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Jelobok: el punto más caliente del frente de la RPL

Artículo Original: Izvestia / Fotografía: Sergey Belous

Uno de los puntos más calientes del mapa de la República Popular de Lugansk es la localidad de Jelobok. La distancia entre las posiciones de las partes en conflicto va desde los 50 a los 800 metros. Según la información disponible, las tropas ucranianas han atacado en las últimas semanas un camión civil ZIL que transportaba carbón para el pueblo: un proyectil lo destruyó y el conductor escapó por suerte. También han atacado un convoy militar en el que murió un hombre. No se pudo hacer nada por salvar su vida. El corresponsal de Izvestia ha visitado la zona de Jelobok para comprobar de primera mano cómo se vive en la línea del frente en condiciones de continuos ataques.

No lo veremos más

En realidad, Jelobok es una sola calle. Antes de la guerra era un lugar envidiable: tenía un jardín de rosas y viñedos en cada patio y bonitos estanques. Ahora en la localidad no quedan más que los esqueletos de las casas quemadas.

Jelobok y las zonas a su alrededor son un área estratégica importante en la línea de contacto. La defiende el batallón Prizrak, sucesor de la brigada del mismo nombre que fundó Alexey Mozgovoy.

“¿Por qué es tan importante Jelobok? Porque desde aquí se avistan 40km de nuestro territorio, incluidas las ciudades de Stajanov, Kirovsk, Alchevsk. ¡Todo está a la vista!”, me explica el actual comandante de Prizrak, Alexey Markov, Dobriy. “Si las tropas ucranianas capturan esta zona, no la veremos más”.

Según Dobriy, el último intento ucraniano de capturar el deseado pueblo se produjo hace un año y medio. Tras sufrir fuertes bajas, se retiraron. Así que, teniendo en cuenta errores pasados, han pasado a la táctica de la destrucción continua: disparan con mortero, artillería y vehículos de infantería. En lugar de un asalto directo, buscan desgastar y desangrar lentamente. “Su tarea es aplastar; la nuestra, aguantar”, insiste Dobriy. “Esconderse de ellos es complicado. En general, diría que el volante de la guerra se ha descontrolado otra vez”.

Alexey lleva dos años y medio en el puesto de comandante del batallón. Cuando llegó a Donbass desde Rusia, era un simple voluntario. “Para mí, como para muchos, el punto de inflexión fue lo ocurrido en Odessa”, explica. “Jugaron un papel crucial los comentarios que dejaban los defensores de Euromaidan en los vídeos de la tragedia. No solo es que estuvieran contentos, decían: ahora lo mismo pasará en todas partes. Me quedó claro que Odessa solo era el principio. Y así fue. Después ocurrió el ataque contra el Departamento de Policía de Mariupol, el tren de la amistad a las regiones del este, los bombardeos aéreos en Lugansk, etc. Yo soy comunista por convicción. Dejé mi casa y mi trabajo en Moscú y fui a Donbass como parte del destacamento comunista. Pensé que sería para seis meses. Nos unimos a la brigada Prizrak. Estamos en el quinto año de guerra y aún no pienso en volver a casa.

¿Marcharse o quedarse?

Salimos del cuartel general hacia el frente con los soldados. Solo se puede circular de noche, si no dispararían al ver el reflejo de las lunas. El destino es la localidad de Donetsky, junto a Jelobok, a apenas un kilómetro en línea recta.

Llamaremos a mi acompañante Grom (alias ficticio-Izvestia). Es natural de Slavyansk, pero vivió durante muchos años en Moscú. Trabajó en la construcción, como guarda de seguridad, carga y descarga. En 2014, con el inicio de la guerra, se enfrentó al dilema de qué hacer: ¿seguir viviendo como hasta entonces o alistarse en la milicia?

“Me encontré ante una lucha interna, con el corazón dividido”, explica. “Entonces, una mañana, me levanté y estaba todo decidido: ya está y punto. Llegué a la RPL. La primera impresión fue que cada uno de los chicos iba a lo suyo. Sin orden ni mando. Todos diferentes, pero con un carácter similar. Se entendían a la perfección”.

Ahora la situación es diferente, según cuenta Grom. Esos amigos con los que se puede ir a hacer reconocimiento, son unidades de inteligencia. Muchos son jóvenes e inexpertos. Algunos quieren “luchar heroicamente”, pero que no les gusta cavar trincheras o construir estructuras, es decir, hacer el trabajo sucio sin el que no se conseguiría nada. Es así, hay suficientes motivos para hablar bien de las construcciones de Grom.

