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Alto el fuego, Análisis, Análisis político, Debaltsevo, DPR, Ejército Ucraniano, Ilovaysk, Lenin, LPR, Minsk, OSCE, Poroshenko, Rusia, Ucrania, Uglegorsk

Una retirada ordenada y planificada

La firma del acuerdo de Minsk el 12 de febrero dejaba muchas incógnitas sobre cómo iban a proceder las partes tanto en términos militares como en términos políticos. Pero a las pocas horas de la firma del acuerdo, una de esas dudas quedaba aclarada: la guerra iba a continuar en la zona de Debaltsevo, sitiada según las milicias y bajo completo control ucraniano según el Gobierno de Kiev.

La caída de Debaltsevo en manos de las Repúblicas Populares, que por primera vez unían sus fuerzas para aproximarse a la ciudad desde el este y el oeste, parecía ya inevitable para muchos analistas cuando los presidentes ruso y ucraniano discutían el asunto en Minsk el pasado 12 de febrero. Ya entonces, tras la captura de Uglegorsk y Logvinovo, las tropas ucranianas se encontraban sitiadas en el enclave de Debaltsevo, hasta entonces clave para el ejército ucraniano en sus ataques contra zonas como Gorlovka y el este de Donetsk en estos meses en que ha estado vigente el alto el fuego del primer acuerdo de Minsk. El fracaso de Putin a la hora de convencer a Poroshenko de buscar una solución razonable al problema de Debaltsevo dejaba a las tropas ucranianas expuestas a un asalto que su presidente debió evitar antes de que ocurriera. “¿En qué estaba pensando?” se preguntaría días después un experto citado por The New York Times.

Aceptar la solución ofrecida por el presidente ruso, la entrega de armas y abandono de Debaltsevo, no habría evitado la humillación del Ejército Ucraniano, obligado a abandonar, desarmado, un bastión en el que llevaba meses fortificándose, pero habría ahorrado un número de bajas, muertos y heridos, que Ucrania aún trata de cuantificar.

Tras la firma del acuerdo, que dejaba en el aire la situación de Debaltsevo a la espera de que los expertos militares comprobaran el estatus real de la zona, Vladimir Putin llamaba a los soldados ucranianos a no continuar la batalla por una zona que implícitamente daba por perdida para Ucrania. Durante días, Rusia mostraba su apoyo a la postura de Alexandr Zakharchenko, que abiertamente declaraba que los acuerdos de Minsk no afectaban a Debaltsevo. Al contrario que en septiembre, cuando las milicias se vieron obligadas a paralizar su ofensiva tras la firma del acuerdo, en este caso, las autoridades rusas repetían lo dicho en Minsk: las tropas ucranianas deberían entregar las armas y abandonar la ciudad.

La postura ucraniana no varió durante días, a pesar de que las dificultades por las que atravesaban sus tropas en la zona era perfectamente evidente para toda la prensa, incluso la occidental, habitualmente reacia a confirmar las informaciones de la prensa rusa. Hasta el último momento, Ucrania negó las informaciones de la prensa rusa, que informaba ya desde Uglegorsk y Logvinovo. Sin posibilidad de informar desde zonas controladas por el Ejército Ucraniano, la presencia rusa en esas zonas probaba ya el avance de las milicias. Al igual que ocurriera tras la pérdida del aeropuerto de Donetsk, Ucrania esperaba quizá conseguir desbloquear la ruta Debaltsevo-Artyomovsk, ya en manos de la milicia, con uno de sus ataques en lugar de admitir que se habían perdido esas zonas. Ya entonces, la prensa occidental informaba de la tragedia de Logvinovo, una localidad arrasada, cubierta con los restos quemados de tanques y blindados y en la que se pudrían los cuerpos de los soldados que el Ejército Ucraniano, sin control sobre la zona, no había podido recoger.

En su informe diario del 16 de febrero, la OSCE denuncia la negativa de la milicia a permitir el paso de la misión a la ciudad de Debaltsevo, aportando una prueba definitiva de que es la milicia la que controla los accesos a la zona. Las tropas ucranianas estaban sitiadas en la zona de Debaltsevo sin posibilidad de recibir suministros y demasiado tarde para buscar una salida negociada.

