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Todos los bandos advierten: la ofensiva es inminente

aeropuerto

Por Nahia Sanzo

Con tan solo horas de diferencia, dos figuras con visiones opuestas del conflicto ucraniano han advertido de lo erróneo de las políticas del bando al que apoyan. Pese a partir de un punto de vista opuesto, Soros grita invasión rusa mientras que Strelkov condena la pasividad del Gobierno de Putin, ambos coinciden en exigir al liderazgo del bando al que defienden que actúen con mayor firmeza.

En un artículo expresamente pensado para promocionar la imagen de Ucrania y de su presidente en las últimas horas de la campaña electoral, George Soros ha advertido a Europa y a Estados Unidos de que deben reaccionar y poner en marcha una serie de mecanismos para contrarrestar al Gobierno ruso, tan dispuesto como nunca a seguir haciendo uso de la fuerza en este actual pulso que libra contra Occidente por el dominio de lo que el magnate llama la nueva Ucrania, esa nacida de una visión más que idealizada de Maidan en el que Soros no vio más que a una mínima representación de nacionalismo.

Con un oligarca como presidente y con el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea retrasado tal y como propuso Yanukovych, la única gran diferencia objetiva entre la Ucrania de hoy y la de hace un año es la guerra. Aunque para ello, Soros, como gran parte de la prensa y la política occidental, tiene una explicación tan sencilla como errónea: la invasión rusa. Igual que para el Gobierno ruso es más sencillo ver en las muestras de odio a todo lo ruso a la extrema derecha, negándose a ver que esto procede desde otros sectores a priori menos radicales, para el bando ucraniano y sus aliados es más sencillo pensar que fue el gran ruso el que destrozó al ejército ucraniano el pasado agosto.

Desde el principio, Strelkov ha ligado la supervivencia de Donbass como Estado independiente de Ucrania a la supervivencia rusa, lo que puede ser tan exagerado como la amenaza rusa que anuncia Soros. La guerra entre Rusia y Occidente solo puede ser económica, una guerra de la que ya estamos viendo, al margen del resultado de la guerra de Donbass, los primeros pasos. La escalada de sanciones poco tiene que ver con la anexión de Crimea o los rebeldes de Donbass y no es más que una batalla dentro de la lucha de poder por la hegemonía mundial en la que Rusia o China debían mantenerse fieles a la actual superpotencia como ya se han visto obligados a hacer en el pasado.

Al contrario que la de Soros, la advertencia de Strelkov se refiere a un peligro real, porque son los tanques ucranianos, tengan o no la intención de atacar, los que están a escasos kilómetros de Donetsk. Como ya hiciera algunas semana atrás, el antiguo líder militar de la República Popular de Donetsk advierte de los planes ucranianos de atacar y tomar Donetsk antes de que Rusia pueda incluso plantearse si intervenir o no. El tiempo dará, o no, la razón a Strelkov, que por su historial en Donbass y su lucha pesonal por la supervivencia de la zona como Estado independiente merece un respeto. Pese a quien le pese, tanto en Occidente como en algunos círculos de Rusia y de Donbass, suya fue la ofensiva con la que se recuperó algo del terreno perdido durante la ofensiva ucraniana de julio, por lo que su conocimiento del terreno y de las fuerzas en conflicto da una credibilidad a Strelkov de que carecen otros, no solo Soros, sino también gran parte de la prensa occidental, que informa sobre Donbass principalmente desde Kiev, Moscú o incluso Londres.

La ofensiva de la que advierte Strelkov no es fantasma como la que anuncia Soros. Cuando Soros u otros expertos en el tema hablan de la ofensiva rusa, política o de propaganda, sobre los países Bálticos, no mencionan que parte de la población de etnia rusa de esos países carece de derechos básicos, en muchos casos incluso de la nacionalidad del país en el que han nacido. Y cuando advierten de la posibilidad de que Putin utilice la fuerza, como hizo en Georgia en 2008, olvidan también mencionar las circunstancias en que se produjo el ataque ruso. Esa Rusia de Putin, dictatorial y belicista, se retiró de Georgia cuando, tras cinco días de ofensiva, se encontraba a escasos kilómetros de Tbilisi. Si su intención era invadir Georgia, ese era el momento. Y si la intención rusa era invadir Ucrania, no había mejor momento que el pasado agosto, cuando el ejército ucraniano se retiraba de algunas zonas a la velocidad que lo hiciera hace cinco años el ejército georgiano.

clusterMencionar, como hace Soros ahora, el corredor a Crimea o a Transnistria carece completamente de sentido, al igual que seguir manteniendo que existió una invasión rusa de Ucrania. La semana que Human Rights Watch acusa a Ucrania de usar bombas de racimo, Soros contraataca asegurando, sin prueba alguna, que Rusia, ni siquiera la milicia, lo hizo antes (Human Rights Watch rectifica y también acusa a Rusia de usar bombas de racimo, aunque al contrario que hace unos días, esta vez lo hace sin pruebas). A falta de pruebas, buenas son las acusaciones, como la de uso de bombas termobáricas durante las semanas que duró esa invasión que nadie ha visto. Soros queda solo un paso por debajo de acusar a Rusia de usar armamento nuclear, seguramente porque el intento del entonces Ministro de Defensa Geletei trajo como único resultado el descrédito del ministro.

