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El poblado de la felicidad

Artículo Original: Antifashist

dnr-1605-02La localidad de Veseloye [traducido como felicidad] está situada a 300 metros de las ruinas de lo que ha quedado del aeropuerto de Donetsk (las últimas casas se encuentran justo junto a la pista). Condenado desde junio de 2014, en mayo de 2017 no es un lugar habitable. En el mapa se indica: zona de guerra. Esta densamente poblada zona residencial es adyacente al distrito de Oktyabrsky en el barrio de Kievskiy en Donetsk, aunque se considera una unidad administrativa de la zona de Yasinovataya. Por aquí pasa una línea roja: por aquí pasa la guerra.

Antes de la guerra este lugar era verdaderamente precioso, agradable, verde, un pueblo incluso de moda en ocasiones. Ahora ahí no queda una sola vivienda intacta. La gran mayoría no podrán ser reconstruidas. Así de triste se ve ahora Veseloye.

Avanzamos por la calle hasta la sovjós [explotación agrícola dependiente del Estado, un legado de la Unión Soviética], en el extremo del pueblo, prácticamente en la “zona neutral”. La carretera está, literalmente, llena de “hierro” mortal. Como un paseo por el espacio.

No hay una sola alma. En la distancia se intuye la silueta de una única pensionista. Nos recibe amablemente. Nina Jarlamova, de 76 años, reside aquí, en su pueblo natal. Durante toda su vida, su familia trabajó para mejorar el lugar. Su hogar y el de su hijo están cerca. El 16 de noviembre del año pasado, una bomba impactó en la casa de su hijo y la destruyó completamente. La casa está aturdida por las bombas: las paredes sobrevivieron a la batalla, pusieron algunos parches al tejado y así viven.

dnr-1605-15La mujer nos invita al jardín, nos muestra la casa destruida en la que viven, que por dentro apenas se tiene en pie: a primera vista parece que el techo puede colapsarse porque las paredes están dobladas.

Esta jubilada está preocupada por la reconstrucción de las casas destruidas, aparentemente sin darse cuenta de que en estos momentos no se puede reconstruir nada en el pueblo. En absoluto. Aunque pueda sonar cínico, cualquier cosa que se repare ahora puede quedar destruida al día siguiente por el impacto de un proyectil, así que, cuando menos, sería poco práctico iniciar en el pueblo, una zona de guerra, un programa al estilo de Chernóbil.

dnr-1605-07En tiempos de paz, Ilya Jarlamov, de 54 años, trabajó como encargado en la mina Oktyabrskaya. La guerra les quitó el trabajo. En el pueblo, algunos se fueron; otros murieron. Ahora se puede contar con los dedos a las personas que viven en Veseloye.

Ilya ha pasado estos tres horribles años en su pueblo natal. Ha enterrado a familiares y amigos, ha rescatado personalmente a quienes habían quedado atrapados en los escombros. Cuenta que los bombardeos eran infernales y que no se encontraba y enterraba a los muertos hasta varios días después.

“No lloro con lágrimas. Soy un minero. Pero lloro por dentro. Muy fuerte”, dice. Y nos acompaña al otro lado de la calle, a la casa de su primo: ahora no están ni la casa ni su primo. “Era mi primo segundo, Nikolay Usov, era encargado en la mina Oktyabrsky. Tenía 58 años”, explica. Salió de casa al jardín para dar de comer al perro y un proyectil apareció de la nada. Le arrancó las piernas y le hizo pedazos. En el ataúd enterramos todo el desastre, los trozos del cuerpo que pudimos encontrar y recuperar. Y no había tiempo, había que hacerlo todo apresuradamente porque seguían bombardeando”.

dnr-1605-17Esto es lo que queda de la casa de Usov.

En el jardín, la madre y el hijo han construido un refugio. En esta especie de trinchera o cobertizo se esconden de los bombardeos desde hace un año. En cualquier momento del año y a cualquier hora del día.

dnr-1605-20Y en su tiempo libre, es decir, cuando se lo permiten los bombardeos, Nina se ocupa del jardín. Es lo que hay en esta tierra minera: cada uno tiene un pedazo de tierra. Es impresionante el cuidado que se presta a estas tierras: todo está perfectamente ordenado, cuidadosamente regado, sin una sola mala hierba.

“Tenemos de todo. Ahora, mire, cebollas, ajo, tomates. Incluso cuido el jardín de los vecinos. Se han marchado, pero ¿hay que dejar que crezca salvaje? A veces estoy aquí regando con la manguera y empiezan a sonar los zumbidos cerca. Pienso si huir rápidamente a esconderme. No, solía hacerlo, ahora sigo trabajando. Cuando se hace verdaderamente insoportable, cuando empieza un ataque fuerte, salgo del jardín”. La calma de esta mujer es asombrosa. Así es: el jardín, la manguera, misiles. Se han acostumbrado a vivir en guerra.

Antes de despedirnos, nuestra anfitriona nos da un puñado de cebollas y ajo. “Tomen de aquí, ¿dónde va a crecer en Donetsk, en los balcones? Tengan, tengo mucho. Cuando veo a los militares, también les doy cosas. Ellos tienen comida, los soldados, pero vitaminas no tienen muchas. Vuelvan dentro de una semana, tenemos eneldo [en ruso ukrop, que es también como muchos en Donbass llaman a los soldados ucranianos], ¡pueden llevarse cuanto quieran!”

Nos miramos entre nosotros y sonreímos, especialmente los soldados que están por ahí, al oír la palabra ukrop. Pero esa es otra historia.

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