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Una guerra eterna en la celda de aislamiento del nacionalismo

Artículo Original: Andrey Manchuk

Como se esperaba, las conversaciones de París, en las que han participado Putin, Macron, Merkel y Zelensky, no han dado resultados significativos. La parte ucraniana ha optado activamente por el camino de “congelar el conflicto” y lo que inicialmente se presentó al público como un acuerdo alcanzado en la cumbre es, en realidad, un engaño que no supone progreso alguno en el proceso de paz.

Los participantes en la reunión reafirmaron una vez más su intención de intercambiar prisioneros, pero el problema es que las autoridades ucranianas se niegan a incluir a muchos de los presos políticos en las listas de intercambio, ya que los considera presos comunes. Kiev también rechazó rotundamente la propuesta clave de una retirada completa de tropas, medida que podría parar la guerra. “Rusia ofreció la retirada de tropas a lo largo de toda la línea del frente y Ucrania lo rechazó. Porque para Ucrania no es rentable una retirada”, escribió con franqueza y citando al ministro del Interior Arsen Avakov uno de los periodistas que se encontraba presente en la cumbre. Y aunque Zelensky ha prometido incluir la famosa “fórmula Steinmeier” -que, en realidad, no es más que una cláusula de los famosos puntos del acuerdo de Minsk- en la legislación ucraniana, inmediatamente después afirmó que no tiene intención de cumplir esos puntos.

El resultado de la tan anticipada cumbre no podía ser otro porque la finalización de la guerra no beneficia a la parte ucraniana, perfectamente satisfecha con el actual statu quo. Y la actual élite política ucraniana, formada a raíz de Euromaidan, sigue en ascenso gracias al conflicto sin fin en el este del país, conflicto del que es la principal beneficiaria.

La guerra hace ganar dinero gracias a las tramas corruptas y ha supuesto una forma de hacer carrera para subvencionados por las ONG’s y think-tanks y para la extrema derecha, que ha ascendido en el rango de los cuerpos de seguridad y el ejército, y ha supuesto el éxito de corruptos “voluntarios”, ganancias para los “activistas de derechos humanos”, periodistas y otros “activistas”.

La incitación al odio se ha convertido en un negocio lucrativo en el que participan los ejércitos de Facebook y los nacionalistas, que pueden violar la ley con impunidad ya que han recibido el estatus de casta inviolable. Se culpa de todos los problemas a la guerra, que también se usa para justificar las reformas neoliberales, la eliminación de prestaciones sociales y el saqueo infinito al que está sometida la población ucraniana. El descontento social se apaga a base de eslóganes de lucha contra el enemigo exterior e interior mientras al mismo tiempo se destruye a toda organización de izquierdas que podría movilizar a la población en protestas.

Finalmente, el Gobierno ucraniano está vendiendo con éxito su agenda anti-rusa como producto de exportación convertido en forma de ingresos, especialmente por el interés de sus patronos de Washington, que siguen suministrando a Ucrania nuevos créditos con los que pagar deudas por otros créditos y apoyo diplomático en la escena internacional. Así que, según afirmó en la cumbre de la OTAN el ministro de Asuntos Exteriores Pristayko, Ucrania seguirá protegiendo la “frontera del este” del mundo libre, “les guste o no” a los europeos.

“Creo que es la gloria del Señor”, afirmó el cardenal Lubomir Guzar al referirse, expresando la opinión general de la élite ucraniana, al conflicto en Ucrania. No es solo que la guerra sea útil sino que se ha convertido en la razón de ser del régimen establecido hace cinco años. Sus representantes sueñan con que dure para siempre y no tienen aliciente alguno para luchar por la paz. Tal es así que la propia palabra se ha convertido en sinónimo de rendición y cualquier alegato por la paz es tratada como traición. Uno de los propagandistas de la prensa abiertamente ha afirmado que el país debería luchar durante al menos medio siglo para no sacrificar los valores de la civilización y la sagrada tierra ucraniana. La experiencia de muchos países de África, Oriente Medio o la guerra de cincuenta años en Colombia indican que ese escenario no es imposible.

