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Alto el fuego, Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, Elecciones, Estados Unidos, Euromaidan, Georgia, LPR, Minsk, Poroshenko, Rusia, Ucrania, Zelensky

Si gana Zelensky

Artículo Original: Colonel Cassad

La última maniobra de Poroshenko en esta sucia campaña. Se debatió a sí mismo al no aceptar Zelensky, que temía una encerrona, la invitación a debatir en el Estadio Olímpico.

Sobre el escenario en el que la victoria electoral decae del lado de Zelensky, no del lado de Poroshenko.

En primer lugar, desde luego no se puede calificar a Zelensky de candidato prorruso. En la primera vuelta le votaron aquellos que no quieren otros cinco años de Poroshenko. Además, esta “cara nueva” se ha llevado esos votos a causa de la bajísima popularidad del führer del chocolate. Se ha llevado muchos votos el centro y sudeste de Ucrania de personas que quieren ver algún cambio positivo, por pequeño que sea, tras una sangrienta guerra y una corrupción a gran escala (que ha superado a la de los tiempos de Yanukovich) que han marcado la presidencia de Poroshenko.

En unas elecciones limpias, la Victoria de Zelensky sería obvia debido a lo impopular que es Poroshenko. Pero es Ucrania y no se puede descartar la posibilidad de que Poroshenko consiga los votos de la forma que lo hizo Yeltsin en 1996, que pasó del 5% a ganar fácilmente la segunda vuelta. Aquí solo hay que sustituir la amenaza del “retorno de los comunistas” por “la venganza de Putin” (algo que ya estamos viendo) y continuar la campaña del miedo con marcado acento banderista. De hecho, las maquinaciones de Poroshenko para mantenerse en el poder no difieren en exceso de las de la banda de Yeltsin, con el consiguiente reparto de los oligarcas y quiebra.

Hay que recordar que quien financia a Zelensky es Kolomoisky, que está directamente involucrado en la masacre de Odessa y la posterior supresión del movimiento prorruso. Kolomoisky también financió batallones punitivos en Donbass (otra forma de ganar dinero). Así que, en realidad, la opción es entre Poroshenko y Kolomoisky. Para el sudeste, la propuesta es elegir entre dos oligarcas rusófobos, uno de los cuales tiene como cara visible a Zelensky. Es un elocuente resumen de la “revolución de la dignidad” y de “Maidan contra los oligarcas”. El resultado es que, después de cinco años, se puede elegir entre un presidente oligarca y el títere de otro oligarca. Se suponía que Maidan no era eso, pero a quién le importa. La carne de cañón se utilizó para tomar el poder y para redistribuir las posesiones y los siguientes cinco años millones de personas se han visto obligadas a emigrar al extranjero para trabajar o se han visto desposeídos de todo en Donbass.

¿Llevará Zelensky una política prorrusa? Evidentemente no. Y no es solo por sus actuaciones en la “zona ATO” o por sus numerosas declaraciones. Como sabemos por el caso del “amigo Recep”, dos países pueden pasar rápidamente de las hostilidades a ser socios. Pero Zelensky no es un actor independiente, como Erdogan, que pueda cambiar de bando rápidamente. Es evidente que Zelensky tiene deudas con Kolomoisky y que además tendrá que seguir la política general que se ha previsto para Ucrania y que no se determina en Kiev sino en Washington.

No es ninguna coincidencia que centros analíticos estadounidenses hayan interpretado a Zelensky, no como el “candidato prorruso” o “agente de Putin” sino como un populista asociado a un oligarca local que apela a quienes están decepcionados con Poroshenko. De ahí las declaraciones contradictorias de los representantes oficiales del Departamento de Estado sobre el apoyo a Poroshenko, ya que Estados Unidos puede vivir sin Poroshenko (mientras mantengan el control), aunque las declaraciones de Volker indican cierta presión de Estados Unidos para mantener a Poroshenko. Si pierde, siempre pueden apuntar a que Poroshenko llegó al poder bajo el mandato de Obama, que Poroshenko apoyó a Clinton con información comprometida sobre Manafort y que Poroshenko participaba en la corrupción del país, que oficialmente han condenado la Casa Blanca y el Departamento de Estado. En caso de victoria de Zelensky, pueden considerarle propiedad de Trump y una forma de resetear el poder en Ucrania de forma cómoda, deshaciéndose así de personas nombradas en el mandato de Obama (incluyendo la embajadora Yovanovitch) y hacerles cargar con los costes del golpe de Estado y sus consecuencias. Una victoria de Zelensky también podría satisfacer a la Unión Europea, que ve a Poroshenko como un títere de Estados Unidos que acabó con títeres europeos como Klitschko.

Así que en el equipo de Zelensky ya han empezado a aparecer personajes que estuvieron en las estructuras de poder tras el golpe de Estado y el propio Zelensky ha confirmado el camino de Ucrania a la EU y la OTAN y demás sinsentidos que hay que decir para confirmar la lealtad al trono o habrá una llamada de la embajada de Estados Unidos, o peor, directamente de Washington (como ocurrió con Timoshenko o Ajmetov). Ya que Zelensky no tiene un equipo completo (algunas de las personas con las que está negociando solo son promesas), tendrá que llamar o a políticos de la etapa Yanukovich o de la etapa posterior a 2014. La alternativa es atraer a extranjeros, incluidos ciudadanos de Estados Unidos o la Unión Europea. Como norma, esas personas tendrán que estar vinculadas a alguna familia oligárquica favorable y no “ser neutrales”.

