única vía abierta, cargados con fardos atados con un nudo o esas bolsas de cuadros que ya se han convertido en un símbolo visible de la desgracia, de la pobreza y del sufrimiento.

Llenos de barro, se oyen el ruido de los zapatos caros, de gente con abrigos de piel mojados de arrastrarlos, sus mejores ropas, sus ropas de domingo. Se llevan todo cuanto pueden. Una niña bien vestida lleva un gato y una jaula de pájaros. A su lado, una anciana mal vestida, que se apoya en ese fardo que lleva de equipaje para cada paso que da. Todo lo que lleva estará ya empapado por el agua y el barro.

Van llegando camiones a por los refugiados. Antes de subir al camión, la gente abandona sus bicicletas, coches de bebé o las sillas de los niños. Junto a ellos deambulan docenas de perros abandonados. Un perro de raza, un perro pastor, sucio hasta niveles indescriptibles y sin collar, se ha pegado al miliciano que organiza la evacuación. Atento, mueve las orejas, escuchando cada palabra de su nuevo dueño. Parece que ha sido afortunado en este terrible trance. Alguien nos coge del brazo.

“Chicos, ¿sois rusos? ¿De la televisión? ¿Podemos decir a la cámara que estamos vivos?”

Nos rodean por todas partes para poder saludar a sus familiares en Moscú, Tiumen, Sebastopol, Belgorod, Moscú, Kharkov, Odessa. Una terrible lista de supervivientes, de gente viva. Quienes escaparon de este infierno quieren contarnos sus experiencias.

“Ayer se marcharon nuestros amigos. A nosotros nos dio miedo, porque disparaban por la espalda”, dice una chica.

“Estábamos en el sótano y mataron a mi hermano. ¡Mataron a mi hermano!, llora desconsoladamente una mujer joven, que lleva un niño. “Hemos estado con los niños en un sótano helado. En seis días no hemos podido salir”,

Diga a Yanochka, en la región de Belgorod, que estamos vivos. También a Crimea. Hemos sobrevivido”, dice una anciana haciendo un esfuerzo. “Poroshenko, siéntate a negociar. Por nuestros hijos, por nuestros mayores. Ya no podemos aguantar esto.

“Es una ciudad de muertos. Hemos estado seis días sin nada para comer, nada para beber. Nos estábamos volviendo locos”, solloza otra mujer.

“Es un genocidio contra un pueblo. Simplemente nos están matando. Han estado seis días disparando. Me tiemblan hasta las manos. Hemos llamado a todas las puertas, hemos llamado a la prensa para decir que había niños. Solo nos hemos salvado gracias a los niños, ha sido gracias a ellos. Pero de todas formas, qué corredor es este. Disparan desde ese lado. Los ucranianos no permiten pasar a ese lado, no se puede escapar. Según ellos somos prisioneros, como si tuviéramos la culpa.

“Cuando salieron del internado, los nazis atrajeron el fuego hacia su posición”, dice un hombre. “Entonces empezaron a caer los Grads desde Debaltsevo. Lo han destruido todo”.

Al mediodía empieza a golpear la artillería, con proyectiles que pasan directamente sobre la multitud de refugiados. Nadie se agacha, ni siquiera miran hacia el cielo. Ya no les sorprende nada. Un miliciano se acerca corriendo:

“Chicos, si podéis, deberíais salir de aquí rápidamente. Van a disparar, ¿me oís?”

Comienzan a sentirse las explosiones en algún lugar cercano. Por decirlo suavemente, el cruce ya ha sido blanco de la artillería, así que los temores están más que justificados. Sobre las cabezas de la gente, en el remolque del camión, van pasando la silla de un discapacitado; después llevan en brazos a un hombre, pálido  de piernas rectas. Se nos acerca un comandante de la milicia, de nombre de guerra Gogui. Le conocimos en junio en los sótanos de Semenovka, en Slavyansk, cuando un tanque seguía a nuestro grupo. Amistades que serán inolvidables hasta la vejez.

Gogui cuenta que en la ciudad ocurre lo peor que se puede imaginar en una situación así: un pastel de capas. Han quedado rodeados miembros de los batallones territoriales que temen, con razón, caer prisioneros; desertores del ejército; una bolsa de resistencia que no va a entregarse; francotiradores enrabietados disparando a todo lo que se mueve. Son signos de la presencia del ejército ucraniano, aunque hace tiempo que han perdido la ciudad. Sigue habiendo residentes locales escondidos en los sótanos, que impiden que se puedan usar granadas para terminar de limpiar la ciudad.

“La situación en la ciudad es dura”, dice Gogui. “Por la noche han salido más de tres Urales llenos de civiles y una docena de coches. Es raro que las tropas ucranianas no los hayan evacuado. Cuando empezaron a retirarse, no les importó en absoluto la población civil. Hay una gran cantidad de mayores, jubilados, gente con problemas de movilidad. Les estamos ayudando. Desde esta mañana, se ha evacuado a 150. Otros muchos vienen por sí solos. En la ciudad pueden quedar unos 200, pero no hay un recuento exacto. Estamos yendo casa por casa, no tanto para buscar soldados ucranianos, sino en busca de civiles que han sobrevivido. Siguen disparando constantemente de forma caótica. No está claro a qué apuntan. Pero disparan en zonas residenciales.

Llegamos al final del sector y aparcamos tras una valla. Recibimos órdenes de Gogui: “Hay que correr unos 20 metros, sigue habiendo un francotirador en una ventana de ese bloque de nueve pisos y somos blanco”.

Corremos como locos sobre púas de alambre, cables arrancados por la metralla o neumáticos quemados. A nuestra izquierda, se oye un intercambio de disparos y explosiones de mortero. “Sparta” está intentando limpiar los barrios de la ciudad. De algún lado pasan, por encima de nuestras cabezas, balas perdidas.

Un hotel de lujo ha quedado en la línea de ofensiva de las tropas de la RPD, parcialmente quemado y destruido. Sus focos parecen tener una fuerza terrorífica. En esa “colina alpina”, entre musgo y piedras, asoman restos humanos entre los restos de uniformes militares. Tres tanquistas ucranianos se quedaron a pocos metros del acceso al sótano. En estos últimos meses, también hemos visto decenas de niños, mayores o mujeres que tampoco lograron llegar al refugio y murieron a las puertas de los sótanos, refugios o portales.

En el pecho de uno de los cuerpos, hay una libreta. El viento hace pasar las páginas. Todas están vacías. Como la ciudad de Uglegorsk, que ahora también está vacía.

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