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Spartak: sobrevivir en el frente

Artículo Original: Liza Reznikova / Antifashist

d46d7ee4617bce628d2f9799644a8085Sin luz. Sin agua. Sin gas. En sótanos. Por tercer año, los residentes del pueblo de Spartak, en la línea del frente, sobreviven en condiciones inhumanas. Apenas quedan 80 de los más de mil que allí vivían antes de la guerra. Entre los que quedan hay dos niños. Muchos de los residentes han muerto. Otros se han huido en diferentes direcciones.

La carretera de Donetsk a Spartak pasa por el puente Putilov, destruido en 2014. Sobre el pavimento destrozado han crecido hierbas, cubiertas de ramas rotas, cables y bloques de cemento. En el centro del puente hay un gran boquete. Antes de llegar allí, se gira a la derecha. Spartak está cerca, pero la parte de la carretera a lo largo del puente de Putilov hasta el pueblo es la más peligrosa. Por ahí “vuelan” proyectiles a diario, así que no se pasa, hay ir a toda velocidad. La carretera está agujereada por las bombas y en ocasiones se ven proyectiles que han quedado clavadas en el asfalto. Solo hay tiempo para sacar fotografías sobre la marcha.

La apocalíptica carretera llega a su fin a la entrada del pueblo, que también está cubierta de agujeros de metralla. Un giro a la izquierda y estamos en Spartak.

En tiempos soviéticos, Spartak era una granja de propiedad estatal. Una granja millonaria, como se las llamaba entonces. Aquí no solo se cultivaban frutas y verduras. En Spartak se realizaba trabajo científico: se buscaban nuevas variedades de plantas. Los invernaderos y laboratorios están ahora en ruinas en los campos sin fin que se extienden más allá del horizonte en el campo de batalla.

Las calles están llenas. En el centro hay un enorme montón de ramas y la población a su alrededor. Están rotos por la guerra, cansados, pero siempre amables. Sonríen, saludan y están dispuestos a entablar conversación. Dicen que no están ahí porque sea sábado, sino que es su trabajo. Las autoridades locales les han encargado que limpien el pueblo de los restos de la guerra y la destrucción. Trabajan a diario desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Eso cambia, obviamente, según los ataques: hay veces que los ataques comienzan durante el día, otras veces el Ejército Ucraniano golpea por la mañana.

El salario asciende a 2.400 rublos al mes. No es mucho dinero, pero en el pueblo están muy, muy contentos porque este es el primer trabajo que ha aparecido en Spartak en los dos años y medio de guerra. Para los pensionistas, que son la mayoría, es una buena opción para trabajar unas horas y complementar la pensión. La población trabaja a gusto.

“¿Quién es usted y qué está fotografiando?”, escucho de repente detrás de mí. Me doy la vuelta. Una mujer joven, vestida con una chaqueta naranja, me mira fijamente. Me presento. Marina, empleada de la administración local, sonríe. Conoce y lee Antifashist.

Entre tantos adultos veo a una niña pequeña. Es Vika y tiene diez años.

Durante la guerra ha vivido en el pueblo. Por la mañana va al colegio, paseado por las calles, y por la noche baja al sótano que, desde hace dos años y medio, se ha convertido en su casa. El colegio de Spartak está destruido, así que la niña va hasta el vecino pueblo de Yakovleka en autobús. Allí se reúnen alrededor de sesenta niños de los pueblos de los alrededores. Es el único colegio que sobrevive en todo el distrito.

Vika me acompaña hasta su “casa”. Mientras hablo con la niña, miro a mi alrededor. Frente a las casas en las que vive la población hay colocados grandes montones de leña. “Es para la estufa de leña”, explica Vika. Sin gas por tercer año consecutivo, la población se calienta con esas estufas. “Tenemos la estufa en el sótano y así nos calentamos”.

spartak-2411-14En uno de los patios observo una interesante inscripción. Los residentes locales tienen un buen sentido del humor. “Mi tía Vera vive ahí, es la comandante del pueblo”, cuenta Vika. A la entrada espera, con una ligera sonrisa, la “gobernadora”.

Bajamos a la “casa” de Vika. Está completamente oscuro y con un persistente olor a quemado. Nos acompaña Valentina, la abuela de Vika. Dice que es la estufa la que da ese “aroma”. Pero no hay otra opción: en la calle hiela y los sótanos están muy fríos, no sería posible aguantar mucho tiempo sin calor. Las paredes de cemento del sótano están cubiertas con alfombras, igual que el suelo, para conseguir así algo de calor. Y un poco de comodidad.

Hace mucho tiempo que la casa de esta familia está destruida: un proyectil impactó directamente contra el tejado. Así que el sótano se convirtió en su “hogar”. Sobreviven gracias a la ayuda que traen los voluntarios: comida, agua, ropa, velas.

Valentina y su nieta pasaron el invierno pasado en Minsk. Personas que no podían quedarse indiferentes ante su sufrimiento les invitaron a quedarse en su casa. Vika recuerda la gran casa de madera, el olor a pino y mucha, mucha nieve. En verano, las autoridades locales llevan a los niños al mar: ya ha estado más de una vez en Rusia. Esos son los mejores recuerdos de su corta vida.

spartak-2411-18Nos levantamos y salimos a la calle. Valentina enseña “la cocina”. Construyeron este cobertizo cuando quedó claro que iban a tener que vivir en el sótano una larga temporada. Aquí cocinan, toman té o simplemente se sientan con los vecinos a charlar de las cosas del día a día. Como cualquier otra familia, se reúnen para tomar el té y charlar en la cocina, con la diferencia de que ellos están cerca del frente y que el Ejército Ucraniano puede abrir fuego contra este pueblo pacífico asolado por la pobreza.

Cuando termina la jornada de trabajo, la gente del pueblo se reúne en el patio. Les acompañamos. Nos cuentan que hay ataques a diario. Es imposible acostumbrarse. Por favor, no crean a aquellos que afirman que “se han acostumbrado a la guerra”. Es imposible acostumbrarse a la muerte, al sonido de las bombas sobre tu cabeza. Es imposible acostumbrarse al sonido de las bombas junto a los oídos. Es imposible acostumbrarse a la idea de que muchos de tus seres queridos ya no están, que la vida está destrozada y que nadie sabe cuándo acabará esto.

Seguimos con la conversación normal sobre los temas del día a día. Hace tiempo que las tiendas y el mercado del pueblo cerraron, así que para comprar comida hay que viajar al pueblo siguiente, donde la tienda ha sobrevivido. También hay que ir allí para cargar los móviles. Algunos de los entrevistados, Irina por ejemplo, se habían ido a vivir a Donetsk. Después de un año y medio, volvió a casa. Por una parte no tenía suficiente dinero para el alquiler y, por otra, simplemente quería volver a casa. Nadie sabe cuánto durará este inferno y a Irina no le queda más fuerza para vagar por ahí. Puede que todo esté roto, que no haya electricidad, gas o agua, puede que todos los días haya ataques, pero este sigue siendo su hogar.

Mientras hablamos comienza el ruido. Necesito comprobar la destrucción del pueblo antes de que caiga la noche y empiecen los ataques en serio. Me despido y pido a Valentina que me guíe por las destrozadas calles.

Continuará…

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