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Sin cambios en Zaitsevo

Artículo Original: Denis Grigoriuk

O7sYKh3UqwUA la entrada del pueblo nos encontramos con una señal de advertencia: “No se desvíen de la carretera”. La niebla de noviembre se ha pegado al parabrisas. El limpiaparabrisas intenta, sin éxito, deshacerse de las gotas de lluvia que dificultan la visión del conductor. Fuera se acumulan, en todas las direcciones, los charcos y el barro. Nos encontramos con un autobús blanco y fuertes rayas rojas en la carrocería. Paramos frente a la señal de Zaitsevo. Los pasajeros suben al autobús y avanza por la carretera, haciendo saltar en barro por todas partes.

Al adentrarnos en el pueblo aumenta significativamente el número de vallas de metal con restos de metralla. Contrachapado para tapar las ventanas rotas y vallas destruidas. Todo ello es parte de la rutina de la localidad de Zaitsevo, en la línea del frente. En esa parte del pueblo, en la que no hay batalla, observé el monumento a los soldados soviéticos. Ha cambiado bastante desde mi última visita. Los soldados del envejecido monumento estaban agujereados. Al pasar veo que ha sido restaurado.

No muy lejos de aquí, distribuimos ayuda humanitaria a los jóvenes habitantes del pueblo que iban a ir al colegio hace un año. Para ellos era un paso hacia una nueva vida, con libros, mochilas, clases y encuentros con nuevos amigos. Al mismo tiempo, la guerra seguía siendo parte de su vida. Cada día, después de las clases, los niños tienen que volver a la zona de combate. Pasamos junto a la casa en la que entregué una mochila rosa a la pequeña Nastia. Ante mis ojos me encontré su sincera sonrisa y la explosión de la completa felicidad cuando la niña recibió ese tan esperado regalo. Buscando en mis memorias, nunca me había fijado en cómo se pasa de la parte “en paz” de Zaitsevo a la parte del frente. En realidad, es simple, ya que no hay ninguna zona verdaderamente segura. La parte militar está separada por apenas unos centenares de metros de la zona en paz y no hay más que una pequeña distancia desde la parte que se enfrenta constantemente a los bombardeos ucranianos. En ese contexto, es difícil pensar qué puede ser más seguro: las trincheras o las viviendas desprotegidas contra cuyas paredes impactan los proyectiles.

dqvop1covEwEl cielo gris parecía una lámina de papel de aluminio, sin un solo rayo de sol que pudiera atravesarlo y un viento frío. En los últimos días no ha dejado de llover. El agua ha limpiado la tierra y ha creado barro. En ocasiones se puede sentir algo duro, restos oxidados de metralla. En la mezcla de barro y metal nos acercamos a las posiciones de las fuerzas de la RPD. Nos recibe un soldado de nombre de guerra Jama. Es un hombre de 35 años y ojos cansados, vestido de uniforme y botas negras. Al verle se puede comprender inmediatamente lo agotador de la batalla. Aun así, nos recibe con una sonrisa. En la manga derecha del uniforme, me llama la atención una insignia curiosa, con el nombre del pueblo, que ya se ha convertido en legendario. Se ve a un muñeco comiendo eneldo [ukrop en ruso, habitual calificativo por el que los soldados se refieren a sus oponentes al otro lado del frente-Ed]. Sobre el muñeco se puede leer: “somos Zaitsevo”. Debajo: “y nuestro ejército”.

En el fuego hierve el agua en una vieja cazuela. Ya hay preparado azúcar para el café en las tazas. “¿Alguien quiere leche?”, pregunta el soldado. Al servir el agua hirviendo, el soldado añade algo de leche condensada de una botella de plástico. La habitación oscura en plena línea del frente se cubre con el aroma del café. La única fuente de iluminación es una bombilla que cuelga sobre la mesa. En la mesa, Jama nos cuenta la situación en el frente: “Sí, todo como siempre. Nada cambia. Nos bombardean todos los días. Nos vemos obligados a responder”. En ese momento empieza a “trabajar” la artillería pesada. “Es la hora. Así que empiezan a disparar. Enseguida empezará todo, mientras tanto podemos terminar el café”.

El humo del café cubre la mesa. Pienso en hace unos días, cuando el Ejército Ucraniano bombardeó una parte de Donetsk que en los últimos seis meses había vivido en paz. La población había conseguido aislarse de los ataques. El ataque con artillería fue un jarro de agua fría, un recordatorio de que la guerra está muy cerca y no ha acabado. Pero también hay momentos en paz. En Zaitsevo la población no sabe lo que es relajarse y pasar una noche tranquila. Pasan sus días de diario en estado de preparación de combate. Cada uno de los residentes locales sabe dirigirse con rapidez a la parte más segura de sus casas, da igual si son niños o mayores. Todos saben qué hacer durante un ataque.

El barro de Zaitsevo se pega a las suelas de los zapatos. Hace mucho frío para sujetar la cámara, así que hay que cambiarla de mano cada pocos segundos para esconder una mano en el bolsillo. Me acerco a otro monumento a los soldados soviéticos. El despellejado bajo relieve que muestra el retrato de dos antifascistas ha sido convertido en un pequeño museo contra el terror ucraniano. A los pies del monumento se agolpan los restos de los proyectiles que el Ejército Ucraniano ha disparado contra el pueblo.

Hay muchos de esos “regalos”. Los residentes de la zona tienen aún más que aquí en los jardines. “No nos disparan a nosotros sino a los civiles. No sé por qué lo hacen”, dice, indignado, Jama. En todos los frentes que he visitado, los soldados de la PRD cuentan historias similares. La tarea del Ejército Ucraniano no es luchar contra los defensores de Donbass. Su objetivo es intimidar a la población y obligarles a abandonar sus casas. ¿No es eso terrorismo?

En 2014 las cosas podrían haber sido diferentes. Si el Gobierno ucraniano no hubiera comenzado una guerra contra su propio pueblo, habría sido posible evitar el derramamiento de sangre y la destrucción de la infraestructura de Donbass. Maidan habría podido tener el poder de unir al país si además de colgar la bandera con el lema “Ucrania unida” en los dos idiomas hubieran enviado negociadores a Donbass en lugar de a los nacionalistas y el ejército. Pero eso no vale para nada. Estos pensamientos que daban vueltas en mi cabeza cuando abandonábamos Zaitsevo son completamente inútiles. La historia no acepta el subjuntivo. No va a ser de otra manera lo que ya ha pasado. Hay que aceptarlo y pensar qué se puede hacer a partir de ahora para que no vuelva a repetirse algo así. Pero parece que no hemos aprendido las lecciones de la historia y otra vez tenemos que tomar las armas para defender nuestros hogares y nuestras familias.

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