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Mirotvorets, Prensa, Propaganda, Rusia, Ucrania

Listas negras contra la opinión disidente

Ucrania o los estados bálticos, en un país como España, normalmente son vistos por las audiencias nacionales a través de las distorsionadas lentes de la propaganda rusa

Marina Pesenti y Peter Pomerantsev, agosto de 2016

Imagen de propaganda publicada utilizada por Euromaidan Press en un artículo criticando la guerra informativa rusa en los inicios de la crisis ucraniana

Imagen de propaganda publicada utilizada por Euromaidan Press en un artículo criticando la guerra informativa rusa en los inicios de la crisis ucraniana

En abril de 2015, Slavyangrad.es informaba de algunos procesos significativos en el intento de criminalización de las posiciones disidentes en el discurso sobre los acontecimientos de Ucrania y otras zonas del este de Europa. Desde la segunda mitad de 2014, defensores de la posición favorable al Gobierno ucraniano, como Edward Lucas, venían situando el conflicto en el terreno de la guerra de la información. Tras denunciar la propaganda rusa (una definición amplia que incluye todos los medios rusos excepto los abiertamente pro-occidentales) y mostrar su disgusto por el desmantelamiento de los instrumentos de contra-propaganda occidental tras el final de la guerra fría, Lucas mostraba por entonces la satisfacción por lo que consideraba el inicio de un “contraataque tardío”.

En esa nueva fase de la guerra psicológica, Lucas incluía el relanzamiento de The Interpreter Magazine. Lucas vislumbraba al medio como base de actuación de viejas y nuevas glorias de la contra-propaganda, como Paul Goble o Peter Pomerantsev, reconvertidos en especialistas de la denuncia de los “mentirosos y propagandistas” que actúan a favor de Rusia. El periodista de The Economist mencionaba además iniciativas paralelas como el Stop Fake ucraniano o la lista de “mentiras rusas” sobre Ucrania del Departamento de Estado estadounidense.

La iniciativa más llamativa de las mencionadas por Edward Lucas era el programa de contrainformación del Legatum Institute. En octubre de 2014, esta institución presentaba una nueva iniciativa para contrarrestar la propaganda del Kremlin, concretada inicialmente en una conferencia, organizada el día 30 de ese mes, con el título “La Amenaza de la Irrealidad: Combatiendo la Desinformación Rusa en el Siglo XXI”, coparticipada por el Atlantic Council. La coordinadora del acto era la Directora del Foro de Transiciones del Legatum Institute, Anne Applebaum.

Firmado por Peter Pomerantsev y Michael Weiss, el 22 de noviembre de 2014, The Interpreter recogía un documento que proponía una nueva estrategia de contrapropaganda: “The Menace of Unreality: How the Kremlin Weaponizes Information, Culture and Money” [La Amenaza de la Irrealidad: Cómo el Kremlin militariza la Información, la Cultura y el Dinero]. Entre las propuestas de actuaciones, Pomerantsev y Weiss incluían las siguientes: excluir de la comunidad informativa a los medios de comunicación que “practican el engaño consciente”, introducir “editores de contra-propaganda” encargados de filtrar “todas las noticias impropias para publicar” y asegurar que “los portavoces, funcionarios e intelectuales apoyados por el Kremlin tengan que rendir cuentas”.

La mayoría de las medidas planteadas reflejaban una línea de actuaciones de clara vocación maccartista. Dentro de ellas, la más llamativa, relativa a la exclusión de quienes practican el engaño consciente, se planteaba así:

Excluir de la comunidad informativa a los medios de comunicación que “practican el engaño consciente

Una “Carta de desinformación” para medios y blogueros: Debería evitarse la censura de arriba-abajo. Pero los medios rivales, de Al-Jazeera a la BBC, Fox y más allá, necesitan juntarse para establecer una carta de lo que es un comportamiento aceptable e inaceptable. El debate vigoroso y el desacuerdo deben, por supuesto, ser alentados pero las organizaciones mediáticas que practican el engaño consciente debe ser excluidos de la comunidad. Un código similar puede ser aceptado por blogueros y otros agentes con influencia en la red.

