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Un año que no cumplió con las expectativas

Artículo Original: Andriy Manchuk / Ukraina.ru

Si hablamos de los resultados del año 2017, es preciso insistir en un aspecto principal: no ha supuesto cambios significativos en Ucrania. El país sigue existiendo en el paradigma de crisis y guerra de Euromaidan. Hace un año, algunos observadores expresaron su esperanza de que la situación podría revertirse. Esas expectativas estaban ligadas al sorprendente, que incluso se podría calificar de espectacular, resultado electoral en Estados Unidos.

Se crearon muchas ilusiones sobre la postura del presidente Donald Trump, con la esperanza de que pudiera lograr un acuerdo de paz con Rusia que pudiera desatascar el bloqueo ucraniano. Además, durante la campaña electoral, la élite política ucraniana apostó por Hillary Clinton y no dudó en usar mofas e insultos contra los comentarios de su adversario. Los comentaristas políticos descartaron la posibilidad de que el nuevo presidente respondiera a esos insultos.

Sin embargo, ninguna de esas ilusiones se ha cumplido. La opinión de Trump ha quedado marcada por el pragmatismo. El nuevo presidente sabía que el apoyo al Gobierno ucraniano, unido al aumento de la presión a Moscú es la línea oficial consolidada por el establishment estadounidense y ha preferido actuar según las líneas generales del partido. En el primer año de Trump en la presidencia, Washington ha seguido una política continuista con respecto a la anterior administración, lo que prácticamente elimina cualquier posibilidad de lograr un compromiso y una solución aceptable para todos en el tema de Donbass. En cada ocasión, el nuevo presidente ha demostrado públicamente su apoyo al Gobierno de Kiev, como una forma más de negar que hubiera negociaciones secretas con las autoridades rusas.

La personalidad de Kurt Volker, nuevo enviado especial del Departamento de Estado de Estados Unidos en Ucrania muestra de forma clara que Estados Unidos tiene la determinación de mantener una línea dura en la cuestión ucraniana. Eso ha llevado al bloqueo de los acuerdos de Minsk, que se han convertido en una simple ficción: oficiales de alto rango en Ucrania, desde Avakov a Parubiy, abiertamente afirman que Kiev no debería cumplir con sus condiciones y exigen a Rusia concesiones incondicionales que, en realidad, son la rendición. Un nuevo regalo para Estados Unidos, que finalmente se inclina a suministrar al bando ucraniano nuevas armas con las que los halcones tendrán la oportunidad de intensificar el conflicto. Por supuesto, solo será si lo consideran políticamente beneficioso para sí mismos.

No se puede descartar algo así, teniendo en cuenta que 2017 ha sido un año de aumento de la crisis económica, social y política en Ucrania. Los enfrentamientos entre las dos principales facciones de la élite en el poder -el Bloque Petro Poroshenko y el Frente Nacional de Avakov, Turchinov y Yatseniuk- ha llegado al límite en un momento en que estas fuerzas sufren sus peores índices de popularidad. La lucha encubierta, que se ha representado en causas penales contra representantes de las facciones enfrentadas y que por motivos políticos involucra a la Fiscalía, el SBU y la Agencia Anticorrupción, ha dado al país una figura que ha intentado presentarse como el líder de la oposición política al presidente. Curiosamente, se trata del expresidente de Georgia, Mijail Saakashvili, que llegó a la política ucraniana con el apoyo de su amigo Poroshenko, que le concedió la ciudadanía ucraniana. Dos años después, el presidente quiso quitar ese regalo a su amigo, pero no ha sido fácil. Saakashvili regresó triunfalmente a Kiev tras cruzar ilegalmente la frontera e inició una lenta lucha contra el Gobierno sobre la base de la parte desencantada de los políticos nacionalistas.

Pese al claro apoyo de varios importantes representantes de la élite empresarial, especialmente el oligarca Ihor Kolomoisky, que se encuentra fuera del país, Saakashvili no ha sido capaz de organizar un Maidan. Demasiado ocupados tratando de sobrevivir y frustrados por las consecuencias de la “revolución de la dignidad”, los ucranianos no se han apresurado a apoyar los trillados eslóganes “por las reformas y contra la corrupción”. Sin embargo, el intento de detener al expresidente de Georgia también fracasó, principalmente porque Saakashvili dispone de apoyo de Estados Unidos, que activamente interviene en la política ucraniana, ya que controla la Agencia Nacional Anticorrupción, herramienta que utiliza para presionar a las autoridades ucranianas. Y el destino de Kolomoisky, cuyos activos fueros requisados por decisión de un tribunal de Londres, es una clara demostración de lo fácil que es atrapar a los más ricos e influyentes ciudadanos de Ucrania si así lo requieren los intereses colectivos de Occidente.

Al ver esta imagen, podría parecer que el Gobierno ucraniano se encuentra al borde del colapso, perdiendo el control de la situación del país. Y tras la llegada de Saakashvili, muchos observadores sarcásticamente escribieron que Ucrania es un Estado fallido acabado. Además, los principales indicadores de la economía ucraniana continúan cayendo y el salario medio es oficialmente el más bajo de Europa. Incluso la tan esperada victoria del viaje a la Unión Europea sin visados se ha convertido en una derrota, ya que los expertos han mostrado su preocupación por el aumento de la emigración para trabajar por la falta de oportunidades en el país.

La imagen de un Gobierno ucraniano que se está colapsando es irreal y tiene poca visión de futuro. Pese a las contradicciones y luchas internas, el Gobierno de Poroshenko y Groisman ha tenido relativo éxito a la hora de implementar su agenda ideológica: ha realizado una militarización forzada del país y no ha tenido ningún problema para tomar medidas antisociales como la reforma de las pensiones y de la sanidad. La reforma educativa ha dado lugar a una ucranización completa de la educación que se realiza en paralelo a la ucranización de los medios y el espacio público.

Continúa la reescritura de la memoria histórica: la lucha contra el legado soviético en forma de días festivos [como el 8 de marzo o el 9 de mayo, que Vyatrovich pretende eliminar] y los nombres ideológicamente inaceptables de calles y plazas se extiende y asciende de nivel. El Gobierno castiga duramente a los periodistas opositores como Vasilets, Timonin y Muravitsky y reexamina el caso de Ruslan Kotsaba sin prestar especial atención a las exigencias de Occidente. Y la principal tesis de la propaganda es que es necesaria una lucha a muerte con el vecino del norte debido a su dominio absoluto del espacio informativo. Sin embargo, las encuestas muestran la esperanza de los ucranianos por la paz. Obviamente, a nadie le interesa su opinión.

El Gobierno ucraniano es firme en su agresivo mensaje ideológico dirigido contra los enemigos internos y externos. Y eso beneficia a sus maestros extranjeros, no importa si es Obama o Trump. La continuación de esta política permite aplastar el descontento social y contrarrestar los crecientes problemas internos: la oposición nacionalista, Saakashvili incluido, es declarada agente del Kremlin mientras la élite que supuestamente se pelea sabe que está sentada en el mismo barco y que solo puede agitarlo hasta cierto punto.

La única cuestión es cómo continuará esta táctica en el nuevo año 2018.

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