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Crimea, Maidan, Nacionalismo, Rusia, Ucrania, Zelensky

Castigo colectivo

Artículo Original: Andrey Manchuk

La prensa ucraniana está siguiendo con regocijo la situación de las reservas de agua de Crimea, con el mismo entusiasmo que previamente observaron la caída de los precios del petróleo. El nivel de las reservas de agua de la península ha caído bruscamente a causa de una sequía prolongada: a principios de junio, las reservas ascendían a 85 millones de metros cúbicos, 2,3 veces menos que hace un año. Según los representantes del Centro Hidrometeorológico, esta situación se ha desarrollado a causa de la escasez de lluvias. Por ejemplo, la cuenca del río Chernaya, que suministra a la reserva más grande de Crimea, solo ha tenido 9,3mm de lluvias, un 80% menos de lo esperado.

Las reservas disponibles en Crimea son suficientes para el suministro necesario por la población, pero puede no serlo para la tierra agrícola, principalmente para la parte más árida de la península. Previamente, esos campos eran regados con ayuda del canal del norte de Crimea, construido por los invasores del totalitario tiempo soviético. Sin embargo, en 2014, las autoridades ucranianas bloquearon el suministro de agua al territorio de Crimea. Lo hicieron a pesar de que la dirección de la Agencia Estatal de Agua de Ucrania informó en aquellos días de que eso llevaría a un desastre medioambiental.

En este tiempo, la parte del canal que se encuentra en Crimea se ha llenado con agua de las reservas de las montañas y pozos subterráneos, con lo que se han cubierto las necesidades de la población en el este y el norte de Crimea. Sin embargo, el seco invierno ha acabado con las reservas. Y el público patriótico de Ucrania espera alegremente que se produzca el desastre medioambiental y solo les apena no poder también dejar a los ciudadanos de Crimea sin luz y aire.

“Soy partidario de un bloqueo total, ciego, sin alternativas tanto de Crimea como de Donbass. Si por mí fuera, Crimea estaría sin agua, sin luz y sin nada. Habría cerrado todo. Querían a Putin, que se mueran. Que se laven en pozos, que beban agua importada de la Rusia continental. Si querían a Putin, ahí tienen. Les dio un puente, ahora que les dé agua para beber. Creo que cualquier relación comercial, comunitaria o energética con el territorio es equiparable a una forma de terrorismo financiero. Porque de esta manera tenemos dobles pensiones, esas abuelas de la KGB que cobran en grivnas. Todo lo que va, vuelve”, afirmó recientemente el presentador de televisión Ostap Drozdov, que expresó la opinión generalizada de sus correligionarios.

Por supuesto, esta actitud es totalmente alocada en el mundo moderno, especialmente teniendo en cuenta que el acceso al agua potable está reconocido por Naciones Unidas como un derecho inalienable que no puede ser limitado a consecuencia de ningún conflicto político o militar. He visitado los altos del Golán, que son la principal fuente de agua en Israel, Palestina, Jordania y una parte de Siria y los he visto desde los dos lados de la frontera entre Siria e Israel. Estos territorios fueron ocupados por las fuerzas israelíes, pero pese al duro enfrentamiento que dura ya décadas, Tel Aviv no ha bloqueado el suministro de agua a la Autoridad Nacional Palestina. No es por valores humanistas sino por razones puramente tácticas: para tener beneficios y no provocar un desastre medioambiental en toda la región.

El ejemplo palestino también se recuerda en Ucrania. “Existía la idea de vender agua. Los israelíes venden agua a un país con el que están casi en guerra y ganan dinero. Y así solucionan sus problemas sociales. Así que teníamos la idea, por ejemplo, de vendar agua a Rusia”, afirmó el presidente del Comité de Presupuestos del Parlamento, el diputado de “Servidor del Pueblo” Yaruy Aristov.

Sin embargo, estas palabras causaron una violenta ira entre los nacionalistas, que consideran que reanudar el suministro de agua a Crimea sería una “línea roja”, una forma de capitulación ante el Kremlin. Y el Gobierno ucraniano rápidamente cambió la retórica y rechazó la idea de permitir el paso de agua a los territorios fuera de su control.

“Aún no sé si habrá una petición oficial de la Federación Rusa a Ucrania sobre el suministro de agua a Crimea. Pero si se dirigen oficialmente a Kiev, habrá una respuesta muy simple: que abandonen la Crimea ocupada y el Donbass ocupado, que se lleven las tropas del territorio de Ucrania y entonces restableceremos el suministro de agua a los ciudadanos ucranianos de la Crimea libre”, afirmó el 1 de junio el viceprimer ministro para la “reintegración de los territorios temporalmente ocupados” Oleksy Reznikov, que expresó la postura común de la administración de Zelensky.

Los motivos para ello son obvios: detrás de esta postura está Estados Unidos, que abiertamente exige que se deje a Crimea sin agua. El exembajador estadounidense, John Herbst, apeló al bloqueo como la forma principal de presionar a Rusia. “Detener el suministro de agua es un componente importante en este sentido. Yo, por supuesto, recomendaría que Ucrania mantuviera esta política sobre el suministro de agua en Crimea”, afirmó en una videoconferencia el 28 de mayo, anticipando así la postura de las autoridades ucranianas. De hecho, se trata de una exigencia directa de organizar un desastre medioambiental en un territorio extranjero violando así las normas más básicas del derecho internacional. Sin embargo, Washington nunca ha prestado atención alguna a esas minucias, ya que los riesgos de confrontación con Moscú recaen solo sobre Ucrania.

Kiev es consciente de ello. Durante el debate en el Parlamento, alguien recordó que Rusia podría suministrar agua desde Kuban, como iba a hacerse en los distantes años de postguerra. Recientemente, he visto campos irrigados en la parte de Chipre ocupada por Turquía que operan con un suministro de agua subterráneo a través del Mediterráneo. Es más, no supondría dificultades técnicas tan extremas en comparación con el puente de Crimea, sobre el que Ostap Drozdov propone llevar agua.

Pero lo principal es que Ucrania no debería olvidar que todo el país está sufriendo por la sequía, que ya garantiza una caída de récord en las cosechas del sur del país. La deforestación masiva de los bosques y las plantaciones realizadas en la Unión Soviética y el cese del trabajo de mantenimiento en las reservas han puesto a Ucrania al borde de la desertificación, que ya se ha manifestado esta primavera en forma de tormentas de arena. Es más, la región de Jerson es la que más está sufriendo de este proceso, ya que está directamente vinculado al norte de Crimea en un mismo ecosistema.

Las alocadas esperanzas políticas de un desastre ecológico pueden convertirse en un problema común, que volverá como un boomerang a los patriotas ucranianos que han declarado la guerra al medioambiente de la península de Crimea.

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