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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Minsk, Ucrania

La dura vida en el frente

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Por primera vez, nos dirigimos con los voluntarios a la localidad de Novaya Laspa, en el distrito de Telmanovo, a un kilómetro de las posiciones del Ejército Ucraniano.

 “Dios mío, ¡cómo he podido!”, exclama, de repente, Lena, la rubia ayudante del voluntario Andrey Lisenko. La miramos asustados. “¡Me he dejado el pan!”, grita desesperada. “Siempre llevo. Esa gente lleva cuatro años viviendo sin pan”. En el pueblo no hay ninguna tienda ni ningún puesto. Para comprar una barra de pan, hay que viajar a un pueblo vecino situado a nueve kilómetros.

Para nosotros eso no es un problema, solo tenemos que conducir al pueblo más cercano, Staraya Laspa. Aquí hay algo más de vida, como ocurre en todos los lugares algo más alejados del frente. Vamos a la primera tienda: no hay pan. El dependiente nos recomienda seguir por esa calle y buscar otra tienda. Pero ahí tampoco hay pan. Ni en la siguiente. Lena apenas puede aguantar las lágrimas y se culpa a sí misma por haber estado distraída. Es viernes, día de diario, es mediodía, no hay nieve ni ningún otro fenómeno extraordinario que podría justificar no llevar pan.

Junto a la tienda hay unas cuantas mesas y bancos, uno de esos típicos lugares en los que la población local de estos pueblos se sienta a tomar algo. Ahí nos cuentan que hay pan, pero que siempre vuela. Ni siquiera hay suficiente para los residentes de esta zona, por no hablar de la sufrida Novaya Laspa. Amargamente me viene a la memoria esa historia en la que la princesa recomendaba a sus súbditos comer pasteles si no tenían pan.

¿Qué hacemos? No podemos ir a Novaya Laspa sin pan. Por suerte, la rica despensa de nuestros voluntarios siempre incluye, por obligación, harina.

Una docena de personas

En mi última visita al pueblo hacía calor y la verde vegetación escondía, de alguna manera, la terrible destrucción. Entonces no era tan desesperadamente terrible ver lo que el Ejército Ucraniano ha hecho contra el pueblo. Novaya Laspa, en otros tiempos una localidad griega próspera, es ahora un triste reflejo de sí misma. Hay un dicho famoso de La Boda de Chejov: “En Grecia hay de todo”. Aquí, en este pueblo griego, no hay nada. Los libertadores ucranianos lo han destruido todo. Las viviendas están destruidas, la carretera está llena de cráteres y, aparte de los perros, no hay nadie por la calle. No es sorprendente, ya que apenas hay una decena de personas en el pueblo.

En Novaya Laspa ya no hay tiendas, no hay colegio, no hay farmacia. Ni siquiera hay médico, aunque los residentes que quedan en el pueblo son personas mayores que viven a un kilómetro del frente y la ayuda es necesaria. Su gran esperanza es Svetlana, médico militar que llegó de Arjanguelsk a Donetsk en 2014 y aquí se quedó. Para los residentes locales, es como su doctora Liza [Elizabeta Glinka, doctora rusa que realizó numerosos viajes a Donbass, especialmente para evacuar a Rusia a niños enfermos. Glinka murió el 25 de diciembre de 2016 camino de Siria en el accidente del Tu-154-Ed]. Ella les pone inyecciones, les controla la tensión y conecta con sinceridad con los ancianos y solitarios residentes del pueblo.

El primero en recibirnos es el perro Jessie. Hace de guarda del pueblo. “No os preocupéis, no hace nada”, nos grita Svetlana. Jessie mueve frenéticamente la cola. Cuentan que antes era un animal agresivo atado con una cadena al que temían incluso los soldados. Aconsejaban a los dueños que la ataran para evitar que hiciera daño a alguien. Pero alguien tuvo piedad y soltó las cadenas de Jessie. Y eso funcionó. Jessie cambió. Ahora es una perra inteligente y sociable. Congenié tan bien con ella, que en cuanto me distraje un momento, dejó su huella de barro en la manga del abrigo, exigiendo que siguiera acariciándola.

Compartir el pan con los más necesitados

Svetlana se ofrece voluntaria para guiarnos por el pueblo y mostrarnos dónde siguen viviendo los residentes. Así nuestros voluntarios podrán entregarles los paquetes de comida. Vamos casa a casa. Para mí, todas son iguales, todas muestran la misma desesperación: medio destruidas, múltiples impactos, ventanas contrachapadas.

“No me saques fotos. No llevo maquillaje, la gente se va a reír de mí”, bromea coqueta Tanya, de 82 años tapándose con las manos. Tanya revisa los productos. Para las personas como ella, el pan es el elemento principal en la mesa. ¿Cómo puede vivir sin pan? Resulta que hace tortas y se las vende a los vecinos, que, si pueden, le traen pan de Staraya Laspa. ¿Pero cómo lo hace si ahora mismo no hay una sola miga de pan?

“El batallón distribuye pan para los soldados y los residentes no recuerdan que se trajera durante la guerra. Lo compartimos con los ancianos. ¿Dónde van a ir?”, explica Svetlana.

En la siguiente casa nos encontramos con la pensionista Ludmila. La última vez la vimos con su marido enfermo. El hombre murió recientemente a causa de una enfermedad vascular grave. Al final, su única esperanza para soportar el dolor eran las inyecciones de la doctora Svetlana. Ahora Lyuba se ha quedado completamente sola con sus dos gatitos bajo sus pies. Ellos son la única familia que le queda.

El mayor problema no son los bombardeos. Nos hemos acostumbrado a la atención constante que nos presta el Ejército Ucraniano, aunque los momentos de silencio dan miedo con esa sensación de peligro inminente. Lo más duro es que no haya ningún producto en el pueblo”, se lamenta Ludmila. “Pagamos a un vecino 300 rublos [unos 4€] por la gasolina para que vaya al pueblo del al lado a comprar pan, cereales y carne. No siempre hay. Y nuestra pensión no da para mucho más”.

Ludmila recibió este año el título de persona del año por su coraje y su ayuda a los soldados. “Por su participación en la creación del distrito de Telmanovsky en la República Popular de Donetsk”, dice el diploma que le entregaron junto a unas flores y un trofeo. Aunque le gustaría más que hubiera suministro de pan en su pueblo. He visitado los pueblos del frente muchas veces y sé que el pan llega a la bombardeada Sajanka, a Spartak… ¿Por qué no a Novaya Laspa?

“Siempre tuvimos la casa llena, siempre había una taza llena, siempre había amigos, familiares. De nuestra casa nadie se iba nunca de hambre. Por favor, sentaos un rato”, empieza a decir mientras se echa a llorar. “Y aquí estamos ahora, hemos sobrevivido.  Y si nos ayudan y escriben lo duro que es vivir sin pan y sin nada más, se lo agradeceremos”.

Komsomolskaya cumple su palabra. Puede que los nuevos diputados de la República nos escuchen y ayuden a solucionar este asunto urgente para los desfavorecidos residentes de Novaya Laspa.

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Comentarios

Un comentario en “La dura vida en el frente

  1. No puede haber abandono a los civiles que quedaron a boda de fusil de los ukros. Ellos son tan importantes como los mismos soldados de la libertad. Deberían hasta tener más beneficios que los muy alejados del frente. porque hacerlo no es para nada imposible, y es un deber de comunistas.

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    Publicado por Juanito Vaporesso | 15/12/2018, 16:02

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