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Alto el fuego, Armas, Bombardeos, Donbass, Donetsk, DPR

“Ahora no queda nada. La guerra se lo ha llevado todo”

Niños en el sótano en el que pasaron gran parte de 2014 y 2015.

Artículo Original: Liza Reznikova / Antifashist

La localidad de Alexandrovka, al oeste de Donetsk, y las vecinas Trudosvky y Staromijailovka no dejan de salir en los informes militares. Cada día explotan allí proyectiles y minas, se destruyen hogares, mueren o resultan heridos civiles. Marinka, ocupada por el Ejército Ucraniano y desde donde bombardean a diario, está tan cerca de Alexandrovka que se ven los tejados de las casas. Hoy me dirijo allí.

La naturaleza, un lago, las cimas cubiertas con la nieve en invierno y los árboles en verano. Es la típica localidad de vacaciones en las afueras de la metrópoli de un millón de habitantes. En las calles hay mucha gente. Hoy hace calor, brilla el sol y no hay una sola nube en el cielo. Los residentes locales retiran los restos caídos de los árboles y el humo de los fuegos da una agradable sensación al olfato. Desde que era niña adoro ese aroma. Algunos han plantado algo en sus jardines. Sería idílico si no fuera por las viviendas destruidas, las vallas agujereadas por la metralla, los tejados quemados, los periódicos bombardeos con mortero y tiroteos con armas ligeras, que inmediatamente dejan claro que esa imagen idílica engaña y la guerra está muy cerca.

Irina espera en la puerta de su casa en la calle Kirov, cerca de la carretera a Zaporozhie que pasa por Marinka. Pregunto dónde están las posiciones del Ejército Ucraniano. Irina señala con la mano y dice: “¿Ves esa tubería amarilla?”. Claro. “Es donde están”. Da escalofríos. Nunca había estado tan cerca de las posiciones del Ejército Ucraniano.

Posición del Ejército Ucraniano marcada con un círculo.

“Así que es mejor no quedarnos aquí. Pueden disparar en cualquier momento. Vamos a la casa”, dice Irina. Pasamos al jardín. Algunas de las ventanas de la casa están cerradas con ladrillos. “Las bombas”, explica Irina. “En la casa no queda una sola ventana. Hemos cubierto algunas con plástico, pero decidimos tapar estas. Al menos de momento. Hasta que acabe la guerra. No tiene sentido poner nuevas ventanas, todos los días hay ataques”.

En la casa esperan seis niños. Otro más está en el colegio. La más joven, Katya, tiene un año y medio. El bebé nació y está creciendo durante la guerra. La mitad de su corta vida la ha pasado en el frío y húmedo sótano de la casa.

Oleg, de trece años, es el mayor. Entre los constantes bombardeos y el frenético miedo cuando las bombas explotan cerca de la casa, el niño ha desarrollado epilepsia. Sus padres compran (por su cuenta, a cargo del presupuesto familiar) carísimos medicamentos, que al mes ascienden a 3.000 rublos. Gracias a las medicinas, sus ataques no son frecuentes. Y por eso no recibe una prestación por enfermedad. Es un círculo vicioso: si los niños reciben tratamiento para paliar su sufrimiento, no se recibe ayuda para las medicinas. Si no se le trata, hay que ver sufrir al niño y entonces es cuando recibe una prestación y ayuda. Irina y su marido no quieren ver sufrir a su hijo, así que costean completamente su tratamiento. Irina afirma que en Spartak se han dado casos de epilepsia relacionados con el terror de la guerra.

El presupuesto de la familia quedó reducido al mínimo con el estallido de la guerra. “Antes de la guerra vivíamos muy bien”, cuenta Irina. “Mi marido trabajaba en la mina y yo me encargaba de los niños y del trabajo de la granja. Teníamos pollos, patos, gansos, cerdos. Un total de 300 cabezas. La huerta era genial. Cultivábamos nosotros y lo vendíamos. Ahora no queda nada. La guerra se lo ha llevado todo”.

Antes de la guerra, Irina y su marido vivían en la localidad de Veseloye, al norte de Donetsk. El pueblo se encuentra junto al aeropuerto de Donetsk. Ahora el aeropuerto está en ruinas y el pueblo también. “Nuestra casa está destrozada. Solo queda relativamente intacta la cocina. A veces mi madre va a cavar en el jardín para distraerse de los malos pensamientos. La casa del abuelo está destruida. La de la abuela, también. Y la casa de mi tío. No queda una sola casa entera en Veseloye. Y la calle Koljoznaya ha desaparecido de la faz de la tierra. Vino una comisión para ver si se podía recuperar, pero no hay nada. Hay que construirlo todo de cero”.

Irina se mudó a Alexandrovka con familiares. Tienen cuatro hijos e Irina y su marido, tres. En total, entre las dos familias tienen siete niños. Las chicas son amables y divertidas: Alexandra, de 8 años, y Nastya, de 10, abrazan y besuquean constantemente a Katya. Oleg y Misha, de cuatro años, miran a las niñas con cierta condescendencia.

