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Alto el fuego, Bombardeos, Donbass, Donetsk, DPR, Educación, Ejército Ucraniano, Informes militares, Parte de guerra, Ucrania

El silenciado infierno más allá de Petrovsky

Artículo Original: Denis Grigoriuk

RnIjgeACm_QArdía el veraniego sol de abril. Se hizo agobiante salir a la calle vistiendo el chaleco antibalas en una mano, el trípode en la otra y la mochila con cámaras y lentes a la espalda. Pero tras la reciente visita a Zaitsevo, no quiero arriesgarme a ir a la zona peligrosa sin protección. Vestía pantalones de cargo, botas negras y camiseta. Sabía que no iba a pasar frío con el chaleco, así que no llevaba chaqueta.

Quería visitar a mi buen amigo “Sedoy”. Juntos íbamos a enseñar al periodista de Astrakán Dmitry Mijnenko cómo se ven las cosas y cómo se vive en una ciudad militar de la línea del frente. Nuestro destino era Trudovskye –la ciudad minera de Trudovskaya-, al final del distrito de Petrovsky en Donetsk. Nuestro invitado no lograba recordar el nombre, pero la milicia local conoce la zona a la perfección. Hace un año era uno de los puntos más conflictivos de la guerra de Donbass. Ahora la batalla se ha trasladado a Yasinovataya y Zaitsevo. Pero eso no quiere decir que aquí haya dejado de haber batalla. Al contrario. A pesar del vacío informativo que se ha creado alrededor de esta localidad, cuando cae la noche llega el mismo tipo de infierno, aunque sea en menor escala.

Salimos hacia el frente. En el maletero iban los cascos, chalecos antibalas dando brincos junto a botellas de agua, paquetes de cigarrillos y las cámaras. Antes de salir, un soldado de nombre de guerra Natan nos da instrucciones. “Vamos en fila. Poco a poco. A una distancia de 3-5 metros”, ordena Natan. Precauciones. El Ejército Ucraniano disfruta probando las habilidades de sus francotiradores y morteros contra personas con cámaras: objetivos desarmados, no hay nada mejor.

Condujimos hasta la mina. La destrozada mina nos recibió con una aterradora y surrealista imagen. La mina ya no funciona a causa de los numerosos y constantes ataques. Esto ya es la frontera. Las batallas nocturnas han dejado un cráter en el suelo, han destrozado viviendas y han matado civiles. Pero no estaba preparado para ver lo que apareció ante mí en ese momento, cuando nos detuvimos.

JEKjKJDy-dEEl vehículo se detuvo. Salimos y recogimos del maletero las cámaras y la protección. Lo primero que llamó mi atención fue un edificio destruido. Creí que estaba abandonado. Todas las ventanas estaban protegidas con madera y plástico. Un patio prácticamente vacío. Detrás del edificio había un campo de fútbol. Estaba cubierto de hierba alta descuidada. Era evidente que hace mucho tiempo que nadie juega allí. Justo a continuación del campo había una señal de advertencia: “Minas”. Para mí ese tipo de señales no son ni nuevas ni inusuales. Las he visto muchas veces en el frente. Un poco más lejos observé un edificio de apartamentos. En el balcón un hombre fumaba tranquilamente un cigarro. Muchas veces son los mayores los que siguen viviendo en la línea del frente, las personas que no tienen dónde ir. Esperaba eso, pero no esperaba escuchar la sirena del colegio. No podía creerlo cuando se abrió la puerta y comenzó a salir corriendo un grupo de niños de diferentes edades.

En aquel momento ya llevaba puesto el chaleco antibalas y el casco en la cabeza. Para entonces ya había enganchado el micrófono a la cámara para grabar entrevistas a los soldados que defienden este territorio de los ataques enemigos. Pero la vida cambia los planes como le parece. Llegué a Zaitsevo sin protección y acabé bajo un ataque de mortero. Y aquí me encontré con un enorme grupo de guapos y sinceros niños que, uno a uno, se acercaban para que los entrevistara.

Fue difícil mantener la compostura. Sonreía ante los niños, pero en el fondo sabía que este no es lugar para ellos. Deberían estar en cualquier otro lugar, pero no en el frente. El colegio resultó ser un internado en el que los niños viven de lunes a viernes y los padres se los llevan a casa el fin de semana. Es difícil pensar que los padres puedan enviar a sus hijos a un punto tan caliente del frente.

Los niños son sinceros y puros. Hablaron a la cámara sin miedo y después preguntaron en qué canal se emitiría. Una pregunta habitual. A cambio, yo hice mis preguntas. Quería saber qué esperan del futuro. Las chicas querían ser profesoras, cantantes, médicos. Los chicos, bomberos, trabajadores de rescate o soldados. En la mayor parte de los casos, los pequeños respondían que querían ser soldados. Desde muy pequeños han aprendido lo que es la guerra y lo traicionero que puede ser el enemigo. Conocen el significado del miedo a los bombardeos y los tiroteos. Personas han sido asesinadas ante sus ojos. Puede que incluso sus amigos o compañeros. Su escuela primaria se destruye a diario. No es difícil comprender por qué los pequeños quieren coger un arma igual que los soldados del ejército de la RPD, para defender su tierra. Hice una pregunta inapropiada a uno de los niños y para la que no esperaba la respuesta que recibí:

-¿Qué es para ti la patria?

-Es sagrada.

Después de esas palabras, el niño de 10 años me miró con la mirada de un adulto o de un soldado. Seguro. Solo los niños de la guerra son así.

* * *

Lo que pasó después no es de especial importancia. Caminamos por la línea del frente, pero en mi memoria se grabó la conversación con el niño del internado. Pensé en ella todo el tiempo, mientras paseábamos por el edificio. No se me quitaba de la cabeza su imagen al decir esas palabras a la cámara. Volvimos rápidamente al coche. Entramos. Los niños volvieron a correr hacia nosotros para volver a preguntar en qué canal podrían verse. Sonreímos y nos despedimos, dejándolos en este infierno. Ojalá pudieran venir con nosotros, para que pudieran vivir como otros niños, disfrutando de la vida en paz, jugando a policías y ladrones con pistolas de juguete y no con balas de verdad. Salimos de allí con tristeza. En estos momentos se siente toda la impotencia de ver a los niños entre las ruinas y no poder hacer nada.

La lluvia impactaba con fuerza contra el parabrisas. Nuestro coche se alejó: a la zona donde no caen las bombas, donde los niños no escuchan el silbido de los proyectiles y las explosiones de las bombas, donde la población vive una vida pacífica en la Donetsk en guerra. Habíamos dejado atrás la zona roja.

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