Hace unos pocos meses, en agosto de 2016, el Legatum Institute presentó un nuevo trabajo, en este caso de Marina Pesenti y Peter Pomerantsev: “BEYOND PROPAGANDA: How to Stop Disinformation. Lessons from Ukraine for the Wider World [Más allá de la propaganda: Cómo parar la desinformación. Lecciones desde Ucrania para el Mundo entero]. Ese mismo mes, el propio Pomerantsev firmaba, junto a Edward Lucas, otro artículo sobre la estrategia de la contrapropaganda, también impulsado por Legatum, aunque en este caso en colaboración con el CEPA (Center for European Policy Analysis): Winning the Information War. Techniques and Counter-strategies to Russian Propaganda in Central and Eastern Europe [Ganando la Guerra de la Información. Técnicas y contraestrategias frente a la propaganda rusa en Europa Central y del Este].

Se trata de dos trabajos paralelos, con muchas partes repetidas, en ocasiones de forma literal. En ellos se profundiza en lo que los propios autores perciben como una actualización de la política contra la desinformación aplicada durante la Guerra Fría. Entre las distintas medidas de control de los medios, una de las más destacadas es la que profundiza en el control de la información que se transmite desde los blogs que hoy condicionan la dinámica de transmisión de las noticias y las ideas en Internet. La propuesta concreta que se formula en el texto de Pesenti y Pomerantsev es la siguiente:

Activistas internacionales de la información unidos por una “Carta de los Blogueros”

Los activistas de la información son una nueva generación de actores que transforman el espacio de la información. Con el fin de crear redes internacionales, al mismo tiempo que fomentar las mejores prácticas, deberían apuntarse a cartas de ética, con retirada de los fondos de los donantes para quienes usan la desinformación, infringen la ley y fomentan la violencia.

En la aproximación de Lucas, Pomerantsev y Pesenti, esta propuesta se vincula a la iniciativa de creación de una nueva Comisión de Venecia, bajo los auspicios del Consejo de Europa, en este caso para asesorar jurídicamente en todo lo relativo a los medios de comunicación. Su función sería establecer pautas claras para los reguladores encargados de garantizar que los organismos de prensa se ajustan a determinados estándares periodísticos. Esta iniciativa se relaciona, a su vez, con una política de sanciones que, para no perder su alto fundamento moral, debería evitar caer en la censura. “Para ser eficaces, los reguladores necesitan pautas claras sobre cuándo sancionar a las cadenas por violar las leyes sobre “discurso de odio”, “incitación a la violencia” e inexactitud”.

Detrás de la propuesta de los tres publicistas anti-rusos está la aplicación de sanciones de forma que esa política pueda aplicarse “en línea con las normas democráticas”. La base de referencia para la actuación (que confunde con la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE) es el artículo 6 de la Directiva 2010/13/UE del Parlamento y del Consejo (Directiva de servicios de comunicación audiovisual). El artículo estipula que los estados miembros “garantizarán, aplicando las medidas idóneas, que los servicios de comunicación audiovisual ofrecidos por prestadores bajo su jurisdicción no contengan incitaciones al odio por razón de raza, sexo, religión o nacionalidad”.

Según los autores, esta línea de actuación ofrece vías para poder controlar, en materia ideológica, a los organismos mediáticos. La posible apelación al odio o a la violencia aplicada a las minorías, ya sea por raza, religión o nacionalidad, se convierte así en la clave para introducir un control sobre la transmisión de la información y las ideas. Desde la premisa, además, de que toda disidencia en este campo podrá llegar a ser interpretada en términos reduccionistas porque, en última instancia, todo puede ser Rusia y todo puede llegar a ser visto como crimen o terrorismo.

Al hablar de garantizar la calidad de los medios, en uno de los documentos analizados, Lucas y Pomerantsev dejan claro el planteamiento de fondo: “Incluso con la más fuerte protección de la libertad de expresión, los medios de difusión están regulados … y los criminales y los terroristas se mantienen fuera de las ondas. La publicidad política, la corrección de los errores y las fronteras del discurso de odio también pueden ser regulados”. Un proceso de control asesor que, de no poder ser desarrollado desde un organismo oficial, podría según ellos corresponder a una organización no gubernamental.

El vínculo con la idea de terrorismo también aparece de forma llamativa al tratar lo que llaman interacción dirigida: “La tecnología de Facebook ya se utiliza para intentar desradicalizar extremistas de extrema derecha y yihadistas. Iniciativas similares deben ser emprendidas con aquellos que han sido víctimas de la propaganda del Kremlin”, sostienen. La comparación, incluso equiparación, de la amenaza terrorista y la supuesta amenaza rusa es constante.

Lo que esto puede significar es bien conocido en lugares como España, un país expresamente citado por los tres autores como ejemplo de predominio ideológico de la desinformación rusa en temas relacionados con el tratamiento de la situación en Ucrania o en los países bálticos (aunque sin dar ni un solo dato objetivo para fundamentar sus tesis).