Boca abajo

Al acercarnos al pueblo, apagamos las luces. “No puede haber ningún foco”, explica Grom. “Hacen reconocimiento con ayuda de radares PSNR. Es equipamiento soviético, pero muy efectivo: puede ver luces de tráfico a 35km”.

Hay que moverse a tientas. Está oscuro, completamente oscuro. “Aquí a la vuelta es donde murió nuestro conductor”, cuenta el militar. Como en una extraña coincidencia, a las afueras de Jelobok se enciende el cielo. “Lo normal. Vamos”, ordena Grom. Empiezan a caer restos. Después de otro instante: “Empiezan, tenemos que irnos”. La salvación es Zelenka, que está cerca. A las afueras de Donetsky.

“Hay que apagar el motor o no sabrás dónde va a caer”, insiste Grom. “Si hay que salir no hay que saltar, hay que tirarse al suelo boca abajo”. Paramos en uno de los puestos unos minutos y comentamos la situación. El cielo está encendido como si fuera Año Nuevo. Hemos dejado atrás una desagradable traca de proyectiles. Después de diez minutos en el puesto, la radio informa de que seis proyectiles de 120mm han caído justo donde había parado nuestro coche. “Ahí lo tienes, el PSRN en acción”, suspire Grom. “Hemos tenido suerte, un poco más y…”. Es evidente que se preocupa más que yo. Porque él entiende el significado real del peligro que acaba de pasar.

Sin odio

El punto final es el puesto de Donetsky, donde las paredes de un cobertizo abandonado dan cobijo a los soldados. Hay una estufa de carbón y el humo sube hasta el techo. En el centro de la casa hay un enorme SPG-9. A su lado, un misil antitanque de 1943. Algunos de los soldados duermen, otros toman el té, otros se preparan para la guardia nocturna. La conversación es la misma que llevo varios años escuchando: cuánto odian la guerra, cuánto más pueden tolerar. Pero, al mismo tiempo, también: “En el frente se está mejor que en la vida civil o en los barracones. Aquí están los más libres, más honestos, esto atrae como un imán”.

El mayor de los soldados de guardia es Bogatir, natural de Lugansk. Explica que al otro lado de Jelobok está la 10ª Brigada de Asalto de Montaña del Ejército Ucraniano. El enemigo tiene buenos suministros, nunca se queda sin munición. Trabajan con precisión y profesionalidad. Son malvados, persistentes, sobrios. Esa persistencia es molesta: ¿por qué? ¿Para matar a uno más? No tiene ningún sentido.

“Tengo sentimientos encontrados sobre ellos”, dice Bogatir. “Cuando estábamos en la zona de Schastie, los soldados del Ejército Ucraniano estaban al otro lado del río. Hablábamos a gritos con ellos, nos intercambiamos los teléfonos. Y entonces nos llamaron: que van los pravoseki, estad preparados. No hay especial odio. Las caras de los que nos disparan son las mismas que las nuestras”.

¿Sin esperanza?

Por la mañana queda claro que en Donetsky no solo viven los soldados, sino que hay una calle con ocho casas habitadas. En alguna parte se escucha una motosierra. Otros van a por agua. Caminan por la nieve entre los cráteres y los coches.

Nos enteramos de que en los bombardeos de la noche ha ardido una casa: un proyectil de mortero ha impactado en el tejado. La dueña, la pensionista Alla Nikolaevna, cuenta que habían reparado esa semana el tejado, llevaban dos años esperando para repararlo y ahora ha ocurrido otra vez. Los cristales de las ventanas han explotado (y en la calle está helando) y se ha ido la luz. A la pregunta de por qué no se marcha de la guerra, la mujer responde con el habitual y tranquilo: “no hay dónde ir”.

En la siguiente casa vive Elena, de 57 años, con su hijo Alexander, que trabaja en el departamento de vivienda local. Su casa no ha sufrido daños esta noche, pero tuvo que salir para ver qué llegaba y se escondió tras la verja. “En principio no bajamos al sótano. Si nos pasa algo, no nos encontrarán”, cuenta Elena. Cuando empezó la guerra, madre e hijo se marcharon con familiares en Ucrania. Volvieron en 2016. Ya no se marcharán: han tenido suficiente.

En la misma línea habla Alla Nikolaevna, que mira al peligro a la cara, con calma, humildad y fuerza. “No esperamos nada, ni ayuda, ni un final rápido a la guerra”, dice. “Lo esperamos en 2014, pero, cuando eso no pasó, me di cuenta de que tendríamos que valernos por nosotros mismos. ¿Cuál es nuestro objetivo? Sobrevivir. Cuando no esperas nada más, se hace más fácil”.

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