A nadie le importa el destino de la población de Donbass en este contexto. El presidente Zelensky cínicamente ha declarado que, tras la reintegración de la región, quienes no estén satisfechos con las autoridades ucranianas pueden marcharse de Ucrania, unas palabras que suenan a una poco sutil llamada a la limpieza étnica. En una manifestación, Tyahnibok apeló a retirar los pasaportes a la población de Donetsk y Lugansk si no prueban su lealtad a la patria y negarle el derecho al voto durante cinco o siete años.

Los políticos son perfectamente conscientes de que estas ofensivas ideas alejan aún más a la población de los territorios fuera de control del Gobierno, pero no les preocupa porque apuestan por la continuación del conflicto de baja intensidad. Las miles de personas que cruzan a diario la línea de contacto en ambas direcciones en los puestos de control de Donbass claramente indican la naturaleza artificial de este conflicto fratricida. Sin embargo, es útil para la actual mayoría de los representantes de la minoría políticamente activa que mueve los hilos de Ucrania.

Los “patriotas” que torpedean las conversaciones de paz, como es evidente, no van a luchar en Donbass ni contra Rusia. Los patriotas no quieren Donbass más que de una forma: de rodillas y, si puede ser, desierto. Odian y desprecian a la población de Donbass. Así que no están dispuestos a hacer concesión alguna para que el territorio vuelva al país. Al contrario, exigen que pague más. Pese a toda la propaganda, nadie cree en la “amenaza rusa”. Nadie espera que las tropas rusas crucen la frontera y queden atrapadas en la trampa de los patriotas de las camisas bordadas. Es seguro y perfectamente cómodo ser beligerante y odiar a Rusia. Todos creen que el tiempo está de su lado. Rusia se colapsará antes o después ahogada por una anaconda. Lo único que hay que hacer es sentarse en el sofá a la espera de ese momento.

“Hace tiempo que los intereses económicos de la minoría activa que controla el país han dejado de estar vinculados a la economía heredada de la Unión Soviética. El retorno de Donbass y la reanudación de las relaciones económicas con Rusia es importante para los residentes de las pocas regiones industriales que quedan. Pero para los residentes de Kiev o Lviv, lo importante es trabajar con los clientes internacionales aquí o en Polonia y tener acceso a los flujos de dinero y becas internacionales. Eso es más sencillo sin Donbass y sin Rusia. Es decir, tienen motivos para protestar contra cualquier acuerdo, excepto, quizá, la rendición incondicional de la RPR y la RPL. Y ese es exactamente el gran problema de la resolución del conflicto”, escribió el periodista de Kiev Vyacheslav Chechilo.

Evidentemente, la mayoría de los ciudadanos ucranianos son perfectamente conscientes de la necesidad de un compromiso por la paz. Así lo evidencian los estudios de opinión que se publican regularmente. Muchos comprenden que el final del conflicto es una condición necesaria para la recuperación de la economía, la emancipación social y la descriminalización y democratización de la sociedad, si es que el país tiene alguna opción de conseguirlo. Toda esa gente dio su voto a Zelensky y los diputados de su partido con la desesperada esperanza de que cambiaran el curso político del país.

Sin embargo, no hay motivo alguno para la esperanza. El nuevo Gobierno está condenado a continuar con la política del viejo eslogan “Ejército-Fe-Lengua ucraniana”, que sirve a los intereses de quienes buscan que continúe el derramamiento de sangre en Donbass. La kafkiana lucha contra las conversaciones de paz se ha convertido en el principal valor cívico de los descarriados intelectuales orgánicos y el exconvicto Oleh Sentsov, principal portavoz del partido de la guerra, ha exigido públicamente, sorprendiendo claramente a los diputados del Parlamento Europeo, que Kiev vuelva a tener armas nucleares. La política ucraniana se ha convertido finalmente en una rueda militarista que girará durante años, destruyendo con ello los destinos de miles de vidas.

Y eso condena a Ucrania a una guerra eterna en la celda de aislamiento del nacionalismo.

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