Al margen de implicaciones militares de los actos del presidente y del Estado Mayor ucraniano, la derrota de Debaltsevo supone una serie de consecuencias políticas con las que el Gobierno ucraniano aún trata de lidiar. Tras haber negado la evidencia durante días, cuando todo indicaba que las milicias habían cerrado el cerco sobre Debaltsevo y comenzaban el asalto sobre la ciudad, el presidente Poroshenko se vio obligado a cambiar de discurso de forma apresurada y escasamente eficaz.

Con la rapidez que se espera de un jefe de Estado al producirse un hecho de impacto, aunque con un discurso que poco tenía que ver con la realidad, Petro Porosheko comparecía ante los medios para anunciar su salida al frente, donde estrecharía la mano de los soldados que con tanta valía habían defendido la ciudad. Poroshenko entregaría medallas y regalaría sonrisas a los soldados ucranianos que habían logrado huir hasta Artyomovsk, algunos de ellos abandonando a su suerte a los hombres a los que comandaban.

Como tras la debacle de Ilovaysk, el presidente optaba por mantener el discurso triunfalista. “Nuestros soldados, valientes defensores de nuestra tierra, han dado un buen golpe a quienes trataban de sitiarles y han abandonado Debaltseve”, escribía el presidente. Pero esta vez no era la prensa rusa la que narraba la derrota ucraniana. Esta vez eran CNN, BBC, The Guardian o The New York Times, todos ellos respetados por el Gobierno ucraniano tras haber dado durante toda la guerra la versión ucraniana del conflicto, los que narraban una imagen muy similar a la de la salida de las tropas soviéticas de Afganistán.

Los soldados llegaban agotados, muchos de ellos heridos, algunos incluso a pie, a Artyomovsk, donde uno tras otro se sorprendían al conocer de los periodistas que su huida no era tal sino una retirada planeada y organizada. Quizá por primera vez en el transcurso de esta guerra, la narrativa occidental coincidía con lo que la prensa rusa llevaba días advirtiendo: la desorganización, la falta de planificación y la negativa a afrontar la realidad de la situación de las tropas asediadas llevaría a un desastre que el discurso del presidente no consiguió ocultar.

“Era evidente que Debaltseve se iba a convertir en un desastre para Ucrania, pero el commando military y sus jefes políticos simplemente se sentaron para verlo pasar a cámara lenta”, declaró a The Sunday Times un experto militar británico que luchó en Debaltsevo con las tropas de su país de origen. “El comando es tan malo que pone en peligro la vida de los soldados”, explica. “Confunden táctica con estrategia; lanzan ataques sin avisarse los unos a los otros sin razón estratégica aparente”.

Mientras el presidente Poroshenko tranquilizaba a su población afirmando que el 80% de las tropas ucranianas habían abandonado Debaltsevo, las crónicas de la prensa daban ya una visión mucho más cruda de la situación. Ucrania necesitaba Debaltsevo para negociar la tregua y la operación en marcha había de probar, en palabras del presidente, las mentiras de quienes afirmaban que sus tropas se encontraban sitiadas.

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El particular camino a la victoria de Poroshenko se encontró esta vez con los desmentidos de la prensa occidental, que en masa desmentía la veracidad de los datos de bajas, heridos y capturados que afirmaba el presidente. Sin excederse en su crítica por esos datos, cuya falsedad era evidente desde el principio, la prensa occidental hablaba de caos y de derrota.

“Hacia el mediodía del miércoles, cuando los exhaustos soldados comenzaban a aparecer cojeando en territorio bajo control ucraniano, quedó claro que las fuerzas ucranianas habían sufrido graves pérdidas, tanto en equipamiento como en vidas humanas”, sentenciaba ya The New York Times, que citando a un soldado admitía que tan solo alrededor de un tercio de los soldados que habían tratado de huir de Debaltsevo lo habían conseguido.

The Guardian, describiendo una escena apocalíptica de ambulancias destrozadas o blindados tiroteados y sin neumáticos, sigue la misma línea, esta vez citando a uno de los comandantes, Yuriy Prekharia, que abiertamente contradice la versión de la operación planificada o exitosa.