La propuesta de sanciones analizada no responde a ningún azar. Este planteamiento, de facto represivo, responde a un planteamiento mucho más elaborado, y formalmente acorde con los principios de la libertad de expresión, que la idea de exclusión por engaño consciente que Pomerantsev y Weiss planteaban en 2014.

Se trata de una vía alternativa a las listas de sanciones individuales que resultan tan habituales en el tratamiento de la libertad de prensa en estados como Ucrania, donde desde 2014 se han elaborado listas de personas prohibidas en la televisión por ser una amenaza a la seguridad nacional, de prohibición de entrada a periodistas extranjeros o la infame Myrotvorets [Pacificador], una lista de personas a las que se acusa de estar implicadas en el apoyo al terrorismo en el este de Ucrania.

Sin embargo, en ninguna parte de los trabajos analizados aparece una clara y explícita denuncia de este tipo de listas por parte de sus autores. Al contrario, en el trabajo de Lucas y Pomerantsev de agosto de 2016, se señala que, con el fin de crear redes internacionales y al mismo tiempo alentar las mejores prácticas, “los activistas de la información podrían ser alentados a firmar cartas de ética”. Aunque voluntarias, podrían ser “utilizadas para distinguir entre actores. Aquellos que las suscriban deben ser apoyados por gobiernos y fundaciones para participar en programas regulares de intercambio entre periodistas, activistas de la información, ONGs y académicos … para crear comunidades transnacionales de confianza e investigación crítica”. Lucas y Pomerantsev tampoco se desmarcan de listas como la de Juraj Smetana en Eslovaquia, relacionada con sitios web que “intencionalmente o no ayudan a propagar la propaganda rusa en la República Checa y Eslovaquia“.

Es llamativo que haya sido The Washington Post, el periódico en el que colabora como columnista Anne Applebaum, el que haya dado mayor crédito en Estados Unidos a propornot.com en la difusión de su nueva lista maccartista contra alrededor de 200 sitios web que, desde el conocimiento o un papel de “tontos útiles”, actuarían como supuestos propagandistas de Rusia en ese país. En un artículo de Craig Timberg en el mencionado periódico se acusa a los responsables del Kremlin de difundir falsas noticias durante las elecciones estadounidenses. Sin embargo, ni The Washington Post ni PropOrNot han considerado necesario explicar la metodología para defender esta tesis. Entre los grupos citados para avalar esta tesis aparece el anónimo PropOrNot, presentado como una agrupación “no partidista de investigadores con experiencia en los campos de la política exterior, el terreno militar y la tecnología”.

La práctica de listas negras devuelve a los países de Occidente a los periodos más duros de la Guerra Fría, aquellos en los que la guerra contra la opinión disidente era el punto central en la estrategia de acoso y derribo contra Rusia y la Unión Soviética. Una guerra que, en países como Estados Unidos, podía ser compatible con elecciones y una prensa libre para quienes no formaban parte de las listas de apestados. Pero que en otros, por ejemplo en la España confundida de la que hablan Lucas y Pomerantsev, se traducía en la más dura represión de la que puede ser capaz una Dictadura.

 

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Comentarios

2 comentarios en “Listas negras contra la opinión disidente

  1. Esa tal PropORNO ( me falta la T de totalitarios ), es más obscena y calenturienta que la Chicholina en sus buenos tiempos. Hay que estar muy mal de las gónadas para que el cerebro llegue a ese estado de putrefacción. Creo que el tratamiento de la sífilis es viable y asequible para todo mortal, incluidos los MacArtistas de la trola oficial. EEUUropa hiede a podrida desde hace más de una década pero después de la aprobación de la resolución del 10 de octubre y la iniciativa del 17 de noviembre de 2016, la nueva Santa Inquisición, con la Torquemada Mogherini a la cabeza, nos pasarán por la palabra de ZEUS, y claro está, desde el Olimpo. ¿ Qué no sabéis dónde está el Olimpo ?. Seguid el oropel de los funcionarios de Bruselas y encontraréis un camino de baldosas de Oro que os llevará a la guarida de la bruja del OESTE, una CASA BLANCA con el alma muy negra; desde allí, si miráis al cielo…, veréis el monte Olimpo. Eso si, agenciaros un buen telescopio porque está en Marte, vamos…: ¡ en otro mundo !.

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    Publicado por ahiur | 30/11/2016, 12:37

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