Terminó, pasando casi tan desapercibida como la reunión previa que se había celebrado hace varios meses en Copenhague, la cumbre por la paz con la que Arabia Saudí había querido elevar su perfil en la escena geopolítica internacional presentándose como un sui generis mediador entre el bloque de aliados de Ucrania y el resto del mundo. El hecho de que no haya habido siquiera un comunicado conjunto final deja ver la relevancia real de esa cumbre por la paz que siempre tuvo otras intenciones y que nunca fue una opción para buscar una resolución al conflicto. “Ucrania busca progresos hacia la paz en las conversaciones de Arabia Saudí”, titulaba ingenuamente Reuters la semana pasada. La idea es representativa del punto de vista dado por toda la prensa occidental desde que se conociera la celebración de esta breve cumbre en la que, por supuesto, no se ha invitado a Rusia. En ausencia de la otra parte de la guerra, caminar hacia la paz era materialmente imposible, por lo que la cumbre tenía un halo de déjà vu de lo ocurrido entre los años 2015 y 2022.
La guerra de Donbass no explica por sí misma el porqué de la invasión rusa de febrero de 2022, pero es imposible comprender la situación actual sin prestar atención a la guerra que comenzó en 2014 y al saboteado proceso de paz que se inició un año después por medio de la firma por delegación de un acuerdo negociado por Angela Merkel, Vladimir Putin, Petro Poroshenko y François Hollande. La rúbrica de aquel acuerdo es el inicio de un proceso en el que Ucrania jamás tuvo intención de cumplir con sus compromisos. Es significativo que el firmante no fuera Petro Poroshenko, que al igual que los demás jefes de Estado o de Gobierno se encontraba en el lugar, sino Leonid Kuchma, segundo presidente de la Ucrania independiente. También se encontraban en Minsk los entonces líderes de la RPD y la RPL, Alexander Zajarchenko e Igor Plotnitsky, a los que no se permitió participar en la negociación y pudieron firmar el acuerdo solo a título personal, sin que se mencionara ningún cargo. Ese fue el compromiso que permitió que Poroshenko adquiriera, por medio del proxy Kuchma, una serie de obligaciones hacia la población de las Repúblicas Populares, a cuyos líderes no quería otorgar ningún tipo de reconocimiento.
Desde ese momento, Kiev trabajó para trasladar el proceso de paz a un formato en el que no tuviera que compartir mesa con los terroristas, los separatistas, los títeres de Rusia. No había Repúblicas Populares, esas entidades no representaban de ninguna manera a la población de Donbass y Ucrania no tenía obligación de negociar absolutamente nada con ellas. Esa fue, y sigue siendo, la postura de Ucrania desde el primer momento. La negación de la existencia de un conflicto interno en Ucrania desde 2014 -cuyas bases se remontan a la forma en que se configuró el país y los cambios que el Estado post-Maidan pretendía imponer- hacía innecesaria toda negociación con Donetsk y Lugansk y limitaba el proceso de paz a la exigencia de capitulación rusa. De ahí que el Gobierno ucraniano, tanto bajo el mandato de Poroshenko como bajo el de Zelensky, prefiriera siempre negociar directamente con el Estado agresor, Rusia, y no con los ciudadanos ucranianos Alexander Zajarchenko, Igor Plotnitsky, Denis Pushilin o Leonid Pasechnik, todos ellos líderes de las Repúblicas Populares entre 2015 y 2022.
Eso explica por qué los puntos de los acuerdos de Minsk nunca fueran tenidos en cuenta y que cualquier acuerdo tuviera que proceder, no del Grupo Trilateral de Contacto, sino del Formato Normandía, en el que las Repúblicas Populares no tenían presencia y Ucrania contaba además con el prácticamente incondicional apoyo de sus socios europeos, fundamentalmente del Gobierno alemán. No es casualidad que el principal acuerdo alcanzado en los años de Minsk llevara el nombre del entonces ministro de Asuntos Exteriores y hoy presidente de Alemania Frank-Walter Steinmeier. Tampoco es casualidad que su entonces ya famosa fórmula Steinmeier, simplemente una hoja de ruta para el cumplimiento acelerado de una parte de los acuerdos de Minsk que Kiev nunca iba a cumplir, no se ratificara por el Grupo de Contacto hasta que el acuerdo vino del Formato Normandía. Durante varios años, las Repúblicas Populares y Rusia habían planteado la fórmula alemana como vía para desencallar un proceso que nació muerto y que Ucrania se encargó de rematar. Sin embargo, los enviados de Kiev a Minsk siempre rechazaron su ratificación. Lo hicieron por última vez, siempre citando tecnicismos o simplemente con evasivas, apenas unos días antes de que esa fórmula fuera adoptada como salida al bloqueo por Merkel, Macron, Putin y Zelensky en la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno que se celebró en diciembre de 2019.