Esa nueva Ucrania en la que George Soros ve como una minoría marginal a “nacionalistas y antisemitas”, esa nueva Ucrania más unida que nunca aunque esté en medio de una guerra civil, debería ser modelo para la Unión Europea, que debe estar más unida (Soros no explica si la unión debe ser también al estilo ucraniano, con tanques en las calles) y ser más flexible y más eficiente. Aunque sea a costa de endeudamiento, la Unión Europea debe apoyar económica y militarmente a la nueva Ucrania para garantizar así su supervivencia. En la Europa abocada a otra recesión ya con la guerra de sanciones con Rusia, George Soros sugiere más endeudamiento. ¿Debemos seguir recortando derechos sociales, en sanidad o en educación, para rearmar a un ejército en el que se ha integrado a batallones de estética e ideología abiertamente nazi y apoyar económicamente a un Gobierno cuya policía se mantiene al margen mientras sus ciudadanos se queman vivos ante esa minoría nacionalista que lanza cócteles Molotov?

El juego de Ucrania hasta ahora ha respondido más a mantener sus posiciones en el frente para prevenir cualquier ataque y continuar con ataques selectivos en ciertas zonas, principalmente zonas civiles e industriales, para acallar cualquier intento de la extrema derecha, que incluso el Gobierno ucraniano sabe que es un problema si no se mantiene bajo control, dispuesta a acusar al presidente de venderse a Moscú si ve signos de retirada. Los misiles balísticos sobre zonas industriales, el constante fuego de artillería o el uso de bombas de racimo no responden a una ofensiva por la que el Gobierno ucraniano pretende recuperar territorio. Ucrania se asegura así la inviabilidad de Donbass independiente, mientras que mantiene la amenaza sobre la población civil, esa cuyos corazones pretendía ganarse Poroshenko durante la campaña presidencial. Hasta los últimos días, el ejército ucraniano ha utilizado una estrategia de contener y destruir. Pero sus movimientos recientes hacen pensar que pueden pasar a la ofensiva en cualquier momento. Al contrario que hace unas semanas, cuando Strelkov anunció por primera vez la intención ucraniana de romper definitivamente el alto el fuego, ese que en realidad nunca ha existido, también Zakharchenko, que durante semanas ha tratado, sin éxito, de defender el acuerdo de Minsk, ha admitido esta vez que esa es la información de que dispone.

Hasta ahora, las advertencias de Strelkov han sido más parte del juego político que advertencias de amenaza real. La división interna dentro de los gobiernos provisionales de las dos repúblicas eran inevitables desde el momento en que se firmó el protocolo de Minsk, que daba a Ucrania una posición de fuerza que no se correspondía con la situación en el campo de batalla sin que hubiera, al menos aparentemente, garantía alguna para las repúblicas populares, que ni siquiera eran mencionadas en los documentos firmados. Crítico desde el principio con la gestión de Zakharchenko, Strelkov siempre ha sido partidario de la guerra hasta el final, en parte porque relacionaba el resultado de esta con la supervivencia de Rusia como Estado independiente, mientras que Zakharchenko ha mantenido una postura más abierta a negociar con el Gobierno ucraniano.

Puede que Soros y Strelkov exageren las intenciones de ofensiva del enemigo, pero los hechos dicen que es el ejército ucraniano el que se encuentra a las puertas de la ciudad de Donetsk, mientras que Rusia ha retirado las tropas cercanas a la frontera ucraniana, con lo que Occidente carece de argumentos para defender que el Gobierno de Putin planea invasión u ofensiva alguna. Soros puede, sin argumento alguno, criticar que las fuerzas de Putin intenten tomar el aeropuerto de Donetsk pese al alto el fuego, igual que Strelkov puede acusar de traición a Alexander Zakharchenko por firmar el acuerdo de Minsk. Justamente o no, en ambos casos, justamente o no, en la práctica se define a Zakharchenko como una marioneta, una cara que únicamente ejecuta órdenes. Lo mismo puede extenderse a la menos mediática República Popular de Lugansk. En ambos casos, esto supone una presión añadida a unas regiones ya sometidas a unas circunstancias extremadamente complicadas, esperando un ataque del ejército ucraniano mientras tratan de reconstruir la economía, en una región cuyas infraestructuras e industrias están completamente destrozadas.

Tras semanas de ensalzar ese alto el fuego que nunca ha sido tal, Zakharchenko, presionado por todas las partes y perfectamente conocedor de la necesidad de ganar para su bando a los partidarios de Strelkov, ha cambiado de discurso y ha anunciado que no puede haber negociaciones con Kiev. Mientras los habitantes de Donetsk ven cada vez más cerca la ofensiva ucraniana, Zakharchenko cede a la presión y anuncia su intención de recuperar Slavyansk, Kramatorsk y Mariupol, aun sabiendo que no hay posibilidad real de llevar a cabo una operación semejante en estos momentos. Para Ucrania, que por si acaso ya fortifica sus posiciones en esas ciudades, puede que esa amenaza vacía sea suficiente para justificar la ruptura definitiva del alto el fuego sin arriesgar el apoyo de Occidente. Si esa es la intención ucraniana y la ofensiva se reanuda, Rusia habrá sufrido esa dura derrota que anuncia Strelkov al jugárselo todo a una sola carta, el acuerdo entre Putin y Poroshenko, sin exigir siquiera garantías de que no se produjera un nuevo ataque. Porque a pesar de los argumentos de Soros, si Rusia hubiera tenido intención alguna de intervenir militarmente de forma directa en Ucrania, lo habría hecho antes de que esta guerra se cobrara miles de vidas. La ofensiva inminente de Soros no es más que otra maniobra política para exigir que continúe la ofensiva europea, una ofensiva económica y política que ya está en marcha. La ofensiva ucraniana también es inminente, aunque por el momento está por ver si será militar, si el Ejército ucraniano tratará de hacer lo que no ha podido hacer hasta ahora, o si será polítca y económica.

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