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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Elecciones, Minsk, Ucrania

Al margen de la agenda política

Artículo Original: Kristina Melnikova / EADaily

En Donbass hay diferentes grados de peligro y varios niveles de riesgos militares. Las céntricas calles de Donetsk, llenas de gente despreocupada, contrastan con las sitiadas afueras llenas de ansiedad; los centros de las ciudades cercanas al frente, donde, como se dice por allí, “este año todavía no ha habido llegadas” [bombardeos] con las afueras, donde los habitantes ya no pueden imaginar un día entero sin proyectiles. Pero incluso en esa periferia hay una división: entre quienes viven en una calle contra la que se dispara una vez a la semana y dicen que “no es nada, es silencio” y a doscientos metros de allí, donde hay una guerra de verdad y la calle es bombardeada varias veces al día. Sergey Semyonovich, residente de Krutaya Balka, lugar que visité la semana pasada, vive en la frontera entre la “seguridad” y al “guerra de verdad”. Esa frontera atraviesa su huerta.

“Toda la huerta está a tiro. Si sales con el casco puesto, empiezan a disparar. Creen que eres un soldado. Se puede llegar hasta los melocotones, más allí no se puede ir, después del ataque de ayer no me atrevo”, advierte Sergey. Sin embargo, no solo atacan a los soldados o a quien consideran soldado. En ocasiones aún disparan contra civiles trabajando, ya sea como modo de intimidación o como forma de entretenimiento.

La víspera de nuestra llegada el pueblo volvió a ser bombardeado con ametralladoras de gran calibre y lanzagranadas. Dispararon contra Krutaya Balka directamente, hasta la carretera, que se encuentra en la retaguardia, justo detrás. No dispararon solo contra posiciones militares sino contra la población civil: los proyectiles cayeron en las huertas del sector residencial. De camino a la ciudad pudimos observar los edificios con restos recientes de metralla.

La tarde que comenzó el ataque, Sergey Semyonovich se encontraba trabajando en su huerta, plantando zanahorias y cebollas. Tiene una huerta grande, bien cuidada, a la vista de las posiciones militares. Su esposa Marina capturó con el móvil el momento del ataque. El vídeo muestra claramente las explosiones de las bombas ucranianas.

“He vivido aquí toda la guerra y no me voy a marchar de ninguna manera. Pero no nos podemos acostumbrar. ¿Cómo te puedes acostumbrar a esto? Estoy cavando en la huerta y empiezan los bombardeos. La ansiedad es constante. Ayer dispararon y hoy tengo miedo de salir. Pero tengo que hacerlo, si no lo plantas ahora, será demasiado tarde”, explica.

Han sufrido muchos ataques durante la guerra. Sergey Semyonovich ha perdido la cuenta de los bombardeos. “No cuento como impactos cuando cae metralla en el jardín. En la huerta cayó un proyectil de 80mm, otro de 23mm impactó en una tubería, otro de 80mm cayó en el jardín y el año pasado uno de 120mm. Las bombas incendiarias acabaron con las frambuesas y un mes más tarde, cuando intenté volver a cavar, volvió a salir humo”, cuenta. En un banco junto al cobertizo, va dejado los restos de los proyectiles que caen en su huerta, dice que para no llenar la casa.

La situación no empeoró especialmente antes de las elecciones, sino antes de las reuniones de Minsk, explica Marina. Dice que siempre es así. La casa tras la que se encuentran las posiciones del Ejército Ucraniano es visible desde la huerta. “Ahí, mire, el tejado rojo. Ahí es donde están”, explica. Marina Sergeevna no ha perdido la paciencia: planta flores y limpia la huerta para la primavera. “Mire mis rosas, qué bonitas han crecido”, comenta.

Su vecina de al lado es la pensionista Raisa Pavlovna, de 89 años. Sobrevivió a la ocupación alemana en su juventud y ahora tiene que sobrevivir a otra guerra. Vive fundamentalmente gracias a la huerta, que cuida ella misma. A su edad, es muy difícil trabajar, pero además tiene que lidiar con los ataques.

“Ayer hubo un bombardeo terrible. También el día anterior. Apenas había salido a la huerta cuando empezaron a hacer ruido. No dan tregua. Todos los días, todos y cada uno de los días bombardean. A veces no paran en todo el día, las balas zumban por todas partes. Hace un año sobreviví milagrosamente a un bombardeo. Me tiró al suelo e impactó en una tubería”, recuerda.