El marido de Irina trabajaba en la mina Zasyadko en Donetsk. Incluso antes de que pasara a estar bajo control externo [de la RPD], no le habían pagado su sueldo en tres meses. No tienen ni la fuerza ni las posibilidades para aguantar más, tienen que dar de comer a los niños. Durante la guerra el salario de un minero en unas de las principales minas era de 5.000 grivnas [menos de 200 dólares]. Ahora su marido ha encontrado trabajo en la mina estatal Chelyuskintsev, donde les han prometido un salario más alto y sin retrasos.

Durante la guerra, la familia ha vivido en Alexandrovka. Irina recuerda cómo empezó. El 6 de julio de 2014, el Ejército Ucraniano comenzó a bombardear el pueblo. Miró por la ventana y vio el polvo de las explosiones y las bombas. Entonces murieron dos familias. Una salió en televisión; la otra, no. Me intereso por saber por qué no. “Probablemente por lo terrible de lo ocurrido. El proyectil explotó en la casa, un impacto directo. Mató a cuatro niños, su padre, su madre y la abuela. Estaban despedazados”.

El 19 de octubre de 2014, un proyectil impactó contra la casa de los vecinos. El impacto tiró el tejado de Ira y rompió las ventanas. En 2015, cayó en casa de Ira. Destruyó el porche y volvió a destrozar las ventanas que la familia acababa de colocar. Han dejado de hacer reparaciones, esperarán hasta después de la guerra.

Entonces, en 2015, otra gran familia sufrió un impacto directo de una bomba. Murieron el padre y la madre, además de la hija y su marido. Dejaron a dos niños huérfanos, uno de ellos también estuvo a punto de morir.

Las calles del pueblo están a la vista de los francotiradores ucranianos. Una bala rebotó en el teléfono de una niña, Yana, y le rozó el brazo. De no haber sido por el teléfono, la niña habría muerto. Aparentemente, el francotirador disparó a la cabeza.

Durante los peores ataques, la familia se trasladó a la casa de la abuela de su marido, que vive en el centro de Donetsk. Ahí, en una jruschovka de dos habitaciones, vivían once personas. “Cuantos más, mejor”, cuenta Irina. “Nos mantuvimos con vida. Sin embargo, mientras estuvimos fuera, hubo saqueos. Se llevaron todo, absolutamente todo: el frigorífico, dos televisiones, un ordenador, la lavadora, electrodomésticos pequeños, los platos. Incluso se llevaron pañales de Katya y ropa de bebé”.

Recientemente, cuando los bombardeos se intensificaron, la familia volvió a refugiarse con la abuela. Y otra vez volvieron a saquear su casa. En esta ocasión se llevaron herramientas y todo el metal que su marido tenía en el sótano para las reparaciones. A su vecino le robaron el carbón.

Así que ahora la familia intenta marcharse del pueblo. Cualquier ataque puede destruir el sótano. Allí pasaron casi todo 2014 y 2015. Podían salir a la calle durante el día, cocinaban con fuego, y volvían a dormir allí. “Tirados en sacos”, dice Irina. La humedad del sótano ha causado problemas pulmonares a Irina. Comenzó a sufrir alergias, se hinchó como un globo. Llamaron a una ambulancia, pero los médicos no podían llegar hasta Alexandrovka bajo los bombardeos. Una doctora de una calle cercana le salvó la vida. Llegó a su casa a pesar de los bombardeos y le puso las inyecciones que necesitaba. Según Ira, las ambulancias son visitantes poco comunes en Alexandrovka. Durante los ataques, cuando estaba embarazada, no llegaron ni para ella ni para los niños. Se pide a los pacientes que acudan al hospital. Quien dispone de coche ayuda a que lleguen a Konstantinovka y desde ahí puede coger otro coche.

Irina me muestra el sótano para mostrar su refugio. Está limpio y hay luz, pero también hay humedad. Los niños cuentan que van al colegio entre explosiones y balas. El colegio sufrió serios daños durante los bombardeos. Los niños cuentan que tienen que refugiarse regularmente en el sótano a esperar que el Ejército Ucraniano se calme y deje de matar a sus familias y destruir sus casas. Ese es el terrible destino de los niños de Donbass: pasar gran parte del tiempo en los sótanos escondiéndose de los ataques diarios.

Nastya, de diez años, me habla de su abuela, con la que se quedaron para esconderse de los bombardeos más duros en el pueblo. La mujer tiene 83 años y pasó su niñez durante la Segunda Guerra Mundial y su vejez, durante la guerra de Donbass. Nastya y sus hermanos están viviendo el mismo escenario. ¿Podrán al menos vivir tranquilos cuando sean mayores?

Cuando pregunto qué es lo que más quieren, responden al unísono: paz. Lo mismo que quiere Irina. Aún teme los ataques. “Puede haber hambre, frío, devastación; si al menos no hubiera bombardeos. Si dejaran de disparar… Para que no tuviéramos miedo de salir por la calle con los niños, que finalmente pudieran andar en bicicleta. No les dejo salir fuera. Solo al jardín, cerca del sótano. En cualquier momento pueden empezar a disparar. Pero quieren salir a andar en bici. Y yo solo quiero paz y tranquilidad, para que no se cumpla el peor de mis miedos. A veces pienso: una bomba en la casa y acabaría con todos nosotros. Pero despertarse después de un bombardeo, herida y con niños muertos alrededor, sería simplemente imposible vivir con eso”.

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