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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Ucrania

A diez minutos del centro

Artículo Original: Liza Reznikova / Antifashist

“Civiles en una República en paz”, el eslogan que decoraba Donetsk en noviembre, pierde todo su significado a solo diez minutos de trayecto en coche desde el centro de la ciudad. Aquí, en las zonas del frente de la ciudad, que en los partes de guerra aparecen como las “afueras de la ciudad”, la guerra continúa. Nunca se ha marchado de aquí y parece que nunca fuera a hacerlo. En ocasiones se esconde, otras veces se hace sentir con estruendo. Pero no se ha ido.

La guerra ha pasado a un estado posicional y el conflicto en Donbass muestra signos de estar congelado. Un estado de congelación también entre el pacífico y relativamente próspero centro de la ciudad y las trincheras, donde a diario se producen batallas y donde la gente aún sigue viviendo. Allí lloran por sus nietos muertos; por los niños heridos; llaman cobarde al presidente de Ucrania, Petro Poroshenko; esperan que, en caso de ataque ucraniano, tengan a su disposición armamento con el que defender sus casas y, a pesar de todos los pesares, siguen queriendo a Rusia.

El mercado detrás de la estación de tren hay un puente que lleva directamente a la primera plataforma y a la segunda. Son localidades cercanas a Donetsk en las que estaba situada la fábrica estatal de productos químicos, en otro tiempo de importancia estratégica, ahora abandonada a su suerte en medio de la batalla. La fábrica, y con ella todo a su alrededor, fue blanco habitual de la artillería del Ejército Ucraniano.

La carretera gira a la izquierda en la zona de la estación de autobuses del oeste. Se inauguró en 2011 y hoy tiene este aspecto.

La carretera cerrada con bloques de cemento lleva directamente al frente. A diario se puede encontrar en los partes de guerra el “Volvo Tsenter”, donde el Ejército Ucraniano dispara día y noche desde sus posiciones en Peski. La carretera que gira a la izquierda lleva a los pueblos.

En comparación con la segunda, la primera plataforma parece más conservada. En los edificios de nueve pisos hay agujeros en las paredes a causa de los bombardeos de 2014-2015, ventanas rotas y contrachapadas y algunas ventanas tapadas con plástico en vez de cristal. El último gran bombardeo del pueblo fue el 11 de abril. Aquel día, al salir el sol, el Ejército Ucraniano atacó las calles Lenkoransky y Sofía. Siete personas resultaron heridas, decenas de hogares sufrieron daños. Ahora está más tranquilo, las bombas explotan en el campo de batalla, situado a tan solo un centenar de metros del pueblo. La población se acuesta y se levanta con los sonidos de la guerra, pero están contentos porque no ha habido “llegadas” recientes en la comunidad.

La segunda zona está cerrada. Solo se puede pasar tras recibir el permiso de las milicias y con la estricta prohibición de hacer fotos. Aquí la guerra está muy cerca del pueblo.

“Me levanté y de la hierba a mi alrededor salía humo”

Al lado de un edificio de tres pisos, vestida con un abrigo naranja, hay una mujer. Con ella está su perro, que llena el vacío con sus sonoros ladridos, más amistosos que amenazantes. “Calla, Rex”, le dice la mujer. “No le tengáis miedo, no muerde”, sonríe.

Rimma Vasilevna Klebtsovoy tiene 76 años. Nació en la región rusa de Chubais y después se mudó a Moscú con su familia. Allí conoció al que iba a ser su marido, con el que se mudó a Ucrania, a la región de Járkov. Allí tuvieron tres hijos. Su marido murió y pronto también uno de sus hijos. Su hija mayor regresó a Moscú y Rimma, junto a su hijo pequeño, acabó en Donetsk. Aquí trabajó en la fábrica, que también tenía una pequeña granja. “Hemos tenido hasta 25 vacas, yo las ordeñaba y les daba de comer”, cuenta sobre sus buenos recuerdos del trabajo. Ahora Rimma trabaja manteniendo el edificio. Es difícil decir si es más por el deseo de ganar un poco más que su pensión o si simplemente no quiere estar sola en un piso frío y vacío pensando en lo terrible y dura que es su vida.

Vive en condiciones inhumanas: si calefacción, sin agua en todo el pasillo y gas solo en el segundo piso, donde va para ayudar a su única vecina, una mujer aún más mayor. “La vecina me deja un radiador por la tarde, caliento la casa, me pongo una manta y duermo hasta la mañana. Por la mañana, a trabajar. No me quedo sentada en casa. En verano riego las plantas y cuido el césped y en invierno quito el hielo. Ese es mi trabajo”. Durante la guerra, nunca ha abandonado Donetsk por mucho tiempo. Solo un fin de semana para visitar a su hija, que ahora vive en el pueblo de Styla, en el distrito Starobeshevskiy, en la línea del frente.