Krutaya Balka es un pequeño pueblo en la zona de Yasinovataya. Aquí no solo se puede disparar al otro lado con armas ligeras, sino que se está completamente a la vista del enemigo. En el horizonte, a través de la estepa, se puede ver la planta de coque de Avdeevka, la más grande de Europa. Ahora está en territorio controlado por Ucrania. En sus chimeneas se ve el humo y el fuego del trabajo.

Para avanzar en dirección al frente más allá del pueblo es preciso seguir por la parte derecha de la carretera, ya que, al contrario que la izquierda, no está a la vista para las tropas ucranianas, está cubierta con vegetación y árboles. El día es lluvioso y sopla el viento, así que no hay que temer a los francotiradores, aunque están por aquí. Según cuentan los militares, trabajan constantemente. “Hace unas tres semanas llegaron francotiradores con rifles de 12,7 y 14,5mm. Dispararon por toda la carretera por la que vamos ahora”, cuenta Vadim, alias Bereg, miembro de la milicia popular de la RPD. En el pueblo solo quedan 17 personas y desde 2016, cuando el Ejército Ucraniano destruyó las infraestructuras, no hay electricidad. Los residentes dicen que no harán reparaciones mientras la línea del frente atraviese su pueblo, y tiene sentido, porque cualquier reparación volvería a ser destruida rápidamente. Al fin y al cabo, durante la guerra, todo ha sufrido daños. Para cargar sus teléfonos, los residentes acuden a los militares, que disponen de generadores, y en sus casas utilizan velas. Además, disponen del pan que regularmente les entregan como ayuda humanitaria. También reciben combustible. En las huertas son visibles los sacos de carbón que ha traído Cruz Roja.

Las posiciones militares están fuera del pueblo, pero no es difícil llegar hasta allí, están a poca distancia a pie. En un centenar de metros, las parcelas cultivadas por los residentes se transforman en tierra igual, pero esta vez llena de militares. Aquí los sacos de arenas y las trincheras parecen muy pintorescas, cuando se acerca la noche, con la luz del atardecer, parece la pintura de un artista.

Los soldados explican que la situación en el frente permanece sin cambios y que las elecciones en Ucrania no han tenido un gran impacto en esta zona del frente. “No voy a decir que la situación en periodo electoral haya cambiado. El enemigo nos sigue atacando regularmente, trabajan las ametralladoras, SPG-9 y lanzagranadas. Ayer, el Ejército Ucraniano atacó a propósito la calle las casas del pueblo”, explica Vadim.

En el frente nadie cree que las elecciones en Ucrania vayan a suponer cambios a mejor. “Los candidatos no van a apostar por la reconciliación y, aunque lo hicieran, estos chicos que están delante de nosotros, no se van a marchar a ninguna parte”, añade Vlad, aliad Rika. En 2014 se alistó en la milicia con su padre, que murió durante la batalla por el aeropuerto en 2015. Rika también resultó herido. Antes, había evitado con éxito el reclutamiento para el Ejército Ucraniano y se alistó como voluntario en la milicia.

“En abril, cuando empezaron los preparativos para el referéndum de 2014, inmediatamente apoyamos la primavera rusa. En aquel momento, estábamos en la primera fila. Fuimos a Karlovka y nos alistamos en la milicia que después se convirtió en el batallón Vostok. Entonces pensamos que todo se desarrollaría según el escenario de Crimea y que iríamos a Rusia. pero eso no pasó y ya es el quinto año que lucha por la RPD, esperando más integración. No serví en el Ejército Ucraniano, vine aquí como voluntario. Acabé los estudios, trabajé de minero un año y entonces llegó la guerra”, explica.

La guerra sigue su curso al margen de la agenda política, aunque no se produzca un empeoramiento, la tregua no se respeta. La rutina militar de los residentes de las localidades del frente y de los soldados que los defienden continúa con bombardeos diarios prácticamente siete días a la semana durante casi cinco años. Son pocos los que esperan cambios positivos que vengan de fuera, se valen de su propia fuerza para sobrevivir de la mejor manera posible y, pese a todo, siguen cumpliendo con sus obligaciones.

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