La principal diferencia entre Poroshenko y Zelensky es que, si gana Zelensky, se hará cargar a Poroshenko con la culpa de todos los males actuales (la corrupción, la impopularidad de la guerra, el saqueo de los créditos del FMI, etc.), pero todo lo demás permanecerá básicamente como está. En realidad, solo hay que mirar al ejemplo de Georgia, donde, a pesar de la partida de Saakashvili, Georgia sigue yendo en la misma dirección, simplemente han desaparecido el testarudo más bocazas y las ansias de provocación militar. Se culpó a Saakashvili de la guerra, la actividad militar en las fronteras con Abjasia y Osetia del Sur desaparecieron, se hizo cargar con el coste de la “revolución de las rosas” sobre los hombros de Misha e incluso se ha dado algún paso para la normalización de las relaciones con Rusia (en temas económicos).

Es posible imaginar un escenario similar en Ucrania: se puede culpar a Poroshenko de la guerra y el frente está congelado, pero eso no va a eliminar los deseos de federalización del Kremlin. Se puede culpar de la corrupción y el saqueo a Poroshenko, pero el “nuevo equipo” hará cosas parecidas aprovechando la “credibilidad nacional”. En cualquier caso, Estados Unidos mantendrá el control (especialmente porque el dinero de Kolomoisky está en bancos occidentales) de la misma manera que controla Israel, que está irremediablemente unido a Estados Unidos. Las opciones de darle la vuelta a la tortilla cuando los oligarcas están atados al sistema financiero internacional tienden a cero.

Lo mismo se puede decir de los probables intentos de resucitar el ya frío cadáver de los acuerdos de Minsk. La forma en la que el Kremlin quiere que se apliquen garantiza que Ucrania no entrará en la OTAN y que mantendría cierta influencia en la política ucraniana, a lo que Estados Unidos reaccionará exigiendo otra vez la rendición de Crimea y Donbass e introduciendo periódicamente nuevas sanciones, lo que elimina cualquier posibilidad de llegar a algún tipo de acuerdo con Zelensky. Aunque en el contexto de la pasiva política del Kremlin sobre Ucrania (basada en los restos de los “regionales” y parte de la oligarquía local), la victoria de Zelensky supondría unos meses de “ver qué pasa” hasta las elecciones legislativas y, a partir de ahí, no habría que esperar grandes cambios en las políticas.

En cuanto a Donbass, en este escenario se puede esperar (aunque no hay garantía de ello) cierto descenso en la intensidad de la batalla y que escucharemos hablar más de las próximas reuniones en Minsk y voluntad de seguir negociando en lugar de los partes de guerra diarios de Basurin sobre qué lugares han sido bombardeados, cuántas viviendas han sido destruidas y cuántos militares han muerto. Desde este punto de vista, las cosas serían algo más relajadas en Donbass [Zelensky ha afirmado que volvería a pagar las pensiones a los residentes en Donbass, algo que, de cumplirse, facilitaría la vida a la parte más vulnerable de la zona-Ed]. No se puede esperar una reintegración en Ucrania: la economía de la RPD y la RPL desde hace un par de años está cada vez más integrada en el sistema legal ruso y se adapta rápidamente a la realidad rusa, algo evidente teniendo en cuenta que ya se han producido inversiones en la RPD y la RPL, por lo que Rusia no tiene motivo alguno para entregar Donbass a Ucrania según los términos que ofrecen Volker y otros representantes de la Casa Blanca. Teniendo en cuenta el conflicto entre Rusia y Estados Unidos, es imposible permitir un acuerdo directo entre Rusia y Ucrania. Además, ni Poroshenko ni Zelensky pueden volver a meter al genio en la lámpara una vez que ha salido. Así que los miedos sobre la posible entrega de la frontera o banderización de la RPD y la RPL son prematuros.

Ucrania, sea quien sea el presidente, espera seguir jugando en el futuro inmediato el papel de herramienta política y militar que Estados Unidos utiliza como trampolín para su política de impedir relaciones normales entre Rusia y la Unión Europea, que causa problemas a ambos a causa de las sanciones mutuas.

Teniendo en cuenta el bajo coste que supone Ucrania (en el contexto del enorme presupuesto de defensa de Estados Unidos), Estados Unidos no tiene incentivo alguno para abandonar su “operación ucraniana” como les gustaría a quienes quieren ver que “Estados Unidos se cansará y se marchará”. No se van a ir a ninguna parte, ni con Poroshenko ni con Zelensky. Evidentemente, todo el coste de que Ucrania sea utilizada como herramienta seguirá, como hasta ahora, recayendo sobre la población, cuyo bienestar nunca ha sido la prioridad para los vencedores del golpe de Estado de 2014 y quienes se han beneficiado de él. Únicamente se puede esperar una nueva ronda de redistribución de las propiedades, más acusaciones, más saqueos, reconfiguración de los grupos oligárquicos bajo el lema “por los buenos y contra los malos” y la consiguiente esperanza de que las elecciones legislativas cambien algo. De hecho, la inercia del golpe de Estado y sus consecuencias seguirán marcando durante mucho tiempo la realidad social y económica de Ucrania.

Elijan con el corazón porque es demasiado tarde para elegir con la cabeza. Eso habría que haberlo hecho en 2014.

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