Muchas veces se ha encontrado bajo el fuego de artillería. Su cabeza comienza a temblar y le salen las lágrimas al hablar sobre ello. “Una vez, estaba en la huerta en primavera y empezaron a disparar desde Peski. No tenía dónde ir, a mi alrededor solo había unas plantas y el campo. Caí al suelo y por encima de mí volaban los proyectiles, alguno explotó muy cerca. Después todo se calmó, me levanté y a mí alrededor había metralla y de la hierba salía humo. Y otra vez, en casa de una amiga, cerca de Peski, vinieron en un vehículo con ametralladoras y empezaron a dispararnos sin más. Mi amiga gritaba que corriera a esconderme detrás de la casa, pero no podía. Me temblaban las piernas, no podía dar un paso más, estaba paralizada. Me arrastró de los hombros y escapamos. Ahora no sé cuánto tiempo me queda de vida y si veré el final de todo esto”.

“Rimma Vasilevna, ¿tienes nietos?”, le pregunto.

“Muchos. En Moscú, en Dnipropetrovsk y en Kontantinovka”, dice dejando de llorar y sonriendo otra vez.

“¿Por qué no te llevan con ellos?”

Rimma vuelve a ponerse seria, piensa un momento y dice casi en silencio: “¿Quién necesita a una vieja? Aquí todo lo que hay es mío. Y allí no te levantes así, no te sientes así. Y no tendré trabajo. Ahora me muevo, luego vivo”. Me acompaña junto a Rex, mientras, en la distancia, se escucha el sonido de las explosiones.

“¿Por qué nos ataca Poroshenko? ¿Qué quiere de nosotros? Ya tiene Ucrania, ¿qué quiere de nosotros? Nosotros no hemos ido a por él”, dice cuando comienza a temblar y a llorar de nuevo.

“Sales a la calle y no sabes si volverás a casa o no”

En el siguiente edificio de cinco pisos, donde solo viven unas pocas familias, conozco a Alexander, que parece ser un hombre sencillo. Mientras se marcha a trabajar, me cuenta unas cuantas cosas. Vive aquí con su mujer. Su hija y los nietos se marcharon a la ciudad, allí están más seguros. Su hijo se fue a Rusia. La casa ha sufrido numerosos impactos. “Las puertas y las ventanas han volado todas. Ahora estamos arreglando las ventanas y todo lo demás. Cuando empezó la guerra, teníamos ahorros, compramos puertas, hicimos pequeñas reparaciones, pero ahora no tenemos ni para una bolsa de cemento”, dice. Así que, pese a que está en edad de jubilación, necesita trabajar.

“Ahora sales a la calle y no sabes si volverás a casa. Es así cada día. Si hay zumbido, sé que tengo siete segundos para esconderme. Porque si hay un proyectil que vuela en dirección a mí, en siete segundos estará aquí. Disparan desde Peski. Si consigues llegar hasta el porche, sobrevivirás”, explica Alexander sobre lo básico que hay que saber para sobrevivir en la línea de fuego. “Sí, baja donde Valery, su hermana murió y su sobrina resultó herida grave. Él te lo contará”, se despide Alexander, que se marcha a trabajar.

“Tengo siete segundos para esconderme”. Sus palabras se repiten contantemente en mi mente.

Bajamos a ver a Valery. En su piso hace tanto frío como en el de Rimma Vasilevna, sin calefacción. Una pequeña estufa quema el oxígeno más que dar calor. Está sentado en la cama, vestido con una chaqueta caliente y gorro, que se quita para saludarnos.

La hermana de Valery murió bajo la ventana de su piso. Comenzó el bombardeo. Un proyectil explotó bajo la ventana. Pasaron diez minutos y volvió el silencio. La mujer y su hija salieron a la calle para ver qué había pasado y se encontraron con una nueva “llegada”. Era otro proyectil, que, refutando ese mito de que no caen dos bombas en el mismo lugar, cayó exactamente ahí.

“Mi hermana murió en el acto, le arrancó media cabeza. Mi sobrina sufrió heridas graves en la pierna y recibió tratamiento durante mucho tiempo. Ahora me he quedado aquí solo. No me queda nadie”, se lamenta Valery mirando por la ventana la escena de la tragedia. Valery nació y creció en Ucrania, en la región de Cherkassy. Se mudó a Donetsk con su hermana. Trabajó primero en la mina Oktyabrsky y después en la fábrica.

“Quiero que esto acabe rápido para que podamos ir a Rusia. Los rusos son nuestros hermanos. Yo soy de Ucrania, de la región de Cherkassy. Pero les odio. Les odio. Esta es mi tierra, Donbass. Esta es mi tierra. Aquí he trabajado en la mina, aquí he trabajado en la fábrica. Aquí es donde está mi tierra. No donde Poroshenko, ese bastardo, mira lo que están haciendo. No puede ser que luchen hermano contra hermano. ¿Cómo es posible? Yo siempre he querido a Rusia, la quiero y la seguiré queriendo”, dice emotivamente Valery, alzando la voz casi hasta gritar. Al oír la conversación, se acerca, apoyado en un bastón, un vecino de Valery.