“La retirada parecía de todo menos ordenada y Prekharia afirmó que la decisión de retirarse se tomó entre los superiores sobre el terreno cuando fue evidente que la situación se estaba convirtiendo en catastrófica”,  explica la primera crónica desde Artyomovsk de esa huida anárquica.

Pese al intento del presidente de quitar valor a la victoria de las milicias, la prensa daba esta vez una visión incómoda para el Gobierno de Kiev. Frente a la retirada ordenada y planeada de una ciudad que había perdido, según el Gobierno, su valor estratégico tras la firma de los acuerdos de Minsk, la prensa explicaba los hechos como ha explicado siempre las derrotas militares ucranianas: con el apoyo de armamento y tropas rusas, las milicias habían derrotado a un Ejército Ucraniano desordenado, mal armado e inferior en número.

Sin siquiera la leal prensa occidental de su parte, el Gobierno ucraniano se ha visto obligado a variar ligeramente su estrategia. Frente a la victoria estratégica como se trató de vender esa retirada caótica, Ucrania comenzaba a exigir la entrada de cascos azules para controlar la línea del frente y la frontera con la Federación Rusa en un acto que implica aceptar de forma implícita la derrota.

Ucrania no solo había perdido una ciudad estratégica, cuyo control da a las Repúblicas Populares una mayor viabilidad a la hora de crear lo que algunos medios ya empiezan a ver como un proyecto de estado, sino que había perdido también la iniciativa. Si la derrota en Ilovaysk dejó claro que Ucrania tendría serias dificultades para lograr una victoria militar que la garantizara el completo control político sobre la zona, la derrota en Debaltsevo parece indicar que, en su estado actual, el Ejército Ucraniano no será capaz de obtener esa victoria, lo que quizá de una posibilidad al alto el fuego pactado en Minsk.

Por el momento, Ucrania se niega a creer que la RPD retira su armamento pesado de la línea del frente, información recogida por las agencias internacionales, y continúa denunciando ataques contra sus posiciones. Ucrania advierte de que esos ataques impiden la retirada de su armamento. La representación rusa, por su parte, avala la versión rebelde. Alexander Lentsov afirma que tan solo las Repúblicas Populares han iniciado la retirada de armamento. Los informes diarios de la misión de control de la OSCE afirman que los incidentes han disminuido, pero continúan informando de bombardeos en diversas zonas del frente, incluida la ciudad de Donetsk.

La prensa, que ya ha olvidado y perdonado las mentiras ucranianas sobre Debaltsevo, está ahora dividida entre quienes esperan que el final de la batalla de Debaltsevo suponga el principio del alto el fuego y los que se concentran en Mariupol esperando una ofensiva rebelde que la RDP ya ha negado.

Y mientras las fuerzas ucranianas se protegen cavando trincheras en el frente sur, el frente norte continúa reforzándose. En lugar de retirar armamento pesado como exige el acuerdo de Minsk al que el Gobierno ucraniano constantemente apela, las fuerzas ucranianas continúan, según han observado agencias internacionales como Associated Press u otros periodistas sobre el terreno, reforzando su posiciones en Artyomovsk con tanques, blindados y Grads.

Los próximos días, cuando debería comenzar una retirada de armamento que garantice al menos unas semanas de alto el fuego o de un descenso significativo de la violencia, el presidente Poroshenko sigue con su carrera en búsqueda de armamento para ucrania, ya sea explotando la idea de agresión rusa para presionar a Estados Unidos o llegando a acuerdos con terceros países, como los Emiratos Árabes Unidos, con quien el presidente dice haber llegado a una veintena de acuerdos de compra y venta de armamento. El trato, cuyos términos no se han hecho públicos, podría incluso ser una vía para que armamento estadounidense llegara a Ucrania a través de ese país.

Mientras el presidente Obama valora la posibilidad de suministrar armamento al Gobierno ucraniano, David Cameron se ha desmarcado de la postura europea de defensa de los acuerdos de Minsk y, adelantándose a su homólogo estadounidense, ya ha anunciado la inminente llegada de asesores y instructores británicos a Ucrania en una operación que puede también incluir suministro de armamento letal defensivo. Mientras exige a las milicias y a Rusia el estricto cumplimiento del alto el fuego, Poroshenko parece decidido a mantener su retórica belicista y a reforzar su ejército contra lo que sigue viendo como una amenaza rusa.

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