Entonces sí, al recibir la propuesta del Formato Normandía, la delegación ucraniana recibió la orden de aprobar la adopción de la fórmula Steinmeier en el Grupo de Contacto. La aprobación de la medida y su aparente aceptación por parte de Ucrania no fue, como afirma ahora algún artículo crítico con Zelensky, fruto de un acuerdo con los separatistas, sino la aceptación de una propuesta alemana en un contexto de negociación a cuatro junto a sus aliados europeos. Y pese a que el anuncio causó protestas por parte de la extrema derecha liderada por el movimiento Azov y grupos vinculados a la diáspora nacionalista radical ucraniana en Norteamérica, no fueron esas manifestaciones las que impidieron su puesta en práctica sino una actuación ucraniana coherente con lo ocurrido hasta entonces. En aquella cumbre de diciembre de 2019, Kiev logró, gracias a la negociación de Angela Merkel con Vladimir Putin, garantizar para su país un contrato prioritario de suministro de gas y la garantía de tránsito de gas ruso hacia Europa incluso al margen de si el Nord Stream-2 entraba en funcionamiento, una medida económica imprescindible para Ucrania en aquel momento de crisis. La aceptación de la fórmula Steinmeier, para cuya puesta en marcha Ucrania no dio un solo paso en los más de dos años transcurridos hasta el reconocimiento ruso de las Repúblicas Populares el 22 de febrero de 2022, no fue más que la contrapartida para lograr ese acuerdo. Al igual que en Minsk, cuando Ucrania firmó un acuerdo que nunca tuvo intención de implementar, en diciembre de 2019 en París, Kiev aceptó una fórmula para relanzar el proceso de Minsk simplemente para guardar las apariencias.
Algo similar ha ocurrido en Yeda, donde según las escasas informaciones disponibles, Ucrania por primera vez cedió en su intento de discutir únicamente su propuesta de paz. Según The Wall Street Journal, Kiev no se negó a tratar una segunda propuesta, cuya autoría no se conoce, aunque es de esperar que sea de Arabia Saudí, algo que la prensa occidental está presentando como una concesión ucraniana en busca de la paz. Desde el lado ruso, esa concesión se ha entendido como una prueba de que la ofensiva ucraniana, que ya ha entrado en su tercer mes, ha fracasado. Ambas interpretaciones se equivocan: no hay cesión alguna en la postura de Kiev, que únicamente está dispuesta a aceptar discutir propuestas en las que el prerrequisito para comenzar cualquier negociación es la recuperación de la integridad territorial del país según sus fronteras de 1991. En la práctica, Ucrania continúa exigiendo a Rusia la rendición incondicional que demandó durante siete años en Donbass -pese a que no era el ejército ruso el que luchaba las trincheras de esa guerra-, a la que ahora ha añadido también la exigencia de entrega de Crimea.
La cumbre de Yeda buscaba únicamente anular cualquier propuesta alternativa a la de Ucrania, sobre todo aquellas que impliquen negociación con la otra parte. Ucrania siempre ha buscado una resolución al conflicto ucraniano impuesta por sus socios y en la que no tuviera que aceptar ninguna responsabilidad por la pérdida de territorios, el estallido de la guerra en 2014, los crímenes cometidos contra la población civil -incluyendo el impago de pensiones en Donbass o el corte de suministro de agua a Crimea- y en la que no tuviera que ceder absolutamente nada, especialmente en términos de autonomía política o incluso cultural a esas poblaciones a las que aún intenta someter.
Prueba de que la situación no ha cambiado es el discurso que ayer mantuvieron a lo largo de todo el día los oficiales ucranianos. En su línea habitual de exigir cada vez más, el domingo Mijailo Podolyak exigía, de forma escasamente velada, cambios en la “Constitución rusa”, un documento “que no es inamovible”. Horas antes, Podolyak había afirmado en una entrevista que, tras la guerra, Rusia deberá ser más pequeña y cambiar su bandera. Ucrania no solo no rebaja sus nada realistas expectativas, sino que cada vez exige más. Ayer, Volodymyr Zelensky amenazaba a Rusia con eliminar toda su flota si Rusia no deja de atacar los puertos del mar Negro. Teniendo en cuenta que Kiev ha declarado blanco legítimo todos los puertos rusos, no solo aquellos como Novorossiysk, que tienen un aspecto militar, sino también los de Gelendzhik o Sochi, alejados de la guerra y sin papel en la batalla, la continuación de la escalada naval parece inevitable.
Para Ucrania, la única conclusión es que “no puede haber proceso de negociación en la actual disposición. El statu quo debe cambiarse en el campo de batalla. Eso significa…más armas, misiles y aviación”. Así lo escribió ayer Mijailo Podolyak, cuyas palabras están en perfecta sintonía con la actuación ucraniana de pretender realizar concesiones que en realidad son inexistentes y también con lo afirmado por su presidente. Ayer por la tarde, Andriy Ermak, jefe de la Ofician del Presidente, Gobierno real de Ucrania hoy en día, se quejaba de que algunos países habían rechazado discutir la propuesta ucraniana. Ermak, mano derecha del presidente de Ucrania, afirmó también que uno de los puntos por los que no pudo haber acuerdo fue el de la «responsabilidad de Rusia». Dejando claro qué propuesta es la que más abiertamente rechaza, concretamente aquella que implica alto el fuego y negociación sin requisitos previos, Volodymyr Zelensky ha vuelto a cargar contra Lula da Silva, que incluso antes de su llegada a la presidencia afirmaba que también el presidente ucraniano cargaba con parte de la responsabilidad por el estallido de la guerra. “Es extraño hablar de garantías de seguridad para Rusia”, afirmó el presidente ucraniano, añadiendo que “solo Rusia, Putin y Lula hablan sobre la seguridad de Rusia”. El objetivo de la cumbre de Yeda era precisamente anular cualquier propuesta que tenga en cuenta a cualquier otra parte que no sea Ucrania, ya sea Rusia o la población a la que Kiev pretende expulsar, castigar o reeducar. Ahí radica la coherencia de Ucrania desde 2015.
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