“Nikolay Yakovlevich”, dice para invitarle a pasar. Viste un gordo abrigo con una cinta de san Jorge en la manga. Ha vivido toda la guerra aquí, con su mujer, sin marcharse a ninguna parte. En el verano de 2014, recuerda que vivían como en la calle: no había luz, gas, agua. Todo había sido destruido por los bombardeos. Ahora, explica, hay de todo menos calefacción. Toda su vida trabajó en la mina Oktyabrsky Rudnik y ahora, como pensionista, tiene que esconderse de los bombardeos. “Poroshenko es un cerdo”, dice con voz baja pero perfectamente clara.

“Ahora hay más silencio. Disparan fundamentalmente por la noche. En 2014 y 2015 era otra cosa. Disparaban mucho contra el pueblo. En un bombardeo, nuestro tejado sufrió cuatro impactos. Delante de la ventana estaba lleno de cráteres. Voló el árbol de Navidad, se cayeron los tejados. La gente vivió en el sótano durante semanas. Yo no fui al sótano, me quedé en casa con miedo, sentado en el sofá. Mis piernas me fallaron, ahora ando con un bastón. Y ahí tengo piernas de repuesto”, dice mostrando las muletas que descansan contra la pared.

“Sí, fue ahí abajo”, continúa. “Rifles, ametralladoras, de todo. Los proyectiles volaban por todas partes. Pero no pasa nada. Yo aguanté en mi casa. Y no me voy a marchar de aquí”.

“¿No tenías miedo del Ejército Ucraniano? Todos hablan de ello. Estabas aquí, a unos doscientos metros de sus posiciones”, pregunto.

“No”, responde con firmeza. “Para empezar, ellos no pasarán”.

“¿Crees que nuestros chicos sobrevivirán?”

“Absolutamente. Y, además, si nos dieran a mí, a mis vecinos, a nuestros camaradas… un rifle y munición y ayudaríamos también. No les daré mi casa. Esto es lo que gané en la Unión Soviética y no me lo quitarán”, dice dando un golpe en el suelo con el bastón.

“El 20 de mayo cumplió 12 años y el 7 de julio le dispararon”

Varvara Fyodorovna y Evgeny Borisovich viven ahora en la primera plataforma. Este es uno de los muchos refugios temporales por los que han pasado. Su casa en la segunda plataforma quedó destruida. “El tejado recibió tres impactos. Las dos primeras veces el abuelo lo reparó, pero la tercera no había nada que hacer. Todas las ventanas estaban rotas y la puerta voló, no hay tejado, no hay paredes. Los suelos se rompieron. Desde hace dos años y medio tenemos una casa sin tejado. ¿Qué quedará de ella?”, se pregunta Varvara Fyodorovna.

Tras abandonar su destruida casa, vivieron con amigos en el centro de Donetsk y con otros amigos en la tercera plataforma del este. Ahora están aquí, más cerca de casa. Durante la guerra han sufrido varias enfermedades y ahora gastan gran parte de su pensión en medicamentos. Pero mucho más duro que perder la casa y sufrir enfermedades es el dolor de la pérdida, una herida abierta que divide las vidas en un antes y un después. En el verano de 2014, los nacionalistas asesinaron a su nieta Sasha. “El 20 de mayo cumplió 12 años. El 7 de julio le dispararon”, explica Evgeny sin poder reprimir las lágrimas.

“Empezaron a bombardearnos en mayo. Allí estábamos cerca del aeropuerto. Los hijos vivían con nosotros. Les dijimos: marchaos, marchaos. Nos hicieron caso, iban a Dobropol para sacar a los niños de los ataques. El coche llevaba un cartel que claramente ponía “niños” en un lugar visible. Pasaron el puesto de control de la RPD, el ucraniano y llegaron al pueblo. Y entonces les dispararon con ametralladora desde el coche de atrás. Sasha estaba en el asiento trasero con un niño de diez meses. Le empujó al suelo, pero ella no tuvo tiempo de agacharse. La mataron de un tiro en la cabeza por detrás”.

“Mi hija salió del coche gritando que no eran terroristas”.

“¿Fue el ejército o los batallones nacionalistas?”, pregunto.

“Es probable que los batallones nacionalistas. Pero no lo sabemos. Desaparecieron de la faz de la tierra. Sigue habiendo una investigación. Llaman regularmente a mi hija, le dicen que siguen investigando, pero que no hay nada. Si pudiéramos mirar a esos asesinos a los ojos”, dice Varvara Fyodorovna.

“La enterramos aquí, en el cementerio Número 13. Cada semana vamos a su tumba. Ya habría cumplido 16 años”. Sasha será para siempre la niña de 12 años con flores en las manos que mira a sus abuelos desde un enorme retrato en medio de la habitación.

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