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Análisis, Análisis político, Artículo, Ucrania

Elecciones parlamentarias: último paso para la consolidación del nuevo régimen

Por Nahia Sanzo 

Tras unas elecciones presidenciales en las que, ante el descrédito de Yulia Timoshenko y la percepción general de que la lucha interna solo debilitaría más al país, Petro Poroshenko no tuvo rival, las elecciones parlamentarias que hoy se celebran en Ucrania suponen el paso final para consolidar el nuevo régimen nacido del golpe de Estado del 22 de febrero. Hoy, salvo error de las encuestas de intención de voto, la nueva Rada habrá conseguido eliminar a los grupos parlamentarios de la oposición, el Partido de las Regiones y el Partido Comunista, que igual que los judíos de Lviv en 1941 son considerados por el nuevo régimen como agentes de Moscú. Con esto, se cierra en Ucrania el capítulo iniciado con las protestas de Maidan y el derrocamiento del presidente Yanukovych.

Utilizando las protestas contra la corrupción y el descontento popular por la dramática situación económica que ya entonces, antes de que el nuevo Gobierno se embarcara en una guerra, era dramática y apoyado por las altas esferas ucranianas y la diplomacia occidental, Maidan se presentó como una revolución popular. A pesar del apoyo expreso de Occidente, ya entonces aparecieron algunas informaciones esporádicas sobre los elementos radicales de las protestas. En aquel momento, incluso la BBC mostraba a nacionalistas de dudosa simbología que negaban tener a Hitler como modelo, pero que quedaban retratados cuando procedían a explicar que Ucrania debía ser para los ucranianos. Todo aquello queda lejos, tal y como lo evidencia la escasa repercusión mediática de mercenarios que abiertamente defienden la supremacía blanca o batallones con emblemas basados en simbología Nazi en la Guardia Nacional ucraniana.  El magnate George Soros, cuyas fundaciones llevan años trabajando en Ucrania, ve ahora a nacionalistas y radicales como una mínima parte de las protestas de Maidan, que califica como una revolución popular en toda regla.

Maidan es, en realidad, una revolución desde arriba, un golpe de palacio de las clases altas. Sobre una base de descontento popular por una catastrófica situación económica que no ha hecho más que empeorar una vez que el país se ha embarcado en una guerra, las protestas de Maidan recibieron un innegable apoyo político externo. Son de sobra conocidas las visitas de Victoria Nuland o John McCain a Maidan, donde compartieron escenario con las figuras que pronto pasarían a formar parte del Gobierno incluyendo al más moderado Yatseniuk, cuyo principal proyecto es construir un muro en la frontera rusa, o el hasta hace poco declarado antisemita Tyahnybok. Occidente dio su inmediata aprobación al golpe de Estado calificándolo como la expresión democrática del pueblo, que luego pasaría a validar esa decisión con las elecciones presidenciales de mayo, que entonces se calificaron, sin motivo alguno, como históricas. Igual que Poroshenko, Yanukovych había sido elegido por las urnas, por lo que los únicos motivos para calificar aquellas elecciones como históricas, como repitió sin cesar la diplomacia Europea y Estadounidense, fueron los actos de intimidación a los candidatos opositores o el hecho de que hubiera zonas del país, fuera del control del Gobierno, en las que ni siquiera se produjeron. Tampoco mereció crítica alguna las agresiones a diputados por el único delito de criticar la gestión del Gobierno en el Parlamento.

Igual que aquellas elecciones presidenciales, las elecciones parlamentarias que se celebran hoy en Ucrania son libres y democráticas. Igual que entonces, el Gobierno insiste en que las elecciones se celebran en todo el país. El Parlamento llega incluso a anunciar que el 95% de los colegios electorales de la región de Donetsk, sin especificar si se refiere a las zonas de dicha región bajo control ucraniano o a toda la región, con lo que la duda es si se trata de un ejercicio de propaganda o una invención, ya que es evidente que las elecciones parlamentarias no se están celebrando en las zonas controladas por la milicia. Pero la legitimidad de estas elecciones no depende de las zonas en las que se celebren. La pérdida de Crimea en esas primeras semanas del Gobierno de los vencedores de la revolución de Maidan hace imposible que estas se celebren en todo el territorio de lo que era Ucrania hasta el golpe de Estado del 22 de febrero. La legitimidad de estas elecciones no queda dañada por las zonas del país en las que no se está votando por el bloque de Poroshenko, el Partido Radical de Liashko o el Frente Popular de Yatseniuk, sino por las listas electorales que han sido sometidas, otra vez, a la intimidación, prohibición o a las purgas de la nueva ley que pretende, en la práctica, eliminar todo signo de oposición a la idea de Ucrania nacida del golpe de Estado.

Igual que el alto el fuego de Minsk, el acuerdo del 21 de febrero, que debía formar un Gobierno de unidad para acabar con la crisis, apenas duró unas horas, ya que una de las partes nunca tuvo intención de cumplirlo. En aquel momento, el enviado ruso no firmó un acuerdo patrocinado por su Gobierno, lo que entonces pareció un error. En la práctica, es evidente que Vladimir Lukin viabilidad alguna a ese acuerdo, algo que quedó probado en unas horas, cuando se produjo ese golpe de Estado parlamentario y se cesó al entonces presidente, elegido por las urnas igual que su antecesor o su sucesor, sin contar con los votos necesarios para hacerlo de forma legal.

Como él mismo declaró en su discurso ante el Congreso de Estados Unidos, la presidencia de Poroshenko comenzó con un alto el fuego, aunque olvidó mencionar que a esta frágil tregua siguieron los meses más cruentos de una guerra en la que, tras un momento a mediados de julio en que la victoria ucraniana parecía inminente, la batalla de Ilovaysk demostró la incapacidad del ejército ucraniano para liquidar por la vía militar a las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk.

Ahora, en pleno “alto el fuego”, Ucrania da señales contradictorias sobre su intención de reanudar o no la ofensiva. En un mismo día, el presidente es capaz de repetir que un busca una victoria militar, que supondría una batalla urbana y miles de muertos en una posible batalla por el control de Donetsk, sino una victoria política, mientras que uno de sus asesores afirma que el alto el fuego es una farsa para ganar tiempo, reagruparse y rearmarse. Perdida la península como territorio, pero no como elemento de propaganda contra Rusia, Poroshenko y su equipo utilizan a Donbass de la misma forma. La imagen del presidente vestido de militar acudiendo en jornada electoral a las zonas “liberadas” de Donbass es una imagen de propaganda digna de las potencias occidentales que tanto ha impresionado en estos meses de presidencia.

Pase lo que pase en Donbass, Ucrania,  y los patrocinadores internacionales de la revolución de las clases altas que fue Maidan, ya ha conseguido uno de sus objetivos: consolidar esa revolución como la vía para mantener el poder dentro de los límites de lo que consideran la nueva Ucrania, esa que ve en Moscú al enemigo, por lo que cualquier acusación de favoritismo hacia el vecino supuestamente invasor suponga una condena política. El destino del Partido de las Regiones o el Partido Comunista, en la práctica desaparecidos ya del juego político ucraniano no es solo el reflejo de esta idea, sino que es también la prueba evidente de la poca legitimidad de la nueva democracia del país, esa que intimida o apalea a candidatos o parlamentarios o  “lustra” a los colaboradores del anterior régimen al grito de consignas  patrióticas olvidando que tanto el presidente como el primer ministro provienen de los gobiernos de Yanukovich.

Ucrania y sus socios occidentales han asegurado ya un parlamento sin elementos pro-rusos y un futuro a medio plazo en el que no tendrán que enfrentarse a la incómoda situación de un presidente pro-ruso, en realidad uno de los principales objetivos de Maidan. De lo contrario, los Klitschko, Tyahnybok o Yatseniuk habrían aceptado el acuerdo de Gobierno con Yanukovych para un Gobierno de unidad hasta las elecciones de la próxima primavera, en las que habrían participado todas las regiones de una Ucrania que habría incluido también Crimea y en las que se habrían arriesgado a un resultado más incierto que las pasadas elecciones de mayo o las que se celebran hoy.

 

 

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